
Manuel y Begoña son personajes inventados. A pesar de ello, hace muchos años alquilaron un piso, el terceri derecha del número 23 de una calle común de una ciudad cualquiera. Era un piso pequeño, pero luminoso. A Begoña le enamoró cómo la luz conquistaba a lo largo de la tarde la pared del salón. A Manuel, los azulejos del baño de color azul clarito.
Si salimos a la calle no es para luchar por las paredes y los suelos, es para defender la vida de las gentes
Manuel y Begoña son personajes inventados. A pesar de ello, hace muchos años alquilaron un piso, el terceri derecha del número 23 de una calle común de una ciudad cualquiera. Era un piso pequeño, pero luminoso. A Begoña le enamoró cómo la luz conquistaba a lo largo de la tarde la pared del salón. A Manuel, los azulejos del baño de color azul clarito.
A ese piso del 23 de esa calle común volvieron del hospital con su hijo recién nacido. El hijo de Manuel y Begoña aprendió a andar posando sus piececitos sobre el suelo de ese piso. Sobre ese mismo suelo, años después, ya de adolescente, el hijo de Manuel y Begoña vomitó tras su primera borrachera.
Una vez Begoña cambió los azulejos del baño y Manuel estuvo un poco triste. Estuvo también triste, claro, cuando murió Sambito, el perro que vivió con ellos algo más de 15 años. Manuel, Begoña y su hijo cenaron en silencio aquella noche. Alguna que otra lágrima se fundió en la sopa de sus platos.
En ese salón, esa cocina, ese baño y esas dos habitaciones del 23 bailaron los tres muchas veces y saltaron de alegría. Porque a Begoña la ascendieron, porque el hijo entró en la universidad que quería, porque Manuel superó el cáncer de próstata que casi acaba con sus días. Esa tarde en la que los tres despidieron ese cáncer, Manuel volvió a llorar sobre la sopa, pero lo hizo de felicidad. Siempre se sintió un llorón, pero no podía evitarlo. A él le sentaba bien llorar y a Begoña, ducharse con agua hirviendo.
Cuando el hijo se enamoró por vez, primera lo hizo en el salón. Mirando una peli en la tele, él miró a su amiga junto a él y se supo enamorado. Fue sobre el sofá, frente a esa misma tele, que Begoña abrazó a su hijo desconsolado cuando el noviazgo terminó. Él, el joven, se emancipó tarde, como todos. Al ver su habitación, vacía Manuel y Begoña se sintieron solos. Más tarde hicieron el amor. Y es que el amor se hizo en esa casa muchas veces.
La belleza de la luz que invadía la pared del salón estaba presente cuando Begoña le dijo a Manuel que el suyo no era de próstata, pero sí era un cáncer como el que tuvo él hacía ya dos lustros. El miedo paralizó a Manuel incluso más que a ella. Ella murió nueve meses y tres días después. El último beso que ella le dio a él fue presenciado por cada uno de los grumos del gotelé de la habitación.
Entonces no hubo suficientes sopas para albergar tantas lágrimas. Lloraron Manuel y su hijo. Y los amigos que en la vida acompañaron a Begoña. Fueron ellos quienes montaron una cena en esa casa del 23 de una calle común de una ciudad cualquiera. Cenaron unas pizzas, no quisieron cocinar, y se contaron unos a otros historias de Begoña. Lloraron un poco, pero rieron mucho más.
Manuel pensaba que nunca más sería feliz, pero los años todo lo pueden y al final aprendió a vivir solo. Ya jubilado, estaba llegando al final de ese libro que tanto le había gustado cuando su hijo le llamó diciendo que su hija, la hija del hijo, había ya nacido y todo bien. Como era de esperar, el recién estrenado abuelo lloró mientras acababa la novela.
Fue poco después cuando Manuel recibió aquella carta que le advertía que el piso que habitaba en el 23 de una calle común de una ciudad cualquiera ya no era propiedad del señor a quien había pagado siempre y diligentemente el alquiler. Ha sido hace unos días cuando Manuel ha recibido una carta en la que se le indica que ese piso en el que habita ya no es su casa y debe abandonarla a petición de un juzgado común de una provincia cualquiera. Y claro, Manuel ni está de acuerdo ni piensa irse de allí. Porque puede que Manuel no tenga un papel que diga que esa casa que habita es de su propiedad, pero no necesita ningún papel para saber que esas cuatro paredes son su casa. Manuel no necesita ningún papel para saber que ese es su hogar.
Y es que Manuel y Begoña son personajes inventados, pero las vidas de la gente son una realidad. Son reales las lágrimas, las risas, los bailes. Es real lo compartido y lo vivido. Es real todo lo que los ciudadanos de nuestras ciudades viven en sus casas y es real que sus casas son, por tanto, parte de sus vidas.
Si salimos a la calle no es para luchar por las paredes y los suelos. Tampoco por las ventanas, los grifos o las puertas. Si salimos a la calle es para defender la vida de las gentes.
