La pintora Paula Varona acaba de inaugurar en Málaga una exposición que reúne dos de las vetas más recientes de su obra: por un lado, pinturas que reflexionan sobre los espacios museísticos , que incluyen las obras de arte junto al público, algunas ensoñaciones y dan protagonismo a la arquitectura y, por el otro, una colección de paisajes urbanos malagueños , donde la luz, que es la marca de su estilo, cobra una virtud que Juan Manuel de Prada señala en su texto para el catálogo, citando a Fray Luis: «El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada». Acompañan a Prada en el catálogo otras dos grandes firmas: Álvaro Pombo y Antonio Soler , que dedican sus textos a esta muestra, titulada ‘Espacios y luces’, con la colaboración de Fundación Unicaja, que puede verse hasta el 19 de julio en el Museo de las Cofradías de la Semana Santa malagueña. Leer el elogio de Pombo, según dice, le ha aportado una «confirmación serena»; Soler le emociona por cómo ha captado que los museos «dejan de ser simples contenedores para convertirse en arte vivo», y Prada, sobre todo, porque al afirmar que «para pintar la luz hace falta amor tocó el núcleo mismo de mi trabajo».En el ‘Jardín de las Delicias’ El reto de esta exposición en su tierra, señala Paula Varona, estriba en su indagación «de una manera más amplia y poética en la relación entre la luz, el color y la arquitectura», dice a ABC. Sobre aquellos cuadros en los que ha pintado al público frente a cuadros de Klimt, Goya y otros, y en las salas del Guggenheim o la Tate Modern, comenta que quería «mostrar cómo la presencia del espectador anima el museo y acaba formando parte de la escena» en una «atmósfera de contemplación serena». Las personas, algunos seres queridos, también grupos de desconocidos, frente a las obras o en las salas, «llenan todo de movimiento y humanidad, transforman los museos en paisajes emocionales donde la historia del arte y la vida cotidiana se funden de una manera natural».La pintora se autorretrata junto al ‘Jardín de las Delicias’ del Bosco. Francis SilvaPara la pintora, esa emoción «solo la puede aportar la experiencia humana. Me interesa esa relación: cómo el arte transforma a quien mira y, al mismo tiempo, cómo la mirada transforma el propio arte». En una ocasión, se ha autorretratado junto al ‘Jardín de las Delicias’, que pinta desbordante de criaturas: «He querido representar que yo no estoy fuera del arte. Muestro la entrega, la fascinación y la alegría, porque la pintura y la vida se mezclan hasta perder sus límites, y una acaba entrando en ese misterio desde la cercanía y la emoción», asevera. La artista remacha su deseo de que «el arte deje de percibirse como algo distante o encerrado dentro de un marco -afirma- y se convierta en una presencia viva. La verdadera magia reside ahí: el espectador debe sentir que ya no está simplemente mirando, sino participando de esa realidad».El perro de GoyaHay dos pinturas que muestran la del perro de Goya (pinturas negras) en las que ha incluido a su propio perro, una vez dentro del cuadro y la otra dormido plácidamente. «Para mí, no son solo animales de compañía, sino parte de la familia, presencias llenas de afecto, lealtad y calidez cotidiana». Sobre el retrato de personas queridas en sus cuadros de museos, recuerda que «muchos artistas incorporaron en el pasado a quienes forman parte de su intimidad más cercana, y eso aporta a las obras una dimensión profundamente humana. En mi caso, introducen cercanía, memoria y vida, y hacen que los espacios representados se sientan más habitados y reales».Paula Varona, junto a una de sus pinturas malagueñas. Francis SilvaLa ciudad de Málaga, sus barrios y su naturaleza marítima, es la otra protagonista de la exposición de Paula Varona. Considera que «hay en Málaga una claridad muy especial que parece abrazar la arquitectura y hacerlo todo más luminoso. Y el mar, siempre presente, influye de una manera directa en mi paleta: esos azules vibrantes y cambiantes son imposibles de separar de la identidad visual de la ciudad». Por otro lado, sobre una impresionante vista de Ronda afirma que «el paso del mar a Ronda no fue casual. Quise mostrar cómo una misma luz mediterránea puede transformarse radicalmente según el paisaje. Del horizonte abierto y sereno del puerto paso al dramatismo vertical del Tajo, donde la profundidad crea una sensación casi vertiginosa. Me interesa que el espectador sienta esa continuidad, descubriendo distintas emociones bajo una misma luz». Ese y otros cuadros de gran formato han sido un desafío. «Cuando la escena necesita envolver físicamente al espectador elijo el gran formato -asegura-. No es una cuestión de tamaño en sí mismo, sino de la experiencia emocional que quiero transmitir«. Por otro lado, en cuadros de los interiores de los museos o en espacios monumentales como el Guggenheim, la Sala de Turbinas de la Tate Modern o el Tajo de Ronda, «el gran formato permite que la luz, la arquitectura y la vida que habitan en ellos, se vuelvan casi respirables». Varona concluye que «con estas obras quiero que el espectador no solo contemple el cuadro, sino que sienta que entra en él y forma parte de su espacio». La pintora Paula Varona acaba de inaugurar en Málaga una exposición que reúne dos de las vetas más recientes de su obra: por un lado, pinturas que reflexionan sobre los espacios museísticos , que incluyen las obras de arte junto al público, algunas ensoñaciones y dan protagonismo a la arquitectura y, por el otro, una colección de paisajes urbanos malagueños , donde la luz, que es la marca de su estilo, cobra una virtud que Juan Manuel de Prada señala en su texto para el catálogo, citando a Fray Luis: «El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada». Acompañan a Prada en el catálogo otras dos grandes firmas: Álvaro Pombo y Antonio Soler , que dedican sus textos a esta muestra, titulada ‘Espacios y luces’, con la colaboración de Fundación Unicaja, que puede verse hasta el 19 de julio en el Museo de las Cofradías de la Semana Santa malagueña. Leer el elogio de Pombo, según dice, le ha aportado una «confirmación serena»; Soler le emociona por cómo ha captado que los museos «dejan de ser simples contenedores para convertirse en arte vivo», y Prada, sobre todo, porque al afirmar que «para pintar la luz hace falta amor tocó el núcleo mismo de mi trabajo».En el ‘Jardín de las Delicias’ El reto de esta exposición en su tierra, señala Paula Varona, estriba en su indagación «de una manera más amplia y poética en la relación entre la luz, el color y la arquitectura», dice a ABC. Sobre aquellos cuadros en los que ha pintado al público frente a cuadros de Klimt, Goya y otros, y en las salas del Guggenheim o la Tate Modern, comenta que quería «mostrar cómo la presencia del espectador anima el museo y acaba formando parte de la escena» en una «atmósfera de contemplación serena». Las personas, algunos seres queridos, también grupos de desconocidos, frente a las obras o en las salas, «llenan todo de movimiento y humanidad, transforman los museos en paisajes emocionales donde la historia del arte y la vida cotidiana se funden de una manera natural».La pintora se autorretrata junto al ‘Jardín de las Delicias’ del Bosco. Francis SilvaPara la pintora, esa emoción «solo la puede aportar la experiencia humana. Me interesa esa relación: cómo el arte transforma a quien mira y, al mismo tiempo, cómo la mirada transforma el propio arte». En una ocasión, se ha autorretratado junto al ‘Jardín de las Delicias’, que pinta desbordante de criaturas: «He querido representar que yo no estoy fuera del arte. Muestro la entrega, la fascinación y la alegría, porque la pintura y la vida se mezclan hasta perder sus límites, y una acaba entrando en ese misterio desde la cercanía y la emoción», asevera. La artista remacha su deseo de que «el arte deje de percibirse como algo distante o encerrado dentro de un marco -afirma- y se convierta en una presencia viva. La verdadera magia reside ahí: el espectador debe sentir que ya no está simplemente mirando, sino participando de esa realidad».El perro de GoyaHay dos pinturas que muestran la del perro de Goya (pinturas negras) en las que ha incluido a su propio perro, una vez dentro del cuadro y la otra dormido plácidamente. «Para mí, no son solo animales de compañía, sino parte de la familia, presencias llenas de afecto, lealtad y calidez cotidiana». Sobre el retrato de personas queridas en sus cuadros de museos, recuerda que «muchos artistas incorporaron en el pasado a quienes forman parte de su intimidad más cercana, y eso aporta a las obras una dimensión profundamente humana. En mi caso, introducen cercanía, memoria y vida, y hacen que los espacios representados se sientan más habitados y reales».Paula Varona, junto a una de sus pinturas malagueñas. Francis SilvaLa ciudad de Málaga, sus barrios y su naturaleza marítima, es la otra protagonista de la exposición de Paula Varona. Considera que «hay en Málaga una claridad muy especial que parece abrazar la arquitectura y hacerlo todo más luminoso. Y el mar, siempre presente, influye de una manera directa en mi paleta: esos azules vibrantes y cambiantes son imposibles de separar de la identidad visual de la ciudad». Por otro lado, sobre una impresionante vista de Ronda afirma que «el paso del mar a Ronda no fue casual. Quise mostrar cómo una misma luz mediterránea puede transformarse radicalmente según el paisaje. Del horizonte abierto y sereno del puerto paso al dramatismo vertical del Tajo, donde la profundidad crea una sensación casi vertiginosa. Me interesa que el espectador sienta esa continuidad, descubriendo distintas emociones bajo una misma luz». Ese y otros cuadros de gran formato han sido un desafío. «Cuando la escena necesita envolver físicamente al espectador elijo el gran formato -asegura-. No es una cuestión de tamaño en sí mismo, sino de la experiencia emocional que quiero transmitir«. Por otro lado, en cuadros de los interiores de los museos o en espacios monumentales como el Guggenheim, la Sala de Turbinas de la Tate Modern o el Tajo de Ronda, «el gran formato permite que la luz, la arquitectura y la vida que habitan en ellos, se vuelvan casi respirables». Varona concluye que «con estas obras quiero que el espectador no solo contemple el cuadro, sino que sienta que entra en él y forma parte de su espacio».
La pintora Paula Varona acaba de inaugurar en Málaga una exposición que reúne dos de las vetas más recientes de su obra: por un lado, pinturas que reflexionan sobre los espacios museísticos, que incluyen las obras de arte junto al público, algunas ensoñaciones … y dan protagonismo a la arquitectura y, por el otro, una colección de paisajes urbanos malagueños, donde la luz, que es la marca de su estilo, cobra una virtud que Juan Manuel de Prada señala en su texto para el catálogo, citando a Fray Luis: «El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada».
Acompañan a Prada en el catálogo otras dos grandes firmas: Álvaro Pombo y Antonio Soler, que dedican sus textos a esta muestra, titulada ‘Espacios y luces’, con la colaboración de Fundación Unicaja, que puede verse hasta el 19 de julio en el Museo de las Cofradías de la Semana Santa malagueña. Leer el elogio de Pombo, según dice, le ha aportado una «confirmación serena»; Soler le emociona por cómo ha captado que los museos «dejan de ser simples contenedores para convertirse en arte vivo», y Prada, sobre todo, porque al afirmar que «para pintar la luz hace falta amor tocó el núcleo mismo de mi trabajo».
En el ‘Jardín de las Delicias’
El reto de esta exposición en su tierra, señala Paula Varona, estriba en su indagación «de una manera más amplia y poética en la relación entre la luz, el color y la arquitectura», dice a ABC. Sobre aquellos cuadros en los que ha pintado al público frente a cuadros de Klimt, Goya y otros, y en las salas del Guggenheim o la Tate Modern, comenta que quería «mostrar cómo la presencia del espectador anima el museo y acaba formando parte de la escena» en una «atmósfera de contemplación serena». Las personas, algunos seres queridos, también grupos de desconocidos, frente a las obras o en las salas, «llenan todo de movimiento y humanidad, transforman los museos en paisajes emocionales donde la historia del arte y la vida cotidiana se funden de una manera natural».

(Francis Silva)
Para la pintora, esa emoción «solo la puede aportar la experiencia humana. Me interesa esa relación: cómo el arte transforma a quien mira y, al mismo tiempo, cómo la mirada transforma el propio arte». En una ocasión, se ha autorretratado junto al ‘Jardín de las Delicias’, que pinta desbordante de criaturas: «He querido representar que yo no estoy fuera del arte. Muestro la entrega, la fascinación y la alegría, porque la pintura y la vida se mezclan hasta perder sus límites, y una acaba entrando en ese misterio desde la cercanía y la emoción», asevera.
La artista remacha su deseo de que «el arte deje de percibirse como algo distante o encerrado dentro de un marco -afirma- y se convierta en una presencia viva. La verdadera magia reside ahí: el espectador debe sentir que ya no está simplemente mirando, sino participando de esa realidad».
El perro de Goya
Hay dos pinturas que muestran la del perro de Goya (pinturas negras) en las que ha incluido a su propio perro, una vez dentro del cuadro y la otra dormido plácidamente. «Para mí, no son solo animales de compañía, sino parte de la familia, presencias llenas de afecto, lealtad y calidez cotidiana».
Sobre el retrato de personas queridas en sus cuadros de museos, recuerda que «muchos artistas incorporaron en el pasado a quienes forman parte de su intimidad más cercana, y eso aporta a las obras una dimensión profundamente humana. En mi caso, introducen cercanía, memoria y vida, y hacen que los espacios representados se sientan más habitados y reales».

(Francis Silva)
La ciudad de Málaga, sus barrios y su naturaleza marítima, es la otra protagonista de la exposición de Paula Varona. Considera que «hay en Málaga una claridad muy especial que parece abrazar la arquitectura y hacerlo todo más luminoso. Y el mar, siempre presente, influye de una manera directa en mi paleta: esos azules vibrantes y cambiantes son imposibles de separar de la identidad visual de la ciudad». Por otro lado, sobre una impresionante vista de Ronda afirma que «el paso del mar a Ronda no fue casual. Quise mostrar cómo una misma luz mediterránea puede transformarse radicalmente según el paisaje. Del horizonte abierto y sereno del puerto paso al dramatismo vertical del Tajo, donde la profundidad crea una sensación casi vertiginosa. Me interesa que el espectador sienta esa continuidad, descubriendo distintas emociones bajo una misma luz».
Ese y otros cuadros de gran formato han sido un desafío. «Cuando la escena necesita envolver físicamente al espectador elijo el gran formato -asegura-. No es una cuestión de tamaño en sí mismo, sino de la experiencia emocional que quiero transmitir«. Por otro lado, en cuadros de los interiores de los museos o en espacios monumentales como el Guggenheim, la Sala de Turbinas de la Tate Modern o el Tajo de Ronda, «el gran formato permite que la luz, la arquitectura y la vida que habitan en ellos, se vuelvan casi respirables». Varona concluye que «con estas obras quiero que el espectador no solo contemple el cuadro, sino que sienta que entra en él y forma parte de su espacio».
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