Remontan los deportistas, los políticos, los cantantes, los escritores… Por aquí han pasado varios de ellos para explicar por qué el verano puede ser, también, el tiempo de nuestra remontada. Si alguien sabe algo al respecto, esa es Lola Larumbe , responsable de la librería Rafael Alberti , un local que desde 1975 recibe a los lectores en el número 57 de la calle Tutor, en Madrid. Fondo literario, punto de encuentro, lugar de tertulia entre escritores y lectores. La Alberti es todo eso y mucho más. El espíritu de esta librería es la resistencia. Lo fue durante la Transición, también en días de pandemia y desolación, incluso ante las peores adversidades —desde la inundación de su fondo hasta el analfabetismo que rebrota de tanto en tanto—, la librería Alberti ha mantenido sus puertas abiertas. Con ella cerramos esta serie estival dedicada a la épica, en todas y cada una de sus formas.—¿Cuántos ejemplos de remontada ha visto, vivido y empujado desde la Alberti?—Si miramos desde hoy hasta 1980, que es cuando yo llegué con 19 años, muchos. Porque una librería es un lugar muy frágil. Está muy al vaivén de las circunstancias económicas y sociales. Por eso hay librerías que abren y librerías que cierran: nos movemos siempre en un terreno muy inestable. Lo que pasa es que la Alberti tiene un espíritu de resistencia. —Una librería también es su fondo, aquello que atesora. Y hubo un episodio en el que la propia Alberti sufrió físicamente: la inundación de 2016. ¿Qué ocurrió?—Fue un colapso porque eran los últimos días de noviembre, estábamos preparando la campaña de Navidad y, además, teníamos prevista la presentación de ‘Patria’, de Fernando Aramburu. Aquella noche pensé otra vez: «Bueno, pues hasta aquí». Estaba todo el barrio alrededor, los bomberos, la noche… Parecía que se había terminado. Pero al día siguiente volvió a producirse esa oleada, como en la pandemia. Gente que no conocíamos de nada nos llamaba desde sus casas: «Sabemos lo que os ha pasado. Que no paren los encuentros en Alberti. Venid al salón de mi casa». Desde restaurantes, desde la Casa de Valencia, nos decían: «Venid, tenemos el restaurante, podéis hacer aquí todas las presentaciones que queráis. No paréis, seguid adelante».—El mundo editorial está experimentando una transformación. Hay una cantidad enorme de libros concebidos como mercancía, objetos que van y vuelven. En la Alberti, en cambio, están los libros que eligen sus libreros. ¿Cómo se resiste a esa abundancia y a ese ruido? ¿Cómo decide un librero y cómo se mantiene ese criterio?—A base de equivocarse muchísimo. Cualquier elección en la vida, cualquier selección que quieras hacer en el ámbito que sea, implica equivocarte. En un mundo con tantísima publicación —el año pasado creo que hubo unas 82.000 referencias nuevas— tienes que poner en juego algo que tiene que ver con un oficio aprendido a lo largo del tiempo y también con la intuición. Sobre todo, tienes que conocer muy bien quiénes son los lectores y quiénes pueden ser los posibles lectores de cada libro. Y luego intentar tratar los libros no como una mercancía, sino como un tesoro.—Como lectora y como librera, ¿qué libro escogería para una lectura sobre la remontada, sobre la capacidad de reponerse?—A mí me gusta muchísimo ‘El primer hombre’, de Albert Camus, y suelo hablar de él. Me encanta, empezando por el propio título. Me gusta porque allí están conectadas la vida y la muerte. Camus va a ver la tumba de su padre, al que apenas conoció, y comprende que él ya es mayor que su padre muerto. Y está también la historia de ese niño que podría haberse quedado allí, en una playa argelina, en la pobreza, con aquella madre sordomuda y aquella abuela menorquina, y que gracias a un maestro encuentra en la educación —la educación pública, la escuela— el acceso a una vida mejor. La cultura aparece como un vehículo capaz de llevarte hacia otra vida. Y en Camus está también el verano, el sol del verano. Es el sol de la infancia. Creo que ahí está todo.—Una última pregunta. ¿Se aprende a reponerse? La Alberti tiene un espíritu histórico de permanencia. ¿Se aprende a permanecer mejor cuantos más años pasan o cada golpe vuelve a ser un episodio completamente nuevo?—No te sabría decir. No tengo una teoría. Ha pasado el tiempo: hace nada tenía veinte años y ahora tengo los que tengo. Pero está el gesto de abrir la persiana todos los días. Esa puerta pesa mucho, ¿sabes? La abres y de repente aparece el olor a papel, la oscuridad, todo tranquilo. Y hay algo de empezar. Tengo la sensación de que cada día consiste en empezar. Y el verano también es un momento de parar. A mí me gusta mucho porque el calor no nos deja avanzar, nos da pereza todo y estamos más tranquilos. Por fin pasó ese invierno frío durante el cual vas corriendo a todas partes. En Madrid hace muchísimo calor en las calles, pero a mí me encanta esa lentitud obligada. Hoy es el primer día de cada día. Vamos a ver cómo terminamos, pero siempre terminamos bien. Seguimos aquí. Nos rodeamos de libros. Remontan los deportistas, los políticos, los cantantes, los escritores… Por aquí han pasado varios de ellos para explicar por qué el verano puede ser, también, el tiempo de nuestra remontada. Si alguien sabe algo al respecto, esa es Lola Larumbe , responsable de la librería Rafael Alberti , un local que desde 1975 recibe a los lectores en el número 57 de la calle Tutor, en Madrid. Fondo literario, punto de encuentro, lugar de tertulia entre escritores y lectores. La Alberti es todo eso y mucho más. El espíritu de esta librería es la resistencia. Lo fue durante la Transición, también en días de pandemia y desolación, incluso ante las peores adversidades —desde la inundación de su fondo hasta el analfabetismo que rebrota de tanto en tanto—, la librería Alberti ha mantenido sus puertas abiertas. Con ella cerramos esta serie estival dedicada a la épica, en todas y cada una de sus formas.—¿Cuántos ejemplos de remontada ha visto, vivido y empujado desde la Alberti?—Si miramos desde hoy hasta 1980, que es cuando yo llegué con 19 años, muchos. Porque una librería es un lugar muy frágil. Está muy al vaivén de las circunstancias económicas y sociales. Por eso hay librerías que abren y librerías que cierran: nos movemos siempre en un terreno muy inestable. Lo que pasa es que la Alberti tiene un espíritu de resistencia. —Una librería también es su fondo, aquello que atesora. Y hubo un episodio en el que la propia Alberti sufrió físicamente: la inundación de 2016. ¿Qué ocurrió?—Fue un colapso porque eran los últimos días de noviembre, estábamos preparando la campaña de Navidad y, además, teníamos prevista la presentación de ‘Patria’, de Fernando Aramburu. Aquella noche pensé otra vez: «Bueno, pues hasta aquí». Estaba todo el barrio alrededor, los bomberos, la noche… Parecía que se había terminado. Pero al día siguiente volvió a producirse esa oleada, como en la pandemia. Gente que no conocíamos de nada nos llamaba desde sus casas: «Sabemos lo que os ha pasado. Que no paren los encuentros en Alberti. Venid al salón de mi casa». Desde restaurantes, desde la Casa de Valencia, nos decían: «Venid, tenemos el restaurante, podéis hacer aquí todas las presentaciones que queráis. No paréis, seguid adelante».—El mundo editorial está experimentando una transformación. Hay una cantidad enorme de libros concebidos como mercancía, objetos que van y vuelven. En la Alberti, en cambio, están los libros que eligen sus libreros. ¿Cómo se resiste a esa abundancia y a ese ruido? ¿Cómo decide un librero y cómo se mantiene ese criterio?—A base de equivocarse muchísimo. Cualquier elección en la vida, cualquier selección que quieras hacer en el ámbito que sea, implica equivocarte. En un mundo con tantísima publicación —el año pasado creo que hubo unas 82.000 referencias nuevas— tienes que poner en juego algo que tiene que ver con un oficio aprendido a lo largo del tiempo y también con la intuición. Sobre todo, tienes que conocer muy bien quiénes son los lectores y quiénes pueden ser los posibles lectores de cada libro. Y luego intentar tratar los libros no como una mercancía, sino como un tesoro.—Como lectora y como librera, ¿qué libro escogería para una lectura sobre la remontada, sobre la capacidad de reponerse?—A mí me gusta muchísimo ‘El primer hombre’, de Albert Camus, y suelo hablar de él. Me encanta, empezando por el propio título. Me gusta porque allí están conectadas la vida y la muerte. Camus va a ver la tumba de su padre, al que apenas conoció, y comprende que él ya es mayor que su padre muerto. Y está también la historia de ese niño que podría haberse quedado allí, en una playa argelina, en la pobreza, con aquella madre sordomuda y aquella abuela menorquina, y que gracias a un maestro encuentra en la educación —la educación pública, la escuela— el acceso a una vida mejor. La cultura aparece como un vehículo capaz de llevarte hacia otra vida. Y en Camus está también el verano, el sol del verano. Es el sol de la infancia. Creo que ahí está todo.—Una última pregunta. ¿Se aprende a reponerse? La Alberti tiene un espíritu histórico de permanencia. ¿Se aprende a permanecer mejor cuantos más años pasan o cada golpe vuelve a ser un episodio completamente nuevo?—No te sabría decir. No tengo una teoría. Ha pasado el tiempo: hace nada tenía veinte años y ahora tengo los que tengo. Pero está el gesto de abrir la persiana todos los días. Esa puerta pesa mucho, ¿sabes? La abres y de repente aparece el olor a papel, la oscuridad, todo tranquilo. Y hay algo de empezar. Tengo la sensación de que cada día consiste en empezar. Y el verano también es un momento de parar. A mí me gusta mucho porque el calor no nos deja avanzar, nos da pereza todo y estamos más tranquilos. Por fin pasó ese invierno frío durante el cual vas corriendo a todas partes. En Madrid hace muchísimo calor en las calles, pero a mí me encanta esa lentitud obligada. Hoy es el primer día de cada día. Vamos a ver cómo terminamos, pero siempre terminamos bien. Seguimos aquí. Nos rodeamos de libros.
Remontan los deportistas, los políticos, los cantantes, los escritores… Por aquí han pasado varios de ellos para explicar por qué el verano puede ser, también, el tiempo de nuestra remontada. Si alguien sabe algo al respecto, esa es Lola Larumbe, responsable de la librería Rafael Alberti … , un local que desde 1975 recibe a los lectores en el número 57 de la calle Tutor, en Madrid. Fondo literario, punto de encuentro, lugar de tertulia entre escritores y lectores. La Alberti es todo eso y mucho más. El espíritu de esta librería es la resistencia. Lo fue durante la Transición, también en días de pandemia y desolación, incluso ante las peores adversidades —desde la inundación de su fondo hasta el analfabetismo que rebrota de tanto en tanto—, la librería Alberti ha mantenido sus puertas abiertas. Con ella cerramos esta serie estival dedicada a la épica, en todas y cada una de sus formas.
—¿Cuántos ejemplos de remontada ha visto, vivido y empujado desde la Alberti?
—Si miramos desde hoy hasta 1980, que es cuando yo llegué con 19 años, muchos. Porque una librería es un lugar muy frágil. Está muy al vaivén de las circunstancias económicas y sociales. Por eso hay librerías que abren y librerías que cierran: nos movemos siempre en un terreno muy inestable. Lo que pasa es que la Alberti tiene un espíritu de resistencia.
—Una librería también es su fondo, aquello que atesora. Y hubo un episodio en el que la propia Alberti sufrió físicamente: la inundación de 2016. ¿Qué ocurrió?
—Fue un colapso porque eran los últimos días de noviembre, estábamos preparando la campaña de Navidad y, además, teníamos prevista la presentación de ‘Patria’, de Fernando Aramburu. Aquella noche pensé otra vez: «Bueno, pues hasta aquí». Estaba todo el barrio alrededor, los bomberos, la noche… Parecía que se había terminado. Pero al día siguiente volvió a producirse esa oleada, como en la pandemia. Gente que no conocíamos de nada nos llamaba desde sus casas: «Sabemos lo que os ha pasado. Que no paren los encuentros en Alberti. Venid al salón de mi casa». Desde restaurantes, desde la Casa de Valencia, nos decían: «Venid, tenemos el restaurante, podéis hacer aquí todas las presentaciones que queráis. No paréis, seguid adelante».
—El mundo editorial está experimentando una transformación. Hay una cantidad enorme de libros concebidos como mercancía, objetos que van y vuelven. En la Alberti, en cambio, están los libros que eligen sus libreros. ¿Cómo se resiste a esa abundancia y a ese ruido? ¿Cómo decide un librero y cómo se mantiene ese criterio?
—A base de equivocarse muchísimo. Cualquier elección en la vida, cualquier selección que quieras hacer en el ámbito que sea, implica equivocarte. En un mundo con tantísima publicación —el año pasado creo que hubo unas 82.000 referencias nuevas— tienes que poner en juego algo que tiene que ver con un oficio aprendido a lo largo del tiempo y también con la intuición. Sobre todo, tienes que conocer muy bien quiénes son los lectores y quiénes pueden ser los posibles lectores de cada libro. Y luego intentar tratar los libros no como una mercancía, sino como un tesoro.
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—A mí me gusta muchísimo ‘El primer hombre’, de Albert Camus, y suelo hablar de él. Me encanta, empezando por el propio título. Me gusta porque allí están conectadas la vida y la muerte. Camus va a ver la tumba de su padre, al que apenas conoció, y comprende que él ya es mayor que su padre muerto. Y está también la historia de ese niño que podría haberse quedado allí, en una playa argelina, en la pobreza, con aquella madre sordomuda y aquella abuela menorquina, y que gracias a un maestro encuentra en la educación —la educación pública, la escuela— el acceso a una vida mejor. La cultura aparece como un vehículo capaz de llevarte hacia otra vida. Y en Camus está también el verano, el sol del verano. Es el sol de la infancia. Creo que ahí está todo.
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—No te sabría decir. No tengo una teoría. Ha pasado el tiempo: hace nada tenía veinte años y ahora tengo los que tengo. Pero está el gesto de abrir la persiana todos los días. Esa puerta pesa mucho, ¿sabes? La abres y de repente aparece el olor a papel, la oscuridad, todo tranquilo. Y hay algo de empezar. Tengo la sensación de que cada día consiste en empezar. Y el verano también es un momento de parar. A mí me gusta mucho porque el calor no nos deja avanzar, nos da pereza todo y estamos más tranquilos. Por fin pasó ese invierno frío durante el cual vas corriendo a todas partes. En Madrid hace muchísimo calor en las calles, pero a mí me encanta esa lentitud obligada. Hoy es el primer día de cada día. Vamos a ver cómo terminamos, pero siempre terminamos bien. Seguimos aquí. Nos rodeamos de libros.
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