¿Qué se hace después de Morante ? ¿Qué se hace después de que un torero bordase la faena de su vida y, de paso, la de nuestras vidas? ¿Cómo se despierta uno de algo así? Anoche ni queríamos dormir por miedo a que el hechizo desapareciera, a que el sueño se rompiese. Pero no, ahí seguía. Ahí permanecerá. Inmortal de necesidad. La atardecida fue suya. Y la anochecida también, con esa marea joven que lo aupaba en procesión como si fuera la mismísima Virgen del Rocío.Querían que atravesara la verja de la Puerta del Príncipe, que la cruzara en triunfo. Se la cerraron las normas, esas que no atienden al corazón, cuando el arte -sobre todo cuando es tan extraordinariamente genial- no atiende a razones. Las reglas están para derribarlas. Para la excepción (ya se había hecho con las despedidas de José María Manzanares y Espartaco). Y Morante hizo una faena excepcional. Tanto que esta mañana aún retumbaba por el Paseo de Colón: ni las obras del número 10 apagaban su eco. En el corazón de la calle Adriano, entre café y carajillo, solo se hablaba de ‘lo de ayer’. Y ni falta que hacía pronunciar el nombre de José Antonio.¿Cómo remonta uno aquello? ¿Cómo compite uno contra un torero que lleva dentro el espíritu de toda la historia del toreo? Que lo mismo torea por Ronda, por el número 3 de General Mola que por Santiago, Triana y la Resolana. Por la Alameda de Hércules. Por la vieja Plaza de Madrid allá en 1861 cuando Antonio Carmona ‘El Gordito’ se sentó en una silla con los palos. Pero, sobre todo, por la Huerta del Algarrobo, por la Huerta de los Gallo. Por Joselito y por Rafael. Divinidades de Morante.Noticia relacionada fototexto No No Morante: «Está feo que yo lo diga, pero vuelvo porque hago falta» Alberto García Reyes¿Cómo se supera hoy esa resaca? ¿Cómo compiten hoy tres toreros contra una tauromaquia de eternidades, contra esa resurrección milagrosa del toreo de siempre hecho como nunca? Ahí reside el daño perverso y delicioso de Morante, sus daños colaterales. Después de él, todo parece un poco más terrenal, un poco más mortal, un poco más… normal. Si es que hay algo de normalidad en el toreo. No queda otra que coger la silla de tijera, cruzar las piernas con elegancia y tomar dos pitillos como si fueran los palos de Morante. Anda que no se repetía el gesto una y otra vez en las terrazas de San Pablo. Y mientras el humo sube despacio hasta ese cielo de Sevilla nos cruzaremos al pitón contrario de esta vida de luz que dan las oscuridades interiores de Morante. Cuánto se debe sufrir para crear tan descomunalmente una obra de artística pureza, más cerca que se los pasa nadie. Sí, Morante hacía falta. ¡Pero qué daño ha hecho, maestro!Al genio de La Puebla ya solo le falta desempolvar el salto de la garrocha y que Goya se la pinte. Y darle las patas, porque el rabo ya queda corto para su arte. ¿Qué se hace después de Morante ? ¿Qué se hace después de que un torero bordase la faena de su vida y, de paso, la de nuestras vidas? ¿Cómo se despierta uno de algo así? Anoche ni queríamos dormir por miedo a que el hechizo desapareciera, a que el sueño se rompiese. Pero no, ahí seguía. Ahí permanecerá. Inmortal de necesidad. La atardecida fue suya. Y la anochecida también, con esa marea joven que lo aupaba en procesión como si fuera la mismísima Virgen del Rocío.Querían que atravesara la verja de la Puerta del Príncipe, que la cruzara en triunfo. Se la cerraron las normas, esas que no atienden al corazón, cuando el arte -sobre todo cuando es tan extraordinariamente genial- no atiende a razones. Las reglas están para derribarlas. Para la excepción (ya se había hecho con las despedidas de José María Manzanares y Espartaco). Y Morante hizo una faena excepcional. Tanto que esta mañana aún retumbaba por el Paseo de Colón: ni las obras del número 10 apagaban su eco. En el corazón de la calle Adriano, entre café y carajillo, solo se hablaba de ‘lo de ayer’. Y ni falta que hacía pronunciar el nombre de José Antonio.¿Cómo remonta uno aquello? ¿Cómo compite uno contra un torero que lleva dentro el espíritu de toda la historia del toreo? Que lo mismo torea por Ronda, por el número 3 de General Mola que por Santiago, Triana y la Resolana. Por la Alameda de Hércules. Por la vieja Plaza de Madrid allá en 1861 cuando Antonio Carmona ‘El Gordito’ se sentó en una silla con los palos. Pero, sobre todo, por la Huerta del Algarrobo, por la Huerta de los Gallo. Por Joselito y por Rafael. Divinidades de Morante.Noticia relacionada fototexto No No Morante: «Está feo que yo lo diga, pero vuelvo porque hago falta» Alberto García Reyes¿Cómo se supera hoy esa resaca? ¿Cómo compiten hoy tres toreros contra una tauromaquia de eternidades, contra esa resurrección milagrosa del toreo de siempre hecho como nunca? Ahí reside el daño perverso y delicioso de Morante, sus daños colaterales. Después de él, todo parece un poco más terrenal, un poco más mortal, un poco más… normal. Si es que hay algo de normalidad en el toreo. No queda otra que coger la silla de tijera, cruzar las piernas con elegancia y tomar dos pitillos como si fueran los palos de Morante. Anda que no se repetía el gesto una y otra vez en las terrazas de San Pablo. Y mientras el humo sube despacio hasta ese cielo de Sevilla nos cruzaremos al pitón contrario de esta vida de luz que dan las oscuridades interiores de Morante. Cuánto se debe sufrir para crear tan descomunalmente una obra de artística pureza, más cerca que se los pasa nadie. Sí, Morante hacía falta. ¡Pero qué daño ha hecho, maestro!Al genio de La Puebla ya solo le falta desempolvar el salto de la garrocha y que Goya se la pinte. Y darle las patas, porque el rabo ya queda corto para su arte.
¿Qué se hace después de Morante? ¿Qué se hace después de que un torero bordase la faena de su vida y, de paso, la de nuestras vidas? ¿Cómo se despierta uno de algo así? Anoche ni queríamos dormir por miedo a que el … hechizo desapareciera, a que el sueño se rompiese. Pero no, ahí seguía. Ahí permanecerá. Inmortal de necesidad. La atardecida fue suya. Y la anochecida también, con esa marea joven que lo aupaba en procesión como si fuera la mismísima Virgen del Rocío.
Querían que atravesara la verja de la Puerta del Príncipe, que la cruzara en triunfo. Se la cerraron las normas, esas que no atienden al corazón, cuando el arte -sobre todo cuando es tan extraordinariamente genial- no atiende a razones. Las reglas están para derribarlas. Para la excepción (ya se había hecho con las despedidas de José María Manzanares y Espartaco). Y Morante hizo una faena excepcional. Tanto que esta mañana aún retumbaba por el Paseo de Colón: ni las obras del número 10 apagaban su eco. En el corazón de la calle Adriano, entre café y carajillo, solo se hablaba de ‘lo de ayer’. Y ni falta que hacía pronunciar el nombre de José Antonio.
¿Cómo remonta uno aquello? ¿Cómo compite uno contra un torero que lleva dentro el espíritu de toda la historia del toreo? Que lo mismo torea por Ronda, por el número 3 de General Mola que por Santiago, Triana y la Resolana. Por la Alameda de Hércules. Por la vieja Plaza de Madrid allá en 1861 cuando Antonio Carmona ‘El Gordito’ se sentó en una silla con los palos. Pero, sobre todo, por la Huerta del Algarrobo, por la Huerta de los Gallo. Por Joselito y por Rafael. Divinidades de Morante.
Noticia relacionada
-
Alberto García Reyes
¿Cómo se supera hoy esa resaca? ¿Cómo compiten hoy tres toreros contra una tauromaquia de eternidades, contra esa resurrección milagrosa del toreo de siempre hecho como nunca? Ahí reside el daño perverso y delicioso de Morante, sus daños colaterales. Después de él, todo parece un poco más terrenal, un poco más mortal, un poco más… normal. Si es que hay algo de normalidad en el toreo.
No queda otra que coger la silla de tijera, cruzar las piernas con elegancia y tomar dos pitillos como si fueran los palos de Morante. Anda que no se repetía el gesto una y otra vez en las terrazas de San Pablo. Y mientras el humo sube despacio hasta ese cielo de Sevilla nos cruzaremos al pitón contrario de esta vida de luz que dan las oscuridades interiores de Morante. Cuánto se debe sufrir para crear tan descomunalmente una obra de artística pureza, más cerca que se los pasa nadie. Sí, Morante hacía falta. ¡Pero qué daño ha hecho, maestro!
Al genio de La Puebla ya solo le falta desempolvar el salto de la garrocha y que Goya se la pinte. Y darle las patas, porque el rabo ya queda corto para su arte.
RSS de noticias de cultura
