No entusiasmó desde luego anoche en su estreno la propuesta de Marta Pazos de L’òpera de tres rals de Bertolt Brecht / Kurt Weill que abrió el festival Grec en su edición especial del 50º aniversario. El público, parte del cual había desertado en la media parte mientras otros comenzaron a desfilar por los pasillos en cuanto se acabó la representación como si se aproximara el huracán de Mahagonny, aplaudió educadamente el esfuerzo de los intérpretes y en especial de la orquesta dirigida en directo por Dani Espasa (en el foso del anfiteatro, abierto para la ocasión), y poco más. “Entretenida, con altibajos”, expresó una espectadora con generosidad, acuñando un nuevo significado del famoso distanciamiento brechtiano. Hubo un intento de retener a la gente y animarla con un repris del tema icónico de la obra, Mackie navaja (nananana, nananana, nananana, nananá), pero nadie estaba para muchos trotes. Hacía un calor infernal en el anfiteatro, convertido en una gran sauna (hasta el presidente Salvador Illa y el alcalde Jaume Collboni se quedaron en mangas de camisa) y en esas condiciones tres horas y media de Brecht sin demasiada gracia pesaron mucho.
El público responde con tibieza a ‘L’òpera de tres rals’ que inauguró este lunes el festival y la celebración en el anfiteatro de Montjuïc
No entusiasmó desde luego anoche en su estreno la propuesta de Marta Pazos de L’òpera de tres rals de Bertolt Brecht / Kurt Weill que abrió el festival Grec en su edición especial del 50º aniversario. El público, parte del cual había desertado en la media parte mientras otros comenzaron a desfilar por los pasillos en cuanto se acabó la representación como si se aproximara el huracán de Mahagonny, aplaudió educadamente el esfuerzo de los intérpretes y en especial de la orquesta dirigida en directo por Dani Espasa (en el foso del anfiteatro, abierto para la ocasión), y poco más. “Entretenida, con altibajos”, expresó una espectadora con generosidad, acuñando un nuevo significado del famoso distanciamiento brechtiano. Hubo un intento de retener a la gente y animarla con un repris del tema icónico de la obra, Mackie navaja (nananana, nananana, nananana, nananá), pero nadie estaba para muchos trotes. Hacía un calor infernal en el anfiteatro, convertido en una gran sauna (hasta el presidente Salvador Illa y el alcalde Jaume Collboni se quedaron en mangas de camisa) y en esas condiciones tres horas y media de Brecht sin demasiada gracia pesaron mucho.
L’òpera de tres rals, como todo Brecht, exige tener una idea muy clara detrás para montarla hoy en día y a la que descuidas y crees que va a ir pasando sola con la música se te va de las manos. El espectáculo resultó algo pobre, poco imaginativo y reductor. Vimos un Mac (Nao Albet, por lo demás un excelente actor) que se quedó en un único registro, con un toque de Groucho Marx, repetido una y otra vez, inexplicablemente con falda (también la llevaba entre el público Àngel Llàcer), con el pelo verde. Y sin agotar lo más mínimo los matices del personaje. Lo mismo se puede decir del resto del elenco, que a ratos parecían trasladarnos a montajes de Brecht viejunos mostrándose como marionetas. Ya sabemos que Brecht no es Stanislawski pero se lo puede interpretar con más sangre. No ayuda el maquillaje extremado, que pegaría más en la Factory de Rigola.

El caso es que nada aporta esta L’òpera de tres rals a las que ya hemos visto por aquí, las de Mario Gas de 1984 del Romea (¿no hubiera sido buena idea pedirle la revisión del clásico a él, uno de los artífices del Grec del 76, para el aniversario?) y la de Calixto Bieito que inauguró el Grec del 2002, por no hablar de la que trajo el mismísimo Berliner Ensemble del santo padre en 1986. No quedará en la memoria el de Pazos. Baste con decir que lo que más pareció gustar fueron los actores caracterizados de palomas que se pasearon entre el público antes de comenzar la función (y luego se incorporaron al espectáculo) y la performance humorística de Marta Pazos también antes de empezar. La directora, enfundada en un chándal amarillo y luciendo una peluca azul, irrumpió en las gradas con un micro presentándose como “la reina de los colorinches, aunque aquí me he contenido” y pisando sin querer a Collboni. “Estamos de celebración”, recordó explicando que L’òpera de tres rals celebra por duplicado: el cincuentenario del Grec y el del Lliure (cuya temporada abrirá en septiembre). Recordó simpáticamente que ella, Pazos, también ha cumplido este año los cincuenta. Y evocó el Grec del 76, en el que la profesión “se unió para hacer de la cultura una cosa más asamblearia y democrática”. Apuntó que entonces todo el mundo hacía de todo y “los directores cosían telones” (“como ahora”, se exclamó jocosamente un espectador), y “las taquilleras hacían de escenógrafas”. Le espetó a Julio Manrique, director del Lliure y uno de los muchísimos representantes del mundo artístico que se dieron cita anoche en el Grec, “no te veo cosiendo los bajos de Pere Arquillué”. Quiso dar las gracias a la generación que llevó la cultura a las calles y barrios y bromeó de nuevo con que en los parques de alrededor del Grec se hace cruising (búsqueda aleatoria de pareja sexual), “que es cultura popular de Barcelona”. Arrancó aplausos y risas al exclamar: “¡señor Collboni, devuelva el Molino a las vedetes!”. Y subrayó que L’òpera del tres rals entronca con aquel Grec del 76. “Ni es una ópera ni ha costado tres reales, sino algo más”, continuó. Dijo entonces aquello de que “Brecht no era Stanislawski sino teatro épico, hacia afuera, como La Maña, rompiendo la cuarta pared, y pronunció la frase de la noche, que ya es decir cuando quedaban tres horas de Brecht por delante: “Bertold Brecht y La Maña son una misma manera de entender el teatro”. Añadió que “esto es un cabaré, podéis reír y aplaudir, y que “el mensaje es de cajón: lo que mueve hoy el mundo es el capitalismo”.
La obra es larga, advirtió Pazos, “no es un entremés, pero incluye un entreacto para ir al lavabo y música de Kurt Weill”. Seguidamente, se hizo entrar un panel en escena con el rótulo “cuarta pared” y un actor-palomo lo perforó. Y una voz en off recordó el prólogo de Brecht, lo de que que La òpera de tres rals es una ópera para los pobres y de ahí el título. Un segundo actor-palomo bailó y otros 9 cantaron la canción inicial de Mackie Navaja: “Si el tauró vol devorar-te, li veuràs totes les dents, p’ro si en Mac és qui t’ataca, no veuràs el Ganivet”.

Se fueron desarrollando todas las escenas de la obra, la búsqueda de Peachum -el dickensiano jefe del sindicato de mendigos y adversario de Mac- y su mujer de su díscola hija Polly, que ha sido seducida por Mackie Navaja (“la nena no se convertirá en la putita de un gánster”); la boda de ambos en una cuadra a la que acuden los secuaces de Mac con regalos robados para la pareja, las apariciones del reverendo Kimball y el jefe de policía El Tigre Brown, cómplice de Mac. Uno de los mejores momentos —no en balde tiene tanta poesía— es cuando Polly canta La Jenny dels pirates, esa canción que bordaba la inolvidable Rosa Maria Sardà: “I un vaixell de vuit veles/ i cinquanta cabnons/ arribarà al port”. Ay que Brecht también sabía ponerse romántico. Las escenas de Mac en el prostíbulo, donde se refugia entre sus queridas putas de Turnbridge y es traicionado por ellas (es lo que tiene no escapar a las marismas de Highgate), resultan algo vulgares. Despertó aplausos la escena de competición entre Polly y Lucy, el otro amor de Mac (duet de la gelosia), al igual que la Canción de Salomón de Jenny. Finalmente, Mac pide perdón a todo el mundo, con la soga al cuello (puede que la mejor escena de Nao Albet). Dice cosas como que es tan malo robar un banco como fundarlo, o asesinar a alguien o ofrecerle un trabajo retribuido. Aunque el “tercer final de tres rals” le redime por mor del perdón de la reina con motivo de su coronación
La escenografía tampoco es para echar campanas al vuelo: muy gris, como el vestuario, y componiendo una especie de reflejo del propio anfiteatro. El patíbulo de Mac es un palomar del que cuelga la cuerda de la horca. Entre los muchos rostros conocidos de la inauguración, que contó con Photo Call, los de varios de los ex directores del Grec, Joan Maria Gual, Borja Sitjà (“ex, ¡eggg!”), Xavier Albertí, Francesc Casadesús y Ramon Simó. Ferran Mascarell, del que dependió tanto tiempo el festival y que decía haber visto más de una cuarentena de ediciones, Sergi Belbel, Lluís Homar, Joan Amargós, Carlota Subirós, Ada Colau, Adolfo Blanco, Oriol Broggi, Josep Maria Mestres, Guillem -Jordi Graells, Jaume Boix, Rosa Renom, Julia Genís y su padre Oriol Genís, Joan Francesc Marco…
Hay que confiar en que haya muchas cosas del programa del aniversario que mejoren el arranque.
