El ganadero Borja Domecq volvió este lunes a uno de los episodios más duros de su vida . Lo hizo en Madrid, en el marco de las jornadas del Agroforum del IESE Business School, en una mesa redonda sobre gestión forestal y prevención de incendios moderada por Laura Landeta Onieva, en la que también participaron Francisco Carreño y Manuel Luque.Más allá de los planteamientos técnicos, lo que dejó Domecq fue el relato de una experiencia límite. « En apenas una hora pasó de verse a lo lejos a ser inminente », recordó sobre el incendio que el 14 de agosto arrasó su finca de Los Quintos, una dehesa extremeña de unas 1.500 hectáreas, de las que más de mil quedaron calcinadas.A las dos y media de la tarde llegó la primera llamada. Una hora después, la amenaza era ya inevitable . «Lo primero fue que nadie corriera peligro y abrir las cercas para que las vacas pudieran huir». El fuego entró en la finca a las cuatro y media. Él llegó poco después. «Había una gran cantidad de animales concentrados en muy poco espacio. Y ya era tarde».Noticia relacionada general No No La paz de Aguado y un gran Artista en el quitasueños de Valencia Rosario PérezSin cobertura, sin medios y sin ayuda externa, comenzó una lucha desigual. «Íbamos parando el fuego como podíamos, con tractores y sopladoras». Hasta que la situación se desbordó por completo. «Nos avisaron de que el fuego había cruzado la finca entera y volvía a entrar por otro lado». Fue entonces cuando vivieron el momento más crítico: «Fue la única vez que sentimos miedo . Estábamos solos. Nadie venía a ayudarnos».taurina_0639Un paisaje «absolutamente dantesco»La imagen que encontró al otro lado sigue presente: «Absolutamente dantesca. Todo quemado. Vacas, venados… un paisaje casi lunar ». La ayuda no llegó hasta bien entrada la noche. Para entonces, el daño ya estaba hecho. El balance final fue de treinta y nueve animales muertos y una finca profundamente herida. «Al día siguiente vimos la magnitud de todo lo que habíamos vivido. La destrucción era total. Salimos a caballo para buscar a los animales y trasladarlos a las zonas que se habían quedado sin quemar, y fue terrible. Las instalaciones de agua calcinadas, animales muertos… eran imágenes que rompen el corazón a cualquier amante de la naturaleza», confesó.Nueve meses después, la reconstrucción sigue dependiendo del esfuerzo de los propios ganaderos. «No se ha hecho nada que no hayamos hecho nosotros, seguimos igual de solos que aquel 14 de agosto», denunció. A partir de esa vivencia, Domecq fue más allá del relato y puso el foco en el modelo de gestión del territorio. «Las vacas salvan la dehesa», afirmó, al explicar cómo en las zonas pastoreadas el impacto fue notablemente menor, y, si Dios quiere, en dos años podrán volver a cosechar bellotas, mientras que en las no gestionadas la destrucción fue prácticamente total. «Lo mismo hasta dentro de cuarenta años no podemos cosechar en esas zonas». Por eso, remarcó que «existe la imperiosa necesidad de que los montes estén pastoreados, y para ellos es necesario que ganaderos y agricultores estén apoyados por la administración».En esa misma línea, durante la mesa se insistió en una idea que sobrevoló todo el debate: la distancia entre quienes toman decisiones y quienes viven el campo en primera persona. Y también en ese ecologismo de boquilla que no pisa el campo, como en este caso, ya que ningún ecologista se acercó a intentar salvar una vaca de Jandilla. «El ecologismo -bien entendido- no es inmovilismo», apuntó Borja.Borja Domecq en el IESE Business School ABCTambién Domecq insistió en la necesidad de contar con quienes conocen el medio para gestionar mejor los incendios: «No puede ser que quienes vienen a apagarlos no sepan dónde están. Es normal que no sepan por dónde ir , pero por eso deben tener un guía que les oriente, y tienen que ser personas que conozcan el terreno». Es decir, defendió una mayor implicación de la sociedad civil y, especialmente, de quienes trabajan y viven en el campo.Porque, como quedó patente en su relato, cuando el fuego arrasa, son ellos los primeros en enfrentarse a él. Y cerró con una advertencia que resonó con fuerza: «Si no cambiamos la política medioambiental, España va a arder entera ». El ganadero Borja Domecq volvió este lunes a uno de los episodios más duros de su vida . Lo hizo en Madrid, en el marco de las jornadas del Agroforum del IESE Business School, en una mesa redonda sobre gestión forestal y prevención de incendios moderada por Laura Landeta Onieva, en la que también participaron Francisco Carreño y Manuel Luque.Más allá de los planteamientos técnicos, lo que dejó Domecq fue el relato de una experiencia límite. « En apenas una hora pasó de verse a lo lejos a ser inminente », recordó sobre el incendio que el 14 de agosto arrasó su finca de Los Quintos, una dehesa extremeña de unas 1.500 hectáreas, de las que más de mil quedaron calcinadas.A las dos y media de la tarde llegó la primera llamada. Una hora después, la amenaza era ya inevitable . «Lo primero fue que nadie corriera peligro y abrir las cercas para que las vacas pudieran huir». El fuego entró en la finca a las cuatro y media. Él llegó poco después. «Había una gran cantidad de animales concentrados en muy poco espacio. Y ya era tarde».Noticia relacionada general No No La paz de Aguado y un gran Artista en el quitasueños de Valencia Rosario PérezSin cobertura, sin medios y sin ayuda externa, comenzó una lucha desigual. «Íbamos parando el fuego como podíamos, con tractores y sopladoras». Hasta que la situación se desbordó por completo. «Nos avisaron de que el fuego había cruzado la finca entera y volvía a entrar por otro lado». Fue entonces cuando vivieron el momento más crítico: «Fue la única vez que sentimos miedo . Estábamos solos. Nadie venía a ayudarnos».taurina_0639Un paisaje «absolutamente dantesco»La imagen que encontró al otro lado sigue presente: «Absolutamente dantesca. Todo quemado. Vacas, venados… un paisaje casi lunar ». La ayuda no llegó hasta bien entrada la noche. Para entonces, el daño ya estaba hecho. El balance final fue de treinta y nueve animales muertos y una finca profundamente herida. «Al día siguiente vimos la magnitud de todo lo que habíamos vivido. La destrucción era total. Salimos a caballo para buscar a los animales y trasladarlos a las zonas que se habían quedado sin quemar, y fue terrible. Las instalaciones de agua calcinadas, animales muertos… eran imágenes que rompen el corazón a cualquier amante de la naturaleza», confesó.Nueve meses después, la reconstrucción sigue dependiendo del esfuerzo de los propios ganaderos. «No se ha hecho nada que no hayamos hecho nosotros, seguimos igual de solos que aquel 14 de agosto», denunció. A partir de esa vivencia, Domecq fue más allá del relato y puso el foco en el modelo de gestión del territorio. «Las vacas salvan la dehesa», afirmó, al explicar cómo en las zonas pastoreadas el impacto fue notablemente menor, y, si Dios quiere, en dos años podrán volver a cosechar bellotas, mientras que en las no gestionadas la destrucción fue prácticamente total. «Lo mismo hasta dentro de cuarenta años no podemos cosechar en esas zonas». Por eso, remarcó que «existe la imperiosa necesidad de que los montes estén pastoreados, y para ellos es necesario que ganaderos y agricultores estén apoyados por la administración».En esa misma línea, durante la mesa se insistió en una idea que sobrevoló todo el debate: la distancia entre quienes toman decisiones y quienes viven el campo en primera persona. Y también en ese ecologismo de boquilla que no pisa el campo, como en este caso, ya que ningún ecologista se acercó a intentar salvar una vaca de Jandilla. «El ecologismo -bien entendido- no es inmovilismo», apuntó Borja.Borja Domecq en el IESE Business School ABCTambién Domecq insistió en la necesidad de contar con quienes conocen el medio para gestionar mejor los incendios: «No puede ser que quienes vienen a apagarlos no sepan dónde están. Es normal que no sepan por dónde ir , pero por eso deben tener un guía que les oriente, y tienen que ser personas que conozcan el terreno». Es decir, defendió una mayor implicación de la sociedad civil y, especialmente, de quienes trabajan y viven en el campo.Porque, como quedó patente en su relato, cuando el fuego arrasa, son ellos los primeros en enfrentarse a él. Y cerró con una advertencia que resonó con fuerza: «Si no cambiamos la política medioambiental, España va a arder entera ».
El ganadero Borja Domecq volvió este lunes a uno de los episodiosmás duros de su vida. Lo hizo en Madrid, en el marco de las jornadas del Agroforum del IESE Business School, en una mesa redonda sobre gestión forestal y prevención de … incendios moderada por Laura Landeta Onieva, en la que también participaron Francisco Carreño y Manuel Luque.
Más allá de los planteamientos técnicos, lo que dejó Domecq fue el relato de una experiencia límite. «En apenas una hora pasó de verse a lo lejos a ser inminente», recordó sobre el incendio que el 14 de agosto arrasó su finca de Los Quintos, una dehesa extremeña de unas 1.500 hectáreas, de las que más de mil quedaron calcinadas.
A las dos y media de la tarde llegó la primera llamada. Una hora después, la amenaza era ya inevitable. «Lo primero fue que nadie corriera peligro y abrir las cercas para que las vacas pudieran huir». El fuego entró en la finca a las cuatro y media. Él llegó poco después. «Había una gran cantidad de animales concentrados en muy poco espacio. Y ya era tarde».
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Sin cobertura, sin medios y sin ayuda externa, comenzó una lucha desigual. «Íbamos parando el fuego como podíamos, con tractores y sopladoras». Hasta que la situación se desbordó por completo. «Nos avisaron de que el fuego había cruzado la finca entera y volvía a entrar por otro lado». Fue entonces cuando vivieron el momento más crítico: «Fue la única vez que sentimos miedo. Estábamos solos. Nadie venía a ayudarnos».
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Un paisaje «absolutamente dantesco»
La imagen que encontró al otro lado sigue presente: «Absolutamente dantesca. Todo quemado. Vacas, venados… un paisaje casi lunar». La ayuda no llegó hasta bien entrada la noche. Para entonces, el daño ya estaba hecho. El balance final fue de treinta y nueve animales muertos y una finca profundamente herida. «Al día siguiente vimos la magnitud de todo lo que habíamos vivido. La destrucción era total. Salimos a caballo para buscar a los animales y trasladarlos a las zonas que se habían quedado sin quemar, y fue terrible. Las instalaciones de agua calcinadas, animales muertos… eran imágenes que rompen el corazón a cualquier amante de la naturaleza», confesó.
Nueve meses después, la reconstrucción sigue dependiendo del esfuerzo de los propios ganaderos. «No se ha hecho nada que no hayamos hecho nosotros, seguimos igual de solos que aquel 14 de agosto», denunció. A partir de esa vivencia, Domecq fue más allá del relato y puso el foco en el modelo de gestión del territorio. «Las vacas salvan la dehesa», afirmó, al explicar cómo en las zonas pastoreadas el impacto fue notablemente menor, y, si Dios quiere, en dos años podrán volver a cosechar bellotas, mientras que en las no gestionadas la destrucción fue prácticamente total. «Lo mismo hasta dentro de cuarenta años no podemos cosechar en esas zonas». Por eso, remarcó que «existe la imperiosa necesidad de que los montes estén pastoreados, y para ellos es necesario que ganaderos y agricultores estén apoyados por la administración».
En esa misma línea, durante la mesa se insistió en una idea que sobrevoló todo el debate: la distancia entre quienes toman decisiones y quienes viven el campo en primera persona. Y también en ese ecologismo de boquilla que no pisa el campo, como en este caso, ya que ningún ecologista se acercó a intentar salvar una vaca de Jandilla. «El ecologismo -bien entendido- no es inmovilismo», apuntó Borja.

(ABC)
También Domecq insistió en la necesidad de contar con quienes conocen el medio para gestionar mejor los incendios: «No puede ser que quienes vienen a apagarlos no sepan dónde están. Es normal que no sepan por dónde ir, pero por eso deben tener un guía que les oriente, y tienen que ser personas que conozcan el terreno». Es decir, defendió una mayor implicación de la sociedad civil y, especialmente, de quienes trabajan y viven en el campo.
Porque, como quedó patente en su relato, cuando el fuego arrasa, son ellos los primeros en enfrentarse a él. Y cerró con una advertencia que resonó con fuerza: «Si no cambiamos la política medioambiental, España va a arder entera».
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