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  Cultura  La salsa de tomate de madame Rudaz
Cultura

La salsa de tomate de madame Rudaz

julio 16, 2026
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Años atrás lo había conocido en unas operaciones con su banco en Zúrich, Alain Superviet, el director del École Internationale de Gstaad. Enseguida congeniaron y así tuvo mi abuela la idea de mandarme a su escuela el verano de mis 15 años.Era un señor de lo más peculiar, tanto en su modo de vestir -muchos colores y arriesgadamente combinados-, como en su modo de actuar; me fue a recoger al aeropuerto de Ginebra en avioneta y justo cuando alcanzamos la velocidad de crucero me cedió los mandos y nunca se me ha ido aquella sensación de poder que tuve surcando el cielo con mis propias manos y sin esfuerzo.Junto con volar, dos anécdotas marcaron mi estancia. Los chicos sabíamos que había dos que cuando los demás nos dormíamos se metían en la cama del otro. Una de las noches se quedaron dormidos y el director, que cada mañana entraba él a despertarnos, se detuvo al verlos y me hizo un gesto para que no hiciera ningún ruido; se fue y pronto volvió con su flauta travesera y los despertó interpretando una bonita canción alpina. Dos chicos desnudos en la cama no era algo que se viera cada día en 1990.Como siempre, a las nueve en punto madame Rudaz tocó la campana y bajamos a desayunar. En total éramos 12 y permanecíamos de pie alrededor de la mesa, cada uno en su sitio, hasta que llegaba míster Alain y nos decía: «allez, les enfants, asseyez vous», y antes de empezar a comer bendecíamos la mesa. Y con mi euforia de los 15 años le pedí ansioso permiso para hablar, elogié su reacción y apunté que cualquier director en España los habría expulsado en aquel mismo instante.— «No, no. No te confundas. He hablado con sus familias y con ellos. Por supuesto que están expulsados y esta tarde se van». — «Pero los ha despertado tocando la flauta». — «Porque se puede ser amable con los amores prohibidos aunque yo no pueda tolerar estas actitudes en mi colegio». — «Pero si fueran chico y chica no los habría echado». — «Pero tampoco les habría tocado la flauta». — «¿Por qué?» — «Porque lo único que me habría preocupado es si la chica estaba embarazada».Al día siguiente, la segunda anécdota tuvo que ver con madame Rudaz, la mayordoma, muy simpática con nosotros, pero una horrible cocinera. Hacía una salsa de tomate especialmente mala, y un día le pedí que me sirviera la pasta sin nada y me puse ketchup. Mr. Alain me lo reprochó airadamente y me acusó de faltar al respeto a una señora que se pasaba el día cocinando para nosotros. Intenté responderle por arriba, con objeciones de pedantería gastronómica, y todavía fue peor. Al final de la conversación me sentí mal con madame Rudaz y fui a disculparme, porque de verdad era encantadora. Estaba llorando porque el director acababa de despedirla.— ¿Por mi salsa? — No, es más complicado.Cuando los estudiantes estábamos ya en las habitaciones bajé al despacho de Mr. Alain y le pregunté por madame Rudaz, compungido por si la había echado por mi culpa.— No. La he echado porque robaba.Y le pregunté por qué la había defendido tan enérgicamente si era una ladrona, y otra vez le recordé lo de la flauta.— «Todo importa a su manera. Podemos ser amorosos aunque luego tengamos que defender nuestros intereses. ¿Recuerdas lo fácil que te pareció pilotar mi avioneta, Salvador? ¿Crees que fue porque eres un genio o porque tu abuela te quiere mucho, y yo también a ella, y me aseguré de que llegaras un día que hacía muy buen tiempo?». Años atrás lo había conocido en unas operaciones con su banco en Zúrich, Alain Superviet, el director del École Internationale de Gstaad. Enseguida congeniaron y así tuvo mi abuela la idea de mandarme a su escuela el verano de mis 15 años.Era un señor de lo más peculiar, tanto en su modo de vestir -muchos colores y arriesgadamente combinados-, como en su modo de actuar; me fue a recoger al aeropuerto de Ginebra en avioneta y justo cuando alcanzamos la velocidad de crucero me cedió los mandos y nunca se me ha ido aquella sensación de poder que tuve surcando el cielo con mis propias manos y sin esfuerzo.Junto con volar, dos anécdotas marcaron mi estancia. Los chicos sabíamos que había dos que cuando los demás nos dormíamos se metían en la cama del otro. Una de las noches se quedaron dormidos y el director, que cada mañana entraba él a despertarnos, se detuvo al verlos y me hizo un gesto para que no hiciera ningún ruido; se fue y pronto volvió con su flauta travesera y los despertó interpretando una bonita canción alpina. Dos chicos desnudos en la cama no era algo que se viera cada día en 1990.Como siempre, a las nueve en punto madame Rudaz tocó la campana y bajamos a desayunar. En total éramos 12 y permanecíamos de pie alrededor de la mesa, cada uno en su sitio, hasta que llegaba míster Alain y nos decía: «allez, les enfants, asseyez vous», y antes de empezar a comer bendecíamos la mesa. Y con mi euforia de los 15 años le pedí ansioso permiso para hablar, elogié su reacción y apunté que cualquier director en España los habría expulsado en aquel mismo instante.— «No, no. No te confundas. He hablado con sus familias y con ellos. Por supuesto que están expulsados y esta tarde se van». — «Pero los ha despertado tocando la flauta». — «Porque se puede ser amable con los amores prohibidos aunque yo no pueda tolerar estas actitudes en mi colegio». — «Pero si fueran chico y chica no los habría echado». — «Pero tampoco les habría tocado la flauta». — «¿Por qué?» — «Porque lo único que me habría preocupado es si la chica estaba embarazada».Al día siguiente, la segunda anécdota tuvo que ver con madame Rudaz, la mayordoma, muy simpática con nosotros, pero una horrible cocinera. Hacía una salsa de tomate especialmente mala, y un día le pedí que me sirviera la pasta sin nada y me puse ketchup. Mr. Alain me lo reprochó airadamente y me acusó de faltar al respeto a una señora que se pasaba el día cocinando para nosotros. Intenté responderle por arriba, con objeciones de pedantería gastronómica, y todavía fue peor. Al final de la conversación me sentí mal con madame Rudaz y fui a disculparme, porque de verdad era encantadora. Estaba llorando porque el director acababa de despedirla.— ¿Por mi salsa? — No, es más complicado.Cuando los estudiantes estábamos ya en las habitaciones bajé al despacho de Mr. Alain y le pregunté por madame Rudaz, compungido por si la había echado por mi culpa.— No. La he echado porque robaba.Y le pregunté por qué la había defendido tan enérgicamente si era una ladrona, y otra vez le recordé lo de la flauta.— «Todo importa a su manera. Podemos ser amorosos aunque luego tengamos que defender nuestros intereses. ¿Recuerdas lo fácil que te pareció pilotar mi avioneta, Salvador? ¿Crees que fue porque eres un genio o porque tu abuela te quiere mucho, y yo también a ella, y me aseguré de que llegaras un día que hacía muy buen tiempo?».  

Años atrás lo había conocido en unas operaciones con su banco en Zúrich, Alain Superviet, el director del École Internationale de Gstaad. Enseguida congeniaron y así tuvo mi abuela la idea de mandarme a su escuela el verano de mis 15 años.

Era un señor … de lo más peculiar, tanto en su modo de vestir -muchos colores y arriesgadamente combinados-, como en su modo de actuar; me fue a recoger al aeropuerto de Ginebra en avioneta y justo cuando alcanzamos la velocidad de crucero me cedió los mandos y nunca se me ha ido aquella sensación de poder que tuve surcando el cielo con mis propias manos y sin esfuerzo.

Junto con volar, dos anécdotas marcaron mi estancia. Los chicos sabíamos que había dos que cuando los demás nos dormíamos se metían en la cama del otro. Una de las noches se quedaron dormidos y el director, que cada mañana entraba él a despertarnos, se detuvo al verlos y me hizo un gesto para que no hiciera ningún ruido; se fue y pronto volvió con su flauta travesera y los despertó interpretando una bonita canción alpina. Dos chicos desnudos en la cama no era algo que se viera cada día en 1990.

Como siempre, a las nueve en punto madame Rudaz tocó la campana y bajamos a desayunar. En total éramos 12 y permanecíamos de pie alrededor de la mesa, cada uno en su sitio, hasta que llegaba míster Alain y nos decía: «allez, les enfants, asseyez vous», y antes de empezar a comer bendecíamos la mesa. Y con mi euforia de los 15 años le pedí ansioso permiso para hablar, elogié su reacción y apunté que cualquier director en España los habría expulsado en aquel mismo instante.

  • — «No, no. No te confundas. He hablado con sus familias y con ellos. Por supuesto que están expulsados y esta tarde se van».

  • — «Pero los ha despertado tocando la flauta».

  • — «Porque se puede ser amable con
    los amores prohibidos
    aunque yo no pueda tolerar estas actitudes en mi colegio».

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    — «Pero si fueran chico y chica no los habría echado».

  • — «Pero tampoco les habría tocado la flauta».

  • — «¿Por qué?»

  • — «Porque lo único que me habría preocupado es si la chica estaba embarazada».

Al día siguiente, la segunda anécdota tuvo que ver con madame Rudaz, la mayordoma, muy simpática con nosotros, pero una horrible cocinera. Hacía una salsa de tomate especialmente mala, y un día le pedí que me sirviera la pasta sin nada y me puse ketchup. Mr. Alain me lo reprochó airadamente y me acusó de faltar al respeto a una señora que se pasaba el día cocinando para nosotros. Intenté responderle por arriba, con objeciones de pedantería gastronómica, y todavía fue peor. Al final de la conversación me sentí mal con madame Rudaz y fui a disculparme, porque de verdad era encantadora. Estaba llorando porque el director acababa de despedirla.

  • — ¿Por mi salsa?

  • — No, es más complicado.

Cuando los estudiantes estábamos ya en las habitaciones bajé al despacho de Mr. Alain y le pregunté por madame Rudaz, compungido por si la había echado por mi culpa.

  • — No. La he echado porque robaba.

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Y le pregunté por qué la había defendido tan enérgicamente si era una ladrona, y otra vez le recordé lo de la flauta.

  • — «Todo importa a su manera. Podemos ser amorosos aunque luego tengamos que defender nuestros intereses. ¿Recuerdas lo fácil que te pareció pilotar mi avioneta, Salvador? ¿Crees que fue porque eres un genio o porque tu abuela te quiere mucho, y yo también a ella, y me aseguré de que llegaras un día que hacía muy buen tiempo?».

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