Cuando nos separamos, mi marido dejó caer que sospechaba que yo tenía un amante. Pero yo no tenía un amante, tenía un cuidador. Un gran cuidador. ¿Quién no sueña con vivir en un hotel? No se fie usted de nadie que no lo haga. Lo sigo pensando incluso con lo que me ha pasado. Que te preparen el desayuno, que te hagan la cama, la comida, todo limpio y ordenado siempre… En este caso, era mucho más. Voy a intentar contárselo de la forma más ordenada posible, me entenderá mejor. La primera vez no era verano. Fue un fin de semana en octubre. Tenía previsto un viaje de trabajo que se anuló a última hora del jueves. No sé por qué no lo dije en casa. Ya había avisado a mi marido y a mis hijos, la casa se había quedado organizada para mi ausencia y pensé ¿por qué perder la oportunidad de concederme unos días para mí? Había oído hablar de él. Pero me costó encontrarlo, la verdad. En pleno centro de la ciudad, pero escondido. No lo supe al principio, pero era justo lo que yo estaba haciendo. Esconderme. Estaba harta de ver gente, de comer con gente, de beber con gente. De cuidar a gente, de organizar a gente, de tomar decisiones por la gente. Mi vida era un parque de atracciones infinito, una gincana inabarcable y yo me había cansado de socializar. Un hotel sin personal, con todos los servicios y todos los cuidados y con todos los robots necesarios. ¿Impersonal? No, maravilloso. La primera noche fue un experimento. Me imaginé en uno de esos hoteles de Japón en los que entras por una entrada casi secreta y no ves a nadie, no por no ver tú, sino para que no te vean a ti. Un hotel del amor, pero sin pareja. Fue un gustazo, en cualquier caso. Bastaba un audio al WhatsApp y te llegaba la comida a la habitación. Tampoco estaba descubriendo nada nuevo… hasta la mañana siguiente. El espejo del baño había escaneado mi piel y al despertar se me sirvió una combinación de cremas perfecta. Encendí la tele para escuchar las noticias y fueron sonando, una tras otra, mis emisoras y locutores preferidos. En otra de las pantallas, los dos periódicos que suelo leer con las noticias ordenadas por relevancia.Podía bajar a desayunar o tomarlo en la habitación. Elegí habitación -todo a través de una app-, me extrañó que no me preguntaran qué quería tomar. Yo había comunicado al llegar mi intolerancia al gluten, pero no mi preferencia por la leche de almendra y el café cortito.No hacía calor, pero un mensaje me anunció que la piscina estaba abierta. Podía bajar una hora y disfrutarla yo sola, o compartirla el tiempo que quisiera con otros huéspedes. No sabía cómo de grande era el hotel, ¿cuántos habría como yo? Decidí bajar sola. Fue una de las experiencias más relajantes de mi vida. Era pequeña y cubierta. Cuando entré sonaba Melody Gardot. No me preocupaba cómo podían saberlo. Mis listas de Spotify están en abierto.Creo que pasé la tarde leyendo. Nadie, ningún robot, ni mensaje, me molestó para cenar. Si sabían todo de mí, también sabían que no suelo cenar. Me dio igual. Es más, me pareció perfecto. Como el camarero del bar de siempre que sabe cómo te gusta el café.El domingo por la mañana me desperté temprano. El menú de la televisión me ofrecía ver una película. Sólo una. Seleccionada para mí. Nada de perder el tiempo eligiendo.Un mensaje en la pantalla me invitaba a bajar al gimnasio. El sábado no me había movido mucho, la verdad. De nuevo, la app del hotel me preguntó si prefería instalaciones para mí sola o compartidas. Me intrigaba pensar que podían tener minigimnasios para todos sus huéspedes. Bajé al comunitario. Sólo vi a otra mujer. Un hola seco. Enviaron a la app una tabla de ejercicios de 25 minutos. Luego, subí a la habitación a desayunar y pasé el resto de la mañana leyendo. Un robot trajo y sirvió el almuerzo: crema de verduras, filete de ternera y creo que fruta de postre. Ah, y un poquito de chocolate al 70%. Mi debilidad. La guía de nutrientes me pareció innecesaria, pero sé que a la gente le gusta. Otro robot, o quizá era el mismo, me hizo la maleta. Tampoco la había deshecho mucho. Pensé que la próxima vez no necesitaría ser tan cuidadosa.Volví al mes siguiente. Y al otro. A veces, un par de días entre semana. Me inventaba viajes. Fue ahí que mi relación se empezó a deteriorar más. Ya lo estaba de antes, sólo que ahora yo sabía que ya no quería estar en casa. Quería estar en aquel hotel. Sentirme cuidada.Los chicos ya eran mayores. Cuando su padre y yo nos separamos, decidimos que ellos se quedarían en la casa. Casa nido, lo llaman. Yo no dije dónde iba a instalarme cuando no conviviera con ellos. Dos semanas para mí al mes. Pedí teletrabajar. El sistema de pantallas de la habitación me ayudaba con asuntos laborales. Me entrenaron un robot para preparar y resolver temas complejos. El resto, lo tenía cubierto. Me estaba dejando el sueldo, pero por primera vez vivía bien.La primera vez que decidí no ver a mis hijos fue un día que la app del hotel me avisó de que me habían preparado un ajoblanco especial. Me justifiqué ante los chicos diciendo que tenía un compromiso ineludible y había que anular nuestra comida. ¿Se enfadaron? No creo. Ellos también deben pensar que estoy con alguien.De alguna manera, lo estoy.Cuando los dos nos comunicaron que irían a la Universidad a otra ciudad, pedí teletrabajar al 100%. Me instalé en cuanto empezó el verano.Así que llevo en el hotel casi tres meses, incluidas mis vacaciones. Solo he salido hoy, para venir a verle a usted, doctor.-Y bien, ¿qué le gustaría hacer ahora? Cuando nos separamos, mi marido dejó caer que sospechaba que yo tenía un amante. Pero yo no tenía un amante, tenía un cuidador. Un gran cuidador. ¿Quién no sueña con vivir en un hotel? No se fie usted de nadie que no lo haga. Lo sigo pensando incluso con lo que me ha pasado. Que te preparen el desayuno, que te hagan la cama, la comida, todo limpio y ordenado siempre… En este caso, era mucho más. Voy a intentar contárselo de la forma más ordenada posible, me entenderá mejor. La primera vez no era verano. Fue un fin de semana en octubre. Tenía previsto un viaje de trabajo que se anuló a última hora del jueves. No sé por qué no lo dije en casa. Ya había avisado a mi marido y a mis hijos, la casa se había quedado organizada para mi ausencia y pensé ¿por qué perder la oportunidad de concederme unos días para mí? Había oído hablar de él. Pero me costó encontrarlo, la verdad. En pleno centro de la ciudad, pero escondido. No lo supe al principio, pero era justo lo que yo estaba haciendo. Esconderme. Estaba harta de ver gente, de comer con gente, de beber con gente. De cuidar a gente, de organizar a gente, de tomar decisiones por la gente. Mi vida era un parque de atracciones infinito, una gincana inabarcable y yo me había cansado de socializar. Un hotel sin personal, con todos los servicios y todos los cuidados y con todos los robots necesarios. ¿Impersonal? No, maravilloso. La primera noche fue un experimento. Me imaginé en uno de esos hoteles de Japón en los que entras por una entrada casi secreta y no ves a nadie, no por no ver tú, sino para que no te vean a ti. Un hotel del amor, pero sin pareja. Fue un gustazo, en cualquier caso. Bastaba un audio al WhatsApp y te llegaba la comida a la habitación. Tampoco estaba descubriendo nada nuevo… hasta la mañana siguiente. El espejo del baño había escaneado mi piel y al despertar se me sirvió una combinación de cremas perfecta. Encendí la tele para escuchar las noticias y fueron sonando, una tras otra, mis emisoras y locutores preferidos. En otra de las pantallas, los dos periódicos que suelo leer con las noticias ordenadas por relevancia.Podía bajar a desayunar o tomarlo en la habitación. Elegí habitación -todo a través de una app-, me extrañó que no me preguntaran qué quería tomar. Yo había comunicado al llegar mi intolerancia al gluten, pero no mi preferencia por la leche de almendra y el café cortito.No hacía calor, pero un mensaje me anunció que la piscina estaba abierta. Podía bajar una hora y disfrutarla yo sola, o compartirla el tiempo que quisiera con otros huéspedes. No sabía cómo de grande era el hotel, ¿cuántos habría como yo? Decidí bajar sola. Fue una de las experiencias más relajantes de mi vida. Era pequeña y cubierta. Cuando entré sonaba Melody Gardot. No me preocupaba cómo podían saberlo. Mis listas de Spotify están en abierto.Creo que pasé la tarde leyendo. Nadie, ningún robot, ni mensaje, me molestó para cenar. Si sabían todo de mí, también sabían que no suelo cenar. Me dio igual. Es más, me pareció perfecto. Como el camarero del bar de siempre que sabe cómo te gusta el café.El domingo por la mañana me desperté temprano. El menú de la televisión me ofrecía ver una película. Sólo una. Seleccionada para mí. Nada de perder el tiempo eligiendo.Un mensaje en la pantalla me invitaba a bajar al gimnasio. El sábado no me había movido mucho, la verdad. De nuevo, la app del hotel me preguntó si prefería instalaciones para mí sola o compartidas. Me intrigaba pensar que podían tener minigimnasios para todos sus huéspedes. Bajé al comunitario. Sólo vi a otra mujer. Un hola seco. Enviaron a la app una tabla de ejercicios de 25 minutos. Luego, subí a la habitación a desayunar y pasé el resto de la mañana leyendo. Un robot trajo y sirvió el almuerzo: crema de verduras, filete de ternera y creo que fruta de postre. Ah, y un poquito de chocolate al 70%. Mi debilidad. La guía de nutrientes me pareció innecesaria, pero sé que a la gente le gusta. Otro robot, o quizá era el mismo, me hizo la maleta. Tampoco la había deshecho mucho. Pensé que la próxima vez no necesitaría ser tan cuidadosa.Volví al mes siguiente. Y al otro. A veces, un par de días entre semana. Me inventaba viajes. Fue ahí que mi relación se empezó a deteriorar más. Ya lo estaba de antes, sólo que ahora yo sabía que ya no quería estar en casa. Quería estar en aquel hotel. Sentirme cuidada.Los chicos ya eran mayores. Cuando su padre y yo nos separamos, decidimos que ellos se quedarían en la casa. Casa nido, lo llaman. Yo no dije dónde iba a instalarme cuando no conviviera con ellos. Dos semanas para mí al mes. Pedí teletrabajar. El sistema de pantallas de la habitación me ayudaba con asuntos laborales. Me entrenaron un robot para preparar y resolver temas complejos. El resto, lo tenía cubierto. Me estaba dejando el sueldo, pero por primera vez vivía bien.La primera vez que decidí no ver a mis hijos fue un día que la app del hotel me avisó de que me habían preparado un ajoblanco especial. Me justifiqué ante los chicos diciendo que tenía un compromiso ineludible y había que anular nuestra comida. ¿Se enfadaron? No creo. Ellos también deben pensar que estoy con alguien.De alguna manera, lo estoy.Cuando los dos nos comunicaron que irían a la Universidad a otra ciudad, pedí teletrabajar al 100%. Me instalé en cuanto empezó el verano.Así que llevo en el hotel casi tres meses, incluidas mis vacaciones. Solo he salido hoy, para venir a verle a usted, doctor.-Y bien, ¿qué le gustaría hacer ahora?
Cuando nos separamos, mi marido dejó caer que sospechaba que yo tenía un amante. Pero yo no tenía un amante, tenía un cuidador. Un gran cuidador.
¿Quién no sueña con vivir en un hotel? No se fie usted de nadie que no lo haga. … Lo sigo pensando incluso con lo que me ha pasado. Que te preparen el desayuno, que te hagan la cama, la comida, todo limpio y ordenado siempre… En este caso, era mucho más. Voy a intentar contárselo de la forma más ordenada posible, me entenderá mejor.
La primera vez no era verano. Fue un fin de semana en octubre. Tenía previsto un viaje de trabajo que se anuló a última hora del jueves. No sé por qué no lo dije en casa. Ya había avisado a mi marido y a mis hijos, la casa se había quedado organizada para mi ausencia y pensé ¿por qué perder la oportunidad de concederme unos días para mí? Había oído hablar de él. Pero me costó encontrarlo, la verdad. En pleno centro de la ciudad, pero escondido. No lo supe al principio, pero era justo lo que yo estaba haciendo. Esconderme. Estaba harta de ver gente, de comer con gente, de beber con gente. De cuidar a gente, de organizar a gente, de tomar decisiones por la gente. Mi vida era un parque de atracciones infinito, una gincana inabarcable y yo me había cansado de socializar. Un hotel sin personal, con todos los servicios y todos los cuidados y con todos los robots necesarios. ¿Impersonal? No, maravilloso.
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La primera noche fue un experimento. Me imaginé en uno de esos hoteles de Japón en los que entras por una entrada casi secreta y no ves a nadie, no por no ver tú, sino para que no te vean a ti. Un hotel del amor, pero sin pareja. Fue un gustazo, en cualquier caso. Bastaba un audio al WhatsApp y te llegaba la comida a la habitación. Tampoco estaba descubriendo nada nuevo… hasta la mañana siguiente. El espejo del baño había escaneado mi piel y al despertar se me sirvió una combinación de cremas perfecta. Encendí la tele para escuchar las noticias y fueron sonando, una tras otra, mis emisoras y locutores preferidos. En otra de las pantallas, los dos periódicos que suelo leer con las noticias ordenadas por relevancia.
Podía bajar a desayunar o tomarlo en la habitación. Elegí habitación -todo a través de una app-, me extrañó que no me preguntaran qué quería tomar. Yo había comunicado al llegar mi intolerancia al gluten, pero no mi preferencia por la leche de almendra y el café cortito.
No hacía calor, pero un mensaje me anunció que la piscina estaba abierta. Podía bajar una hora y disfrutarla yo sola, o compartirla el tiempo que quisiera con otros huéspedes. No sabía cómo de grande era el hotel, ¿cuántos habría como yo? Decidí bajar sola. Fue una de las experiencias más relajantes de mi vida. Era pequeña y cubierta. Cuando entré sonaba Melody Gardot. No me preocupaba cómo podían saberlo. Mis listas de Spotify están en abierto.
Creo que pasé la tarde leyendo. Nadie, ningún robot, ni mensaje, me molestó para cenar. Si sabían todo de mí, también sabían que no suelo cenar. Me dio igual. Es más, me pareció perfecto. Como el camarero del bar de siempre que sabe cómo te gusta el café.
El domingo por la mañana me desperté temprano. El menú de la televisión me ofrecía ver una película. Sólo una. Seleccionada para mí. Nada de perder el tiempo eligiendo.
Un mensaje en la pantalla me invitaba a bajar al gimnasio. El sábado no me había movido mucho, la verdad. De nuevo, la app del hotel me preguntó si prefería instalaciones para mí sola o compartidas. Me intrigaba pensar que podían tener minigimnasios para todos sus huéspedes. Bajé al comunitario. Sólo vi a otra mujer. Un hola seco. Enviaron a la app una tabla de ejercicios de 25 minutos. Luego, subí a la habitación a desayunar y pasé el resto de la mañana leyendo.
Un robot trajo y sirvió el almuerzo: crema de verduras, filete de ternera y creo que fruta de postre. Ah, y un poquito de chocolate al 70%. Mi debilidad. La guía de nutrientes me pareció innecesaria, pero sé que a la gente le gusta.
Otro robot, o quizá era el mismo, me hizo la maleta. Tampoco la había deshecho mucho. Pensé que la próxima vez no necesitaría ser tan cuidadosa.
Volví al mes siguiente. Y al otro. A veces, un par de días entre semana. Me inventaba viajes. Fue ahí que mi relación se empezó a deteriorar más. Ya lo estaba de antes, sólo que ahora yo sabía que ya no quería estar en casa. Quería estar en aquel hotel. Sentirme cuidada.
Los chicos ya eran mayores. Cuando su padre y yo nos separamos, decidimos que ellos se quedarían en la casa. Casa nido, lo llaman. Yo no dije dónde iba a instalarme cuando no conviviera con ellos. Dos semanas para mí al mes. Pedí teletrabajar. El sistema de pantallas de la habitación me ayudaba con asuntos laborales. Me entrenaron un robot para preparar y resolver temas complejos. El resto, lo tenía cubierto. Me estaba dejando el sueldo, pero por primera vez vivía bien.
La primera vez que decidí no ver a mis hijos fue un día que la app del hotel me avisó de que me habían preparado un ajoblanco especial. Me justifiqué ante los chicos diciendo que tenía un compromiso ineludible y había que anular nuestra comida. ¿Se enfadaron? No creo. Ellos también deben pensar que estoy con alguien.
De alguna manera, lo estoy.
Cuando los dos nos comunicaron que irían a la Universidad a otra ciudad, pedí teletrabajar al 100%. Me instalé en cuanto empezó el verano.
Así que llevo en el hotel casi tres meses, incluidas mis vacaciones. Solo he salido hoy, para venir a verle a usted, doctor.
-Y bien, ¿qué le gustaría hacer ahora?
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