Mi esposa cree que me han hecho brujería. Dice que la principal sospechosa es mi hermana, que no es ajena a las malas artes de la hechicería. Con la complicidad de una de mis asistentas, mi hermana está bajo la sospecha de haber hurtado unos calzoncillos de mi ropero para luego someterlos a turbios conjuros con pociones de hierbas y alfileres clavados en mi foto, procurando arrojarme numerosos maleficios: amores contrariados, impotencia erótica, fracasos literarios, ruina económica, salud quebradiza, entre otros.Tengo muchos enemigos que me desean el mal. Me los he ganado a pulso. Yo también les deseo el mal. Rezo todas las noches para que se hundan en la miseria, agonicen lentamente y se marchen lloriqueando de este mundo. Algunos de mis peores enemigos son poderosos: políticos en el poder que creen que siempre estarán en el poder, empresarios angurrientos que adulan a los políticos en el poder para ganar más dinero, dueños de canales de televisión y gerentes de canales de televisión y estrellas de canales de televisión que celebran mi decadencia como figurón de la televisión, examantes y examigos delatados en mis novelas, parientes honorables que me ven como un felón. Amigos no tengo, no me va quedando ninguno. Los he perdido a todos por mi culpa y lo peor es que no los echo de menos. He fumigado a todos mis amigos al punto que ahora se alegran de no verme más. Ni siquiera mis editores son mis amigos, diría que en el mejor de los casos son mis aliados.También es cierto que he perdido amigos porque he querido acostarme con ellos y he sido rechazado con brusquedad y alevosía. Quise deslizarme en la cama de un amigo de toda la vida, hijo de un prodigioso escritor, pero mis avances no fueron bienvenidos y la amistad, hecha de intrigas y conspiraciones, se rompió para siempre. Quise darme un revolcón con un amigo del periódico, un joven resabido, de aires aristocráticos, hijo de nobles españoles que vivían en un castillo con perros dóberman, pero mi apetito lujurioso fue desestimado por dicho envarado caballero que es ahora ministro de justicia y culto. Quise seducir a un escritor que era jurado de un premio literario, procurando que me concediese el galardón, pero no calculé que al letrado no le gustaban los varones y por eso votó a favor de una escritora que se llevó el trofeo. Tiempo después, el miembro del jurado me dijo: No me gustó la novela de la ganadora, pero me gustaron sus tetas.En otros tiempos mi peor enemigo era mi padre, que eligió ser mi enemigo porque yo era un niño delicado, afeminado, y luego mi peor enemiga fue mi primera suegra, quien trató de envenenarme varias veces, metiendo arañas negras y peludas en las camas donde yo dormía cuando ella me invitaba a pasar fines de semana en su finca, una villa señorial en el campo. En tres ocasiones esas arañas negras me picaron, pero no alcanzaron a matarme. Probablemente sobreviví porque mis venenos literarios me sirvieron de antídoto para combatir los venenos de mi suegra y sus arácnidos. Curiosamente, al picarme, las arañas perdieron la vida, es decir que yo las envenené y maté. Puede que mi saliva o mi sangre sea potencialmente mortífera. De haber besado en los labios a mi suegra, depositándole la cicuta de mi saliva en su lengua ponzoñosa, sospecho que la habría envenenado. He hecho una carrera en los libros y en la televisión gracias a mi lengua venenosa. Soy un escritor venenoso y, a la vez, envenenado. Le deseo el mal a mucha gente, sobre todo a los políticos en el poder, a los dueños y gerentes de canales de televisión que se niegan a contratarme, a las estrellas de televisión que ganan más que yo y a los escritores que escriben mejor que yo y venden más libros que yo. Todos ellos son mis enemigos.Mi esposa sostiene que solo una brujería persistente, un conjuro maléfico, un hechizo avieso y malparido explicaría que me vaya tan mal en este año adverso, contrariado, en el que cada contratiempo se levanta frente a mí como una montaña, y la suma de tantas montañas hacen una cordillera negra, rocosa, infranqueable, una cordillera que me impide llegar al valle de la felicidad, el oasis que debería estar más allá, al otro lado de las montañas insuperables de la desdicha. Demasiadas cosas malas me han pasado y me siguen pasando como para atribuirlas meramente a la mala fortuna: mi hija se casó y no quiere verme más, a mi madre ya no le vienen las palabras para hablarme, mi hermana me deseó cosas malas porque no quise prestarle dinero, me resbalé al salir de la ducha y me lastimé la cabeza, me vi obligado a despedir a una de mis asistentas por hacerme cosas malucas, de nuevo me rebajaron el sueldo, la camioneta de mi esposa se estropeó porque el cuero de los asientos se pudrió y apestaba, me ofrecí a varios canales de televisión y ninguno quiso ficharme a pesar de que prometí no cobrarles nada, viajé a ver la final del mundial de fútbol y perdieron los argentinos, mi gata se extravió y casi me da un infarto, despedí a la chofer de mi hija por perder a mi gata, me puse inyecciones para bajar de peso pero tuve que dejarlas porque no me dejaban dormir y no quería ser un flaco insomne, desvelado, y mi esposa me pidió que no me quitase la ropa cuando hacemos el amor porque si veía mi barriga prominente dejaba de desearme lo poco que me deseaba al verme con ropa. Está claro entonces que alguien, una mano negra, una voluntad siniestra, una bruja o hechicera, está conspirando en las sombras para que yo sea infeliz.Peor todavía, me han dado de baja en una feria del libro en la que estaba confirmado. Había comprado los boletos aéreos, reservado el hotel y anunciado mi presentación en pocas semanas, y ahora me informan de que no hay espacio para mí en esa feria. Son mis enemigos políticos quienes me han guillotinado. Primero me dijeron que debido a un terremoto no sería bienvenido. Luego me comunicaron que no fui seleccionado para participar en la feria: se presentaron seiscientos escritores, me dijo un amable portavoz de la feria, y solo seleccionamos a trescientos sesenta y seis. Es decir que trescientos sesenta y seis escritores me ganaron la partida. Es decir que la feria consideró que esos trescientos sesenta y seis escritores eran mejores que yo y tenían más méritos que yo. No encuentro argumentos para defenderme. No dudo de que los organizadores de la feria tienen razón: los trescientos sesenta y seis escritores seleccionados son mejores que yo y me han ganado con toda justicia. No les deseo el mal. Espero que triunfen. Nadie advertirá mi ausencia. La feria no se perderá gran cosa, prescindiendo de mí. Sin embargo, sospecho que me han cancelado no solo porque soy un escritor deplorable, sino también porque he criticado al gobierno de ese país.Anoche mi esposa me ha pasado el huevo por la espalda, el pecho, la cabeza y la bolsa testicular, a ver si así me limpiaba de los conjuros, hechizos y maleficios que me han arrojado. Luego ha depositado el huevo crudo en un vaso de agua y ha dado un grito de estupor al ver pelos y puntos negros. Te han hecho brujería, ha sentenciado. Aprovechando que estaba desnudo, le sugerí que, para curarme del todo, hiciéramos el amor. Ella me dijo: bueno, pero mejor vístete, porque así te veo gordo y no me provoca.Me pregunto si me queda al menos un amigo, solo uno, en todo el mundo, un amigo noble, leal, desinteresado. No encuentro a ninguno en mi memoria. Un amigo trotamundos me abandonó porque volvió con la cantante famosa. Un amigo dandi dejó de quererme cuando me casé con una mujer. Un amigo y colega no me buscó más porque sabía que no deseaba acostarme con él. Un amigo renunció a nuestra amistad porque cambié de editorial. Un amigo se enamoró de un futbolista retirado y me dio de baja. Tengo amigos del colegio, del periódico, de la universidad, pero ninguno quiere verme por temor a salir en mis libros y mis columnas y técnicamente son entonces mis examigos. A estas alturas, no miento si digo que mi esposa es mi mejor amigo: cuando tantas adversidades y contratiempos me reducen a lágrimas, desazones y temblores, y soy de pronto una señora quejumbrosa que se siente víctima de brujerías impías, ella es mi amigo y mi marido, y me sostiene con una fuerza viril que no hay en mí. Mi esposa cree que me han hecho brujería. Dice que la principal sospechosa es mi hermana, que no es ajena a las malas artes de la hechicería. Con la complicidad de una de mis asistentas, mi hermana está bajo la sospecha de haber hurtado unos calzoncillos de mi ropero para luego someterlos a turbios conjuros con pociones de hierbas y alfileres clavados en mi foto, procurando arrojarme numerosos maleficios: amores contrariados, impotencia erótica, fracasos literarios, ruina económica, salud quebradiza, entre otros.Tengo muchos enemigos que me desean el mal. Me los he ganado a pulso. Yo también les deseo el mal. Rezo todas las noches para que se hundan en la miseria, agonicen lentamente y se marchen lloriqueando de este mundo. Algunos de mis peores enemigos son poderosos: políticos en el poder que creen que siempre estarán en el poder, empresarios angurrientos que adulan a los políticos en el poder para ganar más dinero, dueños de canales de televisión y gerentes de canales de televisión y estrellas de canales de televisión que celebran mi decadencia como figurón de la televisión, examantes y examigos delatados en mis novelas, parientes honorables que me ven como un felón. Amigos no tengo, no me va quedando ninguno. Los he perdido a todos por mi culpa y lo peor es que no los echo de menos. He fumigado a todos mis amigos al punto que ahora se alegran de no verme más. Ni siquiera mis editores son mis amigos, diría que en el mejor de los casos son mis aliados.También es cierto que he perdido amigos porque he querido acostarme con ellos y he sido rechazado con brusquedad y alevosía. Quise deslizarme en la cama de un amigo de toda la vida, hijo de un prodigioso escritor, pero mis avances no fueron bienvenidos y la amistad, hecha de intrigas y conspiraciones, se rompió para siempre. Quise darme un revolcón con un amigo del periódico, un joven resabido, de aires aristocráticos, hijo de nobles españoles que vivían en un castillo con perros dóberman, pero mi apetito lujurioso fue desestimado por dicho envarado caballero que es ahora ministro de justicia y culto. Quise seducir a un escritor que era jurado de un premio literario, procurando que me concediese el galardón, pero no calculé que al letrado no le gustaban los varones y por eso votó a favor de una escritora que se llevó el trofeo. Tiempo después, el miembro del jurado me dijo: No me gustó la novela de la ganadora, pero me gustaron sus tetas.En otros tiempos mi peor enemigo era mi padre, que eligió ser mi enemigo porque yo era un niño delicado, afeminado, y luego mi peor enemiga fue mi primera suegra, quien trató de envenenarme varias veces, metiendo arañas negras y peludas en las camas donde yo dormía cuando ella me invitaba a pasar fines de semana en su finca, una villa señorial en el campo. En tres ocasiones esas arañas negras me picaron, pero no alcanzaron a matarme. Probablemente sobreviví porque mis venenos literarios me sirvieron de antídoto para combatir los venenos de mi suegra y sus arácnidos. Curiosamente, al picarme, las arañas perdieron la vida, es decir que yo las envenené y maté. Puede que mi saliva o mi sangre sea potencialmente mortífera. De haber besado en los labios a mi suegra, depositándole la cicuta de mi saliva en su lengua ponzoñosa, sospecho que la habría envenenado. He hecho una carrera en los libros y en la televisión gracias a mi lengua venenosa. Soy un escritor venenoso y, a la vez, envenenado. Le deseo el mal a mucha gente, sobre todo a los políticos en el poder, a los dueños y gerentes de canales de televisión que se niegan a contratarme, a las estrellas de televisión que ganan más que yo y a los escritores que escriben mejor que yo y venden más libros que yo. Todos ellos son mis enemigos.Mi esposa sostiene que solo una brujería persistente, un conjuro maléfico, un hechizo avieso y malparido explicaría que me vaya tan mal en este año adverso, contrariado, en el que cada contratiempo se levanta frente a mí como una montaña, y la suma de tantas montañas hacen una cordillera negra, rocosa, infranqueable, una cordillera que me impide llegar al valle de la felicidad, el oasis que debería estar más allá, al otro lado de las montañas insuperables de la desdicha. Demasiadas cosas malas me han pasado y me siguen pasando como para atribuirlas meramente a la mala fortuna: mi hija se casó y no quiere verme más, a mi madre ya no le vienen las palabras para hablarme, mi hermana me deseó cosas malas porque no quise prestarle dinero, me resbalé al salir de la ducha y me lastimé la cabeza, me vi obligado a despedir a una de mis asistentas por hacerme cosas malucas, de nuevo me rebajaron el sueldo, la camioneta de mi esposa se estropeó porque el cuero de los asientos se pudrió y apestaba, me ofrecí a varios canales de televisión y ninguno quiso ficharme a pesar de que prometí no cobrarles nada, viajé a ver la final del mundial de fútbol y perdieron los argentinos, mi gata se extravió y casi me da un infarto, despedí a la chofer de mi hija por perder a mi gata, me puse inyecciones para bajar de peso pero tuve que dejarlas porque no me dejaban dormir y no quería ser un flaco insomne, desvelado, y mi esposa me pidió que no me quitase la ropa cuando hacemos el amor porque si veía mi barriga prominente dejaba de desearme lo poco que me deseaba al verme con ropa. Está claro entonces que alguien, una mano negra, una voluntad siniestra, una bruja o hechicera, está conspirando en las sombras para que yo sea infeliz.Peor todavía, me han dado de baja en una feria del libro en la que estaba confirmado. Había comprado los boletos aéreos, reservado el hotel y anunciado mi presentación en pocas semanas, y ahora me informan de que no hay espacio para mí en esa feria. Son mis enemigos políticos quienes me han guillotinado. Primero me dijeron que debido a un terremoto no sería bienvenido. Luego me comunicaron que no fui seleccionado para participar en la feria: se presentaron seiscientos escritores, me dijo un amable portavoz de la feria, y solo seleccionamos a trescientos sesenta y seis. Es decir que trescientos sesenta y seis escritores me ganaron la partida. Es decir que la feria consideró que esos trescientos sesenta y seis escritores eran mejores que yo y tenían más méritos que yo. No encuentro argumentos para defenderme. No dudo de que los organizadores de la feria tienen razón: los trescientos sesenta y seis escritores seleccionados son mejores que yo y me han ganado con toda justicia. No les deseo el mal. Espero que triunfen. Nadie advertirá mi ausencia. La feria no se perderá gran cosa, prescindiendo de mí. Sin embargo, sospecho que me han cancelado no solo porque soy un escritor deplorable, sino también porque he criticado al gobierno de ese país.Anoche mi esposa me ha pasado el huevo por la espalda, el pecho, la cabeza y la bolsa testicular, a ver si así me limpiaba de los conjuros, hechizos y maleficios que me han arrojado. Luego ha depositado el huevo crudo en un vaso de agua y ha dado un grito de estupor al ver pelos y puntos negros. Te han hecho brujería, ha sentenciado. Aprovechando que estaba desnudo, le sugerí que, para curarme del todo, hiciéramos el amor. Ella me dijo: bueno, pero mejor vístete, porque así te veo gordo y no me provoca.Me pregunto si me queda al menos un amigo, solo uno, en todo el mundo, un amigo noble, leal, desinteresado. No encuentro a ninguno en mi memoria. Un amigo trotamundos me abandonó porque volvió con la cantante famosa. Un amigo dandi dejó de quererme cuando me casé con una mujer. Un amigo y colega no me buscó más porque sabía que no deseaba acostarme con él. Un amigo renunció a nuestra amistad porque cambié de editorial. Un amigo se enamoró de un futbolista retirado y me dio de baja. Tengo amigos del colegio, del periódico, de la universidad, pero ninguno quiere verme por temor a salir en mis libros y mis columnas y técnicamente son entonces mis examigos. A estas alturas, no miento si digo que mi esposa es mi mejor amigo: cuando tantas adversidades y contratiempos me reducen a lágrimas, desazones y temblores, y soy de pronto una señora quejumbrosa que se siente víctima de brujerías impías, ella es mi amigo y mi marido, y me sostiene con una fuerza viril que no hay en mí.
Mi esposa cree que me han hecho brujería. Dice que la principal sospechosa es mi hermana, que no es ajena a las malas artes de la hechicería. Con la complicidad de una de mis asistentas, mi hermana está bajo la sospecha de haber hurtado unos … calzoncillos de mi ropero para luego someterlos a turbios conjuros con pociones de hierbas y alfileres clavados en mi foto, procurando arrojarme numerosos maleficios: amores contrariados, impotencia erótica, fracasos literarios, ruina económica, salud quebradiza, entre otros.
Tengo muchos enemigos que me desean el mal. Me los he ganado a pulso. Yo también les deseo el mal. Rezo todas las noches para que se hundan en la miseria, agonicen lentamente y se marchen lloriqueando de este mundo. Algunos de mis peores enemigos son poderosos: políticos en el poder que creen que siempre estarán en el poder, empresarios angurrientos que adulan a los políticos en el poder para ganar más dinero, dueños de canales de televisión y gerentes de canales de televisión y estrellas de canales de televisión que celebran mi decadencia como figurón de la televisión, examantes y examigos delatados en mis novelas, parientes honorables que me ven como un felón. Amigos no tengo, no me va quedando ninguno. Los he perdido a todos por mi culpa y lo peor es que no los echo de menos. He fumigado a todos mis amigos al punto que ahora se alegran de no verme más. Ni siquiera mis editores son mis amigos, diría que en el mejor de los casos son mis aliados.
También es cierto que he perdido amigos porque he querido acostarme con ellos y he sido rechazado con brusquedad y alevosía. Quise deslizarme en la cama de un amigo de toda la vida, hijo de un prodigioso escritor, pero mis avances no fueron bienvenidos y la amistad, hecha de intrigas y conspiraciones, se rompió para siempre. Quise darme un revolcón con un amigo del periódico, un joven resabido, de aires aristocráticos, hijo de nobles españoles que vivían en un castillo con perros dóberman, pero mi apetito lujurioso fue desestimado por dicho envarado caballero que es ahora ministro de justicia y culto. Quise seducir a un escritor que era jurado de un premio literario, procurando que me concediese el galardón, pero no calculé que al letrado no le gustaban los varones y por eso votó a favor de una escritora que se llevó el trofeo. Tiempo después, el miembro del jurado me dijo: No me gustó la novela de la ganadora, pero me gustaron sus tetas.
En otros tiempos mi peor enemigo era mi padre, que eligió ser mi enemigo porque yo era un niño delicado, afeminado, y luego mi peor enemiga fue mi primera suegra, quien trató de envenenarme varias veces, metiendo arañas negras y peludas en las camas donde yo dormía cuando ella me invitaba a pasar fines de semana en su finca, una villa señorial en el campo. En tres ocasiones esas arañas negras me picaron, pero no alcanzaron a matarme. Probablemente sobreviví porque mis venenos literarios me sirvieron de antídoto para combatir los venenos de mi suegra y sus arácnidos. Curiosamente, al picarme, las arañas perdieron la vida, es decir que yo las envenené y maté. Puede que mi saliva o mi sangre sea potencialmente mortífera. De haber besado en los labios a mi suegra, depositándole la cicuta de mi saliva en su lengua ponzoñosa, sospecho que la habría envenenado. He hecho una carrera en los libros y en la televisión gracias a mi lengua venenosa. Soy un escritor venenoso y, a la vez, envenenado. Le deseo el mal a mucha gente, sobre todo a los políticos en el poder, a los dueños y gerentes de canales de televisión que se niegan a contratarme, a las estrellas de televisión que ganan más que yo y a los escritores que escriben mejor que yo y venden más libros que yo. Todos ellos son mis enemigos.
Mi esposa sostiene que solo una brujería persistente, un conjuro maléfico, un hechizo avieso y malparido explicaría que me vaya tan mal en este año adverso, contrariado, en el que cada contratiempo se levanta frente a mí como una montaña, y la suma de tantas montañas hacen una cordillera negra, rocosa, infranqueable, una cordillera que me impide llegar al valle de la felicidad, el oasis que debería estar más allá, al otro lado de las montañas insuperables de la desdicha. Demasiadas cosas malas me han pasado y me siguen pasando como para atribuirlas meramente a la mala fortuna: mi hija se casó y no quiere verme más, a mi madre ya no le vienen las palabras para hablarme, mi hermana me deseó cosas malas porque no quise prestarle dinero, me resbalé al salir de la ducha y me lastimé la cabeza, me vi obligado a despedir a una de mis asistentas por hacerme cosas malucas, de nuevo me rebajaron el sueldo, la camioneta de mi esposa se estropeó porque el cuero de los asientos se pudrió y apestaba, me ofrecí a varios canales de televisión y ninguno quiso ficharme a pesar de que prometí no cobrarles nada, viajé a ver la final del mundial de fútbol y perdieron los argentinos, mi gata se extravió y casi me da un infarto, despedí a la chofer de mi hija por perder a mi gata, me puse inyecciones para bajar de peso pero tuve que dejarlas porque no me dejaban dormir y no quería ser un flaco insomne, desvelado, y mi esposa me pidió que no me quitase la ropa cuando hacemos el amor porque si veía mi barriga prominente dejaba de desearme lo poco que me deseaba al verme con ropa. Está claro entonces que alguien, una mano negra, una voluntad siniestra, una bruja o hechicera, está conspirando en las sombras para que yo sea infeliz.
Peor todavía, me han dado de baja en una feria del libro en la que estaba confirmado. Había comprado los boletos aéreos, reservado el hotel y anunciado mi presentación en pocas semanas, y ahora me informan de que no hay espacio para mí en esa feria. Son mis enemigos políticos quienes me han guillotinado. Primero me dijeron que debido a un terremoto no sería bienvenido. Luego me comunicaron que no fui seleccionado para participar en la feria: se presentaron seiscientos escritores, me dijo un amable portavoz de la feria, y solo seleccionamos a trescientos sesenta y seis. Es decir que trescientos sesenta y seis escritores me ganaron la partida. Es decir que la feria consideró que esos trescientos sesenta y seis escritores eran mejores que yo y tenían más méritos que yo. No encuentro argumentos para defenderme. No dudo de que los organizadores de la feria tienen razón: los trescientos sesenta y seis escritores seleccionados son mejores que yo y me han ganado con toda justicia. No les deseo el mal. Espero que triunfen. Nadie advertirá mi ausencia. La feria no se perderá gran cosa, prescindiendo de mí. Sin embargo, sospecho que me han cancelado no solo porque soy un escritor deplorable, sino también porque he criticado al gobierno de ese país.
Anoche mi esposa me ha pasado el huevo por la espalda, el pecho, la cabeza y la bolsa testicular, a ver si así me limpiaba de los conjuros, hechizos y maleficios que me han arrojado. Luego ha depositado el huevo crudo en un vaso de agua y ha dado un grito de estupor al ver pelos y puntos negros. Te han hecho brujería, ha sentenciado. Aprovechando que estaba desnudo, le sugerí que, para curarme del todo, hiciéramos el amor. Ella me dijo: bueno, pero mejor vístete, porque así te veo gordo y no me provoca.
Me pregunto si me queda al menos un amigo, solo uno, en todo el mundo, un amigo noble, leal, desinteresado. No encuentro a ninguno en mi memoria. Un amigo trotamundos me abandonó porque volvió con la cantante famosa. Un amigo dandi dejó de quererme cuando me casé con una mujer. Un amigo y colega no me buscó más porque sabía que no deseaba acostarme con él. Un amigo renunció a nuestra amistad porque cambié de editorial. Un amigo se enamoró de un futbolista retirado y me dio de baja. Tengo amigos del colegio, del periódico, de la universidad, pero ninguno quiere verme por temor a salir en mis libros y mis columnas y técnicamente son entonces mis examigos. A estas alturas, no miento si digo que mi esposa es mi mejor amigo: cuando tantas adversidades y contratiempos me reducen a lágrimas, desazones y temblores, y soy de pronto una señora quejumbrosa que se siente víctima de brujerías impías, ella es mi amigo y mi marido, y me sostiene con una fuerza viril que no hay en mí.
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