Acabadas las elecciones en Israel, los ingredientes están claros, pero queda lo más difícil: ligar la salsa. Los resultados definitivos de los comicios, difundidos el viernes, apenas varían el dibujo que se venía esbozando: el Likud, el partido del primer ministro Benjamín Netanyahu, cae de 32 a 27 escaños, pero sigue como primera fuerza. Su coalición, sin embargo, pierde la mayoría parlamentaria, al quedarse en solo 53 escaños de los 120 que tiene la Kneset. En otro país, la conclusión sería que ha ganado la oposición. Pero los 67 escaños restantes se dividen entre 48 para los cuatro partidos judíos —que van desde, sobre todo, la derecha hasta la izquierda secular—y en 19 para las dos listas que representan a los palestinos con pasaporte israelí: un 20% de la población estigmatizada y tratada como ciudadanos de segunda. Y si algo han mostrado los primeros días de contactos es justamente cuánto costará en el Israel de 2026 que los partidos judíos integren a los árabes. Tanto que se habla más ya de nuevas elecciones que de nuevo Gobierno.
Las negociaciones para formar Gobierno marchan paralelas a las señales de preparativos de un nuevo ataque de Netanyahu y Trump a Irán
Acabadas las elecciones en Israel, los ingredientes están claros, pero queda lo más difícil: ligar la salsa. Los resultados definitivos de los comicios, difundidos el viernes, apenas varían el dibujo que se venía esbozando: el Likud, el partido del primer ministro Benjamín Netanyahu, cae de 32 a 27 escaños, pero sigue como primera fuerza. Su coalición, sin embargo, pierde la mayoría parlamentaria, al quedarse en solo 53 escaños de los 120 que tiene la Kneset. En otro país, la conclusión sería que ha ganado la oposición. Pero los 67 escaños restantes se dividen entre 48 para los cuatro partidos judíos —que van desde, sobre todo, la derecha hasta la izquierda secular—y en 19 para las dos listas que representan a los palestinos con pasaporte israelí: un 20% de la población estigmatizada y tratada como ciudadanos de segunda. Y si algo han mostrado los primeros días de contactos es justamente cuánto costará en el Israel de 2026 que los partidos judíos integren a los árabes. Tanto que se habla más ya de nuevas elecciones que de nuevo Gobierno.
El pegamento que unía el collage del bloque anti-Netanyahu ha empezado a deshacerse al enfrentar el examen de las decisiones. Tres de las cuatro formaciones judías rechazan o ponen pegas a gobernar con una o las dos listas árabes (que han obtenido su mejor resultado histórico), pese a quererlo un 61% de quienes les votaron, según una encuesta que efectuó el centro Acord de la Universidad Hebrea de Jerusalén tras el cierre de las urnas. Solo un 12% desea un Gobierno de rotación con Netanyahu y otro 7%, una coalición con partidos ultraortodoxos, para no depender de los árabes. Un 20% se inclina por volver a las urnas para deshacer el embrollo.
El más hostil a contar con los árabes es Avigdor Lieberman, el líder del partido opositor de derechas Israel Beitenu. “Si alguien desea apoyarse en quienes respaldan el terrorismo, es su decisión. Nosotros no formaremos parte”, ha dicho tajantemente. “Tengo palabra y todo lo que dije antes de las elecciones sigue siendo válido después de ellas”. Lieberman se negó en campaña incluso a gobernar en minoría con el respaldo desde fuera de las formaciones palestinas. Un 42% de sus votantes las prefiere, sin embargo, a más Netanyahu en el poder.

Lieberman cierra así la puerta (al menos de momento, según demuestra la historia de las negociaciones políticas en Israel) a lo que defiende, desde el otro ala del bloque opositor, Yair Golán, el líder de Los Demócratas.
Golán se reunió el viernes con Mansur Abbas, el líder de la lista árabe Ra’am, e insiste en que la suma es simple (los 67 escaños que tiene la oposición son más que los 53 de Netanyahu) y ve “antidemocrático” excluir de la suma a los palestinos. “Un voto emitido el martes por un ciudadano árabe en [las localidades árabes] de Sajnín o Rahat tiene exactamente el mismo valor que un voto emitido por un ciudadano judío en Tel Aviv o Sderot”, protestaba en un artículo en el diario Haaretz. “Quien crea en la democracia no puede luchar por ella por la mañana para, acto seguido, por la tarde, invalidar las voces de cientos de miles de ciudadanos debido a su origen o a sus nombres”.
El viernes fue más específico. Propone gobernar con Ra’am, la lista árabe más fácil de digerir para la mayoría social judía ya que formó parte de la breve coalición anti-Netanyahu de 2021-2022 y ahora tiene además como diputado a un respetado exvicejefe de la policía judío, Yoav Segalovitz. La otra, la Conjunta, sostendría al Ejecutivo en el Parlamento, desde fuera, y ninguna de las dos participaría en los comités que deciden asuntos de seguridad, por la “sensibilidad” de que palestinos (aunque sean ciudadanos israelíes) tengan que decidir sobre operaciones militares en Gaza o Cisjordania.
Mientras, Yair Lapid, ex primer ministro y número dos de la lista Beyahad, insinúa fórmulas como un Ejecutivo en minoría. “Yo también quería el martes una victoria clara e inmediata, de esas con las que uno puede irse a dormir tranquilo. No es lo que hemos obtenido. Pero hemos ganado. No por KO, pero a los puntos”, ha señalado. Lapid pide ahora “paciencia” porque es momento de “relojeros”, que construyen despacio y desde el silencio en habitaciones cerradas.
La radio pública israelí Reshet Bet señalaba este viernes que la oposición está enfocada en cerrar filas y evitar que alguno de los partidos (la mayoría son de derechas y han gobernado con Netanyahu) se vea tentado de pasarse a la coalición. O que haya diputados tránsfugas. Hay muchas llamadas y [mensajes de] WhatsApp de sondeo estos días, mientras el portavoz del Likud, Guy Levy, acusa a los partidos judíos de oposición de plantearse una alianza con listas que “quieren destruir” el país y “entregar media Jerusalén a Hamás”.
El presidente del país, Isaac Herzog, dará la tarea de formar Gobierno a Netanyahu o al exjefe del Estado mayor Gadi Eisenkot, el líder de la segunda fuerza, con 21 diputados (Yashar). Elegirá al que vea con más posibilidades de forjar una mayoría, tras consultar con los distintos grupos desde la próxima semana.

Una de las opciones sobre la mesa ayudaría a Netanyahu tanto como decepcionaría a quienes pusieron sus esperanzas en Eisenkot para derrotarlo: un Gobierno de unidad nacional con ambos rotándose en la jefatura de Gobierno. Sería, probablemente, un suicidio político del líder opositor, además de que los trucos del primer ministro hace un lustro para evitar que Benny Gantz recibiese el testigo dificultan que se arriesgue a tropezar con la misma piedra. Pero hay presiones, en pro de la estabilidad, más aún si comienza una nueva guerra.
Dov Vaxman, experto en Oriente Próximo en la Universidad de California en Los Ángeles, solo ve “desgraciadamente realistas” dos opciones: esta o nuevas elecciones. Y ambas, añade, benefician al primer ministro. La segunda no sería nada extraña en uno de los países que más va a las urnas del mundo y que lo hizo cinco veces solo entre 2019 y 2022.
En las últimas horas gana peso una alternativa que superaría las actuales líneas políticas. Se trata de un Gobierno de los cuatro partidos judíos de oposición con apoyo desde fuera de uno ultraortodoxo que hoy gobierna con Netanyahu: Judaísmo Unido de la Torá. Es, a priori, sorprendente, porque la oposición lleva por bandera una ley de alistamiento obligatorio que acabe con la exención de los ultraortodoxos del servicio militar. Pero una fuente de la formación ve “agotada” la alianza con Netanyahu, tras quedar en minoría e incumplir su promesa de grabar en ley su exención. Con la oposición, al menos, podrían llegar a un tipo de entendimiento y convertirse “de nuevo en una fuerza decisiva en la Kneset”, decía la fuente. Sin Judaísmo Unido de la Torá, el bloque de Netanyahu bajaría a 46 escaños, dos menos que la oposición, que podría sumar además (para dar empaque al Ejecutivo) los ocho de Ra’am,
Todos los cálculos pueden, sin embargo, saltar por los aires por dos motivos.
El primero: un nuevo ataque conjunto de Israel y EE UU a Irán. Netanyahu ya lo quería antes de las elecciones, pero se topó con el recelo del jefe del Estado mayor, Eyaz Zamir, con quien discutió al respecto, según el canal 12 de televisión. Y, sobre todo, con el presidente de EE UU, Donald Trump, preocupado por el potencial impacto en las elecciones de medio mandato que se celebran este martes.
Este mismo viernes, los medios israelíes informaban de que el ejército de EE UU inició un importante puente aéreo hacia Oriente Próximo justo después de que cerrasen las urnas en Israel. Al menos diez de sus aviones de transporte han aterrizado en las últimas 24 horas en bases de la Fuerza Aérea de Israel en el sur del país, probablemente con interceptores para las baterías de defensa aérea. El diario The Wall Street Journal ya desveló el martes que Washington ha instado a varios países árabes del Golfo ―que albergan bases de EE UU y contra los que Irán disparó en la anterior guerra― a prepararse para una “campaña militar breve e intensa” contra Teherán cuando pasen las elecciones de medio mandato.
El segundo es el embarramiento del terreno por Netanyahu. El jueves, el presidente del Comité Central Electoral, Noam Sohlberg, pidió a los servicios secretos en Israel y los territorios palestinos ocupados investigar “graves sospechas” de financiación catarí en apoyo de un partido árabe. Lo explicó con que la población mantenga la confianza en el resultado, pero Netanyahu ―que ya había acusado a los árabes de “robar” las elecciones antes incluso de que empezasen― se lanzó a desprestigiar los resultados o a quienes pactasen con los partidos palestinos para desbancarlo del poder, hablando de “votos comprados en efectivo”. Era sobre todo un intento de retrasar la formación, dentro de dos semanas, de un nuevo Parlamento en el que ya no tendría la mayoría y lo primero que hará la oposición es reemplazar al presidente, Amir Ohana.
Ha sido tan burdo que los servicios secretos tuvieron que salir a aclarar que las sospechas son “limitadas” y, en ningún caso, tenían dimensión suficiente para afectar al resultado. Fuentes del Shin Bet filtraban que Netanyahu había inflado las sospechas “por encima de toda proporción” para su beneficio político y el director general del Comité, Dean Livneh, admitía que no estaba al tanto de que tuviesen base. Los tres arrestados ya están en libertad.
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