Será a las doce del mediodía de mañana sábado. A esa hora de la víspera de Todos los Santos, miles de personas alzarán la vista hacia la Torre de las Campanas de la catedral de Salamanca para ver si Ángel Rufino de Haro lo ha vuelto a hacer una vez más, como cada año desde que retomó esta tradición en 1985. Vestido con el traje típico charro y con su gaita y tamboril, ‘ El Mariquelo ‘ sube cada 31 de octubre los 197 escalones de la torre y hace sonar las campanas, cumpliendo con una costumbre que, según cuentan, se remonta al 1 de noviembre de 1755 en que un devastador terremoto sacudió Lisboa y dejó cuantiosos daños en España.El poderoso seísmo se sintió con fuerza en Salamanca. Pensando que se trataba del fin del mundo, los vecinos corrieron a refugiarse en la Catedral Nueva, que por fortuna se mantuvo en pie. ABC contó en diversas ocasiones que, en agradecimiento a Dios porque el temblor no dejó víctimas mortales, el Cabildo promulgó un edicto para que una persona ascendiera a lo más alto de la seo a tocar sus campanas todas las vísperas de Todos los Santos. Una vez allí, también debía subir al pináculo para medir la inclinación de la torre, que se había visto afectada por el terremoto. La encargada de cumplir este arriesgado cometido, explicaba el periódico, «fue la familia que residía en el templo y cuyos miembros eran conocidos como Los Mariquelos». El Mariquelo de Salamanca de 1906 ABCUno de estos modestos escalatorres saluda desde la veleta de la catedral en un grabado publicado en estas páginas en 1906 . «Espanta la fotografía. Figúrese el lector el efecto que producirá la realidad», decía el diario ante la impactante imagen. El Mariquelo, a quien el cabildo recompensaba con un donativo en metálico, trepaba sin arneses ni seguridad alguna por el exterior de la gigante torre. Llegado a lo más alto, agitaba un pañuelo ante el público antes de emprender la bajada. «Y no pasa nada… No pasa nada por milagro de Dios», sostenía Ángel María Castell en 1920 . Para el periodista, no era mera coincidencia que este inaudito acto de valor se llevara a cabo en una fecha tan señalada como Todos los Santos. Si bien no descartaba que pudiera haber nacido como un reconocimiento técnico de la torre tras el terremoto de Lisboa, a su juicio esta proeza temeraria era «un medio como otro cualquiera de pensar en la muerte, de acercarse a los fieles difuntos». También Ángel Rufino desafiaba al viento, la lluvia o el frío y trepaba peligrosamente hasta los 110 metros de altura de la veleta en sus primeros años, cuando retomó el testigo dejado en 1977 por Fabián Mesonero, el último de la familia de los Mariquelos en subir a la torre. El folclorista salmantino concluía su peligrosa ascensión tocando una charrada, que él mismo había compuesto. Y desde las alturas, donde parecía confundirse con el cielo, cumplía con la tradición de dar gracias y lanzaba un mensaje de paz y solidaridad con los más necesitados. Subido a ese singular púlpito, el Mariquelo se ha acordado a lo largo de estas últimas décadas de los que más han sufrido la crisis, de los enfermos, de los afectados por la sequía, o de los toreros y se ha solidarizado con los damnificados por el volcán de la Palma o con las víctimas de la dana de Valencia.El folclorista Ángel Rufino ‘El Mariquelo’, en diversas ascensiones a la torre de la catedral ABCPor motivos de seguridad, hace unos años que ya no corona la veleta. El Cabildo sólo le permite subir hasta el cupulín donde, tras el ritual de repicar las campanas en señal de agradecimiento, entona su charrada y difunde su mensaje solidario. Si a sus 63 años el Mariquelo no falta este año a su cita, sin duda tendrá unas palabras de cariño para las víctimas del trágico choque de trenes de Urda , que tiene a España consternada. Será a las doce del mediodía de mañana sábado. A esa hora de la víspera de Todos los Santos, miles de personas alzarán la vista hacia la Torre de las Campanas de la catedral de Salamanca para ver si Ángel Rufino de Haro lo ha vuelto a hacer una vez más, como cada año desde que retomó esta tradición en 1985. Vestido con el traje típico charro y con su gaita y tamboril, ‘ El Mariquelo ‘ sube cada 31 de octubre los 197 escalones de la torre y hace sonar las campanas, cumpliendo con una costumbre que, según cuentan, se remonta al 1 de noviembre de 1755 en que un devastador terremoto sacudió Lisboa y dejó cuantiosos daños en España.El poderoso seísmo se sintió con fuerza en Salamanca. Pensando que se trataba del fin del mundo, los vecinos corrieron a refugiarse en la Catedral Nueva, que por fortuna se mantuvo en pie. ABC contó en diversas ocasiones que, en agradecimiento a Dios porque el temblor no dejó víctimas mortales, el Cabildo promulgó un edicto para que una persona ascendiera a lo más alto de la seo a tocar sus campanas todas las vísperas de Todos los Santos. Una vez allí, también debía subir al pináculo para medir la inclinación de la torre, que se había visto afectada por el terremoto. La encargada de cumplir este arriesgado cometido, explicaba el periódico, «fue la familia que residía en el templo y cuyos miembros eran conocidos como Los Mariquelos». El Mariquelo de Salamanca de 1906 ABCUno de estos modestos escalatorres saluda desde la veleta de la catedral en un grabado publicado en estas páginas en 1906 . «Espanta la fotografía. Figúrese el lector el efecto que producirá la realidad», decía el diario ante la impactante imagen. El Mariquelo, a quien el cabildo recompensaba con un donativo en metálico, trepaba sin arneses ni seguridad alguna por el exterior de la gigante torre. Llegado a lo más alto, agitaba un pañuelo ante el público antes de emprender la bajada. «Y no pasa nada… No pasa nada por milagro de Dios», sostenía Ángel María Castell en 1920 . Para el periodista, no era mera coincidencia que este inaudito acto de valor se llevara a cabo en una fecha tan señalada como Todos los Santos. Si bien no descartaba que pudiera haber nacido como un reconocimiento técnico de la torre tras el terremoto de Lisboa, a su juicio esta proeza temeraria era «un medio como otro cualquiera de pensar en la muerte, de acercarse a los fieles difuntos». También Ángel Rufino desafiaba al viento, la lluvia o el frío y trepaba peligrosamente hasta los 110 metros de altura de la veleta en sus primeros años, cuando retomó el testigo dejado en 1977 por Fabián Mesonero, el último de la familia de los Mariquelos en subir a la torre. El folclorista salmantino concluía su peligrosa ascensión tocando una charrada, que él mismo había compuesto. Y desde las alturas, donde parecía confundirse con el cielo, cumplía con la tradición de dar gracias y lanzaba un mensaje de paz y solidaridad con los más necesitados. Subido a ese singular púlpito, el Mariquelo se ha acordado a lo largo de estas últimas décadas de los que más han sufrido la crisis, de los enfermos, de los afectados por la sequía, o de los toreros y se ha solidarizado con los damnificados por el volcán de la Palma o con las víctimas de la dana de Valencia.El folclorista Ángel Rufino ‘El Mariquelo’, en diversas ascensiones a la torre de la catedral ABCPor motivos de seguridad, hace unos años que ya no corona la veleta. El Cabildo sólo le permite subir hasta el cupulín donde, tras el ritual de repicar las campanas en señal de agradecimiento, entona su charrada y difunde su mensaje solidario. Si a sus 63 años el Mariquelo no falta este año a su cita, sin duda tendrá unas palabras de cariño para las víctimas del trágico choque de trenes de Urda , que tiene a España consternada.
Será a las doce del mediodía de mañana sábado. A esa hora de la víspera de Todos los Santos, miles de personas alzarán la vista hacia la Torre de las Campanas de la catedral de Salamanca para ver si Ángel Rufino de Haro lo ha … vuelto a hacer una vez más, como cada año desde que retomó esta tradición en 1985. Vestido con el traje típico charro y con su gaita y tamboril, ‘El Mariquelo‘ sube cada 31 de octubre los 197 escalones de la torre y hace sonar las campanas, cumpliendo con una costumbre que, según cuentan, se remonta al 1 de noviembre de 1755 en que un devastador terremoto sacudió Lisboa y dejó cuantiosos daños en España.
El poderoso seísmo se sintió con fuerza en Salamanca. Pensando que se trataba del fin del mundo, los vecinos corrieron a refugiarse en la Catedral Nueva, que por fortuna se mantuvo en pie. ABC contó en diversas ocasiones que, en agradecimiento a Dios porque el temblor no dejó víctimas mortales, el Cabildo promulgó un edicto para que una persona ascendiera a lo más alto de la seo a tocar sus campanas todas las vísperas de Todos los Santos. Una vez allí, también debía subir al pináculo para medir la inclinación de la torre, que se había visto afectada por el terremoto. La encargada de cumplir este arriesgado cometido, explicaba el periódico, «fue la familia que residía en el templo y cuyos miembros eran conocidos como Los Mariquelos».

(ABC)
Uno de estos modestos escalatorres saluda desde la veleta de la catedral en un grabado publicado en estas páginas en 1906. «Espanta la fotografía. Figúrese el lector el efecto que producirá la realidad», decía el diario ante la impactante imagen. El Mariquelo, a quien el cabildo recompensaba con un donativo en metálico, trepaba sin arneses ni seguridad alguna por el exterior de la gigante torre. Llegado a lo más alto, agitaba un pañuelo ante el público antes de emprender la bajada. «Y no pasa nada… No pasa nada por milagro de Dios», sostenía Ángel María Castell en 1920. Para el periodista, no era mera coincidencia que este inaudito acto de valor se llevara a cabo en una fecha tan señalada como Todos los Santos. Si bien no descartaba que pudiera haber nacido como un reconocimiento técnico de la torre tras el terremoto de Lisboa, a su juicio esta proeza temeraria era «un medio como otro cualquiera de pensar en la muerte, de acercarse a los fieles difuntos».
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También Ángel Rufino desafiaba al viento, la lluvia o el frío y trepaba peligrosamente hasta los 110 metros de altura de la veleta en sus primeros años, cuando retomó el testigo dejado en 1977 por Fabián Mesonero, el último de la familia de los Mariquelos en subir a la torre. El folclorista salmantino concluía su peligrosa ascensión tocando una charrada, que él mismo había compuesto. Y desde las alturas, donde parecía confundirse con el cielo, cumplía con la tradición de dar gracias y lanzaba un mensaje de paz y solidaridad con los más necesitados. Subido a ese singular púlpito, el Mariquelo se ha acordado a lo largo de estas últimas décadas de los que más han sufrido la crisis, de los enfermos, de los afectados por la sequía, o de los toreros y se ha solidarizado con los damnificados por el volcán de la Palma o con las víctimas de la dana de Valencia.
(ABC)
Por motivos de seguridad, hace unos años que ya no corona la veleta. El Cabildo sólo le permite subir hasta el cupulín donde, tras el ritual de repicar las campanas en señal de agradecimiento, entona su charrada y difunde su mensaje solidario. Si a sus 63 años el Mariquelo no falta este año a su cita, sin duda tendrá unas palabras de cariño para las víctimas del trágico choque de trenes de Urda, que tiene a España consternada.
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