Lo primero que pide el dolor es venganza. Es un impulso antiguo, feroz, profundamente humano; ahí está nuestra naturaleza apenas disimulada bajo veinticinco siglos de civilización.Esquilo lo comprendió hace dos mil quinientos años. En ‘Las Euménides’, las terribles Erinias persiguen a Orestes reclamando sangre por sangre. Hasta que Atenea decide sustituir la venganza por un tribunal. Nace así, al menos en la literatura, una de las grandes conquistas de Occidente: la justicia como alternativa a la barbarie. Desde entonces llevamos siglos construyendo leyes, tribunales y procedimientos para que las sociedades sean algo más que una multitud de individuos dispuestos a despedazarse.Pero hay otro consuelo. Los antiguos lo buscaron en sus dioses; Séneca, en la filosofía; los cristianos, en la esperanza de una vida que no termina en la muerte. Durante siglos, la humanidad construyó una formidable arquitectura espiritual para soportar lo insoportable. Pienso estos días en Liliana Sáenz, aquella muchacha que perdió a su madre en el accidente de Adamuz y que, durante el funeral de Huelva, pronunció unas palabras de una serenidad estremecedora. Reclamó verdad y justicia, pero también habló de Dios. «Es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo», dijo. No había resignación en sus palabras, ni renuncia a exigir responsabilidades. Había algo que nuestra sociedad parece haber olvidado: la posibilidad de encontrar amparo más allá de los hombres.Ahora, ante los hierros retorcidos de Toledo, volvemos a preguntarnos por qué y a exigir respuestas. Pero me inquieta pensar qué sucede cuando una sociedad pierde sus tres consuelos, cuando la venganza es inadmisible, la justicia no inspira confianza y la trascendencia ha sido desterrada de nuestras vidas.Hemos aprendido a desconfiar de Dios. Estamos aprendiendo a desconfiar de los hombres. Y, sin embargo, seguimos necesitando desesperadamente creer en algo.Porque una civilización puede sobrevivir sin venganza. Debe hacerlo. Puede incluso sobrevivir a una crisis de sus instituciones. Pero ¿cómo sobrevive una sociedad que ya no sabe dónde llevar su dolor? Lo primero que pide el dolor es venganza. Es un impulso antiguo, feroz, profundamente humano; ahí está nuestra naturaleza apenas disimulada bajo veinticinco siglos de civilización.Esquilo lo comprendió hace dos mil quinientos años. En ‘Las Euménides’, las terribles Erinias persiguen a Orestes reclamando sangre por sangre. Hasta que Atenea decide sustituir la venganza por un tribunal. Nace así, al menos en la literatura, una de las grandes conquistas de Occidente: la justicia como alternativa a la barbarie. Desde entonces llevamos siglos construyendo leyes, tribunales y procedimientos para que las sociedades sean algo más que una multitud de individuos dispuestos a despedazarse.Pero hay otro consuelo. Los antiguos lo buscaron en sus dioses; Séneca, en la filosofía; los cristianos, en la esperanza de una vida que no termina en la muerte. Durante siglos, la humanidad construyó una formidable arquitectura espiritual para soportar lo insoportable. Pienso estos días en Liliana Sáenz, aquella muchacha que perdió a su madre en el accidente de Adamuz y que, durante el funeral de Huelva, pronunció unas palabras de una serenidad estremecedora. Reclamó verdad y justicia, pero también habló de Dios. «Es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo», dijo. No había resignación en sus palabras, ni renuncia a exigir responsabilidades. Había algo que nuestra sociedad parece haber olvidado: la posibilidad de encontrar amparo más allá de los hombres.Ahora, ante los hierros retorcidos de Toledo, volvemos a preguntarnos por qué y a exigir respuestas. Pero me inquieta pensar qué sucede cuando una sociedad pierde sus tres consuelos, cuando la venganza es inadmisible, la justicia no inspira confianza y la trascendencia ha sido desterrada de nuestras vidas.Hemos aprendido a desconfiar de Dios. Estamos aprendiendo a desconfiar de los hombres. Y, sin embargo, seguimos necesitando desesperadamente creer en algo.Porque una civilización puede sobrevivir sin venganza. Debe hacerlo. Puede incluso sobrevivir a una crisis de sus instituciones. Pero ¿cómo sobrevive una sociedad que ya no sabe dónde llevar su dolor?
Lo primero que pide el dolor es venganza. Es un impulso antiguo, feroz, profundamente humano; ahí está nuestra naturaleza apenas disimulada bajo veinticinco siglos de civilización.
Esquilo lo comprendió hace dos mil quinientos años. En ‘Las Euménides’, las terribles Erinias persiguen a Orestes reclamando sangre … por sangre. Hasta que Atenea decide sustituir la venganza por un tribunal. Nace así, al menos en la literatura, una de las grandes conquistas de Occidente: la justicia como alternativa a la barbarie. Desde entonces llevamos siglos construyendo leyes, tribunales y procedimientos para que las sociedades sean algo más que una multitud de individuos dispuestos a despedazarse.
Pero hay otro consuelo. Los antiguos lo buscaron en sus dioses; Séneca, en la filosofía; los cristianos, en la esperanza de una vida que no termina en la muerte. Durante siglos, la humanidad construyó una formidable arquitectura espiritual para soportar lo insoportable. Pienso estos días en Liliana Sáenz, aquella muchacha que perdió a su madre en el accidente de Adamuz y que, durante el funeral de Huelva, pronunció unas palabras de una serenidad estremecedora. Reclamó verdad y justicia, pero también habló de Dios. «Es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo», dijo. No había resignación en sus palabras, ni renuncia a exigir responsabilidades. Había algo que nuestra sociedad parece haber olvidado: la posibilidad de encontrar amparo más allá de los hombres.
Ahora, ante los hierros retorcidos de Toledo, volvemos a preguntarnos por qué y a exigir respuestas. Pero me inquieta pensar qué sucede cuando una sociedad pierde sus tres consuelos, cuando la venganza es inadmisible, la justicia no inspira confianza y la trascendencia ha sido desterrada de nuestras vidas.
Hemos aprendido a desconfiar de Dios. Estamos aprendiendo a desconfiar de los hombres. Y, sin embargo, seguimos necesitando desesperadamente creer en algo.
Porque una civilización puede sobrevivir sin venganza. Debe hacerlo. Puede incluso sobrevivir a una crisis de sus instituciones. Pero ¿cómo sobrevive una sociedad que ya no sabe dónde llevar su dolor?
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