La Feria del Libro de Buenos Aires clausuró hace apenas una semana y un año más, esta editora pudo contemplar orgullosa a sus criaturas alineadas en los estantes. Allí estaban navegando entre ‘bestsellers’ mis pequeños clásicos, libros que han encontrado al otro lado del Atlántico una patria natural.Y es que la colección Zenda-Edhasa tiene una relación particularmente simbólica con Buenos Aires porque, en cierto modo, vuelve al lugar donde empezó todo . Edhasa nació precisamente en Argentina fundada por Antonio López Llausàs durante el exilio republicano, y ha mantenido desde entonces su histórica sede.En las librerías porteñas de Corrientes, Palermo o Recoleta, los títulos de Zenda-Edhasa suelen aparecer dentro de una interesante zona que mezcla clásico popular y novela de aventuras. No compiten con la novedad, pues ocupan ese territorio sentimental del lector culto que todavía cree en Stevenson, Conrad, Kipling o Sabatini como quien conserva una brújula en mitad del naufragio contemporáneo.Noticia relacionada opinion No No Lo moderno El matrimonio Arnolfini María José SolanoY Buenos Aires es terreno fértil para eso. El lector porteño tiene una relación centenaria y casi física con el libro. Allí aún sobrevive una tradición de lectura heredada de las viejas colecciones populares argentinas -Austral, Emecé, Losada- donde los clásicos nunca desaparecen de las mesas de novedades y la aventura es considerada literatura seria y formativa. La colección Zenda-Edhasa con sus cubiertas pictóricas y su aire de afiche de cinematógrafo tiene algo de libro «para regalarse» que, en esta ciudad elegante, culta y tradicionalmente lectora, sigue siendo un rasgo casi audaz, a prueba de crisis económicas . Estoy deseando que nuestros nuevos títulos lleguen allá. Ver cómo el viejo Capitán Blood desembarca en una esquina de Thames y Triunvirato -como si Borges hubiese dejado abierta una puerta secreta entre Palermo y el Caribe-; cómo Julio Verne sobrevuela la pampa a bordo de un globo aerostático siguiendo el rastro de hierro de las estaciones perdidas del Ferrocarril Mitre, o cómo los Capitanes intrépidos terminan aprendiendo lunfardo en algún puerto del Riachuelo, entre estibadores, humo de parrillas y muchachos que todavía miran el horizonte del río como quien espera un barco capaz de cambiarles la vida. La Feria del Libro de Buenos Aires clausuró hace apenas una semana y un año más, esta editora pudo contemplar orgullosa a sus criaturas alineadas en los estantes. Allí estaban navegando entre ‘bestsellers’ mis pequeños clásicos, libros que han encontrado al otro lado del Atlántico una patria natural.Y es que la colección Zenda-Edhasa tiene una relación particularmente simbólica con Buenos Aires porque, en cierto modo, vuelve al lugar donde empezó todo . Edhasa nació precisamente en Argentina fundada por Antonio López Llausàs durante el exilio republicano, y ha mantenido desde entonces su histórica sede.En las librerías porteñas de Corrientes, Palermo o Recoleta, los títulos de Zenda-Edhasa suelen aparecer dentro de una interesante zona que mezcla clásico popular y novela de aventuras. No compiten con la novedad, pues ocupan ese territorio sentimental del lector culto que todavía cree en Stevenson, Conrad, Kipling o Sabatini como quien conserva una brújula en mitad del naufragio contemporáneo.Noticia relacionada opinion No No Lo moderno El matrimonio Arnolfini María José SolanoY Buenos Aires es terreno fértil para eso. El lector porteño tiene una relación centenaria y casi física con el libro. Allí aún sobrevive una tradición de lectura heredada de las viejas colecciones populares argentinas -Austral, Emecé, Losada- donde los clásicos nunca desaparecen de las mesas de novedades y la aventura es considerada literatura seria y formativa. La colección Zenda-Edhasa con sus cubiertas pictóricas y su aire de afiche de cinematógrafo tiene algo de libro «para regalarse» que, en esta ciudad elegante, culta y tradicionalmente lectora, sigue siendo un rasgo casi audaz, a prueba de crisis económicas . Estoy deseando que nuestros nuevos títulos lleguen allá. Ver cómo el viejo Capitán Blood desembarca en una esquina de Thames y Triunvirato -como si Borges hubiese dejado abierta una puerta secreta entre Palermo y el Caribe-; cómo Julio Verne sobrevuela la pampa a bordo de un globo aerostático siguiendo el rastro de hierro de las estaciones perdidas del Ferrocarril Mitre, o cómo los Capitanes intrépidos terminan aprendiendo lunfardo en algún puerto del Riachuelo, entre estibadores, humo de parrillas y muchachos que todavía miran el horizonte del río como quien espera un barco capaz de cambiarles la vida.
La Feria del Libro de Buenos Aires clausuró hace apenas una semana y un año más, esta editora pudo contemplar orgullosa a sus criaturas alineadas en los estantes. Allí estaban navegando entre ‘bestsellers’ mis pequeños clásicos, libros que han encontrado al otro lado del … Atlántico una patria natural.
Y es que la colección Zenda-Edhasa tiene una relación particularmente simbólica con Buenos Aires porque, en cierto modo, vuelve al lugar donde empezó todo. Edhasa nació precisamente en Argentina fundada por Antonio López Llausàs durante el exilio republicano, y ha mantenido desde entonces su histórica sede.
En las librerías porteñas de Corrientes, Palermo o Recoleta, los títulos de Zenda-Edhasa suelen aparecer dentro de una interesante zona que mezcla clásico popular y novela de aventuras. No compiten con la novedad, pues ocupan ese territorio sentimental del lector culto que todavía cree en Stevenson, Conrad, Kipling o Sabatini como quien conserva una brújula en mitad del naufragio contemporáneo.
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Y Buenos Aires es terreno fértil para eso. El lector porteño tiene una relación centenaria y casi física con el libro. Allí aún sobrevive una tradición de lectura heredada de las viejas colecciones populares argentinas -Austral, Emecé, Losada- donde los clásicos nunca desaparecen de las mesas de novedades y la aventura es considerada literatura seria y formativa.
La colección Zenda-Edhasa con sus cubiertas pictóricas y su aire de afiche de cinematógrafo tiene algo de libro «para regalarse» que, en esta ciudad elegante, culta y tradicionalmente lectora, sigue siendo un rasgo casi audaz, a prueba de crisis económicas.
Estoy deseando que nuestros nuevos títulos lleguen allá. Ver cómo el viejo Capitán Blood desembarca en una esquina de Thames y Triunvirato -como si Borges hubiese dejado abierta una puerta secreta entre Palermo y el Caribe-; cómo Julio Verne sobrevuela la pampa a bordo de un globo aerostático siguiendo el rastro de hierro de las estaciones perdidas del Ferrocarril Mitre, o cómo los Capitanes intrépidos terminan aprendiendo lunfardo en algún puerto del Riachuelo, entre estibadores, humo de parrillas y muchachos que todavía miran el horizonte del río como quien espera un barco capaz de cambiarles la vida.
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