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  Cultura  Miura para cerrar… y Escribano para quedarse
Cultura

Miura para cerrar… y Escribano para quedarse

abril 26, 2026
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Se apagaron los farolillos en el Arenal y la Maestranza echó el telón a la Feria con una de Miura en toda regla. Corrida seria, bien presentada en su conjunto, con el sello del hierro de Zahariche: toros largos, altos, de armazón imponente y una media en báscula por encima de los seiscientos kilos. Solo el sexto, más acapachado y de menor presencia, rompió una foto que, en líneas generales, devolvía al aficionado la liturgia del toro íntegro para el último día.El Miura de hoy no regaló nada. Tuvo teclas, dificultades, ese punto de incertidumbre que convierte cada muletazo en una pregunta. Faltó humillación y entrega, pero hubo emoción. Y en ese terreno, el del oficio y la verdad, emergió Manuel Escribano para firmar la actuación más sólida de la tarde.Se fue a portagayola en sus dos toros, declaración de intenciones desde el mismo recibo. En su primero, que incluso llegó a saltar al callejón en el primer tercio, supo entenderlo: darle sitio, tiempo y no forzar lo que no tenía. Faena de responsabilidad, de las que se construyen desde el conocimiento. Pero fue en el cuarto donde alcanzó mayor altura. De nuevo a portagayola, tercio de banderillas vibrante y, ya en la muleta, una labor medida, inteligente, cuidando a un toro que embestía a media altura. Sin apretarlo, sin bajarle la mano más de la cuenta, lo fue metiendo en la faena hasta sacarle lo que llevaba dentro. Hubo emoción, verdad y una estocada rotunda que puso de acuerdo a la plaza y al palco. Oreja de ley para rubricar una actuación de peso en la despedida de la Feria.Pepe Moral tampoco se quedó atrás en la entrega. Se fue a portagayola tanto en el toro que fue devuelto como en el segundo bis, al que también recibió con decisión. Hubo momentos de mucha torería, sobre todo con el capote, donde dejó ver su gusto y su sello. Su segundo, el quinto de la tarde, fue bravo en el caballo que defendió majestuosamente Francisco Romero, empujando con fijeza en el peto, pero todo se vino abajo después. En la muleta resultó imposible: corto, áspero, sin viaje. Moral, dispuesto en todo momento, apenas pudo robar algún muletazo suelto. Tarde de compromiso sin recompensa.Y Román se encontró con la cara y la cruz. El tercero fue el mejor toro de la corrida: con clase, bravura y emoción. El valenciano lo entendió, le dio distancia, lo templó por ambos pitones y construyó una faena de mérito. Pero la espada lo dejó todo en nada. El triunfo se esfumó entre los aceros. En el sexto, por más que lo intentó, no tuvo opción alguna: el toro se quedaba corto, sin viaje, sin permitir que aquello tomara vuelo. Eso sí, lo mató de una gran estocada.Y así, sin estridencias pero con verdad, se cerró Sevilla . Con el peso de Miura marcando el último compás y el eco aún reciente de las tardes grandes. Se apagan los farolillos, sí, pero la Maestranza no se apaga nunca: queda el poso, la memoria y ese runrún que no entiende de calendarios.La revoleraCuadrillas: Destacaron en conjunto, con especial mención a la de Pepe Moral por su entrega y oficio: gran lidia y firmeza, con Juan Sierra brillando en banderillas y desmonterándose tras su actuación al segundo de la tarde. En varas, sobresalieron Juan Antonio Carbonell y, sobre todo, Francisco Romero, que firmó un gran tercio en el quinto, al que Pepe Moral dejó largo hasta en dos ocasiones. Clarín: Como es tradición, el último toque de cambio de tercio sonó a la perfección, alargando las notas y poniendo en valor el cierre de la temporada en la voces musicales de la familia Puelles. Se acabó: Termina una Feria de Abril para el recuerdo, histórica de ‘no hay billetes’, con nombres propios como Morante de la Puebla, Roca Rey, David de Miranda y Borja Jiménez, entre otros muchos momentos que ya quedan en la memoria de Sevilla.Porque la temporada no termina aquí. Sevilla sigue latiendo. Late en las novilladas que asoma, en la tarde del Corpus que quiere recuperar su sitio, en la Feria de San Miguel que aguarda en el horizonte. Late, además, con el recuerdo de una primera temporada de José María Garzón y Lances de Futuro que ya queda marcada por el pulso de la plaza: llenos continuos, «no hay billetes» y una sensación de cita imprescindible cada tarde. Y mientras tanto, el toreo —como la ciudad— se queda suspendido en ese compás único que solo Sevilla sabe marcar, esperando otra tarde que vuelva a hacerlo eterno. Se apagaron los farolillos en el Arenal y la Maestranza echó el telón a la Feria con una de Miura en toda regla. Corrida seria, bien presentada en su conjunto, con el sello del hierro de Zahariche: toros largos, altos, de armazón imponente y una media en báscula por encima de los seiscientos kilos. Solo el sexto, más acapachado y de menor presencia, rompió una foto que, en líneas generales, devolvía al aficionado la liturgia del toro íntegro para el último día.El Miura de hoy no regaló nada. Tuvo teclas, dificultades, ese punto de incertidumbre que convierte cada muletazo en una pregunta. Faltó humillación y entrega, pero hubo emoción. Y en ese terreno, el del oficio y la verdad, emergió Manuel Escribano para firmar la actuación más sólida de la tarde.Se fue a portagayola en sus dos toros, declaración de intenciones desde el mismo recibo. En su primero, que incluso llegó a saltar al callejón en el primer tercio, supo entenderlo: darle sitio, tiempo y no forzar lo que no tenía. Faena de responsabilidad, de las que se construyen desde el conocimiento. Pero fue en el cuarto donde alcanzó mayor altura. De nuevo a portagayola, tercio de banderillas vibrante y, ya en la muleta, una labor medida, inteligente, cuidando a un toro que embestía a media altura. Sin apretarlo, sin bajarle la mano más de la cuenta, lo fue metiendo en la faena hasta sacarle lo que llevaba dentro. Hubo emoción, verdad y una estocada rotunda que puso de acuerdo a la plaza y al palco. Oreja de ley para rubricar una actuación de peso en la despedida de la Feria.Pepe Moral tampoco se quedó atrás en la entrega. Se fue a portagayola tanto en el toro que fue devuelto como en el segundo bis, al que también recibió con decisión. Hubo momentos de mucha torería, sobre todo con el capote, donde dejó ver su gusto y su sello. Su segundo, el quinto de la tarde, fue bravo en el caballo que defendió majestuosamente Francisco Romero, empujando con fijeza en el peto, pero todo se vino abajo después. En la muleta resultó imposible: corto, áspero, sin viaje. Moral, dispuesto en todo momento, apenas pudo robar algún muletazo suelto. Tarde de compromiso sin recompensa.Y Román se encontró con la cara y la cruz. El tercero fue el mejor toro de la corrida: con clase, bravura y emoción. El valenciano lo entendió, le dio distancia, lo templó por ambos pitones y construyó una faena de mérito. Pero la espada lo dejó todo en nada. El triunfo se esfumó entre los aceros. En el sexto, por más que lo intentó, no tuvo opción alguna: el toro se quedaba corto, sin viaje, sin permitir que aquello tomara vuelo. Eso sí, lo mató de una gran estocada.Y así, sin estridencias pero con verdad, se cerró Sevilla . Con el peso de Miura marcando el último compás y el eco aún reciente de las tardes grandes. Se apagan los farolillos, sí, pero la Maestranza no se apaga nunca: queda el poso, la memoria y ese runrún que no entiende de calendarios.La revoleraCuadrillas: Destacaron en conjunto, con especial mención a la de Pepe Moral por su entrega y oficio: gran lidia y firmeza, con Juan Sierra brillando en banderillas y desmonterándose tras su actuación al segundo de la tarde. En varas, sobresalieron Juan Antonio Carbonell y, sobre todo, Francisco Romero, que firmó un gran tercio en el quinto, al que Pepe Moral dejó largo hasta en dos ocasiones. Clarín: Como es tradición, el último toque de cambio de tercio sonó a la perfección, alargando las notas y poniendo en valor el cierre de la temporada en la voces musicales de la familia Puelles. Se acabó: Termina una Feria de Abril para el recuerdo, histórica de ‘no hay billetes’, con nombres propios como Morante de la Puebla, Roca Rey, David de Miranda y Borja Jiménez, entre otros muchos momentos que ya quedan en la memoria de Sevilla.Porque la temporada no termina aquí. Sevilla sigue latiendo. Late en las novilladas que asoma, en la tarde del Corpus que quiere recuperar su sitio, en la Feria de San Miguel que aguarda en el horizonte. Late, además, con el recuerdo de una primera temporada de José María Garzón y Lances de Futuro que ya queda marcada por el pulso de la plaza: llenos continuos, «no hay billetes» y una sensación de cita imprescindible cada tarde. Y mientras tanto, el toreo —como la ciudad— se queda suspendido en ese compás único que solo Sevilla sabe marcar, esperando otra tarde que vuelva a hacerlo eterno.  

Se apagaron los farolillos en el Arenal y la Maestranza echó el telón a la Feria con una de Miura en toda regla. Corrida seria, bien presentada en su conjunto, con el sello del hierro de Zahariche: toros largos, altos, de armazón imponente y … una media en báscula por encima de los seiscientos kilos. Solo el sexto, más acapachado y de menor presencia, rompió una foto que, en líneas generales, devolvía al aficionado la liturgia del toro íntegro para el último día.

El Miura de hoy no regaló nada. Tuvo teclas, dificultades, ese punto de incertidumbre que convierte cada muletazo en una pregunta. Faltó humillación y entrega, pero hubo emoción. Y en ese terreno, el del oficio y la verdad, emergió Manuel Escribano para firmar la actuación más sólida de la tarde.

Se fue a portagayola en sus dos toros, declaración de intenciones desde el mismo recibo. En su primero, que incluso llegó a saltar al callejón en el primer tercio, supo entenderlo: darle sitio, tiempo y no forzar lo que no tenía. Faena de responsabilidad, de las que se construyen desde el conocimiento. Pero fue en el cuarto donde alcanzó mayor altura. De nuevo a portagayola, tercio de banderillas vibrante y, ya en la muleta, una labor medida, inteligente, cuidando a un toro que embestía a media altura. Sin apretarlo, sin bajarle la mano más de la cuenta, lo fue metiendo en la faena hasta sacarle lo que llevaba dentro. Hubo emoción, verdad y una estocada rotunda que puso de acuerdo a la plaza y al palco. Oreja de ley para rubricar una actuación de peso en la despedida de la Feria.

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Pepe Moral tampoco se quedó atrás en la entrega. Se fue a portagayola tanto en el toro que fue devuelto como en el segundo bis, al que también recibió con decisión. Hubo momentos de mucha torería, sobre todo con el capote, donde dejó ver su gusto y su sello. Su segundo, el quinto de la tarde, fue bravo en el caballo que defendió majestuosamente Francisco Romero, empujando con fijeza en el peto, pero todo se vino abajo después. En la muleta resultó imposible: corto, áspero, sin viaje. Moral, dispuesto en todo momento, apenas pudo robar algún muletazo suelto. Tarde de compromiso sin recompensa.

Y Román se encontró con la cara y la cruz. El tercero fue el mejor toro de la corrida: con clase, bravura y emoción. El valenciano lo entendió, le dio distancia, lo templó por ambos pitones y construyó una faena de mérito. Pero la espada lo dejó todo en nada. El triunfo se esfumó entre los aceros. En el sexto, por más que lo intentó, no tuvo opción alguna: el toro se quedaba corto, sin viaje, sin permitir que aquello tomara vuelo. Eso sí, lo mató de una gran estocada.

Y así, sin estridencias pero con verdad, se cerró Sevilla. Con el peso de Miura marcando el último compás y el eco aún reciente de las tardes grandes. Se apagan los farolillos, sí, pero la Maestranza no se apaga nunca: queda el poso, la memoria y ese runrún que no entiende de calendarios.

La revolera

  • Cuadrillas: Destacaron en conjunto, con especial mención a la de Pepe Moral por su entrega y oficio: gran lidia y firmeza, con Juan Sierra brillando en banderillas y desmonterándose tras su actuación al segundo de la tarde. En varas, sobresalieron Juan Antonio Carbonell y, sobre todo, Francisco Romero, que firmó un gran tercio en el quinto, al que Pepe Moral dejó largo hasta en dos ocasiones.

  • Clarín: Como es tradición, el último toque de cambio de tercio sonó a la perfección, alargando las notas y poniendo en valor el cierre de la temporada en la voces musicales de la familia Puelles.

  • Se acabó: Termina una Feria de Abril para el recuerdo, histórica de ‘no hay billetes’, con nombres propios como Morante de la Puebla, Roca Rey, David de Miranda y Borja Jiménez, entre otros muchos momentos que ya quedan en la memoria de Sevilla.

Porque la temporada no termina aquí. Sevilla sigue latiendo. Late en las novilladas que asoma, en la tarde del Corpus que quiere recuperar su sitio, en la Feria de San Miguel que aguarda en el horizonte. Late, además, con el recuerdo de una primera temporada de José María Garzón y Lances de Futuro que ya queda marcada por el pulso de la plaza: llenos continuos, «no hay billetes» y una sensación de cita imprescindible cada tarde. Y mientras tanto, el toreo —como la ciudad— se queda suspendido en ese compás único que solo Sevilla sabe marcar, esperando otra tarde que vuelva a hacerlo eterno.

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