« La vida sigue terne que terne, sube que sube ». No, aunque suene tan actual, Antonio Díaz-Cañabate no se refería a la continua alza de precios que, según calculan, ha encarecido un 30% el coste de la vida en los últimos años . El crítico de ABC escribía sobre la carestía de alimentos y los problemas de subsistencia que fueron noticia en España en 1920, tras la Primera Guerra Mundial. Día sí, día también, se repetían las colas ante los establecimientos que vendían arroz, patatas y aceite o a las puertas de los estancos. Las huelgas brotaban por doquier y hasta se llegaron a registrar asaltos a tahonas por la escasez de pan. «¡Se vive!» , titulaba Luis Gabaldón por entonces, antes de añadir a renglón seguido: «Es decir, se intenta vivir, que no es lo mismo». Ante los prohibitivos precios que alcanzó el calzado, nació en Almería una pintoresca protesta que prendió en el Casino de Autores de Madrid y se extendió como una mancha de aceite por todo el país. Al grito de «¡abajo la suela y viva el cáñamo!» , legiones de ‘alpargatistas’ se juramentaron para poner freno a la codicia de comerciantes, intermediarios y abastecedores, enarbolando la popular alpargata como bandera. La Liga de la alpargata fue ganando adeptos por centenas entre la clase media, la más maltratada por la subida del coste de la vida. Señoras y señoritas, damas y caballeros asistían a iglesias, paseos y teatros de toda España calzando el económico calzado. Incluso los cómicos y actores salían a escena con arreglo a su personaje, pero en alpargatas, siguiendo la protesta popular. «He aquí, de un modo inesperado, cómo se ha hecho la revolución desde abajo, porque más bajo que la alpargata no hay nada », constataba Gabaldón el mismo día en que ABC publicaba una fotografía del rey Alfonso XIII aplaudiendo desde un balcón del Palacio Real a los manifestantes en pro del uso de la alpargata. Para Pedro Mata , no se trataba «de una pose, de un ‘bello gesto’, de un desplante» de unos cuantos señoritos elegantes y aristocráticos, sino de una medida práctica adoptada por la burguesía para «contrarrestar del único modo eficaz que puede hacerse la codicia de los explotadores». No era un alarde romántico, era « una determinación financiera », aunque auguraba, tal como ocurrió, que fabricantes y vendedores aumentarían pronto el precio de las alpargatas y en un mes un par de alpargatas costarían tanto como un par de botas. «La Liga de la alpargata y otras cosas por el estilo no resuelven nada, no tienen eficacia», alertaba su compañero de redacción José María Salaverría , quien sin embargo se alegraba de que España vibrara por una vez «a tono con el momento universal» , aunque fuera para ensayar «las mismas tonterías que están de moda en Norteamérica». La reconquista de la alpargata fue efímera. A pesar de las recetas que publicaron los periódicos para conservar las alpargatas el mayor tiempo posible, con las lluvias y el frío perdieron inevitablemente la batalla ante los zapatos y las botas. Aunque, según recordó Fernando Fernán Gómez en una Tercera , el boicot de las alpargatas fracasó mucho antes de lo que sus organizadores habían calculado. Una de las razones -«y no la menos trascendente», decía este coloso del teatro y el cine español- fue que en los estrenos teatrales el público no podía meter ruido con los pies al patear el suelo si no le gustaba el espectáculo. El hábito del pateo era un aliciente de los estrenos de la época y el cáñamo o el esparto de las alpargatas no resultaba tan sonoro como el cuero de las suelas de los zapatos. «Este suceso de alpargatas y zapatos, un tanto disparatado -estamos en tierra de disparates, como vieron Goya y Ramón Gómez de la Serna-, aunque en apariencia trivial para la historia de la nación, es buena prueba de la pasión por el teatro del público de aquellos tiempos», sostuvo el académico de la RAE. « La vida sigue terne que terne, sube que sube ». No, aunque suene tan actual, Antonio Díaz-Cañabate no se refería a la continua alza de precios que, según calculan, ha encarecido un 30% el coste de la vida en los últimos años . El crítico de ABC escribía sobre la carestía de alimentos y los problemas de subsistencia que fueron noticia en España en 1920, tras la Primera Guerra Mundial. Día sí, día también, se repetían las colas ante los establecimientos que vendían arroz, patatas y aceite o a las puertas de los estancos. Las huelgas brotaban por doquier y hasta se llegaron a registrar asaltos a tahonas por la escasez de pan. «¡Se vive!» , titulaba Luis Gabaldón por entonces, antes de añadir a renglón seguido: «Es decir, se intenta vivir, que no es lo mismo». Ante los prohibitivos precios que alcanzó el calzado, nació en Almería una pintoresca protesta que prendió en el Casino de Autores de Madrid y se extendió como una mancha de aceite por todo el país. Al grito de «¡abajo la suela y viva el cáñamo!» , legiones de ‘alpargatistas’ se juramentaron para poner freno a la codicia de comerciantes, intermediarios y abastecedores, enarbolando la popular alpargata como bandera. La Liga de la alpargata fue ganando adeptos por centenas entre la clase media, la más maltratada por la subida del coste de la vida. Señoras y señoritas, damas y caballeros asistían a iglesias, paseos y teatros de toda España calzando el económico calzado. Incluso los cómicos y actores salían a escena con arreglo a su personaje, pero en alpargatas, siguiendo la protesta popular. «He aquí, de un modo inesperado, cómo se ha hecho la revolución desde abajo, porque más bajo que la alpargata no hay nada », constataba Gabaldón el mismo día en que ABC publicaba una fotografía del rey Alfonso XIII aplaudiendo desde un balcón del Palacio Real a los manifestantes en pro del uso de la alpargata. Para Pedro Mata , no se trataba «de una pose, de un ‘bello gesto’, de un desplante» de unos cuantos señoritos elegantes y aristocráticos, sino de una medida práctica adoptada por la burguesía para «contrarrestar del único modo eficaz que puede hacerse la codicia de los explotadores». No era un alarde romántico, era « una determinación financiera », aunque auguraba, tal como ocurrió, que fabricantes y vendedores aumentarían pronto el precio de las alpargatas y en un mes un par de alpargatas costarían tanto como un par de botas. «La Liga de la alpargata y otras cosas por el estilo no resuelven nada, no tienen eficacia», alertaba su compañero de redacción José María Salaverría , quien sin embargo se alegraba de que España vibrara por una vez «a tono con el momento universal» , aunque fuera para ensayar «las mismas tonterías que están de moda en Norteamérica». La reconquista de la alpargata fue efímera. A pesar de las recetas que publicaron los periódicos para conservar las alpargatas el mayor tiempo posible, con las lluvias y el frío perdieron inevitablemente la batalla ante los zapatos y las botas. Aunque, según recordó Fernando Fernán Gómez en una Tercera , el boicot de las alpargatas fracasó mucho antes de lo que sus organizadores habían calculado. Una de las razones -«y no la menos trascendente», decía este coloso del teatro y el cine español- fue que en los estrenos teatrales el público no podía meter ruido con los pies al patear el suelo si no le gustaba el espectáculo. El hábito del pateo era un aliciente de los estrenos de la época y el cáñamo o el esparto de las alpargatas no resultaba tan sonoro como el cuero de las suelas de los zapatos. «Este suceso de alpargatas y zapatos, un tanto disparatado -estamos en tierra de disparates, como vieron Goya y Ramón Gómez de la Serna-, aunque en apariencia trivial para la historia de la nación, es buena prueba de la pasión por el teatro del público de aquellos tiempos», sostuvo el académico de la RAE.
«La vida sigue terne que terne, sube que sube». No, aunque suene tan actual, Antonio Díaz-Cañabate no se refería a la continua alza de precios que, según calculan, ha encarecido un 30% el coste de la vida en los últimos años. … El crítico de ABC escribía sobre la carestía de alimentos y los problemas de subsistencia que fueron noticia en España en 1920, tras la Primera Guerra Mundial. Día sí, día también, se repetían las colas ante los establecimientos que vendían arroz, patatas y aceite o a las puertas de los estancos. Las huelgas brotaban por doquier y hasta se llegaron a registrar asaltos a tahonas por la escasez de pan. «¡Se vive!», titulaba Luis Gabaldón por entonces, antes de añadir a renglón seguido: «Es decir, se intenta vivir, que no es lo mismo».
Ante los prohibitivos precios que alcanzó el calzado, nació en Almería una pintoresca protesta que prendió en el Casino de Autores de Madrid y se extendió como una mancha de aceite por todo el país. Al grito de «¡abajo la suela y viva el cáñamo!», legiones de ‘alpargatistas’ se juramentaron para poner freno a la codicia de comerciantes, intermediarios y abastecedores, enarbolando la popular alpargata como bandera. La Liga de la alpargata fue ganando adeptos por centenas entre la clase media, la más maltratada por la subida del coste de la vida.
Señoras y señoritas, damas y caballeros asistían a iglesias, paseos y teatros de toda España calzando el económico calzado. Incluso los cómicos y actores salían a escena con arreglo a su personaje, pero en alpargatas, siguiendo la protesta popular. «He aquí, de un modo inesperado, cómo se ha hecho la revolución desde abajo, porque más bajo que la alpargata no hay nada», constataba Gabaldón el mismo día en que ABC publicaba una fotografía del rey Alfonso XIII aplaudiendo desde un balcón del Palacio Real a los manifestantes en pro del uso de la alpargata.
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Para Pedro Mata, no se trataba «de una pose, de un ‘bello gesto’, de un desplante» de unos cuantos señoritos elegantes y aristocráticos, sino de una medida práctica adoptada por la burguesía para «contrarrestar del único modo eficaz que puede hacerse la codicia de los explotadores». No era un alarde romántico, era «una determinación financiera», aunque auguraba, tal como ocurrió, que fabricantes y vendedores aumentarían pronto el precio de las alpargatas y en un mes un par de alpargatas costarían tanto como un par de botas.
«La Liga de la alpargata y otras cosas por el estilo no resuelven nada, no tienen eficacia», alertaba su compañero de redacción José María Salaverría, quien sin embargo se alegraba de que España vibrara por una vez «a tono con el momento universal», aunque fuera para ensayar «las mismas tonterías que están de moda en Norteamérica».
La reconquista de la alpargata fue efímera. A pesar de las recetas que publicaron los periódicos para conservar las alpargatas el mayor tiempo posible, con las lluvias y el frío perdieron inevitablemente la batalla ante los zapatos y las botas. Aunque, según recordó Fernando Fernán Gómez en una Tercera, el boicot de las alpargatas fracasó mucho antes de lo que sus organizadores habían calculado. Una de las razones -«y no la menos trascendente», decía este coloso del teatro y el cine español- fue que en los estrenos teatrales el público no podía meter ruido con los pies al patear el suelo si no le gustaba el espectáculo.
El hábito del pateo era un aliciente de los estrenos de la época y el cáñamo o el esparto de las alpargatas no resultaba tan sonoro como el cuero de las suelas de los zapatos. «Este suceso de alpargatas y zapatos, un tanto disparatado -estamos en tierra de disparates, como vieron Goya y Ramón Gómez de la Serna-, aunque en apariencia trivial para la historia de la nación, es buena prueba de la pasión por el teatro del público de aquellos tiempos», sostuvo el académico de la RAE.
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