La rica de la familia era tía Lola y mis abuelos habían invertido todo el dinero en la tienda y vivían tras un biombo en el fondo de la cocina. No sé qué evento tenían en otoño, tal vez una boda, y en primavera tía Lola llevó a mi madre a Margarita Nuez a comprarle un vestido. Entonces ir a Margarita Nuez era lo más en Barcelona.A los tíos les iba bien con el negocio vinculado a Cepsa que tío Joaquín había montado. Y mi madre los adoraba y se llevaba fatal con sus padres, de modo que aquel vestido tan bonito y tan caro tenía algo de reivindicativo para ella.Mi madre pasó aquel verano en la casa de Masnou de mis tíos, mientras sus padres trabajaban día y noche en su nuevo negocio en Barcelona. Masnou era el centro de la vida familiar y tía Lola no era arrogante ni exhibicionista, pero marcaba sus pautas y eso entre dos hermanas siempre crea alguna herida.La insistencia de mis abuelos tuvo premio y enseguida Semon despegó, sobre todo por el sensacional éxito de los productos extranjeros –todos de contrabando– y de los primeros caterings. Mi abuela todavía no podía comprarse su propia finca y tenía que rendir pleitesía en Masnou, pero había firmado ya el piso de Barcelona en Pedralbes, y era cuestión de meses que pudiera permitirse una vida fuera de la cocina y con recursos suficientes para discutir a su hermana la autoridad en la familia.Aunque mi madre asegura que no notó nada especial en los tíos, a mitad de agosto hubo un descalabro en la vida profesional de tío Joaquín, porque la empresa que había creado dentro de Cepsa se fue al traste y dejó unas muy severas deudas. Mi abuela las pagó todas y además salvó la casa de Masnou, que estaba hipotecada.En otoño se hizo evidente que la fortuna familiar había cambiado de bando. El progreso de mi abuela fue incluso superior a los años de esplendor de mis tíos, y el hundimiento de los tíos tuvo algo de humillación, aunque también de alivio porque quedaron libres de deudas. Estaban en deuda con mi abuela, pero sólo moralmente, y el problema fue que tía Lola se abandonó a la tentación de vivir de ella, una tentación que mi abuela siempre supo administrar muy hábilmente.No es que pidiera nada extraño a cambio de su dinero, y a fin de cuentas sólo quería, tras la separación tan bestia con mi abuelo, no sentirse tan sola. Pedía a su hermana, porque de verdad la quería mucho, que la acompañara si tenía que ir a Madrid por trabajo, o algunos fines de semana con nosotros en la recién estrenada finca de Castelldefels. Tía Lola también quería a su hermana pero se sentía un poco manipulada y no siempre acudía. Entonces mi abuela cortaba en seco las dádivas.De fondo había algo más cruel y era que tía Lola era muy querida por toda la familia, por mi madre y por mí, y mi abuela era la dura, la exigente, la mala. A veces lloraba y decía que con lo que ella hacía por nosotros no entendía por qué las cosas eran así. Otras veces, por cómo se comportaba, parecía como si quisiera asegurarse de que aquellos roles nunca iban a cambiar.Llegó el evento de otoño y mi madre asistió con el vestido de Margarita Nuez que le había regalado tía Lola. La tía, en el momento de hacerse el suyo, renunció porque las finanzas familiares habían empezado a tambalearse. Acudió con un vestido que le prestó su hermana. Se lo iba a regalar pero lo reclamó de vuelta al no acompañarla al mes siguiente a las noches del caviar en Marbella, aunque finalmente le dijo que se lo podía quedar cuando fue con ella a Castelldefels casi toda la Semana Santa.Mi madre explica siempre que en aquel evento con su vestido de Margarita Nuez se sintió encerrada en una hiriente burla de su vida. Era la bandera blanca de rendición de todo cuanto ella quería y se había extraviado. La rica de la familia era tía Lola y mis abuelos habían invertido todo el dinero en la tienda y vivían tras un biombo en el fondo de la cocina. No sé qué evento tenían en otoño, tal vez una boda, y en primavera tía Lola llevó a mi madre a Margarita Nuez a comprarle un vestido. Entonces ir a Margarita Nuez era lo más en Barcelona.A los tíos les iba bien con el negocio vinculado a Cepsa que tío Joaquín había montado. Y mi madre los adoraba y se llevaba fatal con sus padres, de modo que aquel vestido tan bonito y tan caro tenía algo de reivindicativo para ella.Mi madre pasó aquel verano en la casa de Masnou de mis tíos, mientras sus padres trabajaban día y noche en su nuevo negocio en Barcelona. Masnou era el centro de la vida familiar y tía Lola no era arrogante ni exhibicionista, pero marcaba sus pautas y eso entre dos hermanas siempre crea alguna herida.La insistencia de mis abuelos tuvo premio y enseguida Semon despegó, sobre todo por el sensacional éxito de los productos extranjeros –todos de contrabando– y de los primeros caterings. Mi abuela todavía no podía comprarse su propia finca y tenía que rendir pleitesía en Masnou, pero había firmado ya el piso de Barcelona en Pedralbes, y era cuestión de meses que pudiera permitirse una vida fuera de la cocina y con recursos suficientes para discutir a su hermana la autoridad en la familia.Aunque mi madre asegura que no notó nada especial en los tíos, a mitad de agosto hubo un descalabro en la vida profesional de tío Joaquín, porque la empresa que había creado dentro de Cepsa se fue al traste y dejó unas muy severas deudas. Mi abuela las pagó todas y además salvó la casa de Masnou, que estaba hipotecada.En otoño se hizo evidente que la fortuna familiar había cambiado de bando. El progreso de mi abuela fue incluso superior a los años de esplendor de mis tíos, y el hundimiento de los tíos tuvo algo de humillación, aunque también de alivio porque quedaron libres de deudas. Estaban en deuda con mi abuela, pero sólo moralmente, y el problema fue que tía Lola se abandonó a la tentación de vivir de ella, una tentación que mi abuela siempre supo administrar muy hábilmente.No es que pidiera nada extraño a cambio de su dinero, y a fin de cuentas sólo quería, tras la separación tan bestia con mi abuelo, no sentirse tan sola. Pedía a su hermana, porque de verdad la quería mucho, que la acompañara si tenía que ir a Madrid por trabajo, o algunos fines de semana con nosotros en la recién estrenada finca de Castelldefels. Tía Lola también quería a su hermana pero se sentía un poco manipulada y no siempre acudía. Entonces mi abuela cortaba en seco las dádivas.De fondo había algo más cruel y era que tía Lola era muy querida por toda la familia, por mi madre y por mí, y mi abuela era la dura, la exigente, la mala. A veces lloraba y decía que con lo que ella hacía por nosotros no entendía por qué las cosas eran así. Otras veces, por cómo se comportaba, parecía como si quisiera asegurarse de que aquellos roles nunca iban a cambiar.Llegó el evento de otoño y mi madre asistió con el vestido de Margarita Nuez que le había regalado tía Lola. La tía, en el momento de hacerse el suyo, renunció porque las finanzas familiares habían empezado a tambalearse. Acudió con un vestido que le prestó su hermana. Se lo iba a regalar pero lo reclamó de vuelta al no acompañarla al mes siguiente a las noches del caviar en Marbella, aunque finalmente le dijo que se lo podía quedar cuando fue con ella a Castelldefels casi toda la Semana Santa.Mi madre explica siempre que en aquel evento con su vestido de Margarita Nuez se sintió encerrada en una hiriente burla de su vida. Era la bandera blanca de rendición de todo cuanto ella quería y se había extraviado.
La rica de la familia era tía Lola y mis abuelos habían invertido todo el dinero en la tienda y vivían tras un biombo en el fondo de la cocina. No sé qué evento tenían en otoño, tal vez una boda, y en primavera tía … Lola llevó a mi madre a Margarita Nuez a comprarle un vestido. Entonces ir a Margarita Nuez era lo más en Barcelona.
A los tíos les iba bien con el negocio vinculado a Cepsa que tío Joaquín había montado. Y mi madre los adoraba y se llevaba fatal con sus padres, de modo que aquel vestido tan bonito y tan caro tenía algo de reivindicativo para ella.
Mi madre pasó aquel verano en la casa de Masnou de mis tíos, mientras sus padres trabajaban día y noche en su nuevo negocio en Barcelona. Masnou era el centro de la vida familiar y tía Lola no era arrogante ni exhibicionista, pero marcaba sus pautas y eso entre dos hermanas siempre crea alguna herida.
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La insistencia de mis abuelos tuvo premio y enseguida Semon despegó, sobre todo por el sensacional éxito de los productos extranjeros –todos de contrabando– y de los primeros caterings. Mi abuela todavía no podía comprarse su propia finca y tenía que rendir pleitesía en Masnou, pero había firmado ya el piso de Barcelona en Pedralbes, y era cuestión de meses que pudiera permitirse una vida fuera de la cocina y con recursos suficientes para discutir a su hermana la autoridad en la familia.
Aunque mi madre asegura que no notó nada especial en los tíos, a mitad de agosto hubo un descalabro en la vida profesional de tío Joaquín, porque la empresa que había creado dentro de Cepsa se fue al traste y dejó unas muy severas deudas. Mi abuela las pagó todas y además salvó la casa de Masnou, que estaba hipotecada.
En otoño se hizo evidente que la fortuna familiar había cambiado de bando. El progreso de mi abuela fue incluso superior a los años de esplendor de mis tíos, y el hundimiento de los tíos tuvo algo de humillación, aunque también de alivio porque quedaron libres de deudas. Estaban en deuda con mi abuela, pero sólo moralmente, y el problema fue que tía Lola se abandonó a la tentación de vivir de ella, una tentación que mi abuela siempre supo administrar muy hábilmente.
No es que pidiera nada extraño a cambio de su dinero, y a fin de cuentas sólo quería, tras la separación tan bestia con mi abuelo, no sentirse tan sola. Pedía a su hermana, porque de verdad la quería mucho, que la acompañara si tenía que ir a Madrid por trabajo, o algunos fines de semana con nosotros en la recién estrenada finca de Castelldefels. Tía Lola también quería a su hermana pero se sentía un poco manipulada y no siempre acudía. Entonces mi abuela cortaba en seco las dádivas.
De fondo había algo más cruel y era que tía Lola era muy querida por toda la familia, por mi madre y por mí, y mi abuela era la dura, la exigente, la mala. A veces lloraba y decía que con lo que ella hacía por nosotros no entendía por qué las cosas eran así. Otras veces, por cómo se comportaba, parecía como si quisiera asegurarse de que aquellos roles nunca iban a cambiar.
Llegó el evento de otoño y mi madre asistió con el vestido de Margarita Nuez que le había regalado tía Lola. La tía, en el momento de hacerse el suyo, renunció porque las finanzas familiares habían empezado a tambalearse. Acudió con un vestido que le prestó su hermana. Se lo iba a regalar pero lo reclamó de vuelta al no acompañarla al mes siguiente a las noches del caviar en Marbella, aunque finalmente le dijo que se lo podía quedar cuando fue con ella a Castelldefels casi toda la Semana Santa.
Mi madre explica siempre que en aquel evento con su vestido de Margarita Nuez se sintió encerrada en una hiriente burla de su vida. Era la bandera blanca de rendición de todo cuanto ella quería y se había extraviado.
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