Pasó el eclipse —probablemente los dos minutos y medio que más han dado que hablar en nuestra historia reciente—, pero en Mérida se quedó el calor. Claro que sobre ese escenario mítico y milenario se representaba el infierno, y allí dicen que las calderas de Pedro Botero trabajan a pleno rendimiento. En ese infierno ha situado José María del Castillo , autor y director de la función, a uno de los grandes mitos del teatro clásico -y viejo conocido del público emeritense-: Fedra, la mujer ateniense casada con Teseo, el héroe que mató al Minotauro, que se enamora de su hijastro, Hipólito; esta pasión ilícita la llevará al suicidio. Fedra es, dice Del Castillo, «una mujer hecha de fuego y de culpa y encendida por el peso de la Historia», y desde el inframundo pide a las Moiras -las diosas que personifican el destino- una segunda oportunidad para poder reescribir su historia y limpiar su nombre.Ya presentó el propio autor hace dos años en el mismo escenario un espectáculo con parecida premisa, pero esta vez con otro gran mito griego: Medusa -a quien encarnó Victoria Abril -. Su intención, asegura, es indagar «en las pasiones humanas, los deseos prohibidos, los juicios morales y la culpabilidad transformada en pecado». Fedra es uno de los grandes personajes del teatro clásico. Fue Eurípides quien lo llevó a escena por vez primera en su obra ‘Hipólito’, fechada en el 428 a.C. -al menos, este es el primer texto que se conserva en el que aparece el personaje-, y autores como Séneca, Ovidio, Racine, Unamuno, D’Annunzio, Salvador Espriú y, más recientemente, José María Pemán, Sarah Kane o Paco Bezerra han sido seducidos por esta tragedia en la que entran en juego el deseo y las pasiones transgresoras, la conciencia, la culpa, la redención…Todo ello lo apunta Del Castillo en su texto en el que, al igual que lo hiciera en ‘Medusa’, trata de dar voz a la mujer y reprocha la condena a la que el juicio de la historia la ha sometido sin dejarla expresarse. La Fedra que emerge de los infiernos es una mujer dominada por el remordimiento y en esta segunda oportunidad pelea como puede y sabe contra su propio deseo; vulnerable, asustada y rabiosa al mismo tiempo, el autor dibuja a una mujer esclava de sus pasiones pero que termina reivindicando su derecho a sentir y a desear sin que los demás la juzguen por ello o le digan qué es correcto y qué es incorrecto. Del Castillo ha querido aliviar la tragedia y la hace respirar en su espectáculo con música, coreografías y esporádicas dosis de humor.Fedra ha sido una asidua del Teatro Romano de Mérida. En noviembre de 1953, el Teatro Popular Universitario puso en pie la versión de Séneca en la función que sirvió para abrir el espacio, que había interrumpido su actividad teatral en 1934. Después, actrices como Victoria Vera, Ana Belén o Lolita, y bailarinas como Manuela Vargas y Lola Greco -en la versión que dirigió Miguel Narros, con coreografía de Javier Latorre y música de Enrique Morente- encarnaron a la ateniense sobre este milenario escenario. A ellas se suma ahora Lydia Bosch , un rostro popular de nuestra televisión que llevaba treinta y siete años sin hacer teatro, un género en el que su experiencia se limita a tres trabajos a finales de los años ochenta: ‘Pato a la naranja’ (1986), al lado de Arturo Fernández; ‘Los ochenta son nuestros’ (1988), una comedia de Ana Diosdado que fue en su día un gran éxito comercial; y ‘Música cercana’ (1989), uno de los textos postreros de Antonio Buero Vallejo. José María del Castillo la ha recuperado para la escena, igual que hace dos años hizo con Victoria Abril, que estuvo ausente de las tablas españolas durante cuarenta y cinco años.Está claro que el poder de convicción es una de las más destacadas virtudes de Del Castillo. Lydia se enfrenta a un personaje con dos caras: por un lado, es la mujer que revive la tragedia vivida y presenta sus contradicciones, su desesperación, su culpa e incluso su ironía; por otro, es una mujer que baja de su pedestal y busca el favor del público. Aquí es que le han granjeado el cariño de los espectadores —había un inusual número de ellos esperando su salida de los camerinos—.Junto a ella, Julio Peña, Alejandro Albarracín, Marta Calvó -que muestra su indudable jerarquía en la función-, Antonio Albella, Eva Diago -que pone, con su conocida calidad, la nota musical al espectáculo- y Yaiza Marcos -que hace lo propio con la parte coreográfica-. La escenografía de Anna Tusell, la iluminación de Florencio Ortiz, el vestuario de Pier Paolo Álvaro y Roger Portal, la música de Alejandro Cruz Benavides, la coreografía de Benjamín Leiva y el maquillaje y peluquería de Roberto Siguero completan la ficha artística del espectáculo, ante el que los espectadores, puestos en pie, reaccionaron con una estruendosa y cálida ovación. Pasó el eclipse —probablemente los dos minutos y medio que más han dado que hablar en nuestra historia reciente—, pero en Mérida se quedó el calor. Claro que sobre ese escenario mítico y milenario se representaba el infierno, y allí dicen que las calderas de Pedro Botero trabajan a pleno rendimiento. En ese infierno ha situado José María del Castillo , autor y director de la función, a uno de los grandes mitos del teatro clásico -y viejo conocido del público emeritense-: Fedra, la mujer ateniense casada con Teseo, el héroe que mató al Minotauro, que se enamora de su hijastro, Hipólito; esta pasión ilícita la llevará al suicidio. Fedra es, dice Del Castillo, «una mujer hecha de fuego y de culpa y encendida por el peso de la Historia», y desde el inframundo pide a las Moiras -las diosas que personifican el destino- una segunda oportunidad para poder reescribir su historia y limpiar su nombre.Ya presentó el propio autor hace dos años en el mismo escenario un espectáculo con parecida premisa, pero esta vez con otro gran mito griego: Medusa -a quien encarnó Victoria Abril -. Su intención, asegura, es indagar «en las pasiones humanas, los deseos prohibidos, los juicios morales y la culpabilidad transformada en pecado». Fedra es uno de los grandes personajes del teatro clásico. Fue Eurípides quien lo llevó a escena por vez primera en su obra ‘Hipólito’, fechada en el 428 a.C. -al menos, este es el primer texto que se conserva en el que aparece el personaje-, y autores como Séneca, Ovidio, Racine, Unamuno, D’Annunzio, Salvador Espriú y, más recientemente, José María Pemán, Sarah Kane o Paco Bezerra han sido seducidos por esta tragedia en la que entran en juego el deseo y las pasiones transgresoras, la conciencia, la culpa, la redención…Todo ello lo apunta Del Castillo en su texto en el que, al igual que lo hiciera en ‘Medusa’, trata de dar voz a la mujer y reprocha la condena a la que el juicio de la historia la ha sometido sin dejarla expresarse. La Fedra que emerge de los infiernos es una mujer dominada por el remordimiento y en esta segunda oportunidad pelea como puede y sabe contra su propio deseo; vulnerable, asustada y rabiosa al mismo tiempo, el autor dibuja a una mujer esclava de sus pasiones pero que termina reivindicando su derecho a sentir y a desear sin que los demás la juzguen por ello o le digan qué es correcto y qué es incorrecto. Del Castillo ha querido aliviar la tragedia y la hace respirar en su espectáculo con música, coreografías y esporádicas dosis de humor.Fedra ha sido una asidua del Teatro Romano de Mérida. En noviembre de 1953, el Teatro Popular Universitario puso en pie la versión de Séneca en la función que sirvió para abrir el espacio, que había interrumpido su actividad teatral en 1934. Después, actrices como Victoria Vera, Ana Belén o Lolita, y bailarinas como Manuela Vargas y Lola Greco -en la versión que dirigió Miguel Narros, con coreografía de Javier Latorre y música de Enrique Morente- encarnaron a la ateniense sobre este milenario escenario. A ellas se suma ahora Lydia Bosch , un rostro popular de nuestra televisión que llevaba treinta y siete años sin hacer teatro, un género en el que su experiencia se limita a tres trabajos a finales de los años ochenta: ‘Pato a la naranja’ (1986), al lado de Arturo Fernández; ‘Los ochenta son nuestros’ (1988), una comedia de Ana Diosdado que fue en su día un gran éxito comercial; y ‘Música cercana’ (1989), uno de los textos postreros de Antonio Buero Vallejo. José María del Castillo la ha recuperado para la escena, igual que hace dos años hizo con Victoria Abril, que estuvo ausente de las tablas españolas durante cuarenta y cinco años.Está claro que el poder de convicción es una de las más destacadas virtudes de Del Castillo. Lydia se enfrenta a un personaje con dos caras: por un lado, es la mujer que revive la tragedia vivida y presenta sus contradicciones, su desesperación, su culpa e incluso su ironía; por otro, es una mujer que baja de su pedestal y busca el favor del público. Aquí es que le han granjeado el cariño de los espectadores —había un inusual número de ellos esperando su salida de los camerinos—.Junto a ella, Julio Peña, Alejandro Albarracín, Marta Calvó -que muestra su indudable jerarquía en la función-, Antonio Albella, Eva Diago -que pone, con su conocida calidad, la nota musical al espectáculo- y Yaiza Marcos -que hace lo propio con la parte coreográfica-. La escenografía de Anna Tusell, la iluminación de Florencio Ortiz, el vestuario de Pier Paolo Álvaro y Roger Portal, la música de Alejandro Cruz Benavides, la coreografía de Benjamín Leiva y el maquillaje y peluquería de Roberto Siguero completan la ficha artística del espectáculo, ante el que los espectadores, puestos en pie, reaccionaron con una estruendosa y cálida ovación.
Pasó el eclipse —probablemente los dos minutos y medio que más han dado que hablar en nuestra historia reciente—, pero en Mérida se quedó el calor. Claro que sobre ese escenario mítico y milenario se representaba el infierno, y allí dicen que las calderas de … Pedro Botero trabajan a pleno rendimiento. En ese infierno ha situado José María del Castillo, autor y director de la función, a uno de los grandes mitos del teatro clásico -y viejo conocido del público emeritense-: Fedra, la mujer ateniense casada con Teseo, el héroe que mató al Minotauro, que se enamora de su hijastro, Hipólito; esta pasión ilícita la llevará al suicidio.
Fedra es, dice Del Castillo, «una mujer hecha de fuego y de culpa y encendida por el peso de la Historia», y desde el inframundo pide a las Moiras -las diosas que personifican el destino- una segunda oportunidad para poder reescribir su historia y limpiar su nombre.
Ya presentó el propio autor hace dos años en el mismo escenario un espectáculo con parecida premisa, pero esta vez con otro gran mito griego: Medusa -a quien encarnó Victoria Abril-. Su intención, asegura, es indagar «en las pasiones humanas, los deseos prohibidos, los juicios morales y la culpabilidad transformada en pecado». Fedra es uno de los grandes personajes del teatro clásico. Fue Eurípides quien lo llevó a escena por vez primera en su obra ‘Hipólito’, fechada en el 428 a.C. -al menos, este es el primer texto que se conserva en el que aparece el personaje-, y autores como Séneca, Ovidio, Racine, Unamuno, D’Annunzio, Salvador Espriú y, más recientemente, José María Pemán, Sarah Kane o Paco Bezerra han sido seducidos por esta tragedia en la que entran en juego el deseo y las pasiones transgresoras, la conciencia, la culpa, la redención…
Todo ello lo apunta Del Castillo en su texto en el que, al igual que lo hiciera en ‘Medusa’, trata de dar voz a la mujer y reprocha la condena a la que el juicio de la historia la ha sometido sin dejarla expresarse. La Fedra que emerge de los infiernos es una mujer dominada por el remordimiento y en esta segunda oportunidad pelea como puede y sabe contra su propio deseo; vulnerable, asustada y rabiosa al mismo tiempo, el autor dibuja a una mujer esclava de sus pasiones pero que termina reivindicando su derecho a sentir y a desear sin que los demás la juzguen por ello o le digan qué es correcto y qué es incorrecto. Del Castillo ha querido aliviar la tragedia y la hace respirar en su espectáculo con música, coreografías y esporádicas dosis de humor.
Fedra ha sido una asidua del Teatro Romano de Mérida. En noviembre de 1953, el Teatro Popular Universitario puso en pie la versión de Séneca en la función que sirvió para abrir el espacio, que había interrumpido su actividad teatral en 1934. Después, actrices como Victoria Vera, Ana Belén o Lolita, y bailarinas como Manuela Vargas y Lola Greco -en la versión que dirigió Miguel Narros, con coreografía de Javier Latorre y música de Enrique Morente- encarnaron a la ateniense sobre este milenario escenario.
A ellas se suma ahora Lydia Bosch, un rostro popular de nuestra televisión que llevaba treinta y siete años sin hacer teatro, un género en el que su experiencia se limita a tres trabajos a finales de los años ochenta: ‘Pato a la naranja’ (1986), al lado de Arturo Fernández; ‘Los ochenta son nuestros’ (1988), una comedia de Ana Diosdado que fue en su día un gran éxito comercial; y ‘Música cercana’ (1989), uno de los textos postreros de Antonio Buero Vallejo. José María del Castillo la ha recuperado para la escena, igual que hace dos años hizo con Victoria Abril, que estuvo ausente de las tablas españolas durante cuarenta y cinco años.
Está claro que el poder de convicción es una de las más destacadas virtudes de Del Castillo. Lydia se enfrenta a un personaje con dos caras: por un lado, es la mujer que revive la tragedia vivida y presenta sus contradicciones, su desesperación, su culpa e incluso su ironía; por otro, es una mujer que baja de su pedestal y busca el favor del público. Aquí es que le han granjeado el cariño de los espectadores —había un inusual número de ellos esperando su salida de los camerinos—.
Junto a ella, Julio Peña, Alejandro Albarracín, Marta Calvó -que muestra su indudable jerarquía en la función-, Antonio Albella, Eva Diago -que pone, con su conocida calidad, la nota musical al espectáculo- y Yaiza Marcos -que hace lo propio con la parte coreográfica-. La escenografía de Anna Tusell, la iluminación de Florencio Ortiz, el vestuario de Pier Paolo Álvaro y Roger Portal, la música de Alejandro Cruz Benavides, la coreografía de Benjamín Leiva y el maquillaje y peluquería de Roberto Siguero completan la ficha artística del espectáculo, ante el que los espectadores, puestos en pie, reaccionaron con una estruendosa y cálida ovación.
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