
El candado que se abrió la medianoche del 15 de diciembre de 1982 en la verja de Gibraltar ni era el que se había pasado 13 años sin uso tras el cerrojazo franquista, ni era uno solo. “Estaban oxidados y se cambiaron días antes porque estaban impracticables. No era una puerta, sino tres”, cuenta, entre risas, Juan Carmona, el alcalde de La Línea de la Concepción de entonces, que vivió aquel momento clave para el Campo de Gibraltar. La mayor parte de las veces, la historia es más cómo se escribe que cómo fue. Lo que ocurrirá en la medianoche de otro día 15, pero de este julio, momento en el que se hará efectiva el fin del paso fronterizo gibraltareño, aún está por plasmar. Pero Carmona tiene claro que será aún más icónico que lo de hace 44 años: “Aquello fue importante, pero esto va a ser trascendental”.

La desaparición de las barreras marcan un hito a ambos lados de la frontera: “Para La Línea va a ser espectacular. Abrir fue importante, pero esto va a ser trascendental”
El candado que se abrió la medianoche del 15 de diciembre de 1982 en la verja de Gibraltar ni era el que se había pasado 13 años sin uso tras el cerrojazo franquista, ni era uno solo. “Estaban oxidados y se cambiaron días antes porque estaban impracticables. No era una puerta, sino tres”, cuenta, entre risas, Juan Carmona, el alcalde de La Línea de la Concepción de entonces, que vivió aquel momento clave para el Campo de Gibraltar. La mayor parte de las veces, la historia es más cómo se escribe que cómo fue. Lo que ocurrirá en la medianoche de otro día 15, pero de este julio, momento en el que se hará efectiva el fin del paso fronterizo gibraltareño, aún está por plasmar. Pero Carmona tiene claro que será aún más icónico que lo de hace 44 años: “Aquello fue importante, pero esto va a ser trascendental”.
El 31 de diciembre de 2020, cuando la entonces ministra de Asuntos Exteriores de España, Arancha González Laya, proclamó —en los llamados Acuerdos de Nochevieja— que la Verja se iba a “derribar”, pocos a ambos lados de ella creyeron que iba a ser en el sentido más literal de la palabra. Así que cuando, tras seis años de duras negociaciones con idas y venidas, el Ministerio de Hacienda —competente en los terrenos—, comenzó a hacerlo realidad hace unas semanas el impacto social fue evidente. Oficialmente, se sabe poco de esos trabajos, ejecutados por la empresa pública Tragsa, y que afectan a unos 30.000 metros cuadrados, de los que aproximadamente algo menos de la mitad pasará a estar expedito.

A finales de esta misma semana, los obreros y excavadoras seguían ultimando a destajo el derribo de verjas, garitas de control y marquesinas, con el hito de la apertura total, fijada en la medianoche del martes al miércoles, y la visita del presidente del Gobierno Pedro Sánchez, prevista para el lunes, pero atrasada al mismo día 15 por la tragedia de Almería. Pero la asimilación psicológica de los 105.000 vecinos afectados de forma directa —los 40.000 de Gibraltar y los 65.000 de La Línea— sigue sus propios procesos. “Vamos a vivir un hecho histórico, pero está costando. La gente tiene síndrome de jaula”, comenta un policía implicado en los primeros compases de esta nueva relación.
“Nos da una oportunidad para reinventarnos, reestructurar sectores vitales, usar la creatividad y abrir una nueva etapa esperanzadora”, tercia el periodista gibraltareño Francisco Oliva, claramente entusiasmado con el fin de la última barrera física de la Europa occidental. Oliva tenía apenas siete años cuando el gobierno franquista cerró la Verja llanita. El impacto de aquel niño que tardaba medio día en ver a su abuela linense que vivía a cinco minutos de la frontera —ferri mediante a Tánger, otro de vuelta a Algeciras y coche hasta La Línea— le impactó tanto que le llevó a escribir esas vivencias en El niño de la Verja. “Gibraltar siempre ha tenido una situación peculiar [con respecto al paso fronterizo]. Aquel cierre generó mucho daño y resentimiento”, agrega.
Oliva vivió la reapertura mientras estudiaba periodismo en el Reino Unido y cubrió ya como redactor la recuperación del tránsito de vehículos de 1985. Todas esas vivencias lo convirtieron casi en un outsider en El Peñón, cuando, a finales de los 90, él ya defendía abiertamente normalizar las relaciones con España. “No estaba bien visto, me tachaban de palomo”, en referencia a unos empresarios de Gibraltar que, en los 60, intentaron mediar con el régimen español para abrir un diálogo que en la ciudad no se tomaron bien, hasta el extremo de acabar en disturbios.

El exalcalde Carmona, hoy con 75 años, conoce bien esas presiones, pero del otro lado de la frontera. El regidor y abogado de profesión asegura que ya el presidente Leopoldo Calvo Sotelo tenía un plan para reabrir la frontera, pero no se materializó hasta la entrada de Felipe González. “La Línea se había hundido, había pasado de los 80.000 a los 45.000 habitantes y comenzó el contrabando. La apertura se hizo con muchas dificultades, pero se pudo. Así hemos vivido estos años, pero el tratado de ahora es diferente”, apunta el también miembro del Grupo Transfronterizo que durante estos años de negociación ha impulsado el acuerdo que se rubricará el este martes en Bruselas.
Paradójicamente, Oliva tiene claro que ha sido posible que el nuevo tratado gracias al cambio mental que operó en uno y otro lado, a raíz del Brexit de 2016. En una economía gibraltareña hoy sostenida por los 15.622 empleados transfronterizos —según estadísticas del Ejecutivo gibraltareño— y el turismo, el impacto de convertir la Verja en una frontera exterior dura con la Unión Europea cambió el marco de partida. “Aquello fue una calamidad, pero evolucionó el pensamiento del gobierno local, que era muy duro con respecto a la apertura a España”, valora el periodista.
Ahora, la nueva realidad es diametralmente opuesta para Carmona: “Un tratado entre el Reino Unido y la Unión Europea no lo mueve ni Dios. Por fin, estamos en ese camino y ya es irreversible”. Fruto de ese caminar, El Peñón salió de la lista de paraísos fiscales para España. Y eso, a su vez y como siempre ocurre en la zona, tendrá un impacto doméstico directo, en este caso en la economía linense. El actual alcalde de la localidad, Juan Franco, lo estima “en unos 30 millones de euros”. Hace el cálculo basándose en el fin de la doble tributación para todos los trabajadores transfronterizos que ganan menos de 60.000 euros anuales, gracias a esta medida. “Estamos ilusionados, pero incertidumbre tenemos toda la del mundo”, razona el regidor.
Esa mezcla de ilusión y esperanza se trasluce también en las contrataciones de transfronterizos, que ya en febrero marcó su récord histórico y sigue en ascenso. De esos 15.622 empleados que cruzan la frontera —a fecha de 1 de junio—, 10.915 son españoles que se verán beneficiados, además de por esa medida tributaria, por una fluidez fronteriza libre, tan solo comparable a cuando a principios del siglo XX, el paso entre Gibraltar y La Línea funcionaba casi como un paso franco sin vallas. Jose Luis Martínez, trabajador español en el sector tecnológico llanito es es uno de ellos. Cada día, sale de su casa una hora antes de entrar en su puesto de trabajo para asegurarse pasar la frontera sin problemas. A partir del miércoles, “ya todo solo dependerá del tráfico”, como explica el empleado, que lleva 13 años cruzando el paso a diario.
“Va a ser algo importante, no solo para Gibraltar, sino para su campo y para La Línea. Se abren oportunidades para empresas y la vida personal entre las poblaciones”, valora Martínez. Y, aunque en esa hipótesis se mueve Franco, el regidor también refiere los retos que ya tienen entre manos: “Quedará espacio libre en la frontera que queremos que nos cedan para urbanizarlo. También es necesario hacer algo con los pensionistas, que no se mencionan. La vivienda se ha encarecido un 20% en La Línea en el último año. Llevamos tiempo advirtiéndolo. Me tocará seguir peleando”, reflexiona Franco. Eso sí, a partir de este miércoles toda esa lucha será con la vista despejada de un paso fronterizo que ya no existirá.
