En el Cantal, quesos, vacas y montañas suaves, volcanes muertos, laderas agostadas por el calor, como si el sol hubiera pedido prestada a Cézanne su paleta de colores provenzales –manchones verdes en mares ocres, pajas—para teñir pastos antes verdes lujuria y húmedos, lo extraordinario convive sin roces con lo dramáticamente estúpido. El mismo género humano que parió a Eiffel, y su maravillosamente hermoso viaducto de Garabit, qué arco apuntado, un Meccano de vigas de hierro entrelazadas rojo, dio a luz unos kilómetros más allá a un apresurado presentador de televisión y a un chófer descerebrado que pasado el descenso del volcán Puy Mary por el paso de Peyrol y las subidas al Pertus y el Lioran, acelera para adelantar a cinco fugados del Tour, golpea a Flecha con la parte derecha del morro y lo derriba.
Pogacar pasa de amarillo la noche más calurosa del año en un hotel sin climatización y niega voluntad de venganza en el Lioran
En el Cantal, quesos, vacas y montañas suaves, volcanes muertos, laderas agostadas por el calor, como si el sol hubiera pedido prestada a Cézanne su paleta de colores provenzales –manchones verdes en mares ocres, pajas—para teñir pastos antes verdes lujuria y húmedos, lo extraordinario convive sin roces con lo dramáticamente estúpido. El mismo género humano que parió a Eiffel, y su maravillosamente hermoso viaducto de Garabit, qué arco apuntado, un Meccano de vigas de hierro entrelazadas rojo, dio a luz unos kilómetros más allá a un apresurado presentador de televisión y a un chófer descerebrado que en el descenso del volcán el Puy Mary por el paso de Peyrol acelera para adelantar a cinco fugados del Tour, golpea a Flecha con la parte derecha del morro y lo derriba.
En sus cabriolas descontroladas, botes y rebotes contra el asfalto, el ciclista catalán lanza con tanta fuerza al holandés Hoogerland que este se estampa contra una cerca de espinos que protege a las vacas tranquilas de los animales a motor. También roza a otro compañero de fuga, el francés Thomas Voeckler, que trastabilla pero no cae, mira para atrás, observa el desastre, qué locura parece decir con la boca y acelera aprovechando el rebufo del coche destructor que huye. A rueda de Voeckler, que terminará la etapa vistiendo el maillot amarillo, y lo portará 10 días, se afana Luis León Sánchez, que levantará los brazos vencedor en la meta de Saint Flour, y se chupará el dedo gordo. Ocurrió en 2011, 10 de julio, novena etapa, el día que Vinokúrov se retiró con la cadera destrozada, el Tour que Wiggins se rompió la clavícula y Cadel Evans al fin llegó a París de amarillo. Llovía.
El día empezó muy bien para Flecha. Hizo el mejor el esfuerzo de 20 minutos que había registrado nunca su TrainingPeaks y se coló en la escapada con Voeckler, Hoogerland, Casar y Luisle, que corría en el Rabobank. “Me había motivado mucho un masajista italiano del equipo que me miraba y me decía, pero qué feo te veo, Flecha, muy feo”, recuerda el corredor. “Y eso era sinónimo de que me veía muy bien. ‘Si un ciclista tiene cara de guapito es que no está en forma’, me explicaba. ‘Para ser ciclista tenías que tener la cara demacrada’”.
Flecha recuerda una curva muy famosa, el bautizado después viraje Bardet, y recuerda un valle verde, verde, sorprendente y hermoso, la ausencia de público y un golpe ligero en el muslo izquierdo de un coche que le adelanta rozándole, y le derriba. Estaba adelantando sin permiso en una zona en la que no cabía, y para evitar darse con un árbol me dio a mí. “De repente me encontré con un coche, vi un morro, un coche muy pegado a mí y lo siguiente es el suelo. Noté el impacto con el asfalto, pero no con el coche”, recuerda. “Es la primera vez que me sentí muy vulnerable respecto a un vehículo pesado. No hace falta nada para tirarte. Un pequeño toque ya te manda al suelo”. Vio su bicicleta en el suelo partida por la mitad y a Johnny clavado en la cerca, sangrando, gritando. No se paró nadie. Ningún coche. Ningún comisario. “Cuando me reincorporo se me acerca el coche del equipo y el director, Steven de Jomgh, me echa la bronca. ¿Cómo te has podido caer? No había visto nada”, dice Flecha. “Fue surrealista”.
El corredor procedió con éxito a una reclamación jurídica en la que se gastó más en abogados que lo que recibió como indemnización. “Pero yo no buscaba dinero”, dice Flecha, que renunció a una cuerdo económico bajo mesa para evitar el juicio. “Buscaba una condena ejemplar y el sentimiento de que se había hecho justicia. Nunca se había condenado a nadie por una acción así en el Tour. Siempre se consideraba un lance de carrera en el que no intervenía el código de circulación. Y lo conseguí. Lo hice pensando en que creara jurisprudencia para el futuro”.
Tantos años después, Flecha no tiene pesadillas ni recuerdos. “El tiempo ha diluido todo, y el tratamiento psicológico que recibí para superar el estrés postraumático”, dice. “Pasé un año con mucho pánico a ir al convoy de coches. Me afectó en ese sentido. Bajaba el coche a por agua y luego no podía volver a subir. Pero ya está más que pasado”.
Quince años después, cuando no llueve, el Tour llega de nuevo al Pas de Peyrol y al Cantal que se seca y pierde puntos su candidatura de refugio climático para la emergencia que avanza a grandes pasos, y agobia la noche calurosa y el día de descanso a Pogacar y a Ayuso, alojados en un hotel antiguo, de grandes muros para conservar el calor y sin aire acondicionado que aligere las noches tórridas. “Intentamos instalar nuestros climatizadores portátiles y saltaron los plomos. El hotel no tiene potencia eléctrica suficiente”, lamenta Josean Matxin, el director del UAE. “Al final vamos a tener que llevar también a las carreras un camión generador…”
No parece muy afectado por la temática Pogacar, o no quiere detenerse a darle importancia, que sale a soltar piernas en cabra contrarreloj y con el maillot UAE que el campeón del mundo apenas puede lucir algún día de carrera.
En un hotel no mucho mejor, un dos estrellas real con tres en el rótulo, pero más fresco, duerme Jonas Vingegaard, camino de volver a ser segundo por cuarta vez tras el monstruo esloveno, a 2m 42s en la general, un tiempo perdido en una sola etapa, la del Tourmalet. No habla de la carrera sino de la vida, de lo duro que es el ciclismo de ahora, tantos días fuera de casa y en qué hoteles, de lo difícil que es hacer el oficio con motivación. “El año pasado pensé en retirarme”, reconoce el danés que siempre que ve una cámara en carrera lanza besos a su Trine y a su hijos, y besa también su foto pegada en el manillar de su bici cuando gana una etapa o el Giro. Además de los muchos días de carrera, una temporada suele incluir también varias concentraciones de entrenamiento largas. Eso es algo con lo que Vingegaard, de 29 años, ha querido acabar, un modo de vida que también acelera los deseos de retirada de Pello Bilbao, Ion Izagirre o Mikel Landa. “Le dije al equipo que si me obligaban a llevar esa vida, lo dejaba. Como ciclista, sientes que estás constantemente a dieta. Siempre tienes que estar pendiente de tu peso y siempre estás ahí fuera entrenando. Te exigen mucho. Eso te pasa factura, tanto física como mentalmente. Hemos dado un paso en la dirección correcta, pero está claro que solo es un paso. Disfruto ahora mucho más siendo ciclista. Estoy mucho más motivado”.
Y no habla de la llegada a la estación de Lioran, donde hace dos años derrotó en un sprint por última vez a Pogacar, aunque perdió el Tour. Que no tema, Pogacar no le está esperando, agazapado para golpearle de nuevo un día de media montaña. O eso dice. “La etapa será muy diferente a la de hace dos años”, dice el esloveno. “Va a ser muy difícil controlar la carrera, la escapada y todo eso. No busco venganza ni nada por el estilo. Y aunque no gané, aquel también fue un buen día”.
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