Estábamos en la terraza de El Bulli con Ferran y con mis padres, y con Juli Soler, que fue su socio y la otra mitad de El Bulli. Estábamos tomando el champán de bienvenida y Juli vio entrar a los Albertos. Aquí tenemos alguna discrepancia con mis padres porque no recordamos si Alberto Cortina entró con Marta Chávarri o con alguna otra mujer. El caso es que Juli vio entrar a los primos, me miró y me dijo: «Ahora entenderás qué es El Bulli».Todo el mundo se quedó mirando a los Albertos, que se habían presentado sin reserva. Es posible que tenga razón mi madre y estuviera Chávarri, porque las miradas fueron indisimuladas. Juli los recibió muy amablemente, los acompañó a la cocina, les enseñó cómo trabajaban los platos, les dio una vuelta por la sala y no tardó más de diez o quince minutos en devolverlos al parking.—Hombre, pero Juli –empezó a decirle mi madre–, nosotros os podemos dejar la mesa y volvemos cualquier otro día. No puedes echar a unos clientes tan importantes.Y entonces Ferran tomó la palabra para decir que él y Juli iban a decidir siempre quiénes eran los clientes importantes.Es cierto que El Bulli fue la expresión del talento de Ferran, pero ayudó mucho que él y Juli supieran elegir a su público. Nunca se convirtió en un desfile de millonarios y los precios –irrisorios para un restaurante como aquel– estaban expresamente pensados para que los amigos de Ferran pudiéramos ir. El Bulli disponía de 8.000 plazas al año y recibía un millón de peticiones. El criterio general para conceder las reservas era el siguiente: la mitad siempre eran para españoles, y de esta mitad, la mitad para catalanes. Luego había otro juego de proporciones: clientes que no habían ido nunca, otros que repetían cada año y algunos que podíamos ir más o menos cuando lo pedíamos. Este equilibrio mantenía a El Bulli en la realidad y preservaba la pureza creativa como única exigencia.Diez años después de los Albertos, a primeros de julio de 2003, o puede que 2004, la joyera Montse Esteve recibió en Barcelona al entonces cocinero más importante de Nueva York, Jean-Georges Vongerichten. Montse es una de las pocas joyeras en el mundo que vende diamantes de la máxima calidad sin desplumar a sus clientes por conceptos que nada tienen que ver con la piedra. Que personas tan relevantes como Jean-Georges se desplazaran a Barcelona exclusivamente para ir a su showroom era perfectamente habitual. Y lo continúa siendo.Montse llamó a El Bulli para que le dieran una mesa aquella noche, porque iba con Jean-Georges, y aunque era una clienta muy querida le dijeron que no. Ferran estaba entusiasmado con la idea de que fuera Jean-Georges, pero no estaba dispuesto ni a dejar a nadie de los que tenía mesa sin ella, ni a aceptar a más comensales de los que podía atender para asegurarse de que el servicio saliera perfecto. Para apurar sus recursos, Montse me requirió inmediatamente en su despacho. Llamamos a Montjoi y preguntamos el nombre de algunas de las reservas hasta dar con la de un amigo. Montse le llamó, le ofreció una mesa para el fin de semana siguiente, que ya había pactado con El Bulli, y le dijo que en gratitud por el cambio, los invitaría ella.Ferran estuvo encantador con Jean-Georges y Jean-Georges quedó entusiasmado con Ferran, y luego en un ataque de eufórica hermandad nos bañamos todos desnudos en el mar y lo hemos recordado siempre. —Ves como tenías que darle mesa a Jean-Georges–, le dije al despedirnos–. Podrías haberlo hecho tú directamente. Tampoco costaba tanto.—¿Tanto? Me habría costado El Bulli entero. Estábamos en la terraza de El Bulli con Ferran y con mis padres, y con Juli Soler, que fue su socio y la otra mitad de El Bulli. Estábamos tomando el champán de bienvenida y Juli vio entrar a los Albertos. Aquí tenemos alguna discrepancia con mis padres porque no recordamos si Alberto Cortina entró con Marta Chávarri o con alguna otra mujer. El caso es que Juli vio entrar a los primos, me miró y me dijo: «Ahora entenderás qué es El Bulli».Todo el mundo se quedó mirando a los Albertos, que se habían presentado sin reserva. Es posible que tenga razón mi madre y estuviera Chávarri, porque las miradas fueron indisimuladas. Juli los recibió muy amablemente, los acompañó a la cocina, les enseñó cómo trabajaban los platos, les dio una vuelta por la sala y no tardó más de diez o quince minutos en devolverlos al parking.—Hombre, pero Juli –empezó a decirle mi madre–, nosotros os podemos dejar la mesa y volvemos cualquier otro día. No puedes echar a unos clientes tan importantes.Y entonces Ferran tomó la palabra para decir que él y Juli iban a decidir siempre quiénes eran los clientes importantes.Es cierto que El Bulli fue la expresión del talento de Ferran, pero ayudó mucho que él y Juli supieran elegir a su público. Nunca se convirtió en un desfile de millonarios y los precios –irrisorios para un restaurante como aquel– estaban expresamente pensados para que los amigos de Ferran pudiéramos ir. El Bulli disponía de 8.000 plazas al año y recibía un millón de peticiones. El criterio general para conceder las reservas era el siguiente: la mitad siempre eran para españoles, y de esta mitad, la mitad para catalanes. Luego había otro juego de proporciones: clientes que no habían ido nunca, otros que repetían cada año y algunos que podíamos ir más o menos cuando lo pedíamos. Este equilibrio mantenía a El Bulli en la realidad y preservaba la pureza creativa como única exigencia.Diez años después de los Albertos, a primeros de julio de 2003, o puede que 2004, la joyera Montse Esteve recibió en Barcelona al entonces cocinero más importante de Nueva York, Jean-Georges Vongerichten. Montse es una de las pocas joyeras en el mundo que vende diamantes de la máxima calidad sin desplumar a sus clientes por conceptos que nada tienen que ver con la piedra. Que personas tan relevantes como Jean-Georges se desplazaran a Barcelona exclusivamente para ir a su showroom era perfectamente habitual. Y lo continúa siendo.Montse llamó a El Bulli para que le dieran una mesa aquella noche, porque iba con Jean-Georges, y aunque era una clienta muy querida le dijeron que no. Ferran estaba entusiasmado con la idea de que fuera Jean-Georges, pero no estaba dispuesto ni a dejar a nadie de los que tenía mesa sin ella, ni a aceptar a más comensales de los que podía atender para asegurarse de que el servicio saliera perfecto. Para apurar sus recursos, Montse me requirió inmediatamente en su despacho. Llamamos a Montjoi y preguntamos el nombre de algunas de las reservas hasta dar con la de un amigo. Montse le llamó, le ofreció una mesa para el fin de semana siguiente, que ya había pactado con El Bulli, y le dijo que en gratitud por el cambio, los invitaría ella.Ferran estuvo encantador con Jean-Georges y Jean-Georges quedó entusiasmado con Ferran, y luego en un ataque de eufórica hermandad nos bañamos todos desnudos en el mar y lo hemos recordado siempre. —Ves como tenías que darle mesa a Jean-Georges–, le dije al despedirnos–. Podrías haberlo hecho tú directamente. Tampoco costaba tanto.—¿Tanto? Me habría costado El Bulli entero.
Estábamos en la terraza de El Bulli con Ferran y con mis padres, y con Juli Soler, que fue su socio y la otra mitad de El Bulli. Estábamos tomando el champán de bienvenida y Juli vio entrar a los Albertos. Aquí tenemos alguna discrepancia … con mis padres porque no recordamos si Alberto Cortina entró con Marta Chávarri o con alguna otra mujer. El caso es que Juli vio entrar a los primos, me miró y me dijo: «Ahora entenderás qué es El Bulli».
Todo el mundo se quedó mirando a los Albertos, que se habían presentado sin reserva. Es posible que tenga razón mi madre y estuviera Chávarri, porque las miradas fueron indisimuladas. Juli los recibió muy amablemente, los acompañó a la cocina, les enseñó cómo trabajaban los platos, les dio una vuelta por la sala y no tardó más de diez o quince minutos en devolverlos al parking.
—Hombre, pero Juli –empezó a decirle mi madre–, nosotros os podemos dejar la mesa y volvemos cualquier otro día. No puedes echar a unos clientes tan importantes.
Y entonces Ferran tomó la palabra para decir que él y Juli iban a decidir siempre quiénes eran los clientes importantes.
Es cierto que El Bulli fue la expresión del talento de Ferran, pero ayudó mucho que él y Juli supieran elegir a su público. Nunca se convirtió en un desfile de millonarios y los precios –irrisorios para un restaurante como aquel– estaban expresamente pensados para que los amigos de Ferran pudiéramos ir.
El Bulli disponía de 8.000 plazas al año y recibía un millón de peticiones. El criterio general para conceder las reservas era el siguiente: la mitad siempre eran para españoles, y de esta mitad, la mitad para catalanes. Luego había otro juego de proporciones: clientes que no habían ido nunca, otros que repetían cada año y algunos que podíamos ir más o menos cuando lo pedíamos. Este equilibrio mantenía a El Bulli en la realidad y preservaba la pureza creativa como única exigencia.
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Diez años después de los Albertos, a primeros de julio de 2003, o puede que 2004, la joyera Montse Esteve recibió en Barcelona al entonces cocinero más importante de Nueva York, Jean-Georges Vongerichten. Montse es una de las pocas joyeras en el mundo que vende diamantes de la máxima calidad sin desplumar a sus clientes por conceptos que nada tienen que ver con la piedra. Que personas tan relevantes como Jean-Georges se desplazaran a Barcelona exclusivamente para ir a su showroom era perfectamente habitual. Y lo continúa siendo.
Montse llamó a El Bulli para que le dieran una mesa aquella noche, porque iba con Jean-Georges, y aunque era una clienta muy querida le dijeron que no. Ferran estaba entusiasmado con la idea de que fuera Jean-Georges, pero no estaba dispuesto ni a dejar a nadie de los que tenía mesa sin ella, ni a aceptar a más comensales de los que podía atender para asegurarse de que el servicio saliera perfecto.
Para apurar sus recursos, Montse me requirió inmediatamente en su despacho. Llamamos a Montjoi y preguntamos el nombre de algunas de las reservas hasta dar con la de un amigo. Montse le llamó, le ofreció una mesa para el fin de semana siguiente, que ya había pactado con El Bulli, y le dijo que en gratitud por el cambio, los invitaría ella.
Ferran estuvo encantador con Jean-Georges y Jean-Georges quedó entusiasmado con Ferran, y luego en un ataque de eufórica hermandad nos bañamos todos desnudos en el mar y lo hemos recordado siempre.
—Ves como tenías que darle mesa a Jean-Georges–, le dije al despedirnos–. Podrías haberlo hecho tú directamente. Tampoco costaba tanto.
—¿Tanto? Me habría costado El Bulli entero.
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