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Cultura

Morir de éxito: la maldición del efecto ‘Juego de tronos’

junio 25, 2026
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Cuando alguien muere, el duelo se arrastra. O debería. Es la consecuencia lógica de una pérdida, el trauma de la ausencia, la debacle que trastoca el universo de quienes sufren su desaparición. ‘Juego de tronos’ cambió las reglas de las series por muchas cosas, pero con la muerte de Ned Stark prescindió no solo del actor más famoso del reparto (Sean Bean), sino de un personaje que era el faro moral de la trama ideada por George R. R. Martin. Su sacrificio rompió un pacto tácito con el público, ese por el que los protagonistas tienen inmunidad para sobrevivir, aun torturados, a las adversidades. Su muerte trastocó todo, también al espectador, que había seguido a través de sus ojos la corrupción de Poniente durante nueve episodios, y precipitó la Guerra de los Cinco Reyes, alterando el destino de sus hijos durante ocho temporadas. La sombra de Ned Stark planeó, como un fantasma, por toda la serie. Su ejecución no fue ni un truco ni fue en vano, fue la consecuencia inevitable de sus propias decisiones y de su ingenuidad política en un Poniente en el que la bondad se pagaba cara. Lo cambió todo, supuso un punto de inflexión que redefinió la ficción televisiva, y pervirtió la esencia misma de la propia ‘Juego de tronos’, condenada a una inercia que la convirtió en una serie de golpes de efecto, deudora de al menos una muerte impactante por temporada. Democratizar la muerteNada fue igual a partir de entonces. La novedad, el giro puro de guión, se convirtió en costumbre, como el misterio sin resolver y el final sin final. Después de eso, la nada, o el todo. Más de lo mismo. Una maldición que han terminado heredando el resto de ficciones. Se mata con tanta facilidad que el espectador desarrolla cierta inmunidad a la pérdida de los personajes. Si una muerte no cambia el mundo de la serie, no revoluciona nada. Y si se democratiza, la tragedia se devalúa.Noticia relacionada general No No ‘La casa del dragón’: el espejo deformado de ‘Juego de tronos’ Lucía CabanelasLo cierto es que la fórmula funciona, pero lo justo. La epidemia de muertes fáciles de las series ni sorprende ni impacta. Se ha convertido en un recurso barato, exprés, de un guión que necesita agitar la narrativa, el desarrollo argumental, prescindiendo de alguien intrascendente disfrazado de importante. Ni el universo ideado por George R. R. Martin ha sabido escapar de sus innovadores antecedentes. Después de dos temporadas lentas, de intrigas palaciegas, de diálogos interminables, la tercera temporada de ‘La casa del dragón’, cuyo primer episodio acaba de aterrizar en HBO Max, comienza por todo lo alto: con acción… y derramamiento de sangre. Muere uno de los protagonistas, de forma agónica, dura, pero la muerte de ese personaje es un hecho heredado de la novela que solo busca fracturar más a la verdadera protagonista de la serie, Rhaenyra Targaryen. Fuera de Poniente, la televisión está plagada de series que malinterpretaron el fenómeno y decidieron inmolar a personajes por puro morbo, para generar conversación, para hacer que la trama de otros personajes avanzara. Pasó en ‘Vikingos’ con la muerte de Lagertha, y también en ‘The Walking Dead’, que ejecutó a Glenn al inicio de una nueva temporada después de estirar su agonía en un interminable ‘cliffhanger’. A otras series, directamente se les va de las manos. Como en ‘Anatomía de Grey’, que de tanto explotar la muerte de personajes troncales, terminó convirtiendo el hospital en una especie de lugar maldito más propio de los pueblos canónicos de Stephen King que de un drama médico. Las muertes dejaron de doler, de responder a la evolución de la historia, de ser relevantes. Pasaron a ser la única herramienta de los guionistas para justificar su existencia, su renovación, y salvarse de la fuga gradual de actores, por incompatibilidad de agendas o por peticiones de aumento de sueldo desorbitadas. Quien dinero pide, a hierro muere. El genocidio en el Grey Sloan Memorial transformó la pérdida humana en una reestructuración de la plantilla laboral del elenco, un trámite de recursos humanos, y pasó de ser un culebrón a una comedia en la que hacer quiniela con los decesos de cada nueva temporada. ‘Westworld’ empezó a matar, a revivir, a clonar y volver a matar a sus personajes principales a partir de la segunda entrega. Pero cuando la muerte no es permanente y carece de consecuencias reales, se convierte en un giro de guión del que el espectador desconecta emocionalmente. ‘Stranger Things’ patentó la cínica fórmula de introducir personajes carismáticos al inicio de las temporadas (Bob en la segunda, Alexei en la tercera, Eddie Munson en la cuarta) para cautivar al público y traumatizarlo con su muerte trágica y heroica. Buscaba el impacto emocional, las lágrimas, pero a través de una estrategia prefabricada, cobarde, porque los hermanos Duffer no se atrevieron a pagar el precio real de acabar con la vida de Eleven, Mike o Will en mitad de la serie. Un truco barato, el de hiperdesarrollar a personajes secundarios, que incluso el espectador sabe que morirán antes de que termine su arco argumental. Como cuando en ‘From’, incapaces de deshacerse de los únicos personajes que permiten que la trama continúe, enfocan de repente a extras, les dan dos frases, y los matan. Lo verdaderamente revolucionario es el desafío de acabar con alguien que dé un vuelco al guión, que haga que la acción transcurra por otros márgenes. Claro que también es lo más difícil. El propio George R. R. Martin siempre le reprochó a Tolkien su incapacidad para matar a Gandalf, al que resucitó como el mago blanco. Para matar bien hay que ser valiente, y quizás también insensato. Pero la televisión actual prefiere proteger a sus propios Gandalfs o sacrificar peones intercambiables antes que admitir una vieja verdad dramática: a veces, para que una historia viva, su protagonista debe morir de verdad. Cuando alguien muere, el duelo se arrastra. O debería. Es la consecuencia lógica de una pérdida, el trauma de la ausencia, la debacle que trastoca el universo de quienes sufren su desaparición. ‘Juego de tronos’ cambió las reglas de las series por muchas cosas, pero con la muerte de Ned Stark prescindió no solo del actor más famoso del reparto (Sean Bean), sino de un personaje que era el faro moral de la trama ideada por George R. R. Martin. Su sacrificio rompió un pacto tácito con el público, ese por el que los protagonistas tienen inmunidad para sobrevivir, aun torturados, a las adversidades. Su muerte trastocó todo, también al espectador, que había seguido a través de sus ojos la corrupción de Poniente durante nueve episodios, y precipitó la Guerra de los Cinco Reyes, alterando el destino de sus hijos durante ocho temporadas. La sombra de Ned Stark planeó, como un fantasma, por toda la serie. Su ejecución no fue ni un truco ni fue en vano, fue la consecuencia inevitable de sus propias decisiones y de su ingenuidad política en un Poniente en el que la bondad se pagaba cara. Lo cambió todo, supuso un punto de inflexión que redefinió la ficción televisiva, y pervirtió la esencia misma de la propia ‘Juego de tronos’, condenada a una inercia que la convirtió en una serie de golpes de efecto, deudora de al menos una muerte impactante por temporada. Democratizar la muerteNada fue igual a partir de entonces. La novedad, el giro puro de guión, se convirtió en costumbre, como el misterio sin resolver y el final sin final. Después de eso, la nada, o el todo. Más de lo mismo. Una maldición que han terminado heredando el resto de ficciones. Se mata con tanta facilidad que el espectador desarrolla cierta inmunidad a la pérdida de los personajes. Si una muerte no cambia el mundo de la serie, no revoluciona nada. Y si se democratiza, la tragedia se devalúa.Noticia relacionada general No No ‘La casa del dragón’: el espejo deformado de ‘Juego de tronos’ Lucía CabanelasLo cierto es que la fórmula funciona, pero lo justo. La epidemia de muertes fáciles de las series ni sorprende ni impacta. Se ha convertido en un recurso barato, exprés, de un guión que necesita agitar la narrativa, el desarrollo argumental, prescindiendo de alguien intrascendente disfrazado de importante. Ni el universo ideado por George R. R. Martin ha sabido escapar de sus innovadores antecedentes. Después de dos temporadas lentas, de intrigas palaciegas, de diálogos interminables, la tercera temporada de ‘La casa del dragón’, cuyo primer episodio acaba de aterrizar en HBO Max, comienza por todo lo alto: con acción… y derramamiento de sangre. Muere uno de los protagonistas, de forma agónica, dura, pero la muerte de ese personaje es un hecho heredado de la novela que solo busca fracturar más a la verdadera protagonista de la serie, Rhaenyra Targaryen. Fuera de Poniente, la televisión está plagada de series que malinterpretaron el fenómeno y decidieron inmolar a personajes por puro morbo, para generar conversación, para hacer que la trama de otros personajes avanzara. Pasó en ‘Vikingos’ con la muerte de Lagertha, y también en ‘The Walking Dead’, que ejecutó a Glenn al inicio de una nueva temporada después de estirar su agonía en un interminable ‘cliffhanger’. A otras series, directamente se les va de las manos. Como en ‘Anatomía de Grey’, que de tanto explotar la muerte de personajes troncales, terminó convirtiendo el hospital en una especie de lugar maldito más propio de los pueblos canónicos de Stephen King que de un drama médico. Las muertes dejaron de doler, de responder a la evolución de la historia, de ser relevantes. Pasaron a ser la única herramienta de los guionistas para justificar su existencia, su renovación, y salvarse de la fuga gradual de actores, por incompatibilidad de agendas o por peticiones de aumento de sueldo desorbitadas. Quien dinero pide, a hierro muere. El genocidio en el Grey Sloan Memorial transformó la pérdida humana en una reestructuración de la plantilla laboral del elenco, un trámite de recursos humanos, y pasó de ser un culebrón a una comedia en la que hacer quiniela con los decesos de cada nueva temporada. ‘Westworld’ empezó a matar, a revivir, a clonar y volver a matar a sus personajes principales a partir de la segunda entrega. Pero cuando la muerte no es permanente y carece de consecuencias reales, se convierte en un giro de guión del que el espectador desconecta emocionalmente. ‘Stranger Things’ patentó la cínica fórmula de introducir personajes carismáticos al inicio de las temporadas (Bob en la segunda, Alexei en la tercera, Eddie Munson en la cuarta) para cautivar al público y traumatizarlo con su muerte trágica y heroica. Buscaba el impacto emocional, las lágrimas, pero a través de una estrategia prefabricada, cobarde, porque los hermanos Duffer no se atrevieron a pagar el precio real de acabar con la vida de Eleven, Mike o Will en mitad de la serie. Un truco barato, el de hiperdesarrollar a personajes secundarios, que incluso el espectador sabe que morirán antes de que termine su arco argumental. Como cuando en ‘From’, incapaces de deshacerse de los únicos personajes que permiten que la trama continúe, enfocan de repente a extras, les dan dos frases, y los matan. Lo verdaderamente revolucionario es el desafío de acabar con alguien que dé un vuelco al guión, que haga que la acción transcurra por otros márgenes. Claro que también es lo más difícil. El propio George R. R. Martin siempre le reprochó a Tolkien su incapacidad para matar a Gandalf, al que resucitó como el mago blanco. Para matar bien hay que ser valiente, y quizás también insensato. Pero la televisión actual prefiere proteger a sus propios Gandalfs o sacrificar peones intercambiables antes que admitir una vieja verdad dramática: a veces, para que una historia viva, su protagonista debe morir de verdad.  

Cuando alguien muere, el duelo se arrastra. O debería. Es la consecuencia lógica de una pérdida, el trauma de la ausencia, la debacle que trastoca el universo de quienes sufren su desaparición. ‘Juego de tronos’ cambió las reglas de las series por muchas cosas, pero … con la muerte de Ned Stark prescindió no solo del actor más famoso del reparto (Sean Bean), sino de un personaje que era el faro moral de la trama ideada por George R. R. Martin. Su sacrificio rompió un pacto tácito con el público, ese por el que los protagonistas tienen inmunidad para sobrevivir, aun torturados, a las adversidades.

Su muerte trastocó todo, también al espectador, que había seguido a través de sus ojos la corrupción de Poniente durante nueve episodios, y precipitó la Guerra de los Cinco Reyes, alterando el destino de sus hijos durante ocho temporadas. La sombra de Ned Stark planeó, como un fantasma, por toda la serie. Su ejecución no fue ni un truco ni fue en vano, fue la consecuencia inevitable de sus propias decisiones y de su ingenuidad política en un Poniente en el que la bondad se pagaba cara. Lo cambió todo, supuso un punto de inflexión que redefinió la ficción televisiva, y pervirtió la esencia misma de la propia ‘Juego de tronos’, condenada a una inercia que la convirtió en una serie de golpes de efecto, deudora de al menos una muerte impactante por temporada.

Democratizar la muerte

Nada fue igual a partir de entonces. La novedad, el giro puro de guión, se convirtió en costumbre, como el misterio sin resolver y el final sin final. Después de eso, la nada, o el todo. Más de lo mismo. Una maldición que han terminado heredando el resto de ficciones. Se mata con tanta facilidad que el espectador desarrolla cierta inmunidad a la pérdida de los personajes. Si una muerte no cambia el mundo de la serie, no revoluciona nada. Y si se democratiza, la tragedia se devalúa.

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    Lucía Cabanelas

Lo cierto es que la fórmula funciona, pero lo justo. La epidemia de muertes fáciles de las series ni sorprende ni impacta. Se ha convertido en un recurso barato, exprés, de un guión que necesita agitar la narrativa, el desarrollo argumental, prescindiendo de alguien intrascendente disfrazado de importante. Ni el universo ideado por George R. R. Martin ha sabido escapar de sus innovadores antecedentes. Después de dos temporadas lentas, de intrigas palaciegas, de diálogos interminables, la tercera temporada de ‘La casa del dragón’, cuyo primer episodio acaba de aterrizar en HBO Max, comienza por todo lo alto: con acción… y derramamiento de sangre. Muere uno de los protagonistas, de forma agónica, dura, pero la muerte de ese personaje es un hecho heredado de la novela que solo busca fracturar más a la verdadera protagonista de la serie, Rhaenyra Targaryen.

Fuera de Poniente, la televisión está plagada de series que malinterpretaron el fenómeno y decidieron inmolar a personajes por puro morbo, para generar conversación, para hacer que la trama de otros personajes avanzara. Pasó en ‘Vikingos’ con la muerte de Lagertha, y también en ‘The Walking Dead’, que ejecutó a Glenn al inicio de una nueva temporada después de estirar su agonía en un interminable ‘cliffhanger’. A otras series, directamente se les va de las manos.

Como en ‘Anatomía de Grey’, que de tanto explotar la muerte de personajes troncales, terminó convirtiendo el hospital en una especie de lugar maldito más propio de los pueblos canónicos de Stephen King que de un drama médico. Las muertes dejaron de doler, de responder a la evolución de la historia, de ser relevantes. Pasaron a ser la única herramienta de los guionistas para justificar su existencia, su renovación, y salvarse de la fuga gradual de actores, por incompatibilidad de agendas o por peticiones de aumento de sueldo desorbitadas. Quien dinero pide, a hierro muere. El genocidio en el Grey Sloan Memorial transformó la pérdida humana en una reestructuración de la plantilla laboral del elenco, un trámite de recursos humanos, y pasó de ser un culebrón a una comedia en la que hacer quiniela con los decesos de cada nueva temporada. ‘Westworld’ empezó a matar, a revivir, a clonar y volver a matar a sus personajes principales a partir de la segunda entrega. Pero cuando la muerte no es permanente y carece de consecuencias reales, se convierte en un giro de guión del que el espectador desconecta emocionalmente.

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‘Stranger Things’ patentó la cínica fórmula de introducir personajes carismáticos al inicio de las temporadas (Bob en la segunda, Alexei en la tercera, Eddie Munson en la cuarta) para cautivar al público y traumatizarlo con su muerte trágica y heroica. Buscaba el impacto emocional, las lágrimas, pero a través de una estrategia prefabricada, cobarde, porque los hermanos Duffer no se atrevieron a pagar el precio real de acabar con la vida de Eleven, Mike o Will en mitad de la serie. Un truco barato, el de hiperdesarrollar a personajes secundarios, que incluso el espectador sabe que morirán antes de que termine su arco argumental. Como cuando en ‘From’, incapaces de deshacerse de los únicos personajes que permiten que la trama continúe, enfocan de repente a extras, les dan dos frases, y los matan. Lo verdaderamente revolucionario es el desafío de acabar con alguien que dé un vuelco al guión, que haga que la acción transcurra por otros márgenes.

Claro que también es lo más difícil. El propio George R. R. Martin siempre le reprochó a Tolkien su incapacidad para matar a Gandalf, al que resucitó como el mago blanco. Para matar bien hay que ser valiente, y quizás también insensato. Pero la televisión actual prefiere proteger a sus propios Gandalfs o sacrificar peones intercambiables antes que admitir una vieja verdad dramática: a veces, para que una historia viva, su protagonista debe morir de verdad.

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