Vivimos en una época infiel que rechaza los héroes, los dioses, la religión y casi cualquier fe: está de moda dudar, ser escéptico y negar un poco porque sí y otro poco porque no. Malos tiempos para la épica, se dice, pues parece que basta asomar la cabeza de alguna manera para que te la corten: hay que ser iguales, sí, pero por abajo. Así nos va en educación y en la sociedad en general.Y, sin embargo, necesitamos referentes firmes más que nunca, porque el mundo está para dar un estallido. Otra cosa es que lógicamente no nos valgan los mitos de antaño: Zeus, Afrodita, Marte, Tetis (o Metis) y compañía, porque viven en un mundo con una lógica totalmente suya, al igual que se entiende que las grandes ideologías y religiones tengan un momento de crisis. Pero es que hay muchos otros buenos candidatos, si se entiende la cosa de manera amplia y generosa: los cowboys con su vida en el filo de la navaja, el universo de los superhéroes con sus aventuras entre dos dimensiones (o más), los protagonistas de algunos tebeos o el gran Alatriste. Casi casi me vale igual el fútbol sea del color que sea (pero mejor si es blanco) o, para hacer algo de justicia, los médicos que tanto hicieron por nosotros durante la pandemia de Covid-19 y luego fueron abandonados de nuevo. Todos tenemos nuestros héroes y nuestros mitos, que igualmente pueden estar en la esfera más cercana: puede ser un abuelo perdido en los archivos de la familia, un padre currela como pocos que enseña una ética de vida, un amor con toda la fuerza del mundo o —como en mi caso— un tío, mi tío Moncho, por todo y por nada. Esta es la tesis que hace exactamente 50 años defendía el maestro Luis Alberto de Cuenca en uno de sus primeros ensayos (‘Necesidad del mito’, 1976) : el hombre precisa de este tipo de historias esenciales que ayudan a entender las muchas preguntas del mundo. Porque los mitos —entre otras muchas cosas— son una forma de custodiar la buena memoria, recuerdan ideales por los que vale la pena batirse y, ‘last but not least’, consuelan y distraen del runrún cotidiano. Así pues, hay que creer un poquito. Vivimos en una época infiel que rechaza los héroes, los dioses, la religión y casi cualquier fe: está de moda dudar, ser escéptico y negar un poco porque sí y otro poco porque no. Malos tiempos para la épica, se dice, pues parece que basta asomar la cabeza de alguna manera para que te la corten: hay que ser iguales, sí, pero por abajo. Así nos va en educación y en la sociedad en general.Y, sin embargo, necesitamos referentes firmes más que nunca, porque el mundo está para dar un estallido. Otra cosa es que lógicamente no nos valgan los mitos de antaño: Zeus, Afrodita, Marte, Tetis (o Metis) y compañía, porque viven en un mundo con una lógica totalmente suya, al igual que se entiende que las grandes ideologías y religiones tengan un momento de crisis. Pero es que hay muchos otros buenos candidatos, si se entiende la cosa de manera amplia y generosa: los cowboys con su vida en el filo de la navaja, el universo de los superhéroes con sus aventuras entre dos dimensiones (o más), los protagonistas de algunos tebeos o el gran Alatriste. Casi casi me vale igual el fútbol sea del color que sea (pero mejor si es blanco) o, para hacer algo de justicia, los médicos que tanto hicieron por nosotros durante la pandemia de Covid-19 y luego fueron abandonados de nuevo. Todos tenemos nuestros héroes y nuestros mitos, que igualmente pueden estar en la esfera más cercana: puede ser un abuelo perdido en los archivos de la familia, un padre currela como pocos que enseña una ética de vida, un amor con toda la fuerza del mundo o —como en mi caso— un tío, mi tío Moncho, por todo y por nada. Esta es la tesis que hace exactamente 50 años defendía el maestro Luis Alberto de Cuenca en uno de sus primeros ensayos (‘Necesidad del mito’, 1976) : el hombre precisa de este tipo de historias esenciales que ayudan a entender las muchas preguntas del mundo. Porque los mitos —entre otras muchas cosas— son una forma de custodiar la buena memoria, recuerdan ideales por los que vale la pena batirse y, ‘last but not least’, consuelan y distraen del runrún cotidiano. Así pues, hay que creer un poquito.
Vivimos en una época infiel que rechaza los héroes, los dioses, la religión y casi cualquier fe: está de moda dudar, ser escéptico y negar un poco porque sí y otro poco porque no. Malos tiempos para la épica, se dice, pues parece que basta … asomar la cabeza de alguna manera para que te la corten: hay que ser iguales, sí, pero por abajo. Así nos va en educación y en la sociedad en general.
Y, sin embargo, necesitamos referentes firmes más que nunca, porque el mundo está para dar un estallido. Otra cosa es que lógicamente no nos valgan los mitos de antaño: Zeus, Afrodita, Marte, Tetis (o Metis) y compañía, porque viven en un mundo con una lógica totalmente suya, al igual que se entiende que las grandes ideologías y religiones tengan un momento de crisis. Pero es que hay muchos otros buenos candidatos, si se entiende la cosa de manera amplia y generosa: los cowboys con su vida en el filo de la navaja, el universo de los superhéroes con sus aventuras entre dos dimensiones (o más), los protagonistas de algunos tebeos o el gran Alatriste. Casi casi me vale igual el fútbol sea del color que sea (pero mejor si es blanco) o, para hacer algo de justicia, los médicos que tanto hicieron por nosotros durante la pandemia de Covid-19 y luego fueron abandonados de nuevo.
Todos tenemos nuestros héroes y nuestros mitos, que igualmente pueden estar en la esfera más cercana: puede ser un abuelo perdido en los archivos de la familia, un padre currela como pocos que enseña una ética de vida, un amor con toda la fuerza del mundo o —como en mi caso— un tío, mi tío Moncho, por todo y por nada.
Esta es la tesis que hace exactamente 50 años defendía el maestro Luis Alberto de Cuenca en uno de sus primeros ensayos (‘Necesidad del mito’, 1976): el hombre precisa de este tipo de historias esenciales que ayudan a entender las muchas preguntas del mundo. Porque los mitos —entre otras muchas cosas— son una forma de custodiar la buena memoria, recuerdan ideales por los que vale la pena batirse y, ‘last but not least’, consuelan y distraen del runrún cotidiano. Así pues, hay que creer un poquito.
RSS de noticias de cultura
