Contaba Sartre en ‘Las palabras’ que su abuelo, hombre de letras, solía atravesar el lago Lemán en compañía del filósofo Henri Bergson. El primero entregaba la vista a las irisaciones huidizas del agua y a ese temblor de la luz que desmigaja el mundo en pequeños fragmentos , mientras que el segundo no levantaba los ojos de la puntera de sus botines. ¿Será que la mirada poética alcanza una franja de lo real inasequible al escrutinio filosófico? O que ciertas cosas, apenas se las somete al potro de la explicación, se vuelven invisibles por exceso de alumbrado. El filósofo busca los fundamentos de la rosa y, al hacerlo, deja de verla. «La poesia non è fatta / di parole», escribe Piero Salabè (Roma, 1970), que no mira el mundo para rotularlo y empadronarlo, sino para rescatar de él una claridad anterior al advenimiento de los agrimensores del concepto. Sobra decir que lo que impugna no es el verbo, sino su idolatría. «Yo no quería / ser poeta // quería las cosas / no las palabras» , escribe en ‘Nada de nada’ (Pre-Textos), con la sequedad oracular del Montale tardío y la desnudez verbal de Ungaretti . ¿Para qué sirven los poetas si, en vez de apartar la broza, se interponen entre la pupila y lo visible, entre la mano y el fruto? Como enseña Salabè, las palabras, como los peldaños, solo valen por lo que permiten alcanzar.Noticia relacionada No No CULTURA Beauvoir y Sartre, una pareja peculiarNo hay en sus páginas —que reúnen ‘La lengua callada’, ‘Aguamarga’ y el ciclo alemán ‘A lo largo del río nueve veces verde’— el engolamiento demiúrgico de quien presenta una creación ‘ex nihilo’, sino la tentativa de rescatar un fulgor enterrado . Poesía es poiesis, término ya empleado por Platón que muchos, con impaciencia filológica, traducen erradamente por creación; pero el poeta no ha de suplantar al Dios del Sinaí, sino avenirse a lo ya creado. Sobra decir que lo que impugna no es el verbo, sino su idolatríaPoeisis es más bien progenia: la de quien trae a presencia la vieja irradiacion de las cosas, sepultada por la hojarasca. «Las letras son los clavos / de su sacrificio / su carne expuesta». ¿Escribir no es fijar y, de algún modo, crucificar, cuando cada letra sujeta la cosa al madero de la significación? ¿Qué hace el lenguaje, cuando presume de poseer el mundo, sino inmovilizarlo para exhibirlo? No hay misología, sino cortesía ontológica, en los versos que rezan «Quiero conocerte / con menos palabras / con más silencio», pues conocer no consiste en cercar al otro con vocablos, como quien levanta una empalizada, sino dejar que respire en el claro de lo no dicho. Y cese aquí la glosa de este espléndido poemario. A veces — Cioran ‘dixit’— toda palabra es una palabra de más. Contaba Sartre en ‘Las palabras’ que su abuelo, hombre de letras, solía atravesar el lago Lemán en compañía del filósofo Henri Bergson. El primero entregaba la vista a las irisaciones huidizas del agua y a ese temblor de la luz que desmigaja el mundo en pequeños fragmentos , mientras que el segundo no levantaba los ojos de la puntera de sus botines. ¿Será que la mirada poética alcanza una franja de lo real inasequible al escrutinio filosófico? O que ciertas cosas, apenas se las somete al potro de la explicación, se vuelven invisibles por exceso de alumbrado. El filósofo busca los fundamentos de la rosa y, al hacerlo, deja de verla. «La poesia non è fatta / di parole», escribe Piero Salabè (Roma, 1970), que no mira el mundo para rotularlo y empadronarlo, sino para rescatar de él una claridad anterior al advenimiento de los agrimensores del concepto. Sobra decir que lo que impugna no es el verbo, sino su idolatría. «Yo no quería / ser poeta // quería las cosas / no las palabras» , escribe en ‘Nada de nada’ (Pre-Textos), con la sequedad oracular del Montale tardío y la desnudez verbal de Ungaretti . ¿Para qué sirven los poetas si, en vez de apartar la broza, se interponen entre la pupila y lo visible, entre la mano y el fruto? Como enseña Salabè, las palabras, como los peldaños, solo valen por lo que permiten alcanzar.Noticia relacionada No No CULTURA Beauvoir y Sartre, una pareja peculiarNo hay en sus páginas —que reúnen ‘La lengua callada’, ‘Aguamarga’ y el ciclo alemán ‘A lo largo del río nueve veces verde’— el engolamiento demiúrgico de quien presenta una creación ‘ex nihilo’, sino la tentativa de rescatar un fulgor enterrado . Poesía es poiesis, término ya empleado por Platón que muchos, con impaciencia filológica, traducen erradamente por creación; pero el poeta no ha de suplantar al Dios del Sinaí, sino avenirse a lo ya creado. Sobra decir que lo que impugna no es el verbo, sino su idolatríaPoeisis es más bien progenia: la de quien trae a presencia la vieja irradiacion de las cosas, sepultada por la hojarasca. «Las letras son los clavos / de su sacrificio / su carne expuesta». ¿Escribir no es fijar y, de algún modo, crucificar, cuando cada letra sujeta la cosa al madero de la significación? ¿Qué hace el lenguaje, cuando presume de poseer el mundo, sino inmovilizarlo para exhibirlo? No hay misología, sino cortesía ontológica, en los versos que rezan «Quiero conocerte / con menos palabras / con más silencio», pues conocer no consiste en cercar al otro con vocablos, como quien levanta una empalizada, sino dejar que respire en el claro de lo no dicho. Y cese aquí la glosa de este espléndido poemario. A veces — Cioran ‘dixit’— toda palabra es una palabra de más.
Contaba Sartre en ‘Las palabras’ que su abuelo, hombre de letras, solía atravesar el lago Lemán en compañía del filósofo Henri Bergson. El primero entregaba la vista a las irisaciones huidizas del agua y a ese temblor de la luz que desmigaja el … mundo en pequeños fragmentos, mientras que el segundo no levantaba los ojos de la puntera de sus botines. ¿Será que la mirada poética alcanza una franja de lo real inasequible al escrutinio filosófico? O que ciertas cosas, apenas se las somete al potro de la explicación, se vuelven invisibles por exceso de alumbrado.
El filósofo busca los fundamentos de la rosa y, al hacerlo, deja de verla. «La poesia non è fatta / di parole», escribe Piero Salabè (Roma, 1970), que no mira el mundo para rotularlo y empadronarlo, sino para rescatar de él una claridad anterior al advenimiento de los agrimensores del concepto. Sobra decir que lo que impugna no es el verbo, sino su idolatría. «Yo no quería / ser poeta // quería las cosas / no las palabras», escribe en ‘Nada de nada’ (Pre-Textos), con la sequedad oracular del Montale tardío y la desnudez verbal de Ungaretti. ¿Para qué sirven los poetas si, en vez de apartar la broza, se interponen entre la pupila y lo visible, entre la mano y el fruto? Como enseña Salabè, las palabras, como los peldaños, solo valen por lo que permiten alcanzar.
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No hay en sus páginas —que reúnen ‘La lengua callada’, ‘Aguamarga’ y el ciclo alemán ‘A lo largo del río nueve veces verde’— el engolamiento demiúrgico de quien presenta una creación ‘ex nihilo’, sino la tentativa de rescatar un fulgor enterrado. Poesía es poiesis, término ya empleado por Platón que muchos, con impaciencia filológica, traducen erradamente por creación; pero el poeta no ha de suplantar al Dios del Sinaí, sino avenirse a lo ya creado.
Sobra decir que lo que impugna no es el verbo, sino su idolatría
Poeisis es más bien progenia: la de quien trae a presencia la vieja irradiacion de las cosas, sepultada por la hojarasca. «Las letras son los clavos / de su sacrificio / su carne expuesta». ¿Escribir no es fijar y, de algún modo, crucificar, cuando cada letra sujeta la cosa al madero de la significación? ¿Qué hace el lenguaje, cuando presume de poseer el mundo, sino inmovilizarlo para exhibirlo?
No hay misología, sino cortesía ontológica, en los versos que rezan «Quiero conocerte / con menos palabras / con más silencio», pues conocer no consiste en cercar al otro con vocablos, como quien levanta una empalizada, sino dejar que respire en el claro de lo no dicho. Y cese aquí la glosa de este espléndido poemario. A veces —Cioran ‘dixit’— toda palabra es una palabra de más.
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