Banderas argentinas se asoman desde ventanas y balcones, pasan como relámpagos adheridos a buses y automóviles. Las camisetas albicelestes parecen el uniforme ubicuo y voluntario de la alegría y la emoción, en cualquier barrio de Buenos Aires, en cualquier pueblo o ciudad del país. “Gracias infinitas”, “agradecimiento eterno”, están entre las palabras más repetidas por los argentinos cuando hablan de su seleccionado de fútbol, del equipo liderado por Lionel Messi que este domingo jugará, nuevamente, una final de la Copa Mundial. “¿Qué más podemos pedirles? Queremos que ganen otra vez, pero ya son héroes, nos dieron demasiado”, resume un hombre que prefiere mantener su anonimato y quizá sea la mejor manera de simbolizar un sentimiento común.
Después del celebrado triunfo ante Inglaterra, los aficionados de la Albiceleste se ilusionan con ver a Messi levantando la cuarta Copa Mundial para su país
Banderas argentinas se asoman desde ventanas y balcones, pasan como relámpagos adheridos a buses y automóviles. Las camisetas albicelestes parecen el uniforme ubicuo y voluntario de la alegría y la emoción, en cualquier barrio de Buenos Aires, en cualquier pueblo o ciudad del país. “Gracias infinitas”, “agradecimiento eterno”, están entre las palabras más repetidas por los argentinos cuando hablan de su seleccionado de fútbol, del equipo liderado por Lionel Messi que este domingo jugará, nuevamente, una final de la Copa Mundial. “¿Qué más podemos pedirles? Queremos que ganen otra vez, pero ya son héroes, nos dieron demasiado”, resume un hombre que prefiere mantener su anonimato y quizá sea la mejor manera de simbolizar un sentimiento común.
Con el Obelisco porteño como epicentro, las calles y las plazas de toda Argentina se cubrieron de celebraciones el miércoles pasado, cuando el seleccionado remontó la semifinal frente a Inglaterra y terminó ganando por 2 a 1. Fue la primera gran fiesta popular que deparó en el país sudamericano el Mundial 2026, después de unos festejos mucho más moderados cuatro días antes, tras la agónica victoria ante Suiza, en cuartos de final.
El contraste no podía ser más marcado con el comienzo del campeonato, hace más de un mes, con la economía tan fría como el invierno, con los ingresos, el empleo y el consumo alicaídos. “No hay clima de Mundial”, voceaban entonces las redes sociales y los medios de comunicación locales. La Albiceleste llegaba al torneo de Estados Unidos, México y Canadá como campeona mundial vigente, gracias al título obtenido en Qatar 2022, y como bicampeona de América. Una publicidad del canal deportivo TyC Sports desafiaba bien ese estado de ánimo. “Con dos copas América y un Mundial, yo medio que ya estoy hecho”, decía uno de los personajes de la publicidad. Otro aficionado lo interrumpía con una arenga: “¿A alguien no le interesa repetir? ¿Se les cansaron los brazos de levantar tantas copas? ¿Nos conformamos con la tercera? ¿Somos de cuarta? Dicen que el fútbol le debía un Mundial a Messi. ¿Qué saben cuánto le debía? ¿Y si le debía dos?”.
Por supuesto, el transcurso del campeonato y las victorias argentinas fueron acrecentando el entusiasmo. El paroxismo de la alegría llegó con el triunfo ante Inglaterra, en un partido que —ya fue dicho tantas veces— para los argentinos fue mucho más que un encuentro deportivo. Con el riesgo implícito, también, de que ese haya sido el trofeo máximo, de que ni siquiera alzar la cuarta Copa Mundial para Argentina equipare el desahogo de esa algarabía.

“Lo que nos regalan estos jugadores es increíble, solamente podemos decirles ‘gracias’ por darle alegría a la gente que la está pasando mal”, dice Luis, 46 años, vendedor ambulante en el barrio porteño de Flores. “Son un ejemplo para todos los jóvenes”, interviene Magdalena, docente jubilada, mientras pasea a un perrito envuelto, cómo no, en los colores del país. “Son nuestros mejores representantes en el mundo. Hasta pusieron a las Islas Malvinas en la boca de todos”, agrega Miguel, un comerciante de la zona, a punto de cumplir 60 años.
“Las Malvinas son argentinas”, decía la bandera que mostraron en el estadio los jugadores dirigidos por Lionel Scaloni, minutos después de derrotar al seleccionado inglés, un gesto que puso en primer plano la histórica disputa entre ambos países por el archipiélago austral y que, a la vez, encumbró aún más a Messi y sus compañeros en el imaginario social. Como ocurrió con Diego Maradona, autor de los dos goles que derrotaron al mismo adversario en México 86, apenas cuatro años después de la guerra por las Malvinas.
Frente a la final que se jugará este domingo, ante el seleccionado de España, están los que trasuntan fe y esperanza, también los que creen que obtener un bicampeonato, casi con los mismos jugadores que cuatro años atrás, rozaría el milagro. “¡Vamos a ganar, es la última de Messi”, confían Santiago y Manuel, estudiantes de 16 años. Aluden a la canción que se volvió himno entre los aficionados y los mismos jugadores de la Scaloneta: “Quiero ver la cuarta estrella, brillar en la camiseta. Soy argento de la cuna hasta el cajón. Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina quiero verte bicampeón”, reza su letra.
Para los mayores de 40, este Mundial trae reminiscencias de Italia 1990, cuando la Albiceleste también llegaba como campeona y con mucho sufrimiento alcanzaba una nueva final, que perdería ante Alemania, el mismo rival al que había derrotado en México 86. También entonces como ahora, las simpatías globales, al menos en Occidente, no parecían acompañar al equipo argentino. “En muchos países no nos quieren porque somos rebeldes. Problema de ellos”, sentencia Juan Carlos, taxista. Quizá sin saberlo, cita al politólogo más famoso del país, Guillermo O’Donnell, quien describió el carácter insumiso del habitante promedio de Buenos Aires en un ensayo titulado con la respuesta que ese argentino podía espetarle a quien intentara intimidarlo con una pregunta retórica y clasista como: ¿Usted sabe con quién está hablando? o ¿quién se cree que soy yo?. La respuesta: ¿Y a mí qué mierda me importa?
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