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  Cultura  Una Bienal de Venecia en clave muy menor (o cuando el mundo se va a la mierda)
Cultura

Una Bienal de Venecia en clave muy menor (o cuando el mundo se va a la mierda)

mayo 8, 2026
FacebookX TwitterPinterestLinkedInTumblrRedditVKWhatsAppEmail

A ninguna gran cita artística le sienta bien el contexto internacional. Más bien al contrario, este suele jugar en su contra, porque pone de manifiesto las costuras de ese frágil dobladillo que separa instrumentalización del arte de creación plástica.En el caso de la actual Bienal de Venecia, la que este sábado abre sus puertas y da pie a la edición número 61, la agenda mediática directamente la ha partido por la mitad, en buena medida por una de esas lacras históricas de, más de 130 años después, seguir jugando a las naciones y las nacionalidades en un mundo global que tiene estas divisiones totalmente superadas.Noticia relacionada general No No ARTE Demasiado ruido en torno a una Bienal de Venecia 2026 que reclama silencio Javier Díaz-GuardiolaLa cosa no pintaba ya bien cuando hace escasamente un año su responsable, la suizo-camerunesa Koyo Kouoh, fallecía de un cáncer fulminante, aunque dejaba su programa más o menos amarrado (con lista de artistas y obras decidida, y diseño espacial y texto curatorial definidos), que pasaba al equipo que ella misma había conformado, con Gabe Beckhurst, Marie Hélène Pereira, Rasha Salti, Siddhartha Mitter y Rory Tsapayi recorriendo el mundo y dejando su inevitable huella de carbono, que una contradicción la tiene hasta el más pintado, culminando todo en abril de 2025 en Dakar, en la Raw Material Company que dirigía, lo que vemos ahora casi como la cita fundacional de una nueva religión con sus apóstoles transmitiendo la buena nueva y sus mártires (pienso ahora en ese jurado que se quemó a lo bonzo).A saber lo que habría queridoSin embargo, la Bienal perdía una voz determinante. Y en demasiadas ocasiones hemos escuchado o visto escrito estos días la frase «Koyo lo habría querido así». Que a saber lo que habría querido Koyo sobre, no digo ya Israel, Palestina, Ucrania o Rusia, sino, por ejemplo, Venezuela, EE.UU., Irán o Cuba, que están los pobrecicos como para tener un pabellón publicitario. O Qatar, este último, un país que tras su paso por caja y soltar la guita (50 millones de euros) ha conseguido el suyo en I Giardini que otros muchos llevan años reclamando. Eso sí que es gentrificar y subir los alquileres y no lo que pasa en España. Y qué puñetera manía tenemos de hablar los vivos por los muertos…Y mira que Koyo (así, como si fuera mi amiga de toda la vida) sí que dejó dicha una cosa: Que nos calmemos. Que nos fijemos en esas pequeñas cosas que hacen que las grandes se sostengan. Es ese ‘En clave menor’ del título, sustraído al mundo de la música; la que se percibe melancólica o misteriosa, pero fundamental para generar contrapunto en la melodía.Así –nos rogaba– escuchemos «las persistentes señales de la Tierra y de la vida, que se conectan a las frecuencias del alma»; y así nos proponía una «radical reconexión con el hábitat natural y el rol del arte en sociedad: lo emocional, lo visual, lo sensorial, lo efectivo, lo subjetivo». Es inevitable que la lectura de su tesis curatorial se haga ahora en clave testamental y que su propuesta sea vista con los ojos del que recorre un legado. Y eso, créanme, la beneficia.Inmenda habitación roja que alberga el cubo de Alfredo Jaar; tótems de Guadalupe MAravilla; y uno de los performances del pabellón ruso EFE / AFPPero nosotros hemos preferido enredarnos en si Rusia debía volver o no (su pabellón no podrán ustedes verlo ya, solo escucharlo desde fuera, porque sus responsables se han cansado del boicot diario); o si Israel (que tiene el suyo en obras en I Giardini y ha tenido que ‘okupar’ otro espacio que no le es propio en el Arsenale: como la vida misma) está haciendo como en Eurovisión, «artwashing», sin fijarnos en la política exterior de EE.UU. o la cuestionable defensa de los derechos humanos de tantos y tantos países aquí presentes.Hemos preferido hablar de lo secundario y no de lo relevante, como diría un pedante; del dedo y no de la luna que propone la Bienal. Pero ha llegado el momento en el que esta ha abierto sus puertas y hemos podido hablar de ella. Y entonces ha sido casi peor, porque se nos ha empezado a deshacer entre los dedos: sin curadora, sin jurado profesional que la evalúe, sin unos resultados destacables que vayan a permanecer en nuestra cabeza.«Con esta bienal confundimos una ‘marcha de poetas’ (otro homenaje performántico a la curadora) con una manifestación de apoyo a Palestina»Después de «respirar profundamente / expirar / relajar los hombros / y cerrar los ojos», como nos pide la comisaria tras cruzar el umbral del Arsenal, nos topamos con la propuesta de Khaled Sabsabi (que luego reencontraremos en el pabellón australiano) y que ya nos da el tono de lo que va a ser toda la cita: una obra inmensa, sensorial, inabarcable, en la que es mejor dejarse llevar que pararse a analizar su perfección técnica o sus logros, porque entonces nos pondremos de un cartesiano-perfeccionista-racional occidental que daremos asco y le pinchamos el globo a Kouoh, que convierte –sobre todo I Giardini– en un zoco, donde todo se iguala, donde no hay categorías; donde abunda lo ‘pompier’ y lo desconocido–; donde se junta lo verdaderamente artístico con lo etnográfico y antropológico; donde las obras huelen (eso van diciendo los carteles a cada paso) y sus sonidos se mezclan (como las campanas de Florence Lazar con los ritmos callejeros de Cauleen Smith o la caja de música del olivo giratorio de Theo Eshetu ).No les digo que el resultado no es hasta subyugante en el Arsenal, donde el trabajo escenográfico de Wolff Architects realza hasta lo que no aceptaríamos ni en una feria de cuarta, pero no entendemos por qué se repiten los nombres aquí y en los Jardines ( Daniel-Lind Ramos, Raed Yassin, Yoshiko Shimada & Bubu de la Madelaine…) , la mayoría de las veces desconocidísimos (y son más de 110, algo que dábamos por hecho virando como vira esta bienal a África). Y, sobre todo, por qué las obras son tan gigantescas. ¿Dónde queda lo de la clave menor?La que avisa no es traidoraKouoh se inspiró en ‘Cien años de Soledad’ (García Márquez) y ‘Beloved’ (Toni Morrison) para saber por dónde iban a ir los tiros en cuanto a realismo mágico y fantasmagorías varias en las propuestas; también en sus mentores Issa Samb y Beverly Buchanan, para que entendamos lo de las colectividades, los amateurismos y las llamadas de la Tierra. La que avisa no es traidora. Otra cosa es que en Occidente estemos más acostumbrados a conceptualismos, archivismos varios y teoría aplicada. Por eso, con esta bienal confundimos una «marcha de poetas» (otro homenaje performántico a la curadora) con una manifestación de apoyo a Palestina.Afortunadamente, no todo esta perdido. Alfredo Jaar sí que contiene en una pequeña forma cúbica todos esos minerales por los que generamos guerras, y Kader Attia transforma virus informáticos en nuevos seres mitológicos. La coreana Yo-E Ryou nos invita a convertir el miedo paralizante en energía, y Uriel Orlow, a sentir el suelo que pisamos bajo los pies (por una vez, la sección ecologista de una cita artística deja el paternalismo de lado y lanza mensajes cautivadores).El mundo se va a la mierda, y no lo digo yo, que lo dice Aline Bouvy, que dedica el pabellón luxemburgués a la mismísima mierda y a sus sentimientos. En Japón, Ei Arakawa-Nash les invita a adoptar bebés de plástico con gafas de sol y cambiarles los pañales. Él lleva mal lo de no poder engendrar hijos por ser gay (sic). En Austria, Florentina Holzinger promete badajos y desnudos. Además, con ella alguno descubrirá lo que son los ‘water sports’. ¡Por eso tiene la ‘cola’ más larga! Ella y todos las ex potencias coloniales, que parece que el discurso no nos cala. Grecia evoca la caverna de Platón, pero yo diría que el resultado es más un ‘sex shop’. Los daneses (Maja Malou Lyse) nos prometen mejor calidad de semen si usamos la IA… El resumen de todo esto es claro: A follar, a follar, que el mundo se va a acabar. Y curioso cómo, cuanto más la cagamos (Rusia e Israel), más poéticos nos ponemos (y nos lo dicen con flores). En las imágenes, los montajes de los pabellones nacionales de Japón, España e Israel EFEMenos mal que nos quedan remansos interesantes como el Matías Duval argentino, Yto Barrada en Francia, y memoria (o falta de la misma) en Serbia, con una propuesta, la de Predrag Djakovic, similar a la española (Oriol Vilanova), de lo mejor de la cita, todo hay que decirlo, para un año que no hay premios.61 edición de la Bienal de Venecia ‘En clave menor’ Lugar: Arsenale e I Giardini (Venecia) Comisaria: Koyo Kouoh Duración: Hasta el 22 de noviembre Valoración: **Para aumentar la épica del momento, cuenta el equipo curatorial ‘superviviente’ de ‘En clave menor’ que los nombres de esta edición se seleccionaron en plena Naturaleza, a la sombra de un mango (mira que había frutas…). Y a veces, tras elegir uno, el árbol lo corroboraba dejando caer un fruto. Quizás no estuvo tan fino el colectivo y no supo entender las señales. Quizás el tono tenía que haber sido otro. Quizás es que no tenemos remedio. A ninguna gran cita artística le sienta bien el contexto internacional. Más bien al contrario, este suele jugar en su contra, porque pone de manifiesto las costuras de ese frágil dobladillo que separa instrumentalización del arte de creación plástica.En el caso de la actual Bienal de Venecia, la que este sábado abre sus puertas y da pie a la edición número 61, la agenda mediática directamente la ha partido por la mitad, en buena medida por una de esas lacras históricas de, más de 130 años después, seguir jugando a las naciones y las nacionalidades en un mundo global que tiene estas divisiones totalmente superadas.Noticia relacionada general No No ARTE Demasiado ruido en torno a una Bienal de Venecia 2026 que reclama silencio Javier Díaz-GuardiolaLa cosa no pintaba ya bien cuando hace escasamente un año su responsable, la suizo-camerunesa Koyo Kouoh, fallecía de un cáncer fulminante, aunque dejaba su programa más o menos amarrado (con lista de artistas y obras decidida, y diseño espacial y texto curatorial definidos), que pasaba al equipo que ella misma había conformado, con Gabe Beckhurst, Marie Hélène Pereira, Rasha Salti, Siddhartha Mitter y Rory Tsapayi recorriendo el mundo y dejando su inevitable huella de carbono, que una contradicción la tiene hasta el más pintado, culminando todo en abril de 2025 en Dakar, en la Raw Material Company que dirigía, lo que vemos ahora casi como la cita fundacional de una nueva religión con sus apóstoles transmitiendo la buena nueva y sus mártires (pienso ahora en ese jurado que se quemó a lo bonzo).A saber lo que habría queridoSin embargo, la Bienal perdía una voz determinante. Y en demasiadas ocasiones hemos escuchado o visto escrito estos días la frase «Koyo lo habría querido así». Que a saber lo que habría querido Koyo sobre, no digo ya Israel, Palestina, Ucrania o Rusia, sino, por ejemplo, Venezuela, EE.UU., Irán o Cuba, que están los pobrecicos como para tener un pabellón publicitario. O Qatar, este último, un país que tras su paso por caja y soltar la guita (50 millones de euros) ha conseguido el suyo en I Giardini que otros muchos llevan años reclamando. Eso sí que es gentrificar y subir los alquileres y no lo que pasa en España. Y qué puñetera manía tenemos de hablar los vivos por los muertos…Y mira que Koyo (así, como si fuera mi amiga de toda la vida) sí que dejó dicha una cosa: Que nos calmemos. Que nos fijemos en esas pequeñas cosas que hacen que las grandes se sostengan. Es ese ‘En clave menor’ del título, sustraído al mundo de la música; la que se percibe melancólica o misteriosa, pero fundamental para generar contrapunto en la melodía.Así –nos rogaba– escuchemos «las persistentes señales de la Tierra y de la vida, que se conectan a las frecuencias del alma»; y así nos proponía una «radical reconexión con el hábitat natural y el rol del arte en sociedad: lo emocional, lo visual, lo sensorial, lo efectivo, lo subjetivo». Es inevitable que la lectura de su tesis curatorial se haga ahora en clave testamental y que su propuesta sea vista con los ojos del que recorre un legado. Y eso, créanme, la beneficia.Inmenda habitación roja que alberga el cubo de Alfredo Jaar; tótems de Guadalupe MAravilla; y uno de los performances del pabellón ruso EFE / AFPPero nosotros hemos preferido enredarnos en si Rusia debía volver o no (su pabellón no podrán ustedes verlo ya, solo escucharlo desde fuera, porque sus responsables se han cansado del boicot diario); o si Israel (que tiene el suyo en obras en I Giardini y ha tenido que ‘okupar’ otro espacio que no le es propio en el Arsenale: como la vida misma) está haciendo como en Eurovisión, «artwashing», sin fijarnos en la política exterior de EE.UU. o la cuestionable defensa de los derechos humanos de tantos y tantos países aquí presentes.Hemos preferido hablar de lo secundario y no de lo relevante, como diría un pedante; del dedo y no de la luna que propone la Bienal. Pero ha llegado el momento en el que esta ha abierto sus puertas y hemos podido hablar de ella. Y entonces ha sido casi peor, porque se nos ha empezado a deshacer entre los dedos: sin curadora, sin jurado profesional que la evalúe, sin unos resultados destacables que vayan a permanecer en nuestra cabeza.«Con esta bienal confundimos una ‘marcha de poetas’ (otro homenaje performántico a la curadora) con una manifestación de apoyo a Palestina»Después de «respirar profundamente / expirar / relajar los hombros / y cerrar los ojos», como nos pide la comisaria tras cruzar el umbral del Arsenal, nos topamos con la propuesta de Khaled Sabsabi (que luego reencontraremos en el pabellón australiano) y que ya nos da el tono de lo que va a ser toda la cita: una obra inmensa, sensorial, inabarcable, en la que es mejor dejarse llevar que pararse a analizar su perfección técnica o sus logros, porque entonces nos pondremos de un cartesiano-perfeccionista-racional occidental que daremos asco y le pinchamos el globo a Kouoh, que convierte –sobre todo I Giardini– en un zoco, donde todo se iguala, donde no hay categorías; donde abunda lo ‘pompier’ y lo desconocido–; donde se junta lo verdaderamente artístico con lo etnográfico y antropológico; donde las obras huelen (eso van diciendo los carteles a cada paso) y sus sonidos se mezclan (como las campanas de Florence Lazar con los ritmos callejeros de Cauleen Smith o la caja de música del olivo giratorio de Theo Eshetu ).No les digo que el resultado no es hasta subyugante en el Arsenal, donde el trabajo escenográfico de Wolff Architects realza hasta lo que no aceptaríamos ni en una feria de cuarta, pero no entendemos por qué se repiten los nombres aquí y en los Jardines ( Daniel-Lind Ramos, Raed Yassin, Yoshiko Shimada & Bubu de la Madelaine…) , la mayoría de las veces desconocidísimos (y son más de 110, algo que dábamos por hecho virando como vira esta bienal a África). Y, sobre todo, por qué las obras son tan gigantescas. ¿Dónde queda lo de la clave menor?La que avisa no es traidoraKouoh se inspiró en ‘Cien años de Soledad’ (García Márquez) y ‘Beloved’ (Toni Morrison) para saber por dónde iban a ir los tiros en cuanto a realismo mágico y fantasmagorías varias en las propuestas; también en sus mentores Issa Samb y Beverly Buchanan, para que entendamos lo de las colectividades, los amateurismos y las llamadas de la Tierra. La que avisa no es traidora. Otra cosa es que en Occidente estemos más acostumbrados a conceptualismos, archivismos varios y teoría aplicada. Por eso, con esta bienal confundimos una «marcha de poetas» (otro homenaje performántico a la curadora) con una manifestación de apoyo a Palestina.Afortunadamente, no todo esta perdido. Alfredo Jaar sí que contiene en una pequeña forma cúbica todos esos minerales por los que generamos guerras, y Kader Attia transforma virus informáticos en nuevos seres mitológicos. La coreana Yo-E Ryou nos invita a convertir el miedo paralizante en energía, y Uriel Orlow, a sentir el suelo que pisamos bajo los pies (por una vez, la sección ecologista de una cita artística deja el paternalismo de lado y lanza mensajes cautivadores).El mundo se va a la mierda, y no lo digo yo, que lo dice Aline Bouvy, que dedica el pabellón luxemburgués a la mismísima mierda y a sus sentimientos. En Japón, Ei Arakawa-Nash les invita a adoptar bebés de plástico con gafas de sol y cambiarles los pañales. Él lleva mal lo de no poder engendrar hijos por ser gay (sic). En Austria, Florentina Holzinger promete badajos y desnudos. Además, con ella alguno descubrirá lo que son los ‘water sports’. ¡Por eso tiene la ‘cola’ más larga! Ella y todos las ex potencias coloniales, que parece que el discurso no nos cala. Grecia evoca la caverna de Platón, pero yo diría que el resultado es más un ‘sex shop’. Los daneses (Maja Malou Lyse) nos prometen mejor calidad de semen si usamos la IA… El resumen de todo esto es claro: A follar, a follar, que el mundo se va a acabar. Y curioso cómo, cuanto más la cagamos (Rusia e Israel), más poéticos nos ponemos (y nos lo dicen con flores). En las imágenes, los montajes de los pabellones nacionales de Japón, España e Israel EFEMenos mal que nos quedan remansos interesantes como el Matías Duval argentino, Yto Barrada en Francia, y memoria (o falta de la misma) en Serbia, con una propuesta, la de Predrag Djakovic, similar a la española (Oriol Vilanova), de lo mejor de la cita, todo hay que decirlo, para un año que no hay premios.61 edición de la Bienal de Venecia ‘En clave menor’ Lugar: Arsenale e I Giardini (Venecia) Comisaria: Koyo Kouoh Duración: Hasta el 22 de noviembre Valoración: **Para aumentar la épica del momento, cuenta el equipo curatorial ‘superviviente’ de ‘En clave menor’ que los nombres de esta edición se seleccionaron en plena Naturaleza, a la sombra de un mango (mira que había frutas…). Y a veces, tras elegir uno, el árbol lo corroboraba dejando caer un fruto. Quizás no estuvo tan fino el colectivo y no supo entender las señales. Quizás el tono tenía que haber sido otro. Quizás es que no tenemos remedio.  

A ninguna gran cita artística le sienta bien el contexto internacional. Más bien al contrario, este suele jugar en su contra, porque pone de manifiesto las costuras de ese frágil dobladillo que separa instrumentalización del arte de creación plástica.

En el caso de la actual Bienal de Venecia, … la que este sábado abre sus puertas y da pie a la edición número 61, la agenda mediática directamente la ha partido por la mitad, en buena medida por una de esas lacras históricas de, más de 130 años después, seguir jugando a las naciones y las nacionalidades en un mundo global que tiene estas divisiones totalmente superadas.

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A saber lo que habría querido

Sin embargo, la Bienal perdía una voz determinante. Y en demasiadas ocasiones hemos escuchado o visto escrito estos días la frase «Koyo lo habría querido así». Que a saber lo que habría querido Koyo sobre, no digo ya Israel, Palestina, Ucrania o Rusia, sino, por ejemplo, Venezuela, EE.UU., Irán o Cuba, que están los pobrecicos como para tener un pabellón publicitario.

O Qatar, este último, un país que tras su paso por caja y soltar la guita (50 millones de euros) ha conseguido el suyo en I Giardini que otros muchos llevan años reclamando. Eso sí que es gentrificar y subir los alquileres y no lo que pasa en España. Y qué puñetera manía tenemos de hablar los vivos por los muertos…

Y mira que Koyo (así, como si fuera mi amiga de toda la vida) sí que dejó dicha una cosa: Que nos calmemos. Que nos fijemos en esas pequeñas cosas que hacen que las grandes se sostengan. Es ese ‘En clave menor’ del título, sustraído al mundo de la música; la que se percibe melancólica o misteriosa, pero fundamental para generar contrapunto en la melodía.

Así –nos rogaba– escuchemos «las persistentes señales de la Tierra y de la vida, que se conectan a las frecuencias del alma»; y así nos proponía una «radical reconexión con el hábitat natural y el rol del arte en sociedad: lo emocional, lo visual, lo sensorial, lo efectivo, lo subjetivo». Es inevitable que la lectura de su tesis curatorial se haga ahora en clave testamental y que su propuesta sea vista con los ojos del que recorre un legado. Y eso, créanme, la beneficia.

Inmenda habitación roja que alberga el cubo de Alfredo Jaar; tótems de Guadalupe MAravilla; y uno de los performances del pabellón ruso.
(EFE / AFP)
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Pero nosotros hemos preferido enredarnos en si Rusia debía volver o no (su pabellón no podrán ustedes verlo ya, solo escucharlo desde fuera, porque sus responsables se han cansado del boicot diario); o si Israel (que tiene el suyo en obras en I Giardini y ha tenido que ‘okupar’ otro espacio que no le es propio en el Arsenale: como la vida misma) está haciendo como en Eurovisión, «artwashing», sin fijarnos en la política exterior de EE.UU. o la cuestionable defensa de los derechos humanos de tantos y tantos países aquí presentes.

Hemos preferido hablar de lo secundario y no de lo relevante, como diría un pedante; del dedo y no de la luna que propone la Bienal. Pero ha llegado el momento en el que esta ha abierto sus puertas y hemos podido hablar de ella. Y entonces ha sido casi peor, porque se nos ha empezado a deshacer entre los dedos: sin curadora, sin jurado profesional que la evalúe, sin unos resultados destacables que vayan a permanecer en nuestra cabeza.

Imagen - «Con esta bienal confundimos una 'marcha de poetas' (otro homenaje performántico a la curadora) con una manifestación de apoyo a Palestina»

«Con esta bienal confundimos una ‘marcha de poetas’ (otro homenaje performántico a la curadora) con una manifestación de apoyo a Palestina»

Después de «respirar profundamente / expirar / relajar los hombros / y cerrar los ojos», como nos pide la comisaria tras cruzar el umbral del Arsenal, nos topamos con la propuesta de Khaled Sabsabi (que luego reencontraremos en el pabellón australiano) y que ya nos da el tono de lo que va a ser toda la cita: una obra inmensa, sensorial, inabarcable, en la que es mejor dejarse llevar que pararse a analizar su perfección técnica o sus logros, porque entonces nos pondremos de un cartesiano-perfeccionista-racional occidental que daremos asco y le pinchamos el globo a Kouoh, que convierte –sobre todo I Giardini– en un zoco, donde todo se iguala, donde no hay categorías; donde abunda lo ‘pompier’ y lo desconocido–; donde se junta lo verdaderamente artístico con lo etnográfico y antropológico; donde las obras huelen (eso van diciendo los carteles a cada paso) y sus sonidos se mezclan (como las campanas de Florence Lazar con los ritmos callejeros de Cauleen Smith o la caja de música del olivo giratorio de Theo Eshetu).

No les digo que el resultado no es hasta subyugante en el Arsenal, donde el trabajo escenográfico de Wolff Architects realza hasta lo que no aceptaríamos ni en una feria de cuarta, pero no entendemos por qué se repiten los nombres aquí y en los Jardines (Daniel-Lind Ramos, Raed Yassin, Yoshiko Shimada & Bubu de la Madelaine…), la mayoría de las veces desconocidísimos (y son más de 110, algo que dábamos por hecho virando como vira esta bienal a África). Y, sobre todo, por qué las obras son tan gigantescas. ¿Dónde queda lo de la clave menor?

La que avisa no es traidora

Kouoh se inspiró en ‘Cien años de Soledad’ (García Márquez) y ‘Beloved’ (Toni Morrison) para saber por dónde iban a ir los tiros en cuanto a realismo mágico y fantasmagorías varias en las propuestas; también en sus mentores Issa Samb y Beverly Buchanan, para que entendamos lo de las colectividades, los amateurismos y las llamadas de la Tierra. La que avisa no es traidora. Otra cosa es que en Occidente estemos más acostumbrados a conceptualismos, archivismos varios y teoría aplicada. Por eso, con esta bienal confundimos una «marcha de poetas» (otro homenaje performántico a la curadora) con una manifestación de apoyo a Palestina.

Afortunadamente, no todo esta perdido. Alfredo Jaar sí que contiene en una pequeña forma cúbica todos esos minerales por los que generamos guerras, y Kader Attia transforma virus informáticos en nuevos seres mitológicos. La coreana Yo-E Ryou nos invita a convertir el miedo paralizante en energía, y Uriel Orlow, a sentir el suelo que pisamos bajo los pies (por una vez, la sección ecologista de una cita artística deja el paternalismo de lado y lanza mensajes cautivadores).

El mundo se va a la mierda, y no lo digo yo, que lo dice Aline Bouvy, que dedica el pabellón luxemburgués a la mismísima mierda y a sus sentimientos. En Japón, Ei Arakawa-Nash les invita a adoptar bebés de plástico con gafas de sol y cambiarles los pañales. Él lleva mal lo de no poder engendrar hijos por ser gay (sic). En Austria, Florentina Holzinger promete badajos y desnudos. Además, con ella alguno descubrirá lo que son los ‘water sports’. ¡Por eso tiene la ‘cola’ más larga! Ella y todos las ex potencias coloniales, que parece que el discurso no nos cala. Grecia evoca la caverna de Platón, pero yo diría que el resultado es más un ‘sex shop’. Los daneses (Maja Malou Lyse) nos prometen mejor calidad de semen si usamos la IA… El resumen de todo esto es claro: A follar, a follar, que el mundo se va a acabar. Y curioso cómo, cuanto más la cagamos (Rusia e Israel), más poéticos nos ponemos (y nos lo dicen con flores).

En las imágenes, los montajes de los pabellones nacionales de Japón, España e Israel.
(EFE)

Menos mal que nos quedan remansos interesantes como el Matías Duval argentino, Yto Barrada en Francia, y memoria (o falta de la misma) en Serbia, con una propuesta, la de Predrag Djakovic, similar a la española (Oriol Vilanova), de lo mejor de la cita, todo hay que decirlo, para un año que no hay premios.

  • 61 edición de la Bienal de Venecia

    ‘En clave menor’

    • Lugar:
      Arsenale e I Giardini (Venecia)

    • Comisaria:
      Koyo Kouoh

    • Duración:
      Hasta el 22 de noviembre

    • Valoración:
      **

Para aumentar la épica del momento, cuenta el equipo curatorial ‘superviviente’ de ‘En clave menor’ que los nombres de esta edición se seleccionaron en plena Naturaleza, a la sombra de un mango (mira que había frutas…). Y a veces, tras elegir uno, el árbol lo corroboraba dejando caer un fruto. Quizás no estuvo tan fino el colectivo y no supo entender las señales. Quizás el tono tenía que haber sido otro. Quizás es que no tenemos remedio.

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