Me gusta imaginar a Eduardo Galeano siguendo su viejo ritual. Cuando empezaba cada Mundial, el escritor uruguayo salía a la puerta de casa y colgaba un cartel, plastificado contra la lluvia y en letras mayúsculas contra los molestadores, que decía: “Cerrado por fútbol”. Hoy Galeano tendría 86 años y las venas abiertas por el trumpismo y sus trombos. Él definió el fútbol como la única religión que no tiene ateos. Seguramente, por lo imposible que es mantenerse al margen —ni a favor ni en contra— de esta pasión colectiva, de este delirio emocional.
Javier Marías definió el fútbol como la recuperación semanal de la infancia. Yo hace tiempo que entiendo el fútbol como el regreso imposible a la despreocupación. Cuestión de matices
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Javier Marías definió el fútbol como la recuperación semanal de la infancia. Yo hace tiempo que entiendo el fútbol como el regreso imposible a la despreocupación. Cuestión de matices


Me gusta imaginar a Eduardo Galeano siguendo su viejo ritual. Cuando empezaba cada Mundial, el escritor uruguayo salía a la puerta de casa y colgaba un cartel, plastificado contra la lluvia y en letras mayúsculas contra los molestadores, que decía: “Cerrado por fútbol”. Hoy Galeano tendría 86 años y las venas abiertas por el trumpismo y sus trombos. Él definió el fútbol como la única religión que no tiene ateos. Seguramente, por lo imposible que es mantenerse al margen —ni a favor ni en contra— de esta pasión colectiva, de este delirio emocional.
Pienso en Galeano y en antiguos mundiales envueltos por el asco. El fascismo de Mussolini en Italia 34 y los jugadores de la azzurra vestidos con el uniforme fascista para celebrar la victoria. El Heil Hitler de los futbolistas alemanes en el París libre de Francia 38 y la mano extendida de los ingleses en el centro del campo. El racismo atroz que torturó al portero negro Moacyr Barbosa tras el Maracanazo de Brasil 50. Las torturas de la dictadura brasileña escondidas detrás de las cabriolas de Pelé en el césped de México 70. Aquel Estadio Nacional chileno vaciado de prisioneros para que su selección jugase contra nadie, ante la negativa del equipo soviético a presentarse en el campo y así validar la dictadura de Pinochet, mientras 18.000 gargantas gritaban el gol a puerta vacía de Francisco Valdés. Pienso en la tétrica superposición del bigote sonriente de Videla, los brazos en jarra de Kempes, los papelitos rebeldes arrojados desde las gradas y los gritos de tortura mezclados con las voces del transistor a escasas cuadras del campo de la final en Argentina 78. Pienso en el lodazal machista y homófobo de Qatar 22, quien paga manda. Y ahora el Mundial de Trump, premio FIFA de la Paz.
Javier Marías definió el fútbol como la recuperación semanal de la infancia. Yo hace tiempo que entiendo el fútbol como el regreso imposible a la despreocupación. Cuestión de matices. Sin embargo, hace unas semanas, en Santiago de Chile, coincidí un par de días con el novelista Eduardo Sacheri, uno de los grandes escritores que abordan el fútbol en su literatura. Un gran tipo. Él me dio otra pista. Así como de pasada me dijo que con el fútbol él se engañaba. La idea me ha venido rondando en estas semanas previas al Mundial de la culpa. Por eso la otra noche, medio apurado, le escribí a Sacheri. Le pregunté qué quería decir con eso de autoengañarse. Y Sacheri me respondió:
–Yo creo que el fútbol es un territorio de infancia perpetua. Cuando jugamos al fútbol (los que lo hacemos, como en mi caso, aun en el umbral de la vejez) o cuando seguimos a nuestros equipos (y para seguir jugando nos valemos del cuerpo de otros), volvemos a ese paraíso del que hemos sido expulsados. Un paraíso de deseos evidentes y de significados exactos. Ganar es vivir, perder es morir, desear es merecer y el derecho siempre está de nuestro lado. Sabemos que las cosas no son así. Pero mientras jugamos nos convencemos de que sí lo son. Durante un rato nuestro espíritu habita el carnaval en su sentido más puro: la moral y las jerarquías se subordinan al deseo. Esa suspensión de la realidad dura lo que dura el partido. Después la vida regresa a ser lo que era. Y está bien que así sea. Pero creo que también está bien que el fútbol nos permita asomarnos a esas otras cosas que también somos, a esos impulsos que nos habitan. Después, que cada uno se haga cargo de qué hace con todo eso.
He releído este párrafo muchas veces. Sacheri es listo. También Galeano lo era. Y Passolini. Y Camus. Y Handke. Y Marías. Y Villoro. Y Bolaño. Y Fontanarrosa. Y Nabokov. Y Hornby. Y Montalbán. Y Barnes. Y Rocangliolo. Y Caparrós. Y Grandes. Y tantos otros escritores que han abordado el fútbol.
Quizá no es solo despreocupación. Quizá también haya algo de encantamiento. Mejor: de reencantamiento. De revitalizar un mundo resignado, asustado y alarmantemente huérfano de utopías. De abrigar un poco más a esta sociedad global hipercansada y abocada al funcionalismo de la eficiencia. De llenar el vacío no ya de los domingos por la tarde, como en los tiempos de carrusel y quiniela, sino el que engendra este scroll infinito que suplió a Dios. Sí: un poco extremo todo, lo reconozco. Pero es que la sensación de culpa es mucha con solo imaginar al abusón de patio de colegio arrebujado en los palcos de su Mundial gracias a una corte de amnésicos culpables que, en estas próximas semanas, colgaremos de nuestras conciencias el cartel de “Cerrado por fútbol”.
El niño no tiene conciencia de lo inhóspito del mundo; el adulto, sí. Por eso el fútbol le es más necesario. En el niño, el fútbol es una opción. En el adulto, a veces, qué triste, qué culpa, no hay otra opción.
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