Ya Manolete puso el toreo estoico en el orbe taurino. Su enorme personalidad trajo una nueva forma de entender el toreo. Sin duda, José Tomás, aun sin llegar a las cotas de Manolete, llevó el concepto de lo estoico a otro decir. Esas maneras firmes, hieráticas, casi impávidas del torero que se juega la vida aun a sabiendas de que el morlaco en sí no tiene las condiciones para dejarse, hicieron del de Galapagar un ídolo difícil de catalogar. Veíamos cómo Tomás se cruzaba para hacerle cambiar la trayectoria al de los rizos y así dejar al público mudo de miedo, en unos naturales que llevaban al toro hilvanado en la muleta como un coloso hipnótico. Ver a José Tomás cortaba la respiración, sí, aquello de tornar el ole por el ay, pero conste, eso por sí solo no me valdría (al menos a mí) si no fuera porque sabía torear, pues cuando salía un toro bravo y noble Tomás hacía el toreo con todas las de la ley; toreo desangelado, sí, carente de ángel, pero pleno de clasicismo y autenticidad, aun con la frialdad en sus huesos. Se podría decir que Tomás le dio al valor un nuevo lenguaje, y es el de asustar al propio miedo. Víctor Hernández parece tomar esa mano y pulso del estoicismo de Tomás para hacerlo suyo. Y claro está, que Tomás es Tomás y punto, pero Hernández tiene algo de todo aquello, para decirnos hoy su esto y su lo otro. Esto que sin ser aquello de Tomás vienen a ser algo similar, no en alma pero sí en concepto. Víctor Hernández tiene condiciones para ser torero, y emocionar desde esa aparente frialdad del toreo castellano a base de verdad y espíritu. Parece llevar esa fidelidad de lo estoico con la torería del que sabe quién es, y a dónde quiere llegar. Hay torero, para seguirlo y disfrutarlo, incluso entre sustos y cortes de respiración. Al fin y al cabo, en el toreo caben tantos matices como misterios por desvelar. Ya Manolete puso el toreo estoico en el orbe taurino. Su enorme personalidad trajo una nueva forma de entender el toreo. Sin duda, José Tomás, aun sin llegar a las cotas de Manolete, llevó el concepto de lo estoico a otro decir. Esas maneras firmes, hieráticas, casi impávidas del torero que se juega la vida aun a sabiendas de que el morlaco en sí no tiene las condiciones para dejarse, hicieron del de Galapagar un ídolo difícil de catalogar. Veíamos cómo Tomás se cruzaba para hacerle cambiar la trayectoria al de los rizos y así dejar al público mudo de miedo, en unos naturales que llevaban al toro hilvanado en la muleta como un coloso hipnótico. Ver a José Tomás cortaba la respiración, sí, aquello de tornar el ole por el ay, pero conste, eso por sí solo no me valdría (al menos a mí) si no fuera porque sabía torear, pues cuando salía un toro bravo y noble Tomás hacía el toreo con todas las de la ley; toreo desangelado, sí, carente de ángel, pero pleno de clasicismo y autenticidad, aun con la frialdad en sus huesos. Se podría decir que Tomás le dio al valor un nuevo lenguaje, y es el de asustar al propio miedo. Víctor Hernández parece tomar esa mano y pulso del estoicismo de Tomás para hacerlo suyo. Y claro está, que Tomás es Tomás y punto, pero Hernández tiene algo de todo aquello, para decirnos hoy su esto y su lo otro. Esto que sin ser aquello de Tomás vienen a ser algo similar, no en alma pero sí en concepto. Víctor Hernández tiene condiciones para ser torero, y emocionar desde esa aparente frialdad del toreo castellano a base de verdad y espíritu. Parece llevar esa fidelidad de lo estoico con la torería del que sabe quién es, y a dónde quiere llegar. Hay torero, para seguirlo y disfrutarlo, incluso entre sustos y cortes de respiración. Al fin y al cabo, en el toreo caben tantos matices como misterios por desvelar.
Jesús Soto de Paula
Ya Manolete puso el toreo estoico en el orbe taurino. Su enorme personalidad trajo una nueva forma de entender el toreo. Sin duda, José Tomás, aun sin llegar a las cotas de Manolete, llevó el concepto de lo estoico a otro decir. Esas maneras firmes, … hieráticas, casi impávidas del torero que se juega la vida aun a sabiendas de que el morlaco en sí no tiene las condiciones para dejarse, hicieron del de Galapagar un ídolo difícil de catalogar. Veíamos cómo Tomás se cruzaba para hacerle cambiar la trayectoria al de los rizos y así dejar al público mudo de miedo, en unos naturales que llevaban al toro hilvanado en la muleta como un coloso hipnótico. Ver a José Tomás cortaba la respiración, sí, aquello de tornar el ole por el ay, pero conste, eso por sí solo no me valdría (al menos a mí) si no fuera porque sabía torear, pues cuando salía un toro bravo y noble Tomás hacía el toreo con todas las de la ley; toreo desangelado, sí, carente de ángel, pero pleno de clasicismo y autenticidad, aun con la frialdad en sus huesos. Se podría decir que Tomás le dio al valor un nuevo lenguaje, y es el de asustar al propio miedo. Víctor Hernández parece tomar esa mano y pulso del estoicismo de Tomás para hacerlo suyo. Y claro está, que Tomás es Tomás y punto, pero Hernández tiene algo de todo aquello, para decirnos hoy su esto y su lo otro. Esto que sin ser aquello de Tomás vienen a ser algo similar, no en alma pero sí en concepto. Víctor Hernández tiene condiciones para ser torero, y emocionar desde esa aparente frialdad del toreo castellano a base de verdad y espíritu. Parece llevar esa fidelidad de lo estoico con la torería del que sabe quién es, y a dónde quiere llegar. Hay torero, para seguirlo y disfrutarlo, incluso entre sustos y cortes de respiración. Al fin y al cabo, en el toreo caben tantos matices como misterios por desvelar.
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