Argentina puede convertirse este domingo en la tercera selección en consagrarse bicampeona del mundo, una hazaña que únicamente fue conseguida en tiempos de fotografías en blanco y negro, primero por Italia en 1934 y 1938 bajo la sombra del líder fascista Benito Mussolini y luego por Brasil en 1958 y 1962 con el liderazgo futbolístico de Pelé y Garrincha.
La Albiceleste intentará ante España una hazaña que no consigue ninguna selección desde hace 64 años: ganar dos Copas del Mundo seguidas
Argentina puede convertirse este domingo en la tercera selección en consagrarse bicampeona del mundo, una hazaña que únicamente fue conseguida en tiempos de fotografías en blanco y negro, primero por Italia en 1934 y 1938 bajo la sombra del líder fascista Benito Mussolini y luego por Brasil en 1958 y 1962 con el liderazgo futbolístico de Pelé y Garrincha.
Tres selecciones estuvieron a punto de conseguirlo desde entonces: Argentina en 1990, Brasil en 1998 y Francia en 2022 fueron los campeones defensores que llegaron a la final del Mundial siguiente, pero perdieron en el último paso. Como las selecciones bicampeonas no repitieron su capitán de un torneo al otro, Lionel Messi podría convertirse este domingo en el primer jugador en recibir dos veces la Copa del Mundo, en 2022 de parte de Gianni Infantino y el emir de Qatar, Tamin Al Thani, y, en caso de que Argentina supere a España, del presidente de la FIFA y Donald Trump.
Entre los bicampeones italianos, la cinta de capitán fue usada en 1934 por el arquero Gianpiero Combi y en 1938 por el delantero Giuseppe Meazza. En Brasil, Bellini levantó la Copa de 1958 y Mauro la de 1962. Ambos eran defensores. Ocho años después, en la tercera estrella ganada en México 1970, el capitán fue Carlos Alberto, otro defensor. Pelé, el único jugador que ganó tres Mundiales, no cumplía ese rol.
Los Mundiales de la década del 30 tenían pocos participantes: en 1934, jugada en una Italia sometida bajo el régimen de Mussolini, hubo 16 equipos. En la segunda, en Francia, ya al borde de la Segunda Guerra Mundial, se inscribieron 15 países. La nacionalización de deportistas tuvo uno de sus primeros capítulos en Italia 1934, ya que la Azzurra campeona contaba con cuatro futbolistas nacidos en Argentina -Raimundo Orsi, Enrique Guaita, Attilio Demaría y Luis Monti- y uno de Brasil, Anfilogino Guarisi.
Si Mussolini les dijo en 1934 a los organizadores “No sé cómo, pero Italia debe ganar este Mundial”, cuatro años después repitió una amenaza similar: al líder fascista se le adjudica haberle enviado un telegrama intimidatorio al plantel italiano antes del Mundial 38, en Francia, con la frase “Vencer o morir”.
Los espectadores franceses silbaron a los italianos en su debut, ante Noruega, y la respuesta no tardó en llegar: para el cruce de cuartos de final, justamente ante los locales, Italia jugó de negro, el color de las camisas de los hombres que habían avanzado sobre Roma para poner en el poder a Mussolini. Los italianos ganaron 3-2 y dieron otro paso hacia su bicampeonato, que celebrarían tras vencer en la final a Hungría.
El bicampeonato de Brasil en Suecia 1958 y Chile 1962 giró alrededor de Pelé y Garrincha. Los sudamericanos, que no habían ganado ningún Mundial hasta entonces, incluyeron a un psicólogo, João Carvalhaes, en la delegación que viajó a Suecia tras una larga travesía de aviones a hélice. Pelé no jugó los dos primeros partidos porque no estaba recuperado de una lesión. Además, a sus 17 años, su apariencia casi de niño parecía más una segunda alternativa que una primera solución.
Sin embargo, tras un empate ante los ingleses, Brasil necesitaba ganar el tercer juego y su entrenador, Vicente Feola, decidió recurrir a Pelé y otra estrella en ascenso, Garrincha, de 24 años. El psicólogo le sugirió al técnico que no incluyera a Pelé: le explicó que, en los estudios que le había realizado al plantel, el 10 de Santos había conseguido uno de los resultados más bajos, 68 puntos sobre 123. De su caligrafía y las figuras que había dibujado, Carvalhaes dedujo que arrastraba una mentalidad infantil y sin espíritu de lucha. Pero Feola le respondió al psicólogo: “Tal vez tengas razón, pero de fútbol no sabes nada. Pelé juega”.
Debutó contra Unión Soviética y se ganó una titularidad que ya no perdería. En los cuartos de final contra Gales, recibió la pelota con el pecho y, como si su caja torácica estuviese hecha de resortes, se hizo un autopase al costado de un defensor. Acto seguido, anotó el 1-0 decisivo. Fue el primero de los seis goles que haría en Suecia 58. En la semifinal contra Francia, un Pelé a ritmo de samba aportó tres goles para el 5-2 brasileño. Ya en la final contra Suecia, volvió a anotar otros dos goles para un nuevo 5-2 del flamante campeón.
Un compañero suyo, Didí, de 29 años y llamado “el termómetro de la Copa”, fue elegido el mejor jugador del Mundial, pero el planeta empezó a creer que Pelé lo había ganado solo, y que era capaz de todo. Tras la final, ante el pedido de los fotógrafos que le pedían que mostrara el trofeo lo más alto posible, Bellini inauguró un hábito: levantar la Copa del Mundo con las dos manos.
Cuatro años después, en Chile 1962, Pelé cumplió un papel inverso al de Suecia 58: solo jugó los dos primeros partidos. En el debut concedió un show unipersonal contra México pero su físico de marfil colapsó ante Checoslovaquia y ya no volvió a jugar. Brasil siguió pasando fases y esperando por la recuperación de Pelé el resto del torneo. La presión para el cuerpo técnico se tornó insoportable en las horas previas a la final, cuando un dirigente amenazó al médico de la delegación, Hilton Gosling: “Si Brasil pierde la final porque Pelé no juega, usted está liquidado”.
El doctor, sin embargo, se mantuvo firme y Brasil ganó el bicampeonato con Pelé sentado en las tribunas. Quien jugó ese partido, y no tendría que haberlo hecho, fue Garrincha, que había sido expulsado en la instancia anterior, ante Chile, por pegarle una patada a un defensor local en medio de un partido calificado como “la batalla de Santiago”. Sin embargo, la Confederación Brasileña de Fútbol y el presidente chileno, Jorge Alessandri, intervinieron ante Stanley Rous, titular de la FIFA, para que Garrincha jugara ante Checoslovaquia, el único antecedente al indulto que Infantino le concedió en este Mundial a Folarin Balogun ante el pedido de Trump.
Otra historia puede repetirse 64 años después.
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