Antonio Luque (Sevilla, 1970) vive su época dorada, al margen de modas y tendencias. Va a su ritmo, sin prisa y sin pausa. Ha conseguido construir una carrera musical sólida. Compone nuevas canciones, revisita antiguas, pero lo más importante es que la música vibra en él. Y con cada nuevo álbum, una sorpresa. ‘El burro de la Plaza de España’ es quizás una de sus mejores canciones. Me responde por email con su habitual agilidad verbal, sorna y una dosis de descontento y de sosiego personal.—’Las fuerzas y los cuerpos’ es su vigésimo álbum. ¿Cuándo empezó allá por los noventa se imaginaba cumpliendo este hito temporal?—No pensaba en el futuro, era demasiado joven y más punki que los punkis. Me pasaba como de niño con los Clicks de Famóbil, cuando leía en las cajas que había unas edades recomendadas. ¿Quién era nadie para decirme cuándo debía dejar de jugar con los clicks? Siempre supe que sería yo quien iba a decidir en los asuntos más importantes para mí. Y hacer canciones es importante para mí, desde luego.—¿Qué ha cambiado en Sr. Chinarro en estos más de 30 años?—Me duelen un poco las articulaciones. Desconfío más de la gente que antes, que ya es decir. Soy más consciente de que vamos a morir y de que los humanos se extinguirán antes que muchos animales, y me parece bien, salvo por lo que respecta a mi hijo. Por lo demás es todo igual. Musicalmente tengo más recursos, pero nunca quise tantos como para sonar a otra cosa. Y escribiendo debe de notarse la experiencia vital, no sé. Todo lo que intuía se confirmó, eso es todo.—Escuchando ‘Cantautor foráneo’ veo algo de usted. ¿Se siente un poco extraño, extranjero, en su propia tierra?—Espero que se vea algo de mí en las once canciones. Más que extranjero me siento arrojado a un pozo. Me dan miedo los fascistas, llámame raro. Ojalá en las próximas elecciones nos llevemos una sorpresa agradable. No me hacen sentir bien el racismo, la homofobia, la aporofobia, ni la destrucción de lo público, de la sanidad y de la educación, jaleada por indocumentados con banderita, por analfabetos funcionales venidos arriba con el cobijo de las redes manipuladas. Espero no ser un tipo raro por eso.—’El deseo del genio’ indaga en el mundo de los posibles. ¿Si pudiera elegir entre tres deseos que le otorgasen, qué es lo que elegiría?—Lo que dice la letra: que vuelva el tiempo aunque fuese a perderlo de nuevo, que me permita vivir encerrado como él y salir solo cuando se dé la magia y para conceder deseos a otros, y que no sean tres deseos, sino cien… O cien mil, ya que estamos.«Los artistas son gente con una sensibilidad extra. Se dan cuenta de ese don y lo aprovechan, porque también es doloroso tenerlo»—Ha sido bastante prolífico en su carrera. ¿Es la urgencia de transmitir o de mejorar el oficio? ¿Con el arte se nace, o uno se hace?—No hay urgencia ninguna. Son los años los que pasan muy deprisa. Parece que ‘Cal viva’ (2024) es de ayer, pero no. Da tiempo de sobra de hacer un disco al año si tienes cosas que decir, y yo suelo tenerlas. ¿No es la vida algo increíble? ¿Las cosas que hace el personal, nosotros mismos? Solo una depresión puede dejarle a uno mudo, pero al mismo tiempo contarlo se convertiría en la única salida. Pienso que los artistas son gente con una sensibilidad extra. Se dan cuenta de ese don y lo aprovechan, porque también es doloroso tenerlo. Buscan una contrapartida, digamos. No me gusta llamarme artista, pero algo de eso debo de tener. Es verdad que notar que uno aprende y progresa, siquiera un poco, en el medio de expresión elegido es también satisfactorio.—Las letras de Sr. Chinarro siempre han tenido mucha sorna, un humor singular, y se ha salido de la nostalgia lastimera. En este nuevo álbum también se ríe de la edad y sus golpes de realidad (‘Las perdices’, ‘¿Qué verde?’, ‘Si digo qué pienso’). ¿Qué diría que caracteriza sus letras?—El humor es fundamental para sobrevivir. Es sabido que los mejores humoristas eran gente triste, si no deprimida. Como suele decirse ahora: te tienes que reír. La desfachatez del personal es tan impresionante, la crueldad gratuita, la ignorancia ignorada y, sobre todo, la falta de educación, que te tienes que reír. Mis letras dicen cómo veo el mundo. No es una postura poética, no tardo nada en escribirlas cuando tengo la idea central. Mi cerebro funciona así.—Tuvo una etapa de escritor en la que publicó en Alpha Decay (‘Socorrismo’) , Libros del KO (‘Marchito Azar Verdiblanco ‘) y El Aleph (‘Exitus’). ¿Sigue escribiendo narrativa, relatos…? ¿Volverá a publicar?—Solo si me pagan lo que vale. Es un esfuerzo enorme. Sé que hay gente que vendería su alma por ver un libro suyo publicado por otros, pero a mí no me da ninguna satisfacción extra, ni ahora ni en 2011. Es verdad que me gustó que mi novela saliera en ‘Babelia’ o ver carteles colgantes con mi nombre de pila en los alrededores del Círculo de Bellas Artes de Madrid, pero mi vanidad ya está suficientemente colmada. Nunca seré Proust ni Kafka, como no seré Johnny Marr o Frank Sinatra, y no pasa nada, me vale con disfrutarlos a ellos. Empecé una historia del grupo, de los grupos, contada a mi manera. La he empezado muchas veces ya. A ver qué hace mi agente con las editoriales, depende de ellos.«El humor es fundamental para sobrevivir. Es sabido que los mejores humoristas eran gente triste, si no deprimida»—La portada es de Ana Truan. Siempre ha cuidado mucho el arte de sus álbumes. ¿El envoltorio importa?—Claro, ¿quién no compró un disco por la portada? Aunque eso pasaba más cuando había tiendas y uno los podía manosear un poco. Bueno, las tiendas están viviendo un pequeño renacer, ojalá la gente se acostumbrara a poseer sus fetiches culturales y comprendiera que los centros de datos consumen muchos recursos y que están pagando por alquileres de servicios (el streaming) más que lo que pagaban por la propiedad de sus bienes culturales. Ana Truan tiene mucha imaginación y mucha obra interesante, es un poco naive, como yo, y, de momento, creo que su trabajo y el mío casan bien. Además es mi pareja, con lo que puedo darle instrucciones si son trabajos ad hoc, como el de ‘David’ o ‘El año de la pera’. El de ‘Las fuerzas y los cuerpos’ estaba en el dormitorio, yo estaba pensando otra cosa para la portada, y al despertar de una siesta le dije, ¡pero si la portada está ahí enfrente! Es una pintura que hizo hace bastantes años, en una época distinta de la actual para ella, pero que se parece a cómo veo yo el mundo ahora. Estoy viendo el mundo arder, y estoy viendo que quizá no sea mala idea un ‘hard reset’.—La política asoma en ‘¿Qué verde?’ cuando canta «verde hay que votar». ¿Le preocupa/inquieta la deriva mundial y asuntos como el cambio climático, el turismo salvaje o el auge de la xenofobia?—Creo que asoma en todas las canciones. No me preocupa, estoy tranquilo ya, porque sé que no hay nada que hacer. Si las televisiones privadas en los 90 hicieron un buen trabajo colocando a Aznar, lo de las redes sociales manejadas desde Estados Unidos es ya imbatible. Solo puedo asegurar que si vienen a buscarme me llevaré a alguno conmigo. De paseo. A darle café, en efecto.—La música es una carrera de fondo. Los músicos sois pura resistencia (como todos los artistas). ¿Cómo ha resistido Sr. Chinarro a lo largo de todos estos años?—Hago canciones y las grabo, no hay más. El mérito está en no haberse matado en la carretera y no haber sido demasiado engañado con contratos. No beber me ayuda muchísimo ahora, si había perdido energía para hacer conciertos lejos y todo el jaleo de pasear a una banda y darle de comer, la he recuperado con la dieta. Hasta la cerveza sin alcohol me parece dañina ahora. No hay nada como el agua de Sierra Nevada, que baja pura sin botella siquiera por la Contraviesa.«Hago canciones y las grabo, no hay más. El mérito está en no haberse matado en la carretera y no haber sido demasiado engañado con contratos»—En un mundo de egos y megalómanos el éxito parece que lo es todo, pero parece un concepto utilitarista. ¿Qué piensa del éxito? ¿Qué es el éxito en la música?—Para mí el éxito es no levantarme temprano si no es porque me da la gana. Dinero necesito muy poco, y cada vez menos. El turismo me parece una grosería. Comer en la calle, un horror. Viajar, un estrés. La ropa, mejor quitada. La comida, mejor vegetal. Así que no distingo el éxito del fracaso, ambos te dejan acostado.—¿Qué es la música para usted? ¿Podría vivir sin música?—No, no podría. A la gente le gustan más los motores, los muebles arrastrados, los taladros, las maletas por las aceras de cuadros, los secadores de pelo, los aviones despegando, las rumbas, esas cosas, hasta los consoladores a pilas. Para mí las guitarras y los equipos de música siempre han sido los únicos objetos interesantes. Y los discos, y los libros, principales enemigos de la población, porque ni pasando fuerte las páginas puedes molestar al vecino. Menos mal que decoran, qué ruina de los libreros si no. Antonio Luque (Sevilla, 1970) vive su época dorada, al margen de modas y tendencias. Va a su ritmo, sin prisa y sin pausa. Ha conseguido construir una carrera musical sólida. Compone nuevas canciones, revisita antiguas, pero lo más importante es que la música vibra en él. Y con cada nuevo álbum, una sorpresa. ‘El burro de la Plaza de España’ es quizás una de sus mejores canciones. Me responde por email con su habitual agilidad verbal, sorna y una dosis de descontento y de sosiego personal.—’Las fuerzas y los cuerpos’ es su vigésimo álbum. ¿Cuándo empezó allá por los noventa se imaginaba cumpliendo este hito temporal?—No pensaba en el futuro, era demasiado joven y más punki que los punkis. Me pasaba como de niño con los Clicks de Famóbil, cuando leía en las cajas que había unas edades recomendadas. ¿Quién era nadie para decirme cuándo debía dejar de jugar con los clicks? Siempre supe que sería yo quien iba a decidir en los asuntos más importantes para mí. Y hacer canciones es importante para mí, desde luego.—¿Qué ha cambiado en Sr. Chinarro en estos más de 30 años?—Me duelen un poco las articulaciones. Desconfío más de la gente que antes, que ya es decir. Soy más consciente de que vamos a morir y de que los humanos se extinguirán antes que muchos animales, y me parece bien, salvo por lo que respecta a mi hijo. Por lo demás es todo igual. Musicalmente tengo más recursos, pero nunca quise tantos como para sonar a otra cosa. Y escribiendo debe de notarse la experiencia vital, no sé. Todo lo que intuía se confirmó, eso es todo.—Escuchando ‘Cantautor foráneo’ veo algo de usted. ¿Se siente un poco extraño, extranjero, en su propia tierra?—Espero que se vea algo de mí en las once canciones. Más que extranjero me siento arrojado a un pozo. Me dan miedo los fascistas, llámame raro. Ojalá en las próximas elecciones nos llevemos una sorpresa agradable. No me hacen sentir bien el racismo, la homofobia, la aporofobia, ni la destrucción de lo público, de la sanidad y de la educación, jaleada por indocumentados con banderita, por analfabetos funcionales venidos arriba con el cobijo de las redes manipuladas. Espero no ser un tipo raro por eso.—’El deseo del genio’ indaga en el mundo de los posibles. ¿Si pudiera elegir entre tres deseos que le otorgasen, qué es lo que elegiría?—Lo que dice la letra: que vuelva el tiempo aunque fuese a perderlo de nuevo, que me permita vivir encerrado como él y salir solo cuando se dé la magia y para conceder deseos a otros, y que no sean tres deseos, sino cien… O cien mil, ya que estamos.«Los artistas son gente con una sensibilidad extra. Se dan cuenta de ese don y lo aprovechan, porque también es doloroso tenerlo»—Ha sido bastante prolífico en su carrera. ¿Es la urgencia de transmitir o de mejorar el oficio? ¿Con el arte se nace, o uno se hace?—No hay urgencia ninguna. Son los años los que pasan muy deprisa. Parece que ‘Cal viva’ (2024) es de ayer, pero no. Da tiempo de sobra de hacer un disco al año si tienes cosas que decir, y yo suelo tenerlas. ¿No es la vida algo increíble? ¿Las cosas que hace el personal, nosotros mismos? Solo una depresión puede dejarle a uno mudo, pero al mismo tiempo contarlo se convertiría en la única salida. Pienso que los artistas son gente con una sensibilidad extra. Se dan cuenta de ese don y lo aprovechan, porque también es doloroso tenerlo. Buscan una contrapartida, digamos. No me gusta llamarme artista, pero algo de eso debo de tener. Es verdad que notar que uno aprende y progresa, siquiera un poco, en el medio de expresión elegido es también satisfactorio.—Las letras de Sr. Chinarro siempre han tenido mucha sorna, un humor singular, y se ha salido de la nostalgia lastimera. En este nuevo álbum también se ríe de la edad y sus golpes de realidad (‘Las perdices’, ‘¿Qué verde?’, ‘Si digo qué pienso’). ¿Qué diría que caracteriza sus letras?—El humor es fundamental para sobrevivir. Es sabido que los mejores humoristas eran gente triste, si no deprimida. Como suele decirse ahora: te tienes que reír. La desfachatez del personal es tan impresionante, la crueldad gratuita, la ignorancia ignorada y, sobre todo, la falta de educación, que te tienes que reír. Mis letras dicen cómo veo el mundo. No es una postura poética, no tardo nada en escribirlas cuando tengo la idea central. Mi cerebro funciona así.—Tuvo una etapa de escritor en la que publicó en Alpha Decay (‘Socorrismo’) , Libros del KO (‘Marchito Azar Verdiblanco ‘) y El Aleph (‘Exitus’). ¿Sigue escribiendo narrativa, relatos…? ¿Volverá a publicar?—Solo si me pagan lo que vale. Es un esfuerzo enorme. Sé que hay gente que vendería su alma por ver un libro suyo publicado por otros, pero a mí no me da ninguna satisfacción extra, ni ahora ni en 2011. Es verdad que me gustó que mi novela saliera en ‘Babelia’ o ver carteles colgantes con mi nombre de pila en los alrededores del Círculo de Bellas Artes de Madrid, pero mi vanidad ya está suficientemente colmada. Nunca seré Proust ni Kafka, como no seré Johnny Marr o Frank Sinatra, y no pasa nada, me vale con disfrutarlos a ellos. Empecé una historia del grupo, de los grupos, contada a mi manera. La he empezado muchas veces ya. A ver qué hace mi agente con las editoriales, depende de ellos.«El humor es fundamental para sobrevivir. Es sabido que los mejores humoristas eran gente triste, si no deprimida»—La portada es de Ana Truan. Siempre ha cuidado mucho el arte de sus álbumes. ¿El envoltorio importa?—Claro, ¿quién no compró un disco por la portada? Aunque eso pasaba más cuando había tiendas y uno los podía manosear un poco. Bueno, las tiendas están viviendo un pequeño renacer, ojalá la gente se acostumbrara a poseer sus fetiches culturales y comprendiera que los centros de datos consumen muchos recursos y que están pagando por alquileres de servicios (el streaming) más que lo que pagaban por la propiedad de sus bienes culturales. Ana Truan tiene mucha imaginación y mucha obra interesante, es un poco naive, como yo, y, de momento, creo que su trabajo y el mío casan bien. Además es mi pareja, con lo que puedo darle instrucciones si son trabajos ad hoc, como el de ‘David’ o ‘El año de la pera’. El de ‘Las fuerzas y los cuerpos’ estaba en el dormitorio, yo estaba pensando otra cosa para la portada, y al despertar de una siesta le dije, ¡pero si la portada está ahí enfrente! Es una pintura que hizo hace bastantes años, en una época distinta de la actual para ella, pero que se parece a cómo veo yo el mundo ahora. Estoy viendo el mundo arder, y estoy viendo que quizá no sea mala idea un ‘hard reset’.—La política asoma en ‘¿Qué verde?’ cuando canta «verde hay que votar». ¿Le preocupa/inquieta la deriva mundial y asuntos como el cambio climático, el turismo salvaje o el auge de la xenofobia?—Creo que asoma en todas las canciones. No me preocupa, estoy tranquilo ya, porque sé que no hay nada que hacer. Si las televisiones privadas en los 90 hicieron un buen trabajo colocando a Aznar, lo de las redes sociales manejadas desde Estados Unidos es ya imbatible. Solo puedo asegurar que si vienen a buscarme me llevaré a alguno conmigo. De paseo. A darle café, en efecto.—La música es una carrera de fondo. Los músicos sois pura resistencia (como todos los artistas). ¿Cómo ha resistido Sr. Chinarro a lo largo de todos estos años?—Hago canciones y las grabo, no hay más. El mérito está en no haberse matado en la carretera y no haber sido demasiado engañado con contratos. No beber me ayuda muchísimo ahora, si había perdido energía para hacer conciertos lejos y todo el jaleo de pasear a una banda y darle de comer, la he recuperado con la dieta. Hasta la cerveza sin alcohol me parece dañina ahora. No hay nada como el agua de Sierra Nevada, que baja pura sin botella siquiera por la Contraviesa.«Hago canciones y las grabo, no hay más. El mérito está en no haberse matado en la carretera y no haber sido demasiado engañado con contratos»—En un mundo de egos y megalómanos el éxito parece que lo es todo, pero parece un concepto utilitarista. ¿Qué piensa del éxito? ¿Qué es el éxito en la música?—Para mí el éxito es no levantarme temprano si no es porque me da la gana. Dinero necesito muy poco, y cada vez menos. El turismo me parece una grosería. Comer en la calle, un horror. Viajar, un estrés. La ropa, mejor quitada. La comida, mejor vegetal. Así que no distingo el éxito del fracaso, ambos te dejan acostado.—¿Qué es la música para usted? ¿Podría vivir sin música?—No, no podría. A la gente le gustan más los motores, los muebles arrastrados, los taladros, las maletas por las aceras de cuadros, los secadores de pelo, los aviones despegando, las rumbas, esas cosas, hasta los consoladores a pilas. Para mí las guitarras y los equipos de música siempre han sido los únicos objetos interesantes. Y los discos, y los libros, principales enemigos de la población, porque ni pasando fuerte las páginas puedes molestar al vecino. Menos mal que decoran, qué ruina de los libreros si no.
Antonio Luque (Sevilla, 1970) vive su época dorada, al margen de modas y tendencias. Va a su ritmo, sin prisa y sin pausa. Ha conseguido construir una carrera musical sólida. Compone nuevas canciones, revisita antiguas, pero lo más importante es que la música vibra en … él. Y con cada nuevo álbum, una sorpresa. ‘El burro de la Plaza de España’ es quizás una de sus mejores canciones. Me responde por email con su habitual agilidad verbal, sorna y una dosis de descontento y de sosiego personal.
—’Las fuerzas y los cuerpos’ es su vigésimo álbum. ¿Cuándo empezó allá por los noventa se imaginaba cumpliendo este hito temporal?
—No pensaba en el futuro, era demasiado joven y más punki que los punkis. Me pasaba como de niño con los Clicks de Famóbil, cuando leía en las cajas que había unas edades recomendadas. ¿Quién era nadie para decirme cuándo debía dejar de jugar con los clicks? Siempre supe que sería yo quien iba a decidir en los asuntos más importantes para mí. Y hacer canciones es importante para mí, desde luego.
—¿Qué ha cambiado en Sr. Chinarro en estos más de 30 años?
—Me duelen un poco las articulaciones. Desconfío más de la gente que antes, que ya es decir. Soy más consciente de que vamos a morir y de que los humanos se extinguirán antes que muchos animales, y me parece bien, salvo por lo que respecta a mi hijo. Por lo demás es todo igual. Musicalmente tengo más recursos, pero nunca quise tantos como para sonar a otra cosa. Y escribiendo debe de notarse la experiencia vital, no sé. Todo lo que intuía se confirmó, eso es todo.
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—Escuchando ‘Cantautor foráneo’ veo algo de usted. ¿Se siente un poco extraño, extranjero, en su propia tierra?
—Espero que se vea algo de mí en las once canciones. Más que extranjero me siento arrojado a un pozo. Me dan miedo los fascistas, llámame raro. Ojalá en las próximas elecciones nos llevemos una sorpresa agradable. No me hacen sentir bien el racismo, la homofobia, la aporofobia, ni la destrucción de lo público, de la sanidad y de la educación, jaleada por indocumentados con banderita, por analfabetos funcionales venidos arriba con el cobijo de las redes manipuladas. Espero no ser un tipo raro por eso.
—’El deseo del genio’ indaga en el mundo de los posibles. ¿Si pudiera elegir entre tres deseos que le otorgasen, qué es lo que elegiría?
—Lo que dice la letra: que vuelva el tiempo aunque fuese a perderlo de nuevo, que me permita vivir encerrado como él y salir solo cuando se dé la magia y para conceder deseos a otros, y que no sean tres deseos, sino cien… O cien mil, ya que estamos.
«Los artistas son gente con una sensibilidad extra. Se dan cuenta de ese don y lo aprovechan, porque también es doloroso tenerlo»
—Ha sido bastante prolífico en su carrera. ¿Es la urgencia de transmitir o de mejorar el oficio? ¿Con el arte se nace, o uno se hace?
—No hay urgencia ninguna. Son los años los que pasan muy deprisa. Parece que ‘Cal viva’ (2024) es de ayer, pero no. Da tiempo de sobra de hacer un disco al año si tienes cosas que decir, y yo suelo tenerlas. ¿No es la vida algo increíble? ¿Las cosas que hace el personal, nosotros mismos? Solo una depresión puede dejarle a uno mudo, pero al mismo tiempo contarlo se convertiría en la única salida. Pienso que los artistas son gente con una sensibilidad extra. Se dan cuenta de ese don y lo aprovechan, porque también es doloroso tenerlo. Buscan una contrapartida, digamos. No me gusta llamarme artista, pero algo de eso debo de tener. Es verdad que notar que uno aprende y progresa, siquiera un poco, en el medio de expresión elegido es también satisfactorio.
—Las letras de Sr. Chinarro siempre han tenido mucha sorna, un humor singular, y se ha salido de la nostalgia lastimera. En este nuevo álbum también se ríe de la edad y sus golpes de realidad (‘Las perdices’, ‘¿Qué verde?’, ‘Si digo qué pienso’). ¿Qué diría que caracteriza sus letras?
—El humor es fundamental para sobrevivir. Es sabido que los mejores humoristas eran gente triste, si no deprimida. Como suele decirse ahora: te tienes que reír. La desfachatez del personal es tan impresionante, la crueldad gratuita, la ignorancia ignorada y, sobre todo, la falta de educación, que te tienes que reír. Mis letras dicen cómo veo el mundo. No es una postura poética, no tardo nada en escribirlas cuando tengo la idea central. Mi cerebro funciona así.
—Tuvo una etapa de escritor en la que publicó en Alpha Decay (‘Socorrismo’) , Libros del KO (‘Marchito Azar Verdiblanco ‘) y El Aleph (‘Exitus’). ¿Sigue escribiendo narrativa, relatos…? ¿Volverá a publicar?
—Solo si me pagan lo que vale. Es un esfuerzo enorme. Sé que hay gente que vendería su alma por ver un libro suyo publicado por otros, pero a mí no me da ninguna satisfacción extra, ni ahora ni en 2011. Es verdad que me gustó que mi novela saliera en ‘Babelia’ o ver carteles colgantes con mi nombre de pila en los alrededores del Círculo de Bellas Artes de Madrid, pero mi vanidad ya está suficientemente colmada. Nunca seré Proust ni Kafka, como no seré Johnny Marr o Frank Sinatra, y no pasa nada, me vale con disfrutarlos a ellos. Empecé una historia del grupo, de los grupos, contada a mi manera. La he empezado muchas veces ya. A ver qué hace mi agente con las editoriales, depende de ellos.
«El humor es fundamental para sobrevivir. Es sabido que los mejores humoristas eran gente triste, si no deprimida»
—La portada es de Ana Truan. Siempre ha cuidado mucho el arte de sus álbumes. ¿El envoltorio importa?
—Claro, ¿quién no compró un disco por la portada? Aunque eso pasaba más cuando había tiendas y uno los podía manosear un poco. Bueno, las tiendas están viviendo un pequeño renacer, ojalá la gente se acostumbrara a poseer sus fetiches culturales y comprendiera que los centros de datos consumen muchos recursos y que están pagando por alquileres de servicios (el streaming) más que lo que pagaban por la propiedad de sus bienes culturales. Ana Truan tiene mucha imaginación y mucha obra interesante, es un poco naive, como yo, y, de momento, creo que su trabajo y el mío casan bien. Además es mi pareja, con lo que puedo darle instrucciones si son trabajos ad hoc, como el de ‘David’ o ‘El año de la pera’. El de ‘Las fuerzas y los cuerpos’ estaba en el dormitorio, yo estaba pensando otra cosa para la portada, y al despertar de una siesta le dije, ¡pero si la portada está ahí enfrente! Es una pintura que hizo hace bastantes años, en una época distinta de la actual para ella, pero que se parece a cómo veo yo el mundo ahora. Estoy viendo el mundo arder, y estoy viendo que quizá no sea mala idea un ‘hard reset’.
—La política asoma en ‘¿Qué verde?’ cuando canta «verde hay que votar». ¿Le preocupa/inquieta la deriva mundial y asuntos como el cambio climático, el turismo salvaje o el auge de la xenofobia?
—Creo que asoma en todas las canciones. No me preocupa, estoy tranquilo ya, porque sé que no hay nada que hacer. Si las televisiones privadas en los 90 hicieron un buen trabajo colocando a Aznar, lo de las redes sociales manejadas desde Estados Unidos es ya imbatible. Solo puedo asegurar que si vienen a buscarme me llevaré a alguno conmigo. De paseo. A darle café, en efecto.
—La música es una carrera de fondo. Los músicos sois pura resistencia (como todos los artistas). ¿Cómo ha resistido Sr. Chinarro a lo largo de todos estos años?
—Hago canciones y las grabo, no hay más. El mérito está en no haberse matado en la carretera y no haber sido demasiado engañado con contratos. No beber me ayuda muchísimo ahora, si había perdido energía para hacer conciertos lejos y todo el jaleo de pasear a una banda y darle de comer, la he recuperado con la dieta. Hasta la cerveza sin alcohol me parece dañina ahora. No hay nada como el agua de Sierra Nevada, que baja pura sin botella siquiera por la Contraviesa.
«Hago canciones y las grabo, no hay más. El mérito está en no haberse matado en la carretera y no haber sido demasiado engañado con contratos»
—En un mundo de egos y megalómanos el éxito parece que lo es todo, pero parece un concepto utilitarista. ¿Qué piensa del éxito? ¿Qué es el éxito en la música?
—Para mí el éxito es no levantarme temprano si no es porque me da la gana. Dinero necesito muy poco, y cada vez menos. El turismo me parece una grosería. Comer en la calle, un horror. Viajar, un estrés. La ropa, mejor quitada. La comida, mejor vegetal. Así que no distingo el éxito del fracaso, ambos te dejan acostado.
—¿Qué es la música para usted? ¿Podría vivir sin música?
—No, no podría. A la gente le gustan más los motores, los muebles arrastrados, los taladros, las maletas por las aceras de cuadros, los secadores de pelo, los aviones despegando, las rumbas, esas cosas, hasta los consoladores a pilas. Para mí las guitarras y los equipos de música siempre han sido los únicos objetos interesantes. Y los discos, y los libros, principales enemigos de la población, porque ni pasando fuerte las páginas puedes molestar al vecino. Menos mal que decoran, qué ruina de los libreros si no.
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