La voz de Elia, la madre, lo es todo. La de Socorro, la hija, también. Juntas, reparan un enmudecimiento. Traen a la vida una lengua. En ‘Leche de silencio’ (Páginas de Espuma) , la escritora mexicana Socorro Venegas construye una indagación íntima y política sobre la memoria, el lenguaje y el silencio heredado. El libro —un híbrido entre autobiografía, ensayo y conversación— nace de un diálogo sostenido con su madre, pero también de una pregunta que atraviesa toda la obra: ¿qué significa crecer privada de la lengua materna, el náhuatl? De las 68 lenguas indígenas que aún existen en México, sólo la suya persiste. «El náhuatl, una lengua de leche y miel, es una sobreviviente». Entre la memoria familiar y la historia colectiva, Socorro Venegas recorre cuatro generaciones. Lo hace con fuerza, belleza y brillantez. Comienza con el hambre y nos sube al bus que Elia coge todos los días, buscando con quién hablar su lengua del dolor. Es una épica doméstica, íntima, donde el despojo no es solo una pérdida individual, sino el resultado de una violencia estructural. —¿Cuánto tiempo lleva este libro escribiéndose dentro de usted?—Un libro así se escribe toda la vida. Está publicado ahora, pero es como si no acabara. Estuve trabajando alrededor de cinco años. Rondando la idea, comentando con mi mamá. Formalmente empezamos a hacer las entrevistas y las grabaciones después, pero ya estábamos preparando la tierra. Ella es una gran contadora de historias.—«Fui privada de mi habla primigenia», escribe. ¿Quién la privó a usted? ¿Y quién privó a su madre?—No la culpo de ninguna manera por haberme privado de esa habla primigenia. En realidad, en el libro especulo cómo a una niña, a ella, se le arranca su propia lengua. Ocurrió en la escuela. Y esto tiene que ver con una política de Estado que piensa en un país que debe ser monolingüe. Es este México postrevolucionario, incluso antes, el México que se independiza de España, abraza la lengua de los españoles. Hoy hay 68 lenguas originarias, pero la diversidad lingüística era mucho mayor antes.—Señala que la Revolución Mexicana pedía «tierra y libertad», pero nunca lengua.—Eso es muy paradójico, porque en la revolución, al menos en el sur de México, los que peleaban eran indígenas. Mi bisabuelo, que era un indígena del estado de Morelos, estuvo junto con el general Emiliano Zapata, cuya figura fue después retomada por el EZLN, pero en los principios revolucionarios no estaba eso. No parece importante. Como editora también me lo he preguntado. Estamos publicando en un solo idioma cuando se hablan 68. Son lenguas a las que les quedan muy pocos hablantes. Ahí surge una confusión muy peligrosa: pensar que son minoritarias, cuando en realidad son minorizadas. Lo dijo Miguel León Portilla: cuando pierdes una lengua, pierdes un universo, una manera de amar, una manera de ver el cielo.—Cuando muere su hijo, a Elia la instan a callar. El silencio se impone. Es el hilo del libro y de esta historia.—Desde hace 500 años, para sobrevivir, mi madre y muchas otras personas pactaron con un mundo que les exigía silenciar la lengua materna. Se volvió una lengua secreta o una lengua privada. La hablan en la casa, con los suyos, pero no desaparece. Esa es su resistencia, su pequeña revolución. A mí eso me encanta de mi mamá, que ella cuando va a su pueblo, desde que se sube al transporte público, está buscando con quién hablar. Debió de ser para ella una soledad tremenda, porque además se fue a San Luis Potosí, donde yo nací: ahí no tenía con quién hablar. Por eso insisto en decirle: «Pero a nosotros no nos hablabas, no nos decías…».—Y ella le contestó que su único deseo, más que hablar, era que alguien le contestara en náhuatl.—«Nadie me iba a contestar», repetía. Para ella tampoco era una opción enseñarnos. Al hablar de lenguas minorizadas, estamos hablando de lenguas que trasladan toda la noción del racismo. Hablar una lengua indígena y ser indígena se asocia con ser pobre y haber tenido una educación más deficiente. Se les llega a publicar libros, se organizan actividades, pero con condescendencia. Es paradójico. Se llaman pueblos originarios porque son los primeros habitantes, pero quienes terminan dominando el mundo son los que llegaron después. Fíjate en dónde se sigue confinando la situación de los indígenas. Allá donde los podemos poner en categorías, lo antropológico, la taxonomía, casi lo que equivaldría a decir que son piezas de museo. Son el pasado.Noticias relacionadas general No No ENTREVISTA Paula Ortiz: «El verso lorquiano está lleno de ritmo y eso dialoga muy bien con la danza» Karina Sainz Borgo general No No Escritor y Princesa de Asturias Leonardo Padura habla desde Cuba: «No sé qué puede ocurrir con mi país, con mi propia vida» Karina Sainz Borgo—¿La lengua constituye la identidad? ¿Hablar una lengua indígena te hace indígena?—Sí. Yo no pude romper ese cerco que era su lengua para mi abuela y para mi madre. Esa identidad mía acabó como algo periférico. Yo no pertenecía. Mi abuela nunca me habló como les hablaba a sus otros nietos, los que sí hablaban su lengua. Para ella siempre fuimos distintos los que no hablábamos náhuatl. No importa por qué, fue así. Tampoco escuché nunca que ella culpara a mi madre por eso. De alguna manera, yo sería más hija de mi madre si supiera su lengua.—¿Está segura?—Sí, estoy muy segura. Ella no me habló para protegerme de ese estigma. Quienes hablan una lengua indígena están completamente solos. Y no solamente solos: están contra una sociedad que no los acepta. Si ya son personas que viven en los márgenes, los van a marginar más. —Cita a la escritora, traductora y activista Yásnaya Aguilar Gil. ¿Qué tensiones siguen existiendo entre las lenguas indígenas y la academia?—Ella fue la que me dijo «tú no tienes la culpa». Y no le creí. Me sentía culpable de no haber aprendido la lengua de mi madre. Desde la academia, como lingüista, aportó mucho. Hace poco hablaba con el embajador de España en México, Juan Duarte Cuadrado, me habló de la recuperación del catalán, del gallego… En México no hay políticas efectivas de revitalización. Persiste la idea de que mantener una lengua indígena perpetúa la pobreza. Se asocia con incapacidad. Y eso es falso. Hay grandes pensadores y poetas de pueblos originarios que lo demuestran. La voz de Elia, la madre, lo es todo. La de Socorro, la hija, también. Juntas, reparan un enmudecimiento. Traen a la vida una lengua. En ‘Leche de silencio’ (Páginas de Espuma) , la escritora mexicana Socorro Venegas construye una indagación íntima y política sobre la memoria, el lenguaje y el silencio heredado. El libro —un híbrido entre autobiografía, ensayo y conversación— nace de un diálogo sostenido con su madre, pero también de una pregunta que atraviesa toda la obra: ¿qué significa crecer privada de la lengua materna, el náhuatl? De las 68 lenguas indígenas que aún existen en México, sólo la suya persiste. «El náhuatl, una lengua de leche y miel, es una sobreviviente». Entre la memoria familiar y la historia colectiva, Socorro Venegas recorre cuatro generaciones. Lo hace con fuerza, belleza y brillantez. Comienza con el hambre y nos sube al bus que Elia coge todos los días, buscando con quién hablar su lengua del dolor. Es una épica doméstica, íntima, donde el despojo no es solo una pérdida individual, sino el resultado de una violencia estructural. —¿Cuánto tiempo lleva este libro escribiéndose dentro de usted?—Un libro así se escribe toda la vida. Está publicado ahora, pero es como si no acabara. Estuve trabajando alrededor de cinco años. Rondando la idea, comentando con mi mamá. Formalmente empezamos a hacer las entrevistas y las grabaciones después, pero ya estábamos preparando la tierra. Ella es una gran contadora de historias.—«Fui privada de mi habla primigenia», escribe. ¿Quién la privó a usted? ¿Y quién privó a su madre?—No la culpo de ninguna manera por haberme privado de esa habla primigenia. En realidad, en el libro especulo cómo a una niña, a ella, se le arranca su propia lengua. Ocurrió en la escuela. Y esto tiene que ver con una política de Estado que piensa en un país que debe ser monolingüe. Es este México postrevolucionario, incluso antes, el México que se independiza de España, abraza la lengua de los españoles. Hoy hay 68 lenguas originarias, pero la diversidad lingüística era mucho mayor antes.—Señala que la Revolución Mexicana pedía «tierra y libertad», pero nunca lengua.—Eso es muy paradójico, porque en la revolución, al menos en el sur de México, los que peleaban eran indígenas. Mi bisabuelo, que era un indígena del estado de Morelos, estuvo junto con el general Emiliano Zapata, cuya figura fue después retomada por el EZLN, pero en los principios revolucionarios no estaba eso. No parece importante. Como editora también me lo he preguntado. Estamos publicando en un solo idioma cuando se hablan 68. Son lenguas a las que les quedan muy pocos hablantes. Ahí surge una confusión muy peligrosa: pensar que son minoritarias, cuando en realidad son minorizadas. Lo dijo Miguel León Portilla: cuando pierdes una lengua, pierdes un universo, una manera de amar, una manera de ver el cielo.—Cuando muere su hijo, a Elia la instan a callar. El silencio se impone. Es el hilo del libro y de esta historia.—Desde hace 500 años, para sobrevivir, mi madre y muchas otras personas pactaron con un mundo que les exigía silenciar la lengua materna. Se volvió una lengua secreta o una lengua privada. La hablan en la casa, con los suyos, pero no desaparece. Esa es su resistencia, su pequeña revolución. A mí eso me encanta de mi mamá, que ella cuando va a su pueblo, desde que se sube al transporte público, está buscando con quién hablar. Debió de ser para ella una soledad tremenda, porque además se fue a San Luis Potosí, donde yo nací: ahí no tenía con quién hablar. Por eso insisto en decirle: «Pero a nosotros no nos hablabas, no nos decías…».—Y ella le contestó que su único deseo, más que hablar, era que alguien le contestara en náhuatl.—«Nadie me iba a contestar», repetía. Para ella tampoco era una opción enseñarnos. Al hablar de lenguas minorizadas, estamos hablando de lenguas que trasladan toda la noción del racismo. Hablar una lengua indígena y ser indígena se asocia con ser pobre y haber tenido una educación más deficiente. Se les llega a publicar libros, se organizan actividades, pero con condescendencia. Es paradójico. Se llaman pueblos originarios porque son los primeros habitantes, pero quienes terminan dominando el mundo son los que llegaron después. Fíjate en dónde se sigue confinando la situación de los indígenas. Allá donde los podemos poner en categorías, lo antropológico, la taxonomía, casi lo que equivaldría a decir que son piezas de museo. Son el pasado.Noticias relacionadas general No No ENTREVISTA Paula Ortiz: «El verso lorquiano está lleno de ritmo y eso dialoga muy bien con la danza» Karina Sainz Borgo general No No Escritor y Princesa de Asturias Leonardo Padura habla desde Cuba: «No sé qué puede ocurrir con mi país, con mi propia vida» Karina Sainz Borgo—¿La lengua constituye la identidad? ¿Hablar una lengua indígena te hace indígena?—Sí. Yo no pude romper ese cerco que era su lengua para mi abuela y para mi madre. Esa identidad mía acabó como algo periférico. Yo no pertenecía. Mi abuela nunca me habló como les hablaba a sus otros nietos, los que sí hablaban su lengua. Para ella siempre fuimos distintos los que no hablábamos náhuatl. No importa por qué, fue así. Tampoco escuché nunca que ella culpara a mi madre por eso. De alguna manera, yo sería más hija de mi madre si supiera su lengua.—¿Está segura?—Sí, estoy muy segura. Ella no me habló para protegerme de ese estigma. Quienes hablan una lengua indígena están completamente solos. Y no solamente solos: están contra una sociedad que no los acepta. Si ya son personas que viven en los márgenes, los van a marginar más. —Cita a la escritora, traductora y activista Yásnaya Aguilar Gil. ¿Qué tensiones siguen existiendo entre las lenguas indígenas y la academia?—Ella fue la que me dijo «tú no tienes la culpa». Y no le creí. Me sentía culpable de no haber aprendido la lengua de mi madre. Desde la academia, como lingüista, aportó mucho. Hace poco hablaba con el embajador de España en México, Juan Duarte Cuadrado, me habló de la recuperación del catalán, del gallego… En México no hay políticas efectivas de revitalización. Persiste la idea de que mantener una lengua indígena perpetúa la pobreza. Se asocia con incapacidad. Y eso es falso. Hay grandes pensadores y poetas de pueblos originarios que lo demuestran.
La voz de Elia, la madre, lo es todo. La de Socorro, la hija, también. Juntas, reparan un enmudecimiento. Traen a la vida una lengua. En ‘Leche de silencio’ (Páginas de Espuma), la escritora mexicana Socorro Venegas construye una indagación íntima y … política sobre la memoria, el lenguaje y el silencio heredado. El libro —un híbrido entre autobiografía, ensayo y conversación— nace de un diálogo sostenido con su madre, pero también de una pregunta que atraviesa toda la obra: ¿qué significa crecer privada de la lengua materna, el náhuatl?
De las 68 lenguas indígenas que aún existen en México, sólo la suya persiste. «El náhuatl, una lengua de leche y miel, es una sobreviviente». Entre la memoria familiar y la historia colectiva, Socorro Venegas recorre cuatro generaciones. Lo hace con fuerza, belleza y brillantez. Comienza con el hambre y nos sube al bus que Elia coge todos los días, buscando con quién hablar su lengua del dolor. Es una épica doméstica, íntima, donde el despojo no es solo una pérdida individual, sino el resultado de una violencia estructural.
—¿Cuánto tiempo lleva este libro escribiéndose dentro de usted?
—Un libro así se escribe toda la vida. Está publicado ahora, pero es como si no acabara. Estuve trabajando alrededor de cinco años. Rondando la idea, comentando con mi mamá. Formalmente empezamos a hacer las entrevistas y las grabaciones después, pero ya estábamos preparando la tierra. Ella es una gran contadora de historias.
—«Fui privada de mi habla primigenia», escribe. ¿Quién la privó a usted? ¿Y quién privó a su madre?
—No la culpo de ninguna manera por haberme privado de esa habla primigenia. En realidad, en el libro especulo cómo a una niña, a ella, se le arranca su propia lengua. Ocurrió en la escuela. Y esto tiene que ver con una política de Estado que piensa en un país que debe ser monolingüe. Es este México postrevolucionario, incluso antes, el México que se independiza de España, abraza la lengua de los españoles. Hoy hay 68 lenguas originarias, pero la diversidad lingüística era mucho mayor antes.
—Señala que la Revolución Mexicana pedía «tierra y libertad», pero nunca lengua.
—Eso es muy paradójico, porque en la revolución, al menos en el sur de México, los que peleaban eran indígenas. Mi bisabuelo, que era un indígena del estado de Morelos, estuvo junto con el general Emiliano Zapata, cuya figura fue después retomada por el EZLN, pero en los principios revolucionarios no estaba eso. No parece importante. Como editora también me lo he preguntado. Estamos publicando en un solo idioma cuando se hablan 68. Son lenguas a las que les quedan muy pocos hablantes. Ahí surge una confusión muy peligrosa: pensar que son minoritarias, cuando en realidad son minorizadas. Lo dijo Miguel León Portilla: cuando pierdes una lengua, pierdes un universo, una manera de amar, una manera de ver el cielo.
—Cuando muere su hijo, a Elia la instan a callar. El silencio se impone. Es el hilo del libro y de esta historia.
—Desde hace 500 años, para sobrevivir, mi madre y muchas otras personas pactaron con un mundo que les exigía silenciar la lengua materna. Se volvió una lengua secreta o una lengua privada. La hablan en la casa, con los suyos, pero no desaparece. Esa es su resistencia, su pequeña revolución. A mí eso me encanta de mi mamá, que ella cuando va a su pueblo, desde que se sube al transporte público, está buscando con quién hablar. Debió de ser para ella una soledad tremenda, porque además se fue a San Luis Potosí, donde yo nací: ahí no tenía con quién hablar. Por eso insisto en decirle: «Pero a nosotros no nos hablabas, no nos decías…».
—Y ella le contestó que su único deseo, más que hablar, era que alguien le contestara en náhuatl.
—«Nadie me iba a contestar», repetía. Para ella tampoco era una opción enseñarnos. Al hablar de lenguas minorizadas, estamos hablando de lenguas que trasladan toda la noción del racismo. Hablar una lengua indígena y ser indígena se asocia con ser pobre y haber tenido una educación más deficiente. Se les llega a publicar libros, se organizan actividades, pero con condescendencia. Es paradójico. Se llaman pueblos originarios porque son los primeros habitantes, pero quienes terminan dominando el mundo son los que llegaron después. Fíjate en dónde se sigue confinando la situación de los indígenas. Allá donde los podemos poner en categorías, lo antropológico, la taxonomía, casi lo que equivaldría a decir que son piezas de museo. Son el pasado.
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—¿La lengua constituye la identidad? ¿Hablar una lengua indígena te hace indígena?
—Sí. Yo no pude romper ese cerco que era su lengua para mi abuela y para mi madre. Esa identidad mía acabó como algo periférico. Yo no pertenecía. Mi abuela nunca me habló como les hablaba a sus otros nietos, los que sí hablaban su lengua. Para ella siempre fuimos distintos los que no hablábamos náhuatl. No importa por qué, fue así. Tampoco escuché nunca que ella culpara a mi madre por eso. De alguna manera, yo sería más hija de mi madre si supiera su lengua.
—¿Está segura?
—Sí, estoy muy segura. Ella no me habló para protegerme de ese estigma. Quienes hablan una lengua indígena están completamente solos. Y no solamente solos: están contra una sociedad que no los acepta. Si ya son personas que viven en los márgenes, los van a marginar más.
—Cita a la escritora, traductora y activista Yásnaya Aguilar Gil. ¿Qué tensiones siguen existiendo entre las lenguas indígenas y la academia?
—Ella fue la que me dijo «tú no tienes la culpa». Y no le creí. Me sentía culpable de no haber aprendido la lengua de mi madre. Desde la academia, como lingüista, aportó mucho. Hace poco hablaba con el embajador de España en México, Juan Duarte Cuadrado, me habló de la recuperación del catalán, del gallego… En México no hay políticas efectivas de revitalización. Persiste la idea de que mantener una lengua indígena perpetúa la pobreza. Se asocia con incapacidad. Y eso es falso. Hay grandes pensadores y poetas de pueblos originarios que lo demuestran.
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