De pitada en pitada fue Joseba Asiron en el día grande de Pamplona. Pegó la espantada en la solemne misa y se marchó por la puerta de atrás de la Iglesia de San Lorenzo para irse de vermú. Aquellos abucheos crecieron en la Monumental, dividida en sol y sombra, a favor y en contra del alcalde que cuando llegó al cargo decía que le gustaba el toro de la merienda. Un planazo, aunque en su sueño húmedo sobra de esta ecuación el toro. Asiron disfrutaría mucho más si, en lugar de un animal con la verdad de la muerte, saltara al ruedo una alegre comparsa de animales abertzales agitando ikurriñas y pidiendo amnistías y la vuelta a casa de los presos etarras. Pues bien, en su palco andaba el hombre, con su chistera calada hasta la cejas para tapar el disparate: Sanfermines sin corridas, sin encierros y sin toros, es decir, Sanfermines sin San Fermín. Un chupinazo sin pólvora, una vendimia en la que se prohíba el vino, un txistu sin txistulari. Pamplona, con su bronca navarra y española, le recordó que la cultura de esta tierra tiene corazón, memoria y bemoles.Un par había que tener para ponerse frente a Manirroto, un toro de imponente velamen, con la seriedad de sus casi seis años. Un trago para las cuadrillas, un fuenteymbro para echarse correr, con peligro y al acecho, aunque respondiera obediente al formidable trato de Daniel Luque, en una exhibición de valor y técnica rematada a la primera. Mucho mérito del sevillano.Faltaban tres minutos para las siete cuando las peñas entonaban el ‘sigo siendo el rey’ número uno de la feria. Blandeó el rey de la Fiesta y asomó el moquero verde. Corrió turno Víctor Hernández, que acabó debutando con Escribiente, con medio metro de pitón a pitón, y otros cincuenta centímetros en el asta izquierda. No le importó aquella extensión al de Los Santos de la Humosa para ceñirse en dos gaoneras. Por chicuelinas dejó su tarjeta de presentación Palacio antes del brindis de Hernández, que sorprendió con una espadina milimétrica. Otro noble aire traía este ejemplar, el único cuatreño (cercano a los cinco veranos), al que sopló una serie diestra de temple y largura. En los medios siguió para interpretar el natural, pero a Escribiente se le acabó la tinta y recurrió al arrimón con sereno valor. Cuando se marchó a por la espada, arreciaron los gritos contra Pedro Sánchez. Tibios los saludos tras la tardanza en doblar del toro.Con dos faroles de rodillas calentó Aarón Palacio al público. Calentito andaba ya por la ola de calor y por las pítimas. Apenas se sostenía un hombretón rosado como los tomates de Sunbilla y perdería literalmente los pantalones al pasar por la acera del Leyre. Le echaban agua sus dos colegas, como se refrescaba en los baños toda la plaza. Insoportable el bochorno. ¿Quién era el guapo que embestía con ese oleaje de calor? El tercero tampoco lo fue, soltando la cara en su rácano viaje. Puso más Palacio que el de San José del Valle, que tampoco es que sea el Polo Norte. Pero lo de este siete de julio era de lipotimia y desmayos. Qué mérito el de los toreros, enfundados en ese traje de luces, sudando la gota gorda. Dos pendulares en el platillo habían captado la atención del público y los molinetes de hinojos, junto a la efectividad de una estocada caída, provocaron una pañolada festiva. No hubo oreja, pero sí paseo al anillo. Feria de San Fermín Monumental de Pamplona Martes, 7 de julio de 2026. Tercera corrida. Lleno. Toros de Fuente Ymbro, de más fachada que juego, serios y de imponentes caras, sin entrega y rajados, descastados en general; con mucho peligro 1º y 6º. Daniel Luque, de grana y oro: estocada (silencio); espadazo rinconero (saludos). Víctor Hernández, de grosella y oro: media desprendida (saludos); estocada caída (silencio). Aarón Palacio, de blanco y oro: estocada corta caída (petición y vuelta al ruedo); Hora del cuarto, ese que le gusta al alcalde. Ni caso hicieron las gentes, con el bocadillo en una mano y el abanico en la otra, al estoico quite de Hernández. En la frontera del 7 y el 8 se echó de rodillas Luque para acaparar las miradas de los comensales mientras abría los caminos del gigantesco Improvisado. Sin clase por el derecho, rompió a embestir a babor en una humillada tanda. Un espejismo: su durabilidad se contaba con los dedos de una mano; en cuanto se sintió podido, protestó y se rajó. Y tras el rodillazo del molinete se piró a tablas. De un puñetazo lo mandó el de Gerena a otra vida y saludó una ovación.No mejoró el juego en el sobrero quinto, abiertísimo de cara y metiéndose por dentro. Nunca iba de verdad, tan alejado de la bravura. Víctor Hernández no pudo hacer otra cosa que mostrar su disposición.Faltaba el sexto cartucho y Aarón salió a por todas. A portagayola se marchó: si no llega a echar cuerpo a tierra, Botellero lo atraviesa. Otro que no embistió. Más lo hizo el aragonés, con determinación desde el prólogo de rodillas y conectando como nunca en la tarde con las peñas. Un mulo era Botellero, con el que el capotillo del santo evitó dos veces la cornada: a Pirri, que pasó a la enfermería visiblemente dolorido tras su intento de tomar el olivo, y a Palacio, que sufrió un duro arreón contra las tablas. Su ambiciosa frescura caló en su debut en Pamplona y, ahora sí, cortó la única oreja de una descastada corrida que se negó a embestir. De pitada en pitada fue Joseba Asiron en el día grande de Pamplona. Pegó la espantada en la solemne misa y se marchó por la puerta de atrás de la Iglesia de San Lorenzo para irse de vermú. Aquellos abucheos crecieron en la Monumental, dividida en sol y sombra, a favor y en contra del alcalde que cuando llegó al cargo decía que le gustaba el toro de la merienda. Un planazo, aunque en su sueño húmedo sobra de esta ecuación el toro. Asiron disfrutaría mucho más si, en lugar de un animal con la verdad de la muerte, saltara al ruedo una alegre comparsa de animales abertzales agitando ikurriñas y pidiendo amnistías y la vuelta a casa de los presos etarras. Pues bien, en su palco andaba el hombre, con su chistera calada hasta la cejas para tapar el disparate: Sanfermines sin corridas, sin encierros y sin toros, es decir, Sanfermines sin San Fermín. Un chupinazo sin pólvora, una vendimia en la que se prohíba el vino, un txistu sin txistulari. Pamplona, con su bronca navarra y española, le recordó que la cultura de esta tierra tiene corazón, memoria y bemoles.Un par había que tener para ponerse frente a Manirroto, un toro de imponente velamen, con la seriedad de sus casi seis años. Un trago para las cuadrillas, un fuenteymbro para echarse correr, con peligro y al acecho, aunque respondiera obediente al formidable trato de Daniel Luque, en una exhibición de valor y técnica rematada a la primera. Mucho mérito del sevillano.Faltaban tres minutos para las siete cuando las peñas entonaban el ‘sigo siendo el rey’ número uno de la feria. Blandeó el rey de la Fiesta y asomó el moquero verde. Corrió turno Víctor Hernández, que acabó debutando con Escribiente, con medio metro de pitón a pitón, y otros cincuenta centímetros en el asta izquierda. No le importó aquella extensión al de Los Santos de la Humosa para ceñirse en dos gaoneras. Por chicuelinas dejó su tarjeta de presentación Palacio antes del brindis de Hernández, que sorprendió con una espadina milimétrica. Otro noble aire traía este ejemplar, el único cuatreño (cercano a los cinco veranos), al que sopló una serie diestra de temple y largura. En los medios siguió para interpretar el natural, pero a Escribiente se le acabó la tinta y recurrió al arrimón con sereno valor. Cuando se marchó a por la espada, arreciaron los gritos contra Pedro Sánchez. Tibios los saludos tras la tardanza en doblar del toro.Con dos faroles de rodillas calentó Aarón Palacio al público. Calentito andaba ya por la ola de calor y por las pítimas. Apenas se sostenía un hombretón rosado como los tomates de Sunbilla y perdería literalmente los pantalones al pasar por la acera del Leyre. Le echaban agua sus dos colegas, como se refrescaba en los baños toda la plaza. Insoportable el bochorno. ¿Quién era el guapo que embestía con ese oleaje de calor? El tercero tampoco lo fue, soltando la cara en su rácano viaje. Puso más Palacio que el de San José del Valle, que tampoco es que sea el Polo Norte. Pero lo de este siete de julio era de lipotimia y desmayos. Qué mérito el de los toreros, enfundados en ese traje de luces, sudando la gota gorda. Dos pendulares en el platillo habían captado la atención del público y los molinetes de hinojos, junto a la efectividad de una estocada caída, provocaron una pañolada festiva. No hubo oreja, pero sí paseo al anillo. Feria de San Fermín Monumental de Pamplona Martes, 7 de julio de 2026. Tercera corrida. Lleno. Toros de Fuente Ymbro, de más fachada que juego, serios y de imponentes caras, sin entrega y rajados, descastados en general; con mucho peligro 1º y 6º. Daniel Luque, de grana y oro: estocada (silencio); espadazo rinconero (saludos). Víctor Hernández, de grosella y oro: media desprendida (saludos); estocada caída (silencio). Aarón Palacio, de blanco y oro: estocada corta caída (petición y vuelta al ruedo); Hora del cuarto, ese que le gusta al alcalde. Ni caso hicieron las gentes, con el bocadillo en una mano y el abanico en la otra, al estoico quite de Hernández. En la frontera del 7 y el 8 se echó de rodillas Luque para acaparar las miradas de los comensales mientras abría los caminos del gigantesco Improvisado. Sin clase por el derecho, rompió a embestir a babor en una humillada tanda. Un espejismo: su durabilidad se contaba con los dedos de una mano; en cuanto se sintió podido, protestó y se rajó. Y tras el rodillazo del molinete se piró a tablas. De un puñetazo lo mandó el de Gerena a otra vida y saludó una ovación.No mejoró el juego en el sobrero quinto, abiertísimo de cara y metiéndose por dentro. Nunca iba de verdad, tan alejado de la bravura. Víctor Hernández no pudo hacer otra cosa que mostrar su disposición.Faltaba el sexto cartucho y Aarón salió a por todas. A portagayola se marchó: si no llega a echar cuerpo a tierra, Botellero lo atraviesa. Otro que no embistió. Más lo hizo el aragonés, con determinación desde el prólogo de rodillas y conectando como nunca en la tarde con las peñas. Un mulo era Botellero, con el que el capotillo del santo evitó dos veces la cornada: a Pirri, que pasó a la enfermería visiblemente dolorido tras su intento de tomar el olivo, y a Palacio, que sufrió un duro arreón contra las tablas. Su ambiciosa frescura caló en su debut en Pamplona y, ahora sí, cortó la única oreja de una descastada corrida que se negó a embestir.

De pitada en pitada fue Joseba Asiron en el día grande de Pamplona. Pegó la espantada en la solemne misa y se marchó por la puerta de atrás de la Iglesia de San Lorenzo para irse de vermú, lo que no agradó a la ciudadanía. … Aquellos abucheos crecieron en la Monumental, dividida en sol y sombra, a favor y en contra del alcalde que cuando llegó al cargo decía saborear la merienda tras el tercer toro. Un planazo, aunque en su sueño húmedo sobre de esta ecuación el toro. Asirón disfrutaría mucho más si, en lugar de un animal con la verdad de la muerte, saltara al ruedo una alegre comparsa de animales abertzales agitando ikurriñas y pidiendo anmistías y la vuelta a casa de los presos. Pues bien, en su palco andaba el hombre, con su chistera calada hasta la cejas para tapar el disparate: Sanfermines sin corridas, sin encierros, sin toros, es decir, Sanfermines sin San Fermín. Un chupinazo sin pólvora, una vendimia en la que se prohíba el vino, un txistu sin txistulari. Pamplona, con su bronca navarra y española, le recordó que su fiesta tiene corazón, memoria y bemoles.
Un par había que tener para ponerse frente a Manirroto, un toro de imponente velamen, con al serieda de sus casi seis años. Un trago para las cuadrillas, un fuenteymbro para echarse correr, con peligro y al acecho, aunque respondiera obdiente al pformidable trato de Daniel Luque, en una exhibición de valor y técnica rematada a la primera. Mucho mérito del sevillano
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Monumental de Pamplona
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