La revuelta de los estudiantes franceses ha vuelto este martes a las calles. La protesta, más allá del bloqueo de centenares de centros educativos, ha recorrido el centro de París encabezada por alumnos, pero también profesores y representantes de otros sectores de la función pública. La guinda del día, marcado por los violentos enfrentamientos entre la policía y los manifestantes, la puso la mediática activista climática Greta Thunberg con una kufiya palestina al cuello, síntoma inequívoco de que la movilización ha alcanzado ya un enorme eco internacional. El Gobierno, mientras, no acaba de dar respuesta a las reivindicaciones.
Una multitudinaria protesta, en la que participó la activista climática Greta Thunberg, recorrió las calles de París el martes y terminó en enfrentamientos con la policía
La revuelta de los estudiantes franceses ha vuelto este martes a las calles. La protesta, más allá del bloqueo de centenares de centros educativos, ha recorrido el centro de París encabezada por alumnos, pero también profesores y representantes de otros sectores de la función pública. La guinda del día, marcado por los violentos enfrentamientos entre la policía y los manifestantes, la puso la mediática activista climática Greta Thunberg con una kufiya palestina al cuello, síntoma inequívoco de que la movilización ha alcanzado ya un enorme eco internacional. El Gobierno, mientras, no acaba de dar respuesta a las reivindicaciones.
La protesta, que terminó de nuevo con el lanzamiento de gases lacrimógenos y el despliegue de un camión con cañones de agua para dispersar a los manifestantes, se consolida y trasciende ya la precariedad de los centros educativos. Dos señales muestran el alcance de la reivindicación: Por un lado, los estudiantes llevaron su cólera al otro lado del río Sena, al barrio latino, escenario de las revueltas de mayo del 68, hasta la explanada de los Inválidos (justo al lado del Ministerio de Educación). Por otro, anunciaron que este sábado desean salir a las calles a protestar junto al movimiento de los chalecos amarillos, que habían ya convocado una manifestación en redes sociales. “Este movimiento es ya imparable”, proclamaba Jerôme Avril, estudiante de la facultad de Science Po, a su paso por el bulevar Saint Michel.
La gran incógnita ahora es si esa llamada de los jóvenes se traducirá en una importante presencia en las calles, justo el día en que comienzan las vacaciones escolares en Francia. Hace algunas semanas, se publicó en Tik Tok una convocatoria para reactivar el movimiento de protesta que puso en jaque al Ejecutivo de Emmanuel Macron hace siete años. La petición ―que incluía una especie de póster diseñado con IA― reclamaba una movilización nacional de “chalecos amarillos” con ocupación de rotondas y plazas en todo el país mientras sonaba de fondo una canción con el estribillo: “Macron, dimisión”.
El llamado movimiento de los chalecos amarillos comenzó en 2018 con bloqueos de carreteras en los extrarradios y manifestaciones en los centros urbanos para protestar en principio por un aumento del precio del diésel. Fue un movimiento inesperado y sin líderes claros que se transformó en una ola mucho mayor de descontento social que se extendió durante meses. Finalmente, logró algunas medidas concretas, como por ejemplo más inversiones públicas en sectores clave como los combustibles.
Muchos franceses sienten que les sobran las razones para decir basta, comenzando por la pérdida de calidad de vida, la subida del precio de los carburantes, la fractura en los barrios periféricos y zonas rurales y el hartazgo por la pérdida de poder adquisitivo.
A poco más de seis meses de unas elecciones presidenciales cruciales, el Gobierno del primer ministro Sébastien Lecornu no ha sabido dar respuesta ni a los estudiantes ni a los trabajadores descontentos para calmar la cólera en las calles.
Las reivindicaciones del actual movimiento estudiantil de secundaria, a diferencia de la mayoría de las movilizaciones anteriores, no se centran en una reforma futura. Los jóvenes plantean varios problemas concretos relacionados con el día a día: clases masificadas, profesores ausentes, horarios agotadores y el deterioro de las instalaciones escolares. Especialmente en la periferia, pero también en los institutos de barrios más pudientes.

Según los organizadores, en toda Francia salieron a la calle unas 480.000 personas este martes. El Ministerio de Interior calculó que hubo 161.500 manifestantes en toda Francia, 41.500 de ellos en París. En ciudades como Marsella, Lyon y Nantes, las protestas comenzaron desde primera hora de la mañana, conscientes de que la jornada era clave para poner a prueba la resistencia del movimiento de protesta.
Las manifestaciones de París, escoltadas por fuertes medidas de seguridad, partieron de la plaza de Italia y del Ayuntamiento. La marcha fue aplaudida a su paso por vecinos y transeúntes. Camiones de basura, taxis y autobuses hacían sonar el claxon mientras los estudiantes gritaban consignas contra el Gobierno y el “fascismo”. “Estamos preparados para todo. El gas que lanza la policía pica un poco al principio, pero luego pasa”, comentaba un estudiante, mientras un pequeño grupo de compañeros le seguía con pancartas donde podían leerse consignas como “más pasta para la escuela pública”.
En el centro de París también hubo barricadas, contenedores tumbados en medio de la calle y un coche ardiendo. Unos 200 centros educativos permanecieron cerrados este martes, había anticipado a primera hora el ministro de Educación Nacional en la emisora de radio France Inter. “Estamos observando más bien un descenso de la movilización con respecto a las semanas anteriores”, analizó Édouard Geffray, en tono ligero e injustificadamente optimista. “Pero también es lógico, porque hay centros educativos que se encuentran en los recorridos de las manifestaciones o muy cerca de ellos y que, por tanto, cierran para evitar actos vandálicos. Así que, en realidad, estamos observando más bien un descenso de la movilización con respecto a las semanas anteriores”, continuó.
La calle, sin embargo, ha dicho otra cosa. Frente a la Universidad Panthéon-Assas, en el burgués distrito 6 de París, cientos de estudiantes bloquearon la entrada al grito de “Assas antifascista” y “No hay lugar para los fascistas en nuestros barrios”, en apoyo a las manifestaciones de los estudiantes de secundaria. La idea era transmitir el apoyo a los barrios de la banlieue, de las afueras de París, a través del amplificador que representan los centros más elitistas de la ciudad.


Por la tarde, la manifestación se transformó en batalla campal en la plaza Vauban (junto a la explanada de los Inválidos). Los efectivos antidisturbios de la policía desplegaron un camión con dos cañones de agua y lanzaron gases lacrimógenos contra los manifestantes. Algunos manifestantes intentaron dirigirse sin éxito al Palacio de Matignon, residencia del primer ministro. En medio de la gran tensión, entre las nubes de gas volaron también los adoquines.
Fuera de la corona central de la ciudad, una decena de trabajadores del instituto Paul-Éluard, en Saint-Denis, en el departamento de Seine-Saint-Denis (epicentro de la inmigración en la corona metropolitana de París), decidieron el lunes ocupar el centro durante la tarde e incluso durante la noche para defender “las reivindicaciones de los alumnos” y protestar contra los cierres destinados a “frenar el movimiento”, según explicó una profesora, según publicó Le Figaro.

Justamente ahí fue donde se desplazó la mediática Greta Thunberg el martes por la mañana. La activista sueca, de 23 años, llegó frente al centro educativo, donde también se habían congregado una veintena de abogados para organizar una “cadena de abogados con toga para proteger a los estudiantes de secundaria”. “Nos están robando el futuro ante nuestros propios ojos”, proclamó, imbuida ya por las consignas de la protesta francesa.
Las protestas en Francia han llevado ya a 6.800 arrestos y más de 50 policías heridos y se producen cuando el Gobierno comenzará esta semana a debatir un presupuesto público con violentos ajustes de hasta 54.000 millones de euros.
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