Desde Puerto Rico, donde vivía exiliado, Juan Ramón Jiménez escribió a una joven poeta de Madrid unas líneas que mezclaban afecto y compromiso: estaría siempre a su lado, porque ella estaba «sola de su grupo» en la capital. Les prometió a los amigos de Cádiz que no los dejaría mientras viviera. La destinataria era Pilar Paz Pasamar (Jerez de la Frontera, 1932-Cádiz, 2019). Tenía poco más de veinte años y acababa de publicar ‘Mara’.Esa correspondencia ocupa un lugar central en ‘La niña que hablaba con Dios’, la nueva propuesta de la Fundación Banco Santander en su colección Obra Fundamental. El volumen reúne verso y prosa de la autora, con textos inéditos, y recoge las cartas que intercambió con Juan Ramón, Carmen Conde, Vicente Aleixandre, Mario Cajina Vega y Fernando Quiñones.Pasamar comenzó a ser autora desde una edad temprana: con apenas dieciséis años escribió ‘Mara’, su primera obra, que no fue publicada hasta 1951, cuando ella tenía ya algo más de edad. El dato admite matices, porque otras fuentes dicen que lo escribió siendo adolescente y que tenía veinte al publicarlo. Todas coinciden en lo esencial: una jovencísima poeta irrumpió en el panorama aterido de la posguerra con un libro de tema religioso.Lo que desconcertó a los lectores fue la manera de hablar con Dios. Los poemas de ‘Mara’ exigen, abruman y hieren. «Tu peso duele mucho», escribe en uno de ellos, y el verso sitúa lo divino en el cuerpo, como una fatiga que se lleva en brazos. De hecho, la divinidad deja de ser una abstracción para convertirse en una fisicidad con la que se discute a solas, de noche, en un reclinatorio. Tomando esta imagen, así mismo es como se titula el poema que Juan Ramón destacó como una joya: ‘El reclinatorio’.Carmen Conde , que prologó el libro, describió ese temblor con precisión. Dijo de su autora que decía los poemas como si los respirara y que había puesto su vida en afirmarse «esclava de la gracia». La poeta ilustró además el volumen con sus propios dibujos, un detalle que habla de una escritora que pensaba el libro como objeto completo.Dos tradiciones sospechosasSu obra reúne dos corrientes que el régimen miraba con recelo: la juanramoniana era anatema por el exilio del maestro, y la andalusí despertaba la desconfianza de un nacionalcatolicismo que asociaba Al-Ándalus con lo infiel. De hecho, Emilio García Gómez, traductor de aquella tradición para la generación del 27, seguía reivindicándola durante la posguerra. En Madrid, donde Pasamar vivía y estudiaba, el catedrático le transmitió la misma pasión por los poetas místicos y amorosos que había movido a Lorca a escribir el ‘Diván del Tamarit’.Pilar Paz Pasamar con su esposo Carlos Redondo y su bebé Fundación SantanderEsa doble herencia explica el carácter de su poesía, a la vez íntima y erudita, y también dice algo sobre el momento. Antes de que existiera un canon de la generación del 50, el libro de una adolescente ya reunía rasgos que definirían a aquella promoción.En 1952 se matriculó en Filosofía y Letras, donde trató a Dámaso Alonso y a Carlos Bousoño. Dámaso, que reconoció pronto su talento, le dio un consejo en forma de broma: «No estudies filología, que te me secarás». Temía que la investigación apagara la creación, como había ocurrido con tantos. Pasamar no terminó la carrera. Décadas después, a finales del siglo XX, se matriculó en Filosofía para estudiar Teología, y con ello cerró un círculo que había abierto a los dieciséis años.’Platero’ y el reparto del créditoLos recitales de Pasamar atraían a lo más granado de la cultura madrileña. Asistían Aleixandre, José Luis Cano, Gerardo Diego, Conde, Josefina de la Torre, Gloria Fuertes y Rafael Montesinos. Asistían también figuras como Ava Gardner y Mario Cabré, que llegó a enamorarse de la poeta. El papel cuché la perseguía, y ella respondía con la distancia.Su papel en la revista gaditana ‘Platero’ es más difícil de fijar. La publicación nació en 1950 y destinó fondos a crear el premio Platero de Poesía. La primera edición la ganó José Manuel Caballero Bonald, con un jurado del que formaban parte Pasamar y Fernando Quiñones. Ella, que apenas tenía dieciocho años, se sentaba así al lado de quien luego sería una de las firmas mayores de la generación. Juan Ramón actuó como puente: enviaba inéditos propios y de autores como Alberti, e hizo de Pasamar su interlocutora en Madrid.El protagonismo de Pasamar quedó en sombra por su falta de ambición y por el afán de otros de apropiarse de los logros. La antología señala en particular a Caballero Bonald, de quien dice que en sus memorias y en declaraciones públicas sembró dudas y medias verdades. Bonald llegó a decir que Quiñones recibía con más entusiasmo los dólares de Juan Ramón que sus poemas, y que ‘Platero’ carecía de conciencia.Pilar Paz Pasamar Fundación SantanderLa acusación es dura y proviene de una de las partes. Bonald, fallecido en 2021, no puede responder, y sus memorias constituyen una fuente con su propia perspectiva. Los datos que sí se documentan permiten una conclusión más prudente: Pasamar fue la primera de su grupo en hacerse un nombre en Madrid, el vínculo con Juan Ramón pasó por ella, y la historia de la revista se contó después con acentos distintos según quién la contara.En 1957 se casó y se instaló en Cádiz. Las explicaciones se han repetido durante décadas: la desilusión con un mundo literario turbulento, las exigencias de la vida familiar, una elección consciente; los datos permiten cualquiera de ellas. Lo que consta es que siguió escribiendo. Publicó ‘La soledad, contigo’ en 1960, ingresó en 1963 en la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz y reapareció en los años ochenta con ‘La torre de Babel y otros asuntos’. Sus obras mayores, ‘Philomena’ y ‘Sophia’, llegaron en 1994 y 2003, cuando la leyenda de la precoz extinguida llevaba tiempo desmentida por los hechos. En el reparto de la generación del 50, una poeta mística, mujer y andaluza quedó en un margen que sus lectores de entonces no le habrían asignado. Aleixandre y Juan Ramón la leyeron como inicio de algo. La historia literaria posterior la leyó como excepción. Quien la lee hoy no necesita compartir su fe, le basta con aceptar que una niña, a los dieciséis años, pudo hablar con Dios. Desde Puerto Rico, donde vivía exiliado, Juan Ramón Jiménez escribió a una joven poeta de Madrid unas líneas que mezclaban afecto y compromiso: estaría siempre a su lado, porque ella estaba «sola de su grupo» en la capital. Les prometió a los amigos de Cádiz que no los dejaría mientras viviera. La destinataria era Pilar Paz Pasamar (Jerez de la Frontera, 1932-Cádiz, 2019). Tenía poco más de veinte años y acababa de publicar ‘Mara’.Esa correspondencia ocupa un lugar central en ‘La niña que hablaba con Dios’, la nueva propuesta de la Fundación Banco Santander en su colección Obra Fundamental. El volumen reúne verso y prosa de la autora, con textos inéditos, y recoge las cartas que intercambió con Juan Ramón, Carmen Conde, Vicente Aleixandre, Mario Cajina Vega y Fernando Quiñones.Pasamar comenzó a ser autora desde una edad temprana: con apenas dieciséis años escribió ‘Mara’, su primera obra, que no fue publicada hasta 1951, cuando ella tenía ya algo más de edad. El dato admite matices, porque otras fuentes dicen que lo escribió siendo adolescente y que tenía veinte al publicarlo. Todas coinciden en lo esencial: una jovencísima poeta irrumpió en el panorama aterido de la posguerra con un libro de tema religioso.Lo que desconcertó a los lectores fue la manera de hablar con Dios. Los poemas de ‘Mara’ exigen, abruman y hieren. «Tu peso duele mucho», escribe en uno de ellos, y el verso sitúa lo divino en el cuerpo, como una fatiga que se lleva en brazos. De hecho, la divinidad deja de ser una abstracción para convertirse en una fisicidad con la que se discute a solas, de noche, en un reclinatorio. Tomando esta imagen, así mismo es como se titula el poema que Juan Ramón destacó como una joya: ‘El reclinatorio’.Carmen Conde , que prologó el libro, describió ese temblor con precisión. Dijo de su autora que decía los poemas como si los respirara y que había puesto su vida en afirmarse «esclava de la gracia». La poeta ilustró además el volumen con sus propios dibujos, un detalle que habla de una escritora que pensaba el libro como objeto completo.Dos tradiciones sospechosasSu obra reúne dos corrientes que el régimen miraba con recelo: la juanramoniana era anatema por el exilio del maestro, y la andalusí despertaba la desconfianza de un nacionalcatolicismo que asociaba Al-Ándalus con lo infiel. De hecho, Emilio García Gómez, traductor de aquella tradición para la generación del 27, seguía reivindicándola durante la posguerra. En Madrid, donde Pasamar vivía y estudiaba, el catedrático le transmitió la misma pasión por los poetas místicos y amorosos que había movido a Lorca a escribir el ‘Diván del Tamarit’.Pilar Paz Pasamar con su esposo Carlos Redondo y su bebé Fundación SantanderEsa doble herencia explica el carácter de su poesía, a la vez íntima y erudita, y también dice algo sobre el momento. Antes de que existiera un canon de la generación del 50, el libro de una adolescente ya reunía rasgos que definirían a aquella promoción.En 1952 se matriculó en Filosofía y Letras, donde trató a Dámaso Alonso y a Carlos Bousoño. Dámaso, que reconoció pronto su talento, le dio un consejo en forma de broma: «No estudies filología, que te me secarás». Temía que la investigación apagara la creación, como había ocurrido con tantos. Pasamar no terminó la carrera. Décadas después, a finales del siglo XX, se matriculó en Filosofía para estudiar Teología, y con ello cerró un círculo que había abierto a los dieciséis años.’Platero’ y el reparto del créditoLos recitales de Pasamar atraían a lo más granado de la cultura madrileña. Asistían Aleixandre, José Luis Cano, Gerardo Diego, Conde, Josefina de la Torre, Gloria Fuertes y Rafael Montesinos. Asistían también figuras como Ava Gardner y Mario Cabré, que llegó a enamorarse de la poeta. El papel cuché la perseguía, y ella respondía con la distancia.Su papel en la revista gaditana ‘Platero’ es más difícil de fijar. La publicación nació en 1950 y destinó fondos a crear el premio Platero de Poesía. La primera edición la ganó José Manuel Caballero Bonald, con un jurado del que formaban parte Pasamar y Fernando Quiñones. Ella, que apenas tenía dieciocho años, se sentaba así al lado de quien luego sería una de las firmas mayores de la generación. Juan Ramón actuó como puente: enviaba inéditos propios y de autores como Alberti, e hizo de Pasamar su interlocutora en Madrid.El protagonismo de Pasamar quedó en sombra por su falta de ambición y por el afán de otros de apropiarse de los logros. La antología señala en particular a Caballero Bonald, de quien dice que en sus memorias y en declaraciones públicas sembró dudas y medias verdades. Bonald llegó a decir que Quiñones recibía con más entusiasmo los dólares de Juan Ramón que sus poemas, y que ‘Platero’ carecía de conciencia.Pilar Paz Pasamar Fundación SantanderLa acusación es dura y proviene de una de las partes. Bonald, fallecido en 2021, no puede responder, y sus memorias constituyen una fuente con su propia perspectiva. Los datos que sí se documentan permiten una conclusión más prudente: Pasamar fue la primera de su grupo en hacerse un nombre en Madrid, el vínculo con Juan Ramón pasó por ella, y la historia de la revista se contó después con acentos distintos según quién la contara.En 1957 se casó y se instaló en Cádiz. Las explicaciones se han repetido durante décadas: la desilusión con un mundo literario turbulento, las exigencias de la vida familiar, una elección consciente; los datos permiten cualquiera de ellas. Lo que consta es que siguió escribiendo. Publicó ‘La soledad, contigo’ en 1960, ingresó en 1963 en la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz y reapareció en los años ochenta con ‘La torre de Babel y otros asuntos’. Sus obras mayores, ‘Philomena’ y ‘Sophia’, llegaron en 1994 y 2003, cuando la leyenda de la precoz extinguida llevaba tiempo desmentida por los hechos. En el reparto de la generación del 50, una poeta mística, mujer y andaluza quedó en un margen que sus lectores de entonces no le habrían asignado. Aleixandre y Juan Ramón la leyeron como inicio de algo. La historia literaria posterior la leyó como excepción. Quien la lee hoy no necesita compartir su fe, le basta con aceptar que una niña, a los dieciséis años, pudo hablar con Dios.
Desde Puerto Rico, donde vivía exiliado, Juan Ramón Jiménez escribió a una joven poeta de Madrid unas líneas que mezclaban afecto y compromiso: estaría siempre a su lado, porque ella estaba «sola de su grupo» en la capital. Les prometió a los amigos de … Cádiz que no los dejaría mientras viviera. La destinataria era Pilar Paz Pasamar (Jerez de la Frontera, 1932-Cádiz, 2019). Tenía poco más de veinte años y acababa de publicar ‘Mara’.
Esa correspondencia ocupa un lugar central en ‘La niña que hablaba con Dios’, la nueva propuesta de la Fundación Banco Santander en su colección Obra Fundamental. El volumen reúne verso y prosa de la autora, con textos inéditos, y recoge las cartas que intercambió con Juan Ramón, Carmen Conde, Vicente Aleixandre, Mario Cajina Vega y Fernando Quiñones.
Pasamar comenzó a ser autora desde una edad temprana: con apenas dieciséis años escribió ‘Mara’, su primera obra, que no fue publicada hasta 1951, cuando ella tenía ya algo más de edad. El dato admite matices, porque otras fuentes dicen que lo escribió siendo adolescente y que tenía veinte al publicarlo. Todas coinciden en lo esencial: una jovencísima poeta irrumpió en el panorama aterido de la posguerra con un libro de tema religioso.
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Lo que desconcertó a los lectores fue la manera de hablar con Dios. Los poemas de ‘Mara’ exigen, abruman y hieren. «Tu peso duele mucho», escribe en uno de ellos, y el verso sitúa lo divino en el cuerpo, como una fatiga que se lleva en brazos. De hecho, la divinidad deja de ser una abstracción para convertirse en una fisicidad con la que se discute a solas, de noche, en un reclinatorio. Tomando esta imagen, así mismo es como se titula el poema que Juan Ramón destacó como una joya: ‘El reclinatorio’.
Carmen Conde, que prologó el libro, describió ese temblor con precisión. Dijo de su autora que decía los poemas como si los respirara y que había puesto su vida en afirmarse «esclava de la gracia». La poeta ilustró además el volumen con sus propios dibujos, un detalle que habla de una escritora que pensaba el libro como objeto completo.
Dos tradiciones sospechosas
Su obra reúne dos corrientes que el régimen miraba con recelo: la juanramoniana era anatema por el exilio del maestro, y la andalusí despertaba la desconfianza de un nacionalcatolicismo que asociaba Al-Ándalus con lo infiel. De hecho, Emilio García Gómez, traductor de aquella tradición para la generación del 27, seguía reivindicándola durante la posguerra. En Madrid, donde Pasamar vivía y estudiaba, el catedrático le transmitió la misma pasión por los poetas místicos y amorosos que había movido a Lorca a escribir el ‘Diván del Tamarit’.

(Fundación Santander)
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Esa doble herencia explica el carácter de su poesía, a la vez íntima y erudita, y también dice algo sobre el momento. Antes de que existiera un canon de la generación del 50, el libro de una adolescente ya reunía rasgos que definirían a aquella promoción.
En 1952 se matriculó en Filosofía y Letras, donde trató a Dámaso Alonso y a Carlos Bousoño. Dámaso, que reconoció pronto su talento, le dio un consejo en forma de broma: «No estudies filología, que te me secarás». Temía que la investigación apagara la creación, como había ocurrido con tantos. Pasamar no terminó la carrera. Décadas después, a finales del siglo XX, se matriculó en Filosofía para estudiar Teología, y con ello cerró un círculo que había abierto a los dieciséis años.
‘Platero’ y el reparto del crédito
Los recitales de Pasamar atraían a lo más granado de la cultura madrileña. Asistían Aleixandre, José Luis Cano, Gerardo Diego, Conde, Josefina de la Torre, Gloria Fuertes y Rafael Montesinos. Asistían también figuras como Ava Gardner y Mario Cabré, que llegó a enamorarse de la poeta. El papel cuché la perseguía, y ella respondía con la distancia.
Su papel en la revista gaditana ‘Platero’ es más difícil de fijar. La publicación nació en 1950 y destinó fondos a crear el premio Platero de Poesía. La primera edición la ganó José Manuel Caballero Bonald, con un jurado del que formaban parte Pasamar y Fernando Quiñones. Ella, que apenas tenía dieciocho años, se sentaba así al lado de quien luego sería una de las firmas mayores de la generación. Juan Ramón actuó como puente: enviaba inéditos propios y de autores como Alberti, e hizo de Pasamar su interlocutora en Madrid.
El protagonismo de Pasamar quedó en sombra por su falta de ambición y por el afán de otros de apropiarse de los logros. La antología señala en particular a Caballero Bonald, de quien dice que en sus memorias y en declaraciones públicas sembró dudas y medias verdades. Bonald llegó a decir que Quiñones recibía con más entusiasmo los dólares de Juan Ramón que sus poemas, y que ‘Platero’ carecía de conciencia.

(Fundación Santander)
La acusación es dura y proviene de una de las partes. Bonald, fallecido en 2021, no puede responder, y sus memorias constituyen una fuente con su propia perspectiva. Los datos que sí se documentan permiten una conclusión más prudente: Pasamar fue la primera de su grupo en hacerse un nombre en Madrid, el vínculo con Juan Ramón pasó por ella, y la historia de la revista se contó después con acentos distintos según quién la contara.
En 1957 se casó y se instaló en Cádiz. Las explicaciones se han repetido durante décadas: la desilusión con un mundo literario turbulento, las exigencias de la vida familiar, una elección consciente; los datos permiten cualquiera de ellas. Lo que consta es que siguió escribiendo. Publicó ‘La soledad, contigo’ en 1960, ingresó en 1963 en la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz y reapareció en los años ochenta con ‘La torre de Babel y otros asuntos’. Sus obras mayores, ‘Philomena’ y ‘Sophia’, llegaron en 1994 y 2003, cuando la leyenda de la precoz extinguida llevaba tiempo desmentida por los hechos.
En el reparto de la generación del 50, una poeta mística, mujer y andaluza quedó en un margen que sus lectores de entonces no le habrían asignado. Aleixandre y Juan Ramón la leyeron como inicio de algo. La historia literaria posterior la leyó como excepción. Quien la lee hoy no necesita compartir su fe, le basta con aceptar que una niña, a los dieciséis años, pudo hablar con Dios.
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