Los transportes de ida son una ilusión. Los de vuelta una recompensa. Aún con esas, es curioso cómo han empeorado todas las formas de viajar. Antes, coger un avión, un barco o un tren era una experiencia en sí misma. Hoy es una aventura. Pero lo mejor de todo es tener la certeza de volver. No entiendo bien por qué siempre hemos tratado bastante mal a los viajes de vuelta. Los de ida tienen fotografías, mensajes, planes y una excitación algo desproporcionada para alguien que va a pasar las próximas dos horas haciendo cola detrás de un señor que no encuentra su carnet de identidad. Se cuentan los días que faltan. Se manda una foto desde el aeropuerto. Hay gente que incluso se toma una cerveza a las nueve de la mañana y se hace un selfi con la pista de aterrizaje de fondo. En cualquier otro lugar sería preocupante. En Barajas son vacaciones. De la vuelta tenemos menos documentos porque muy pocas personas fotografían una puerta de embarque cuando regresan a casa. Tampoco parece necesario inmortalizar el momento en que una familia intenta meter ocho trajes de baño húmedos en una maleta que cuatro días antes cerraba perfectamente. Hay un momento de las vacaciones en el que uno empieza a acordarse de su cama. Sucede después de varios días. Quizá una tarde, cuando alguien pregunta dónde vamos a cenar y descubres que llevas dos semanas tomando decisiones trascendentales sobre arroces, playas y reservas. A partir de ahí la casa empieza a aparecer por sitios inesperados. La almohada, el café de siempre, tu ducha, el quiosquero, el bar de abajo, el supermercado donde sabes exactamente en qué pasillo está el café. Uno llega incluso a recordar con devoción el ruido del camión de la basura y al vecino que todavía se cree que tiene futuro como delantero centro. La nostalgia es capaz de hacer cosas muy raras. Todavía quedan tres días de vacaciones, pero ya has empezado a regresar.Conviene llevarlo con discreción porque existe cierta obligación de apurar y de hacer que estás encantado. Hemos pagado por marcharnos y parece razonable exprimirlo hasta el último minuto. La palabra «aprovechar» ha provocado algunas de las peores mañanas de agosto. Excursiones a cuarenta grados, iglesias cerradas, museos que no interesaban a nadie, nueve kilómetros andando para conocer un casco histórico y baños a primera hora con un viento que podía arrancarle la matrícula a un coche. Todo aprovechadísimo.El regreso comienza haciendo la maleta. Ahí descubrimos que la física también se ha cogido vacaciones. Las mismas cosas que llegaron dentro ya no caben. Además, han aparecido cinco libros, una camiseta, dos botes de crema solar que no has usado, una piedra que encontró el niño, un sombrero de paja y una botella del orujo de la zona que alguien compró durante un momento en el que juró que era su bebida predilecta. Siempre termina una persona sentada encima de una maleta. De hecho, los aeropuertos de vuelta están llenos de pequeñas mudanzas. Familias empujando carros, niños dormidos sobre mochilas, padres contando bultos cada veinte metros y matrimonios buscando los pasaportes. Luego llega el avión.En la ida prestamos atención al despegue. Miramos por la ventanilla, buscamos la costa y hasta escuchamos al comandante como si nos hablara el médico de familia. En la vuelta queremos llegar y el hombre parece empeñado en explicarnos la meteorología europea cuando nos importa un bledo. Cuando el avión toca tierra ocurre ese fenómeno maravilloso de los pasajeros que se levantan inmediatamente. Todavía está el avión en marcha por la pista y ya hay un señor peleándose con el compartimento superior. Ha pasado dos horas sentado sin ningún problema y ahora no puede esperar siete minutos. Permanecerá de pie, doblado debajo del compartimento superior hasta que abran la puerta, pero mucho ojo con molestarle: podría matar con un movimiento de sus dedos. El tren tiene otra vuelta. La ciudad va apareciendo lentamente por la ventanilla. Llegan las carreteras, los polígonos, los bloques de pisos, las gasolineras y las primeras estaciones conocidas. Hay una edad en la que uno puede llegar a alegrarse viendo un polígono industrial, aunque desde que nuestro país vive el mejor momento de su historia en esto de los trenes, cualquiera sabe si la aventura es simplemente subir a uno. En los barcos el regreso se entiende muy bien. Durante la ida queremos cubierta, mar y horizonte. A la vuelta estamos pendientes de cuándo permiten bajar al garaje. Alguien puede estar contemplando uno de los mejores atardeceres del Mediterráneo mientras añora con entusiasmo la misma grieta de la pared del salón de su casa que tan bien conoce. El horizonte está muy bien hasta que quieres llegar a casa. Me gusta especialmente el momento del taxi. Meter las maletas en el maletero y decir tu propia dirección después de unos días fuera es volver a estar salvo. Pronunciar nuestra calle tiene algo de victoria por KO. Empiezan a aparecer los lugares de siempre y uno se da cuenta de que Madrid continúa exactamente donde la dejamos, y que incluso parece haberse arreglado perfectamente durante nuestra ausencia. Llegamos al portal, buscamos las llaves y, al abrir la casa nos topamos de golpe con nosotros mismos. Firmamos las capitulaciones con el cabreo que llevamos desde que iniciamos el retorno y aunque huela a cerrado y haga bastante calor, nos damos cuenta de que hemos sobrevivido a todas las tonterías que dentro de once meses volveremos a desear. Los transportes de ida son una ilusión. Los de vuelta una recompensa. Aún con esas, es curioso cómo han empeorado todas las formas de viajar. Antes, coger un avión, un barco o un tren era una experiencia en sí misma. Hoy es una aventura. Pero lo mejor de todo es tener la certeza de volver. No entiendo bien por qué siempre hemos tratado bastante mal a los viajes de vuelta. Los de ida tienen fotografías, mensajes, planes y una excitación algo desproporcionada para alguien que va a pasar las próximas dos horas haciendo cola detrás de un señor que no encuentra su carnet de identidad. Se cuentan los días que faltan. Se manda una foto desde el aeropuerto. Hay gente que incluso se toma una cerveza a las nueve de la mañana y se hace un selfi con la pista de aterrizaje de fondo. En cualquier otro lugar sería preocupante. En Barajas son vacaciones. De la vuelta tenemos menos documentos porque muy pocas personas fotografían una puerta de embarque cuando regresan a casa. Tampoco parece necesario inmortalizar el momento en que una familia intenta meter ocho trajes de baño húmedos en una maleta que cuatro días antes cerraba perfectamente. Hay un momento de las vacaciones en el que uno empieza a acordarse de su cama. Sucede después de varios días. Quizá una tarde, cuando alguien pregunta dónde vamos a cenar y descubres que llevas dos semanas tomando decisiones trascendentales sobre arroces, playas y reservas. A partir de ahí la casa empieza a aparecer por sitios inesperados. La almohada, el café de siempre, tu ducha, el quiosquero, el bar de abajo, el supermercado donde sabes exactamente en qué pasillo está el café. Uno llega incluso a recordar con devoción el ruido del camión de la basura y al vecino que todavía se cree que tiene futuro como delantero centro. La nostalgia es capaz de hacer cosas muy raras. Todavía quedan tres días de vacaciones, pero ya has empezado a regresar.Conviene llevarlo con discreción porque existe cierta obligación de apurar y de hacer que estás encantado. Hemos pagado por marcharnos y parece razonable exprimirlo hasta el último minuto. La palabra «aprovechar» ha provocado algunas de las peores mañanas de agosto. Excursiones a cuarenta grados, iglesias cerradas, museos que no interesaban a nadie, nueve kilómetros andando para conocer un casco histórico y baños a primera hora con un viento que podía arrancarle la matrícula a un coche. Todo aprovechadísimo.El regreso comienza haciendo la maleta. Ahí descubrimos que la física también se ha cogido vacaciones. Las mismas cosas que llegaron dentro ya no caben. Además, han aparecido cinco libros, una camiseta, dos botes de crema solar que no has usado, una piedra que encontró el niño, un sombrero de paja y una botella del orujo de la zona que alguien compró durante un momento en el que juró que era su bebida predilecta. Siempre termina una persona sentada encima de una maleta. De hecho, los aeropuertos de vuelta están llenos de pequeñas mudanzas. Familias empujando carros, niños dormidos sobre mochilas, padres contando bultos cada veinte metros y matrimonios buscando los pasaportes. Luego llega el avión.En la ida prestamos atención al despegue. Miramos por la ventanilla, buscamos la costa y hasta escuchamos al comandante como si nos hablara el médico de familia. En la vuelta queremos llegar y el hombre parece empeñado en explicarnos la meteorología europea cuando nos importa un bledo. Cuando el avión toca tierra ocurre ese fenómeno maravilloso de los pasajeros que se levantan inmediatamente. Todavía está el avión en marcha por la pista y ya hay un señor peleándose con el compartimento superior. Ha pasado dos horas sentado sin ningún problema y ahora no puede esperar siete minutos. Permanecerá de pie, doblado debajo del compartimento superior hasta que abran la puerta, pero mucho ojo con molestarle: podría matar con un movimiento de sus dedos. El tren tiene otra vuelta. La ciudad va apareciendo lentamente por la ventanilla. Llegan las carreteras, los polígonos, los bloques de pisos, las gasolineras y las primeras estaciones conocidas. Hay una edad en la que uno puede llegar a alegrarse viendo un polígono industrial, aunque desde que nuestro país vive el mejor momento de su historia en esto de los trenes, cualquiera sabe si la aventura es simplemente subir a uno. En los barcos el regreso se entiende muy bien. Durante la ida queremos cubierta, mar y horizonte. A la vuelta estamos pendientes de cuándo permiten bajar al garaje. Alguien puede estar contemplando uno de los mejores atardeceres del Mediterráneo mientras añora con entusiasmo la misma grieta de la pared del salón de su casa que tan bien conoce. El horizonte está muy bien hasta que quieres llegar a casa. Me gusta especialmente el momento del taxi. Meter las maletas en el maletero y decir tu propia dirección después de unos días fuera es volver a estar salvo. Pronunciar nuestra calle tiene algo de victoria por KO. Empiezan a aparecer los lugares de siempre y uno se da cuenta de que Madrid continúa exactamente donde la dejamos, y que incluso parece haberse arreglado perfectamente durante nuestra ausencia. Llegamos al portal, buscamos las llaves y, al abrir la casa nos topamos de golpe con nosotros mismos. Firmamos las capitulaciones con el cabreo que llevamos desde que iniciamos el retorno y aunque huela a cerrado y haga bastante calor, nos damos cuenta de que hemos sobrevivido a todas las tonterías que dentro de once meses volveremos a desear.
Los transportes de ida son una ilusión. Los de vuelta una recompensa. Aún con esas, es curioso cómo han empeorado todas las formas de viajar. Antes, coger un avión, un barco o un tren era una experiencia en sí misma. Hoy es una aventura. Pero … lo mejor de todo es tener la certeza de volver. No entiendo bien por qué siempre hemos tratado bastante mal a los viajes de vuelta. Los de ida tienen fotografías, mensajes, planes y una excitación algo desproporcionada para alguien que va a pasar las próximas dos horas haciendo cola detrás de un señor que no encuentra su carnet de identidad.
Se cuentan los días que faltan. Se manda una foto desde el aeropuerto. Hay gente que incluso se toma una cerveza a las nueve de la mañana y se hace un selfi con la pista de aterrizaje de fondo. En cualquier otro lugar sería preocupante. En Barajas son vacaciones. De la vuelta tenemos menos documentos porque muy pocas personas fotografían una puerta de embarque cuando regresan a casa. Tampoco parece necesario inmortalizar el momento en que una familia intenta meter ocho trajes de baño húmedos en una maleta que cuatro días antes cerraba perfectamente.
Hay un momento de las vacaciones en el que uno empieza a acordarse de su cama. Sucede después de varios días. Quizá una tarde, cuando alguien pregunta dónde vamos a cenar y descubres que llevas dos semanas tomando decisiones trascendentales sobre arroces, playas y reservas. A partir de ahí la casa empieza a aparecer por sitios inesperados. La almohada, el café de siempre, tu ducha, el quiosquero, el bar de abajo, el supermercado donde sabes exactamente en qué pasillo está el café. Uno llega incluso a recordar con devoción el ruido del camión de la basura y al vecino que todavía se cree que tiene futuro como delantero centro. La nostalgia es capaz de hacer cosas muy raras. Todavía quedan tres días de vacaciones, pero ya has empezado a regresar.
Conviene llevarlo con discreción porque existe cierta obligación de apurar y de hacer que estás encantado. Hemos pagado por marcharnos y parece razonable exprimirlo hasta el último minuto. La palabra «aprovechar» ha provocado algunas de las peores mañanas de agosto. Excursiones a cuarenta grados, iglesias cerradas, museos que no interesaban a nadie, nueve kilómetros andando para conocer un casco histórico y baños a primera hora con un viento que podía arrancarle la matrícula a un coche. Todo aprovechadísimo.
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El regreso comienza haciendo la maleta. Ahí descubrimos que la física también se ha cogido vacaciones. Las mismas cosas que llegaron dentro ya no caben. Además, han aparecido cinco libros, una camiseta, dos botes de crema solar que no has usado, una piedra que encontró el niño, un sombrero de paja y una botella del orujo de la zona que alguien compró durante un momento en el que juró que era su bebida predilecta. Siempre termina una persona sentada encima de una maleta. De hecho, los aeropuertos de vuelta están llenos de pequeñas mudanzas. Familias empujando carros, niños dormidos sobre mochilas, padres contando bultos cada veinte metros y matrimonios buscando los pasaportes. Luego llega el avión.
En la ida prestamos atención al despegue. Miramos por la ventanilla, buscamos la costa y hasta escuchamos al comandante como si nos hablara el médico de familia. En la vuelta queremos llegar y el hombre parece empeñado en explicarnos la meteorología europea cuando nos importa un bledo. Cuando el avión toca tierra ocurre ese fenómeno maravilloso de los pasajeros que se levantan inmediatamente. Todavía está el avión en marcha por la pista y ya hay un señor peleándose con el compartimento superior. Ha pasado dos horas sentado sin ningún problema y ahora no puede esperar siete minutos. Permanecerá de pie, doblado debajo del compartimento superior hasta que abran la puerta, pero mucho ojo con molestarle: podría matar con un movimiento de sus dedos.
El tren tiene otra vuelta. La ciudad va apareciendo lentamente por la ventanilla. Llegan las carreteras, los polígonos, los bloques de pisos, las gasolineras y las primeras estaciones conocidas. Hay una edad en la que uno puede llegar a alegrarse viendo un polígono industrial, aunque desde que nuestro país vive el mejor momento de su historia en esto de los trenes, cualquiera sabe si la aventura es simplemente subir a uno.
En los barcos el regreso se entiende muy bien. Durante la ida queremos cubierta, mar y horizonte. A la vuelta estamos pendientes de cuándo permiten bajar al garaje. Alguien puede estar contemplando uno de los mejores atardeceres del Mediterráneo mientras añora con entusiasmo la misma grieta de la pared del salón de su casa que tan bien conoce. El horizonte está muy bien hasta que quieres llegar a casa.
Me gusta especialmente el momento del taxi. Meter las maletas en el maletero y decir tu propia dirección después de unos días fuera es volver a estar salvo. Pronunciar nuestra calle tiene algo de victoria por KO. Empiezan a aparecer los lugares de siempre y uno se da cuenta de que Madrid continúa exactamente donde la dejamos, y que incluso parece haberse arreglado perfectamente durante nuestra ausencia. Llegamos al portal, buscamos las llaves y, al abrir la casa nos topamos de golpe con nosotros mismos. Firmamos las capitulaciones con el cabreo que llevamos desde que iniciamos el retorno y aunque huela a cerrado y haga bastante calor, nos damos cuenta de que hemos sobrevivido a todas las tonterías que dentro de once meses volveremos a desear.
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