Rusia, la segunda mayor potencia petrolera del mundo, se ve forzada a importar gasolina de fuera. El hostigamiento de los drones ucranios contra sus refinerías ha agudizado la crisis de combustible en el país hasta un nivel que, si bien parece lejos de causar un colapso, sí resulta inquietante para el Kremlin, que depende de los ingresos del sector para alimentar la guerra contra el país vecino, y añade un nuevo motivo de descontento para una población ya hastiada de problemas.
Los bombardeos ucranios contra las refinerías obligan a la potencia petrolera a comprar carburante fuera y merman los ingresos del Kremlin para la guerra
Rusia, la segunda mayor potencia petrolera del mundo, se ve forzada a importar gasolina de fuera. El hostigamiento de los drones ucranios contra sus refinerías ha agudizado la crisis de combustible en el país hasta un nivel que, si bien parece lejos de causar un colapso, sí resulta inquietante para el Kremlin, que depende de los ingresos del sector para alimentar la guerra contra el país vecino, y añade un nuevo motivo de descontento para una población ya hastiada de problemas.
Muchas gasolineras han cerrado o están sobrepasadas por colas de decenas y decenas de vehículos en casi todo el país. Ese es el paisaje a lo largo de los más de 1.500 kilómetros de carretera que separan la península ocupada de Crimea, donde las autoridades han prohibido la venta de gasolina a particulares, hasta Moscú, donde algunas estaciones de servicio solo ofrecen un máximo de 20 litros de combustible por vehículo. Aunque esta situación también se produce en la profundidad de Siberia y en la costa del Pacífico.
Un autobús cargado de turistas partió este jueves desde Crimea, anexionada por Rusia en 2014, con el depósito medio vacío. En la península del mar Negro solo tienen permitido recargar combustible los vehículos de la Administración, el ejército y algunas pocas empresas elegidas por las autoridades. La única excepción es la ciudad que sirve de base a la Flota del Mar Negro, Sebastopol, donde se puede intentar pedir un código QR que permite echar gasolina una vez. La región, aislada por las fuerzas ucranias al tener solo dos vías de acceso a tiro de dron, se encuentra en una situación crítica y algunos ciudadanos se la juegan vendiendo bidones de combustible ilegalmente en caminos apartados.

Tras cruzar el puente de Crimea, el autobús turístico entró en la región de Krasnodar, donde las autoridades han establecido un límite de 20 litros de repostaje por vehículo. El conductor pasó de largo las primeras gasolineras, abarrotadas por decenas de coches, para acabar haciendo más de una hora de cola en otra estación de servicio casi a medianoche. En los puestos para pagar, malas caras de los conductores y nervios y broncas con las cajeras. En el camino, otros vehículos tirados en el arcén.
La noticia del día en esa provincia es la detención de dos jóvenes de la vecina Rostov por planear la reventa “a precios inflados” de 1.000 litros de gasolina que habían adquirido de una distribuidora mayorista, según la policía. Les pueden caer hasta seis años de cárcel por este delito. Pero no son pioneros: si en Crimea lo hacen a plena luz del día, en Irkutsk, a más de 5.000 kilómetros al este de Moscú, al menos cuatro personas han sido detenidas por el mismo crimen.
El viaje en autobús a Moscú deja otras tres estampas que reflejan el desorden que vive Rusia. La primera es del ferrocarril. En paralelo a la autovía de Krasnodar, una inmensa hilera de vagones cisterna vacíos se extiende hasta el infinito aparcada sobre la vía. La región alberga puertos estratégicos que dan salida al combustible ruso, pero cientos de vagones están apartados sin ningún uso.
Otra imagen es la de las refinerías y depósitos protegidos por estructuras de todo tipo, desde andamios a mallas de metal, para intentar frenar los ataques de los drones ucranios si las ametralladoras y baterías antiaéreas no aciertan a tiempo en el blanco. De algunas instalaciones visibles desde el autobús ya solo queda un amasijo de metal deforme. Según algunos informes rusos, el éxito de estas protecciones no está claro y pueden ser contraproducentes si hay que sofocar un incendio por un ataque.
Y la tercera estampa, el desasosiego de los pasajeros del autobús al ver de pronto una silueta recortada en el cielo durante el atardecer. Tres amigas jubiladas, un padre con sus dos hijos, y una madre y su niña, se agitan al ver que no desaparece. “¡Va en paralelo hacia nosotros!“, dice una de las pensionistas. “Es un dron, vuela muy bajo”, clama la madre antes de salir corriendo a avisar al conductor. Todos se quedan más tranquilos cuando escuchan que solo se trata de un caza ruso Sujói, uno de los suyos.
El Ministerio de Defensa ruso dice haber derribado 63.993 drones ucranios sobre su territorio en la primera mitad de año. Si a esta cifra se suman los aparatos que lograron colarse en el entramado defensivo, se entiende la dimensión de la campaña ucrania contra las refinerías. Entre ellas, la que abastece a alrededor del 40% de Moscú, el centro financiero del país.
Según informes internos rusos a los que ha tenido acceso la agencia Reuters, la producción total de combustible se desplomó en junio un 25% respecto al mismo mes de 2025 y a marzo de este año, el momento en el que comenzaron a intensificarse los ataques ucranios. El mercado interno demanda en esta época alrededor de 110.000 toneladas de combustible diarias, pero las refinerías rusas ahora apenas alcanzan a producir unas 85.000 toneladas.
Los ataques de Kiev provocan otros daños colaterales en la economía. Los rusos, ya al límite por el encarecimiento de la cesta de la compra, han visto cómo el precio de la gasolina y del diésel ha subido más de un 11% solo en junio. Y el banco central, presionado por el Kremlin para bajar los tipos de interés, los ha dejado en el 14,25% ante la presión inflacionista que provoca el encarecimiento del combustible en el resto de la economía. En algunas regiones el litro de gasolina ya vale 200 rublos (2,3 euros), pese a estar subvencionada y tener un cambio muy favorable respecto a la divisa europea.
Por otra parte, uno de cada tres rublos que ingresa el Kremlin en impuestos a las petroleras los ha gastado estos meses en subvencionarlas por los daños sufridos y para vender más barato en el mercado interno su combustible, según los datos del Gobierno recogidos por The Moscow Times.

Otro golpe lo sufre la aviación civil rusa. Algunos aeropuertos han impuesto restricciones al repostaje de queroseno y una aerolínea, Azimut, ha advertido de que la situación es crítica. Según Reuters, las autoridades rusas negocian con Japón la adquisición de al menos 200.000 barriles de combustible para aviones.
Rusia ya había sufrido escasez de combustible en otros momentos puntuales de la guerra, pero lo solventaba vetando temporalmente su exportación al exterior y con un pequeño apoyo de Bielorrusia. Esta vez la crisis es peor. Rusia, segunda potencia exportadora de petróleo del mundo y uno de los cinco mayores productores de combustible refinado, ha restringido la venta en más de 30 regiones y negocia comprar gasolina y diésel a otros países.
“Se están llevando a cabo conversaciones activamente. Si se acuerdan precios aceptables, entonces se seguirá adelante”, ha reconocido esta semana el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov. Según el viceprimer ministro Alexánder Novak, antiguo titular de la cartera de Energía, la importación de gasolina será una de las “medidas clave” para estabilizar el mercado interno.
Moscú no ha detallado con qué países negocia la compra de combustible. Algunos medios apuntan a la India, a la que Rusia vende petróleo con descuento para su refinación. Paradójicamente, la debilidad rusa podría aumentar aún más la rebaja que exigen las refinerías indias por aceptar crudo sancionado de Moscú.
Otra iniciativa aprobada recientemente por el Gobierno ruso ha sido permitir hasta final de año la venta de combustible bajo la norma de emisiones Euro-3 en vez de Euro-5, obligatoria en el resto de la Unión Económica Euroasiática y en Europa. Esto implica más aditivos y hasta 150 miligramos de azufre por litro, diez veces más que en la normativa actual, lo que supone un mayor daño para el motor y más contaminación del medio ambiente.
Kiev ataca el pilar del Kremlin
Winston Churchill, al hablar en sus memorias sobre los ataques alemanes contra los convoyes de suministros, decía que su mayor terror no eran “batallas espectaculares, sino estadísticas, diagramas y curvas desconocidas para la nación, incomprensibles para el público”. El Kremlin se enfrenta hoy a una amenaza similar.
Aunque logre estabilizar el mercado, el gasto en importar combustible hace un agujero en los planes de Moscú. La exportación de hidrocarburos y sus refinados es precisamente una de sus principales fuentes de financiación de la guerra contra Ucrania, uno de los pilares en los que ha sustentado su estrategia de reclutar voluntarios con grandes sueldos sin recurrir a una movilización que enfurezca a la población.
Sin embargo, la tregua en la guerra de Irán ha provocado que el precio del petróleo ruso, que incluye un fuerte descuento para compensar al cliente del riesgo de las sanciones, se desplome. Tras alcanzar los 110 dólares por barril en su punto álgido de abril, el crudo ruso cotiza ahora en torno a 44 dólares.
Las cuentas no cuadran con estos precios. Primero, porque el Gobierno ruso diseñó sus presupuestos para 2026 con la premisa de que su barril valiese 59 dólares de media. Segundo, porque el déficit público ya ha superado holgadamente su techo para este año.

Según el Ministerio de Finanzas, los ingresos por petróleo y gas, aproximadamente uno de cada cinco rublos de los ingresos totales, se han desplomado un 30% entre enero y mayo, y el déficit público ronda los seis billones de rublos, unos 68.000 millones de euros al cambio actual, cuando la meta son 3,8 billones de rublos (unos 43.000 millones de euros).
Semanas antes de la guerra de Irán, que arrancó a finales de febrero, el Ministerio de Finanzas ruso estudiaba acometer un gran recorte en partidas “no esenciales”, es decir, sociales, ante el desplome de los ingresos y el aumento imprevisto del gasto militar. Con las reservas al mínimo y el castigo ucranio contra sus refinerías que no cesa, los rusos temen que los recortes llegarán tras las elecciones legislativas de septiembre, en las que el Kremlin necesita exhibir la imagen de un respaldo masivo a su presidente.
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