Las piscinas te acogen en otra gravedad, como si hubiera dos realidades paralelas y tú pertenecieras al agua y sólo fueras un observador de lo que pasa en tierra firme . Cuando explotaban las guerras en mis veranos familiares, no sé muy bien por qué, yo casi siempre estaba en la piscina. Oía los gritos a lo lejos y si me sumergía podía incluso no oírlos. Retrasaba el momento de salir con la esperanza, absurda, de que la disputa hubiera terminado.No había terminado, ¿cómo iba a haber terminado, si me estaban esperando? Yo era el sentido último de aquella escena, provocada cada día por una anécdota distinta, pero siempre con los mismos ingredientes. Mi padre nunca entraba al trapo. Los gritos eran entre mi abuela y mi madre y entonces lo primero que me encontraba era a mi madre llorando, y la abrazaba y estaba un rato con ella, como consolándola, pero sin hablar de lo que había pasado.Superado este momento, cuando entraba en la casa para ir al baño o a beber agua, mi abuela se hacía la encontradiza y me pedía que la acompañara a cualquiera de las habitaciones para hablar conmigo a solas.Y de una manera exaltada, algo caótica, pero muy certera en las ideas clave, me hacía un resumen de cómo se hacía cargo de mis gastos y los de mi hermana, de todo lo que había regalado a mis padres y de las oportunidades profesionales que a través de su empresa les había proporcionado. Lo que en el fondo mi abuela quería decir es que mis padres eran débiles e idiotas y tenían encima la desfachatez de cuestionar su manera de llevar la empresa o de ser abuela. Mi madre no venía a hacerse la encontradiza en la escena siguiente, ni irrumpía en la habitación mientras mi abuela me hablaba, pero la verdad es que, aunque nunca llegó a pasar, no me habría parecido extraño que, dada la violencia de lo que se decía, hubieran llegado a las manos. Creo que el papel más templado de mi padre ayudó a que aquella última línea no se acabara de cruzar.Pero cuando salíamos solos o con mi padre a dar un paseo, o me llevaban a la feria, me explicaban que ellos lo habían hecho siempre todo bien, que trabajaban por nada y que el problema era que mi abuela y sus empleados conspiraban para que todo les saliera mal. Mi abuela tenía razón en los hechos, y en su opinión sobre mis padres. Pero también era verdad que su fracaso, aunque luego le costara mucho dinero arreglarlo, le producía una muy feliz sensación de poder indignarse con ellos. En el verano, creo, de 1989, una de las broncas fue tan salvaje que no hubo agua en la piscina para esconderse y tuve que salir inmediatamente para acabar con el escándalo. El origen del escándalo era comercial, porque mi madre quería crear una marca de salmón ahumado paralela a la de mi abuela, que se llamaba Benfumat. Hablé con las dos por separado. A mi madre le dije que renunciara a su marca y que yo a cambio conseguiría que mi abuela aceptara la representación de una marca de bonsáis israelíes en la que mis padres creían altamente, y por supuesto fue otro de sus negocios ruinosos.A mi abuela la convencí de lo mismo pero al revés, y además le pedí que me permitiera que en la cena le hiciera un reproche algo agresivo sobre su manera de tratar a mi madre. Quedó conforme, no satisfecha, pero supongo que vio que no había mucho más que hacer, y de todos modos Miguela ya había servido la cena. En la sobremesa hablamos de salmones y arbolitos, todos estuvieron de acuerdo, y sólo quedaba que yo dijera mi frase y fue esta: «Yaya, la próxima vez que hagas llorar a mi madre, te colgaré del palo de la ducha». Pensé que animaría a mi madre con esta contundencia, y así fue, pero duró poco porque mi abuela con su media sonrisa de saber que te va a ganar la mano respondió: «Mañana le diré al jardinero que retire todos los palos de los baños». Las piscinas te acogen en otra gravedad, como si hubiera dos realidades paralelas y tú pertenecieras al agua y sólo fueras un observador de lo que pasa en tierra firme . Cuando explotaban las guerras en mis veranos familiares, no sé muy bien por qué, yo casi siempre estaba en la piscina. Oía los gritos a lo lejos y si me sumergía podía incluso no oírlos. Retrasaba el momento de salir con la esperanza, absurda, de que la disputa hubiera terminado.No había terminado, ¿cómo iba a haber terminado, si me estaban esperando? Yo era el sentido último de aquella escena, provocada cada día por una anécdota distinta, pero siempre con los mismos ingredientes. Mi padre nunca entraba al trapo. Los gritos eran entre mi abuela y mi madre y entonces lo primero que me encontraba era a mi madre llorando, y la abrazaba y estaba un rato con ella, como consolándola, pero sin hablar de lo que había pasado.Superado este momento, cuando entraba en la casa para ir al baño o a beber agua, mi abuela se hacía la encontradiza y me pedía que la acompañara a cualquiera de las habitaciones para hablar conmigo a solas.Y de una manera exaltada, algo caótica, pero muy certera en las ideas clave, me hacía un resumen de cómo se hacía cargo de mis gastos y los de mi hermana, de todo lo que había regalado a mis padres y de las oportunidades profesionales que a través de su empresa les había proporcionado. Lo que en el fondo mi abuela quería decir es que mis padres eran débiles e idiotas y tenían encima la desfachatez de cuestionar su manera de llevar la empresa o de ser abuela. Mi madre no venía a hacerse la encontradiza en la escena siguiente, ni irrumpía en la habitación mientras mi abuela me hablaba, pero la verdad es que, aunque nunca llegó a pasar, no me habría parecido extraño que, dada la violencia de lo que se decía, hubieran llegado a las manos. Creo que el papel más templado de mi padre ayudó a que aquella última línea no se acabara de cruzar.Pero cuando salíamos solos o con mi padre a dar un paseo, o me llevaban a la feria, me explicaban que ellos lo habían hecho siempre todo bien, que trabajaban por nada y que el problema era que mi abuela y sus empleados conspiraban para que todo les saliera mal. Mi abuela tenía razón en los hechos, y en su opinión sobre mis padres. Pero también era verdad que su fracaso, aunque luego le costara mucho dinero arreglarlo, le producía una muy feliz sensación de poder indignarse con ellos. En el verano, creo, de 1989, una de las broncas fue tan salvaje que no hubo agua en la piscina para esconderse y tuve que salir inmediatamente para acabar con el escándalo. El origen del escándalo era comercial, porque mi madre quería crear una marca de salmón ahumado paralela a la de mi abuela, que se llamaba Benfumat. Hablé con las dos por separado. A mi madre le dije que renunciara a su marca y que yo a cambio conseguiría que mi abuela aceptara la representación de una marca de bonsáis israelíes en la que mis padres creían altamente, y por supuesto fue otro de sus negocios ruinosos.A mi abuela la convencí de lo mismo pero al revés, y además le pedí que me permitiera que en la cena le hiciera un reproche algo agresivo sobre su manera de tratar a mi madre. Quedó conforme, no satisfecha, pero supongo que vio que no había mucho más que hacer, y de todos modos Miguela ya había servido la cena. En la sobremesa hablamos de salmones y arbolitos, todos estuvieron de acuerdo, y sólo quedaba que yo dijera mi frase y fue esta: «Yaya, la próxima vez que hagas llorar a mi madre, te colgaré del palo de la ducha». Pensé que animaría a mi madre con esta contundencia, y así fue, pero duró poco porque mi abuela con su media sonrisa de saber que te va a ganar la mano respondió: «Mañana le diré al jardinero que retire todos los palos de los baños».
Las piscinas te acogen en otra gravedad, como si hubiera dos realidades paralelas y tú pertenecieras al agua y sólo fueras un observador de lo que pasa en tierra firme. Cuando explotaban las guerras en mis veranos familiares, no sé muy bien por qué, … yo casi siempre estaba en la piscina. Oía los gritos a lo lejos y si me sumergía podía incluso no oírlos. Retrasaba el momento de salir con la esperanza, absurda, de que la disputa hubiera terminado.
No había terminado, ¿cómo iba a haber terminado, si me estaban esperando? Yo era el sentido último de aquella escena, provocada cada día por una anécdota distinta, pero siempre con los mismos ingredientes. Mi padre nunca entraba al trapo. Los gritos eran entre mi abuela y mi madre y entonces lo primero que me encontraba era a mi madre llorando, y la abrazaba y estaba un rato con ella, como consolándola, pero sin hablar de lo que había pasado.
Superado este momento, cuando entraba en la casa para ir al baño o a beber agua, mi abuela se hacía la encontradiza y me pedía que la acompañara a cualquiera de las habitaciones para hablar conmigo a solas.
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Y de una manera exaltada, algo caótica, pero muy certera en las ideas clave, me hacía un resumen de cómo se hacía cargo de mis gastos y los de mi hermana, de todo lo que había regalado a mis padres y de las oportunidades profesionales que a través de su empresa les había proporcionado.
Lo que en el fondo mi abuela quería decir es que mis padres eran débiles e idiotas y tenían encima la desfachatez de cuestionar su manera de llevar la empresa o de ser abuela.
Mi madre no venía a hacerse la encontradiza en la escena siguiente, ni irrumpía en la habitación mientras mi abuela me hablaba, pero la verdad es que, aunque nunca llegó a pasar, no me habría parecido extraño que, dada la violencia de lo que se decía, hubieran llegado a las manos. Creo que el papel más templado de mi padre ayudó a que aquella última línea no se acabara de cruzar.
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Pero cuando salíamos solos o con mi padre a dar un paseo, o me llevaban a la feria, me explicaban que ellos lo habían hecho siempre todo bien, que trabajaban por nada y que el problema era que mi abuela y sus empleados conspiraban para que todo les saliera mal.
Mi abuela tenía razón en los hechos, y en su opinión sobre mis padres. Pero también era verdad que su fracaso, aunque luego le costara mucho dinero arreglarlo, le producía una muy feliz sensación de poder indignarse con ellos.
En el verano, creo, de 1989, una de las broncas fue tan salvaje que no hubo agua en la piscina para esconderse y tuve que salir inmediatamente para acabar con el escándalo.
El origen del escándalo era comercial, porque mi madre quería crear una marca de salmón ahumado paralela a la de mi abuela, que se llamaba Benfumat. Hablé con las dos por separado. A mi madre le dije que renunciara a su marca y que yo a cambio conseguiría que mi abuela aceptara la representación de una marca de bonsáis israelíes en la que mis padres creían altamente, y por supuesto fue otro de sus negocios ruinosos.
A mi abuela la convencí de lo mismo pero al revés, y además le pedí que me permitiera que en la cena le hiciera un reproche algo agresivo sobre su manera de tratar a mi madre. Quedó conforme, no satisfecha, pero supongo que vio que no había mucho más que hacer, y de todos modos Miguela ya había servido la cena.
En la sobremesa hablamos de salmones y arbolitos, todos estuvieron de acuerdo, y sólo quedaba que yo dijera mi frase y fue esta: «Yaya, la próxima vez que hagas llorar a mi madre, te colgaré del palo de la ducha». Pensé que animaría a mi madre con esta contundencia, y así fue, pero duró poco porque mi abuela con su media sonrisa de saber que te va a ganar la mano respondió: «Mañana le diré al jardinero que retire todos los palos de los baños».
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