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  Deportes  Muere a los 70 años Ángel Arroyo, el ciclista de El Barraco que fue segundo en el Tour de 1983
Deportes

Muere a los 70 años Ángel Arroyo, el ciclista de El Barraco que fue segundo en el Tour de 1983

octubre 5, 2026
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“Desciende el arroyo en lancha como un ángel”, intenta repetirJosé Miguel Echávarri uno de sus juegos de palabras cariñosos y la voz se le quiebra en llanto cuando quiere anunciar que su Ángel, Ángel Arroyo Lanchas, se ha muerto, el dolor absoluto de un padre que entierra a su hijo, tanto fueron el uno para el otro.

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 A las órdenes de José Miguel Echávarri, el corredor revitalizó en los años 80 la pasión española por la ‘grande boucle’  

“Desciende el arroyo en lancha como un ángel”, intenta repetirJosé Miguel Echávarri uno de sus juegos de palabras cariñosos y la voz se le quiebra en llanto cuando quiere anunciar que su Ángel, Ángel Arroyo Lanchas, se ha muerto, el dolor absoluto de un padre que entierra a su hijo, tanto fueron el uno para el otro.

Con Arroyo, Echávarri descubrió en 1982 algunas de las miserias que nunca han dejado de tiranizar el ciclismo español, y con Arroyo al frente de su Reynolds, y Perico Delgado de aprendiz, se lanzó osado, sin miedo, a conquistar el Tour de Francia y devolver sus sueños y su grandeza a la afición española. A Arroyo, que había cumplido 70 años el pasado 2 de agosto, cuando ya la enfermedad —sufría cáncer— había traicionado su vitalidad que parecía infinita, se le debe todo eso y mucho más, a sus historias, a sus relatos llenos de juramentos y vida, a sus peleas cuerpo a cuerpo con Fignon en los Alpes, a su manera única de ser ciclista.

“La afición me vino de muy pequeñito. Tenía siete años o así y sin saber por qué me gustaba la bici. Yo no sabía si una bici tenía ruedas cuadradas o redondas, pero me encantaba. Oía la palabra, bicicleta, y soñaba. Éramos cinco hermanos y yo el tercero. Vivíamos cerca de El Barraco, en el caserío de la Valonguilla. Lo hizo un hombre que estuvo por La Habana, volvió y se gastó un montón de dinero, pero no sacó ni un duro. Tenía mucho viñedo. Luego fue a parar a alguien relacionado con Adolfo Suárez, el que fue presidente del Gobierno. Mi familia cuidaba la finca, y luego teníamos nuestras propias fincas de viñas, y alguna vaca. Poquita cosa, lo justo para ir tirando. Mi padre se iba de allí a Cebreros, a unos 15 o 20 kilómetros, a hablar con la de la finca, y se iba en uno de los mulos que teníamos para arar las viñas. Algunos le decían: ‘Deja de ir en mulo, hombre, cómprate una bicicleta’. Se compró una bici, una bici grande, claro”, relataba hace unos años el ciclista.

Y seguía: “Yo era pequeñito y no llegaba a los pedales sentado en el sillín, pero empecé a andar pasando la pierna por debajo de la barra y así aprendí a montar. Total que luego mi padre se aficionó a la bicicleta y se iba a todas partes en bici. Se liaba a andar y se animó mucho. Decía: ‘Cagüendiósle, yo creo que a los ciclistas con una bicicleta buena les metía mano yo’. Mi padre siempre ha sido así, muy alegre. Del caserío nos fuimos al pantano del Burguillo, donde empezamos a hacer un bar poco a poco. Ahí trabajé yo como un león, subiendo carretillas de ladrillos por un tablón. Ya era yo muy burro, llenaba a tope la carretilla y unas cuantas veces, buahh, patas arriba. Siempre he sido un poquito bruto, más de lo que mandaba la ley. He sido bruto y me he tenido que dar cuenta yo de lo que era. No me valía que nadie me dijera que así no era. Yo seguía en mis trece, y cuando me caía le decía: ‘tenías razón. Así no era. Pero lo tengo que ver yo”, contaba, mientras se aplicaba con una manguera de chorro atómico a desbarrar un coche en su lavadero de Segovia, uno de los tres que poseía. “Con la bici también era un poco así, bruto y cabezota”.

Han hecho un nuevo puente en La Gaznata, pero Ángel Arroyo, que aprendió, a lo bruto, a andar de bici de niño en los guijarros junto al embalse, prefería hablar del antiguo, del puente viejo y estrecho, y habla fascinado de lo que no se ve desde arriba, y dice que es maravilloso pasar por debajo y ver cómo se mezclan la piedra y el hormigón armado, y siempre, desde niño, se ha preguntado cómo podrían hacer ese puente tan fuerte que los fascistas intentaron destruir durante la guerra y no lo consiguieron.

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Tan fuerte, tan duro, tan antiguo y hermoso como el puente de arcos, tan humano y estrechito que un semáforo debía regular su paso, solo un sentido en cada ciclo, así fue Arroyo como ciclista, El Salvaje le decían.

Nunca ha estado parado Arroyo, uno de los mejores ciclistas españoles de la historia. Tampoco callado. Y no será el hielo de la mañana gélida de febrero en Segovia – cuatro bajo cero y son las diez y luce el sol lejos del acueducto y su delicado equilibrio de enormes pedruscos; a la sombra de una tremenda, descomunal, fábrica de chorizos a la que la crisis y la corrupción arruinaron, en una fea salida de autopista—quien logre pararlo, o callarlo. Como no lo callaron los mosquitos que en nube le invadían y le llenaban la boca durante aquella memorable ascensión al Puy de Dôme, la cronoescalada que ganó en el Tour de 1983.

“Un día una señora enjoyada y con abrigo de pieles vino a lavar el coche y me reconoció”, recordaba Arroyo, vestido hasta el cogote con su nuevo uniforme, un pantalón fuerte, un forro polar, un gorro para que no se enfríen las orejas. “Y me dijo que qué hacía trabajando como un obrero yo, que seguro que era millonario, con todo lo que había ganado. Y yo le respondí que, claro, que era millonario, en efecto, pero que trabajaba por hobby. Y no era así, por supuesto. Del ciclismo entonces no se salía millonario. Hay que seguir trabajando después”.

A Arroyo le gustaba trabajar, el trabajo duro, físico, que llena las manos de callos, que marca el rostro, que hace sudar. En sus mejores años, mediada la década de los 80, era de los ciclistas mejor pagados en España. Tuvo un Mercedes –después se movía en un segunda mano escacharrado—y llegó a firmar un contrato de 30 millones de pesetas [180.000 euros anuales], una pasta entonces. “Pero el Mercedes era un sencillo 190 que me ha durado casi 30 años, y el dinero me dio para entrar en negocios, poco más. Además, invertí en unos chalets en Galapagar justo cuando la anterior crisis económica y no pude venderlos… ”

Ganó la Vuelta del 82, el año anterior de debutar en el Tour. Subió un domingo de mayo al podio de Madrid y recibió una copa enorme. “Pero una semana después me llamó un periodista. No tenía teléfono en casa, pero dio con un primo mío, el que tenía el supermercado en el pueblo. ‘Sabrás que has dado positivo’. Y yo me descojonaba de la risa. ‘¿Qué pasa? ¿Que estás de cachondeo?’ ‘No, no, que te lo digo en serio’. Nunca me lo llegué a creer, aunque me lo confirmó luego José Miguel. Así comenzó el affaire. Yo fui al contraanálisis convencido de que no había nada que hacer porque así se había decidido que fuera. Se me saltaron las lágrimas. Y me jodieron la Vuelta”. Como Arroyo, otros tres ciclistas, de los mejores de España, Belda, Alberto Fernández y Pedro Muñoz, dieron también positivo por diversas sustancias estimulantes. La victoria se la adjudicaron finalmente a Marino Lejarreta. “Pero yo con ese no me hablo. No he hablado con él desde entonces”, decía Arroyo aún 30 años después. “Le dieron la Vuelta pero no pasó control antidopaje ningún día”.

Como un salvaje con ánimo de campeón se lanzó a descubrir el Tour el año siguiente. Fue el Tour que no corrió Hinault y que ganó Fignon, un debutante de 23 añitos. Y Arroyo brilló en la etapa del pavés, que afrontó desafiante, y en la montaña y terminó segundo, igual que en 1967 lo había hecho su amigo íntimo Julito Jiménez, otro dios en Ávila. Hasta que cumplió 80 Julito [fallecido en 2022], el Relojero de Ávila, seguía sacándole partido a la misma Géminiani naranja de la marca Bic, con cuadro de tubos de acero, con la que subió al podio del Tour. Julio, tan elegante y lleno de vida como lo era entonces, quedaba todos los días con Arroyo para pasar las tardes aburridas de Ávila charlando o para salir de ruta, viajes para visitar a antiguos compañeros, amigos y colegas del ciclismo como Aimar en Francia o Echavarri en Pamplona, o Tasio Greciano, que aún vive justo al lado, en Galapagar, con el que más quería y con el que iba a cazar y a los toros, y a ver al vecino José Tomás. Greciano, gregario de oficio y albañil, le enseñó le Alpe d’Huez en su primer Tour y luego le ayudó a hacer los cimientos de su lavadero en Segovia. “Yo hice de peón en la obra. Me has ayudado tanto en la bici que ahora te ayudo yo un poco en la obra”, le dijo a Tasio, su cond¡fidente siempre. Y Tasio le acompañó a diario en el hospital sus últimos días.

Arroyo, durante la cronoescalada al Puy de Dôme del Tour del 83.ASL

En Ávila, hay dos monumentos al ciclismo en dos rotondas muy parecidas. Se erigieron hace poco más de una década, casi al mismo tiempo, como resultado de una discusión; una pelea que refleja la pasión, el genio y el temperamento que guían a los campeones.

Recordarlo le enferma a Arroyo. Le pone casi tan malo como hablar de la Vuelta o de Lejarreta. “Es un dolor de cabeza”, dice. “Hay que volver atrás muchos años, a cuando yo era todavía ciclista y Víctor Sastre, el padre de Carlos, organizó un equipo de infantiles en mi pueblo y el suyo, El Barraco. Lo hizo porque le daba no sé qué ver a los chavales del pueblo todo el día en los bares, bebiendo o cosas peores, para ”sacarles del vicio», decía, y le puso al equipo el nombre de Peña Ángel Arroyo, porque yo era entonces la figura, el ciclista que todos querían ser. Allí los tenía Víctor hasta juveniles y después casi todos, los buenos, pasaban al equipo amateur de José Miguel, que ya era el Banesto. Y salieron muy buenos chicos, y muchos llegaron a profesionales. El primero que fue profesional se llamaba San Román y el segundo fue El Chava, los dos en el Banesto. El Chava Jiménez era la figura y detrás de él llegaron otros más jóvenes, Lastras, Mancebo, Navas, Curro García, todos de los pueblos de la zona… Y también salió bueno el hijo de Víctor, Carlos, lo que fue un problema. Aunque todos fueron al Banesto amateur, José Miguel no pasó a profesional a Carlos Sastre, con lo que este y su padre se enfadaron, rompieron las relaciones, y Carlos se fue al ONCE. Ya por entonces su novia era la hermana del Chava, y acabaron casándose. Yo me alejé un poco de ellos, y con el tiempo cambiaron el nombre del equipo, que en vez de Peña Ángel Arroyo pasó a llamarse Fundación Víctor Sastre. Poco después de la muerte del Chava, los periodistas de Ávila recaudaron dinero para hacer un monumento al ciclismo de Ávila, a todos los ciclistas que habíamos salido de aquí, desde Esteban Martín y Julio Jiménez, hasta el último, pero Carlos Sastre dijo que no, que el monumento debería ser solo homenaje a su cuñado, Chava Jiménez, y que un hermano de este, Juan Carlos, que es artista, había hecho ya un proyecto y que eso había que hacer. Ahí se vio la separación. Al final, Sastre se salió con la suya, y se hizo el monumento a su cuñado, pero como los demás no nos podíamos quedar sin escultura también nos hicimos la nuestra. Y ahí están las dos…”

Javier Mínguez fue una vez al bar de la familia de Arroyo cuando estaba montando su primer equipo profesional, el Moliner Vereco. Ya sabía que el Salvaje tenía talento –y lo sabían hasta en Irlanda, donde en 1977 ganósu Tour–, y cuando este se fue a Almería a hacer la mili, en 1978, le dijo: “Oye, Ángel, mira, te pagaré 15 000 pesetas al mes, corras o no, me da igual. Solo hay una condición: cuando acabes la mili, tienes que venirte a mi equipo”.

La carrera profesional de Arroyo, iniciada en 1979, cuando volvió de la mili, acabó en 1988, cuando tenía solo 32 años, triste, melancólico y hasta las narices.

“A mitad de temporada del 88, como veía que no iba bien, dejé la bicicleta. No iba mal, pero no era lo que yo quería. Empezaba una vuelta con los primeros, pero los últimos cinco días me venía debajo de tal manera que no podía ni recuperarme. Y el Tour que ganó Perico, estuve hasta Alpe d’Huez, pero acabé muy mal. Reventé en el Peyresourde el día que ganó Cubino. Me quedé y por fin, casi el último día de mi carrera, comprobé lo que me había dicho Úbeda y no le había creído nunca. ‘Ángel, que los corredores que llegan descolgados, los sprinters y todo eso, se agarran a los coches’. ‘Eres un mentiroso, Jesús’. Y sí que vi que era verdad. Yo me retiré, pero subiendo el Tourmalet pasé vergüenza: iban todos agarrados. Ver eso me puso muy negro. Fue superior a mis fuerzas. Yo antes de hacer eso me bajo de la bici. Y me bajé. Colgué los hábitos a comienzo del 89. Me ha gustado la bicicleta, y me sigue gustando, pero no soy seguidor de la bicicleta, ni me gusta el mundillo que hay alrededor de la bicicleta”.

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