La figura de Miguel Sanz es el alma que sostiene el número 45 de la calle Ortega y Gasset. Mientras el sector del papel retrocede y las persianas de los quioscos en España se bajan como una estadística inevitable, Miguel ha convertido su puesto en un bastión de resistencia. Para él, la tinta no es un vestigio del pasado. «Es una revolución», dicen de él los vecinos del barrio, quienes ven en su energía inagotable la razón por la cual este rincón de Madrid sigue latiendo con un ritmo propio, ajeno al declive generalizado.Miguel no terminó tras el mostrador por azar. Su vínculo con la prensa nació en un pequeño pueblo de Burgos, donde el mejor regalo que podía recibir de su madre no era un juguete, sino los diarios del pueblo vecino. Esas páginas dobladas con cuidado eran su ventana al mundo, una pasión que ni sus estudios en Historia y Política pudieron desviar hacia los despachos. En 2015, fiel a esa memoria de infancia, decidió que su lugar estaba en la acera. Pasó de ser el cliente fiel que acudía cada mañana desde 2010 a tomar las riendas del negocio cuando este se vio amenazado por el cierre.Hoy, Miguel es mucho más que un quiosquero; es el motor de una comunidad que acude a él sin prisas. En un tiempo donde el contacto con la noticia parece deshilacharse, Miguel Sanz sigue demostrando que la tinta todavía tiene peso, y que ese peso es el que mantiene anclado el barrio a su propia historia. «Al principio fue muy complicado», confiesa Miguel. «Este oficio no es tan fácil», añade, consciente de que «muchísima gente no entiende que tiene su complejidad». «Hay que saber qué exponer cada día, gestionar una facturación que es pura ingeniería editorial y lidiar con un volumen de publicaciones que, aunque ha bajado, sigue exigiendo una atención constante». Sin embargo, para él, la recompensa es la prescripción. Miguel es un lector que recomienda.«La conversación social se ha banalizado, se ha hecho mucho más superficial, se ha hecho más pobre» Miguel SanzSanz observa el panorama mediático con la lucidez de quien ve la transformación del debate público en tiempo real. Para él, el cambio más drástico no ha sido el soporte, sino la profundidad. «He notado que la conversación social se ha banalizado, se ha hecho mucho más superficial, se ha hecho más pobre», lamenta. Según Miguel, la prensa ha vivido una renovación estructural en sus firmas; menciona cómo diarios históricos han visto partir a figuras veteranas como Carrascal o Martín Ferrand para abrir paso a voces nuevas. Pero esa renovación convive con un fenómeno más oscuro: la pérdida de autoridad.« La polarización es el resultado de una menor información. Cuanto menos información se tiene, cuanto más te informas a través de titulares agresivos de medios digitales o de los 280 caracteres de una red social, más te polarizas», advierte el quiosquero. «Ahora hay mucho cabreo, pero poca reflexión. Antes, los columnistas tenían una influencia superlativa; sus polémicas intelectuales estaban presentes en los cafés, en las comidas, en los corrillos». Para Miguel, el descrédito de la figura del periodista es una herida abierta en la sociedad. Cree que el ciudadano ha sustituido la jerarquía del papel por el ruido de los blogs y el ‘clickbait’, olvidando que el periodismo, para ser fiable, requiere el sosiego que solo el formato impreso garantiza.El retorno a lo tangibleContra todo pronóstico, el quiosquero de la calle Ortega y Gasset maneja cifras que invitan a la esperanza de los nostálgicos. Según su experiencia, el e-book ha perdido la batalla de la permanencia. «Hace diez años parecía que el libro digital lo ocuparía todo. Hoy, el 96% de lo que se lee sigue siendo en papel», afirma.Miguel ha visto a clientes «quemarse» con las suscripciones digitales. Se quejan de aplicaciones que fallan, de muros de pago farragosos y, sobre todo, de la falta de esa «cercanía» que aporta el objeto físico. «Las pantallas, los móviles… no son para leer en profundidad», explica, tajante: «El medio por excelencia de profundidad es el papel. El dispositivo electrónico es un formato de consulta, de búsqueda inmediata, pero no es un formato de lectura profunda. El papel te permite subrayar, volver a leer, poseer la información. Es el formato natural».A pesar de su defensa férrea de lo analógico, Miguel no vive de espaldas al presente ni desprecia las nuevas corrientes de prescripción que habitan en los teléfonos móviles. «Veo muy bien a la figura de recomendadores en redes sociales, a los ‘booktokers’ y ‘bookstagrammers’», admite con generosidad, entendiendo que estas figuras actúan como puertas de entrada necesarias en un mundo saturado de estímulos. «Todo lo que sea fomentar la lectura y dar a conocer libros, bienvenido sea». Para él, cualquier herramienta que despierte la curiosidad por una historia es una aliada en su batalla personal; de hecho, considera que estos nuevos prescriptores son «fundamentales para que no se pierda el hábito» en las nuevas generaciones.Sin embargo, la verdadera revolución de Miguel Sanz lleva el nombre de Kioskalia. No se quedó sentado esperando a que los lectores volvieran; salió a buscarlos, convirtiendo su quiosco en un centro cultural que organiza firmas de libros cada fin de semana y devolviendo así la figura del autor a la calle. Su estrategia es una cuidada mezcla de tradición y tecnología: gestiona una comunidad de WhatsApp con más de 200 clientes fieles a los que informa de las novedades como si de un club de lectura se tratase, además de apostar por el contenido en redes sociales , donde también aprovecha la existencia de ‘Bookstagram’ para atraer a los lectores a sus convocatorias.«Traigo a gente que escribe en prensa, pero también a autores debutantes, para darles a conocer al público», explica Miguel, quien ha logrado que figuras de la talla de Andrés Trapiello, Manuel Vicent, Jorge Bustos, Rubén Amón, Rosa Belmonte o David Uclés se sienten a pie de asfalto para encontrarse con sus lectores. En este rincón de Madrid, ver una hilera de personas esperando bajo el sol para que un ensayista les dedique un ejemplar se ha convertido en un acto de rebeldía contra la tiranía del algoritmo, una apuesta por la «autoridad literaria» que demuestra que el contacto físico entre quien escribe y quien lee sigue siendo el motor más potente de la cultura.El guardián de la próxima décadaEl día a día es una batalla ajetreada entre sobres de cromos del Mundial para los más jóvenes y sesudas recomendaciones de ensayos para los veteranos del barrio. Miguel sabe que el mundo se ha vuelto más convulso e incierto, pero lejos de amedrentarse, ve en esa incertidumbre una oportunidad para el papel. Para Miguel, la supervivencia de estos bastiones no depende solo de la nostalgia, sino de una evolución necesaria que devuelva el quiosco al centro de la vida urbana. «Estaría muy bien que en todos los puntos de venta se supiese que hay libros y que se diversificase la oferta », sostiene Sanz, defendiendo una reforma del concepto que ya empieza a florecer en otros rincones de la capital. Mientras él apuesta por la «vida de calle literaria», Madrid asiste a un renacimiento silencioso donde el metal verde se llena de nuevos propósitos: desde la propuesta de Good News, que ha hibridado la prensa con el café de especialidad para atraer a las generaciones del scroll, hasta News & Coffee, que apuesta por una cuidada selección de revistas independientes de diseño y cultura internacional. Otros, como el quiosco Morrison en el barrio de Goya, han optado por ofrecer vinilos y buen café, entendiendo que, para que el ciudadano se detenga ante el papel, el entorno debe ofrecer una experiencia sensorial que la pantalla, en su fría inmediatez, jamás podrá igualar. Son intentos distintos para un mismo fin: evitar que la ciudad pierda su piel de papel. Al final de la mañana, Miguel se queda un momento en silencio tras el mostrador. Sabe que su labor es, en parte, la de un psicólogo y, en parte, la de un centinela. En la esquina del número 45, la tinta de Miguel sigue pesando: y mientras pese, habrá esperanza para la palabra escrita. La figura de Miguel Sanz es el alma que sostiene el número 45 de la calle Ortega y Gasset. Mientras el sector del papel retrocede y las persianas de los quioscos en España se bajan como una estadística inevitable, Miguel ha convertido su puesto en un bastión de resistencia. Para él, la tinta no es un vestigio del pasado. «Es una revolución», dicen de él los vecinos del barrio, quienes ven en su energía inagotable la razón por la cual este rincón de Madrid sigue latiendo con un ritmo propio, ajeno al declive generalizado.Miguel no terminó tras el mostrador por azar. Su vínculo con la prensa nació en un pequeño pueblo de Burgos, donde el mejor regalo que podía recibir de su madre no era un juguete, sino los diarios del pueblo vecino. Esas páginas dobladas con cuidado eran su ventana al mundo, una pasión que ni sus estudios en Historia y Política pudieron desviar hacia los despachos. En 2015, fiel a esa memoria de infancia, decidió que su lugar estaba en la acera. Pasó de ser el cliente fiel que acudía cada mañana desde 2010 a tomar las riendas del negocio cuando este se vio amenazado por el cierre.Hoy, Miguel es mucho más que un quiosquero; es el motor de una comunidad que acude a él sin prisas. En un tiempo donde el contacto con la noticia parece deshilacharse, Miguel Sanz sigue demostrando que la tinta todavía tiene peso, y que ese peso es el que mantiene anclado el barrio a su propia historia. «Al principio fue muy complicado», confiesa Miguel. «Este oficio no es tan fácil», añade, consciente de que «muchísima gente no entiende que tiene su complejidad». «Hay que saber qué exponer cada día, gestionar una facturación que es pura ingeniería editorial y lidiar con un volumen de publicaciones que, aunque ha bajado, sigue exigiendo una atención constante». Sin embargo, para él, la recompensa es la prescripción. Miguel es un lector que recomienda.«La conversación social se ha banalizado, se ha hecho mucho más superficial, se ha hecho más pobre» Miguel SanzSanz observa el panorama mediático con la lucidez de quien ve la transformación del debate público en tiempo real. Para él, el cambio más drástico no ha sido el soporte, sino la profundidad. «He notado que la conversación social se ha banalizado, se ha hecho mucho más superficial, se ha hecho más pobre», lamenta. Según Miguel, la prensa ha vivido una renovación estructural en sus firmas; menciona cómo diarios históricos han visto partir a figuras veteranas como Carrascal o Martín Ferrand para abrir paso a voces nuevas. Pero esa renovación convive con un fenómeno más oscuro: la pérdida de autoridad.« La polarización es el resultado de una menor información. Cuanto menos información se tiene, cuanto más te informas a través de titulares agresivos de medios digitales o de los 280 caracteres de una red social, más te polarizas», advierte el quiosquero. «Ahora hay mucho cabreo, pero poca reflexión. Antes, los columnistas tenían una influencia superlativa; sus polémicas intelectuales estaban presentes en los cafés, en las comidas, en los corrillos». Para Miguel, el descrédito de la figura del periodista es una herida abierta en la sociedad. Cree que el ciudadano ha sustituido la jerarquía del papel por el ruido de los blogs y el ‘clickbait’, olvidando que el periodismo, para ser fiable, requiere el sosiego que solo el formato impreso garantiza.El retorno a lo tangibleContra todo pronóstico, el quiosquero de la calle Ortega y Gasset maneja cifras que invitan a la esperanza de los nostálgicos. Según su experiencia, el e-book ha perdido la batalla de la permanencia. «Hace diez años parecía que el libro digital lo ocuparía todo. Hoy, el 96% de lo que se lee sigue siendo en papel», afirma.Miguel ha visto a clientes «quemarse» con las suscripciones digitales. Se quejan de aplicaciones que fallan, de muros de pago farragosos y, sobre todo, de la falta de esa «cercanía» que aporta el objeto físico. «Las pantallas, los móviles… no son para leer en profundidad», explica, tajante: «El medio por excelencia de profundidad es el papel. El dispositivo electrónico es un formato de consulta, de búsqueda inmediata, pero no es un formato de lectura profunda. El papel te permite subrayar, volver a leer, poseer la información. Es el formato natural».A pesar de su defensa férrea de lo analógico, Miguel no vive de espaldas al presente ni desprecia las nuevas corrientes de prescripción que habitan en los teléfonos móviles. «Veo muy bien a la figura de recomendadores en redes sociales, a los ‘booktokers’ y ‘bookstagrammers’», admite con generosidad, entendiendo que estas figuras actúan como puertas de entrada necesarias en un mundo saturado de estímulos. «Todo lo que sea fomentar la lectura y dar a conocer libros, bienvenido sea». Para él, cualquier herramienta que despierte la curiosidad por una historia es una aliada en su batalla personal; de hecho, considera que estos nuevos prescriptores son «fundamentales para que no se pierda el hábito» en las nuevas generaciones.Sin embargo, la verdadera revolución de Miguel Sanz lleva el nombre de Kioskalia. No se quedó sentado esperando a que los lectores volvieran; salió a buscarlos, convirtiendo su quiosco en un centro cultural que organiza firmas de libros cada fin de semana y devolviendo así la figura del autor a la calle. Su estrategia es una cuidada mezcla de tradición y tecnología: gestiona una comunidad de WhatsApp con más de 200 clientes fieles a los que informa de las novedades como si de un club de lectura se tratase, además de apostar por el contenido en redes sociales , donde también aprovecha la existencia de ‘Bookstagram’ para atraer a los lectores a sus convocatorias.«Traigo a gente que escribe en prensa, pero también a autores debutantes, para darles a conocer al público», explica Miguel, quien ha logrado que figuras de la talla de Andrés Trapiello, Manuel Vicent, Jorge Bustos, Rubén Amón, Rosa Belmonte o David Uclés se sienten a pie de asfalto para encontrarse con sus lectores. En este rincón de Madrid, ver una hilera de personas esperando bajo el sol para que un ensayista les dedique un ejemplar se ha convertido en un acto de rebeldía contra la tiranía del algoritmo, una apuesta por la «autoridad literaria» que demuestra que el contacto físico entre quien escribe y quien lee sigue siendo el motor más potente de la cultura.El guardián de la próxima décadaEl día a día es una batalla ajetreada entre sobres de cromos del Mundial para los más jóvenes y sesudas recomendaciones de ensayos para los veteranos del barrio. Miguel sabe que el mundo se ha vuelto más convulso e incierto, pero lejos de amedrentarse, ve en esa incertidumbre una oportunidad para el papel. Para Miguel, la supervivencia de estos bastiones no depende solo de la nostalgia, sino de una evolución necesaria que devuelva el quiosco al centro de la vida urbana. «Estaría muy bien que en todos los puntos de venta se supiese que hay libros y que se diversificase la oferta », sostiene Sanz, defendiendo una reforma del concepto que ya empieza a florecer en otros rincones de la capital. Mientras él apuesta por la «vida de calle literaria», Madrid asiste a un renacimiento silencioso donde el metal verde se llena de nuevos propósitos: desde la propuesta de Good News, que ha hibridado la prensa con el café de especialidad para atraer a las generaciones del scroll, hasta News & Coffee, que apuesta por una cuidada selección de revistas independientes de diseño y cultura internacional. Otros, como el quiosco Morrison en el barrio de Goya, han optado por ofrecer vinilos y buen café, entendiendo que, para que el ciudadano se detenga ante el papel, el entorno debe ofrecer una experiencia sensorial que la pantalla, en su fría inmediatez, jamás podrá igualar. Son intentos distintos para un mismo fin: evitar que la ciudad pierda su piel de papel. Al final de la mañana, Miguel se queda un momento en silencio tras el mostrador. Sabe que su labor es, en parte, la de un psicólogo y, en parte, la de un centinela. En la esquina del número 45, la tinta de Miguel sigue pesando: y mientras pese, habrá esperanza para la palabra escrita.
La figura de Miguel Sanz es el alma que sostiene el número 45 de la calle Ortega y Gasset. Mientras el sector del papel retrocede y las persianas de los quioscos en España se bajan como una estadística inevitable, Miguel ha convertido su puesto en … un bastión de resistencia. Para él, la tinta no es un vestigio del pasado. «Es una revolución», dicen de él los vecinos del barrio, quienes ven en su energía inagotable la razón por la cual este rincón de Madrid sigue latiendo con un ritmo propio, ajeno al declive generalizado.
Miguel no terminó tras el mostrador por azar. Su vínculo con la prensa nació en un pequeño pueblo de Burgos, donde el mejor regalo que podía recibir de su madre no era un juguete, sino los diarios del pueblo vecino. Esas páginas dobladas con cuidado eran su ventana al mundo, una pasión que ni sus estudios en Historia y Política pudieron desviar hacia los despachos. En 2015, fiel a esa memoria de infancia, decidió que su lugar estaba en la acera. Pasó de ser el cliente fiel que acudía cada mañana desde 2010 a tomar las riendas del negocio cuando este se vio amenazado por el cierre.
Hoy, Miguel es mucho más que un quiosquero; es el motor de una comunidad que acude a él sin prisas. En un tiempo donde el contacto con la noticia parece deshilacharse, Miguel Sanz sigue demostrando que la tinta todavía tiene peso, y que ese peso es el que mantiene anclado el barrio a su propia historia. «Al principio fue muy complicado», confiesa Miguel. «Este oficio no es tan fácil», añade, consciente de que «muchísima gente no entiende que tiene su complejidad». «Hay que saber qué exponer cada día, gestionar una facturación que es pura ingeniería editorial y lidiar con un volumen de publicaciones que, aunque ha bajado, sigue exigiendo una atención constante». Sin embargo, para él, la recompensa es la prescripción. Miguel es un lector que recomienda.
«La conversación social se ha banalizado, se ha hecho mucho más superficial, se ha hecho más pobre»
Miguel Sanz
Sanz observa el panorama mediático con la lucidez de quien ve la transformación del debate público en tiempo real. Para él, el cambio más drástico no ha sido el soporte, sino la profundidad. «He notado que la conversación social se ha banalizado, se ha hecho mucho más superficial, se ha hecho más pobre», lamenta. Según Miguel, la prensa ha vivido una renovación estructural en sus firmas; menciona cómo diarios históricos han visto partir a figuras veteranas como Carrascal o Martín Ferrand para abrir paso a voces nuevas. Pero esa renovación convive con un fenómeno más oscuro: la pérdida de autoridad.
«La polarización es el resultado de una menor información. Cuanto menos información se tiene, cuanto más te informas a través de titulares agresivos de medios digitales o de los 280 caracteres de una red social, más te polarizas», advierte el quiosquero. «Ahora hay mucho cabreo, pero poca reflexión. Antes, los columnistas tenían una influencia superlativa; sus polémicas intelectuales estaban presentes en los cafés, en las comidas, en los corrillos». Para Miguel, el descrédito de la figura del periodista es una herida abierta en la sociedad. Cree que el ciudadano ha sustituido la jerarquía del papel por el ruido de los blogs y el ‘clickbait’, olvidando que el periodismo, para ser fiable, requiere el sosiego que solo el formato impreso garantiza.
El retorno a lo tangible
Contra todo pronóstico, el quiosquero de la calle Ortega y Gasset maneja cifras que invitan a la esperanza de los nostálgicos. Según su experiencia, el e-book ha perdido la batalla de la permanencia. «Hace diez años parecía que el libro digital lo ocuparía todo. Hoy, el 96% de lo que se lee sigue siendo en papel», afirma.
Miguel ha visto a clientes «quemarse» con las suscripciones digitales. Se quejan de aplicaciones que fallan, de muros de pago farragosos y, sobre todo, de la falta de esa «cercanía» que aporta el objeto físico. «Las pantallas, los móviles… no son para leer en profundidad», explica, tajante: «El medio por excelencia de profundidad es el papel. El dispositivo electrónico es un formato de consulta, de búsqueda inmediata, pero no es un formato de lectura profunda. El papel te permite subrayar, volver a leer, poseer la información. Es el formato natural».
A pesar de su defensa férrea de lo analógico, Miguel no vive de espaldas al presente ni desprecia las nuevas corrientes de prescripción que habitan en los teléfonos móviles. «Veo muy bien a la figura de recomendadores en redes sociales, a los ‘booktokers’ y ‘bookstagrammers’», admite con generosidad, entendiendo que estas figuras actúan como puertas de entrada necesarias en un mundo saturado de estímulos. «Todo lo que sea fomentar la lectura y dar a conocer libros, bienvenido sea». Para él, cualquier herramienta que despierte la curiosidad por una historia es una aliada en su batalla personal; de hecho, considera que estos nuevos prescriptores son «fundamentales para que no se pierda el hábito» en las nuevas generaciones.
Sin embargo, la verdadera revolución de Miguel Sanz lleva el nombre de Kioskalia. No se quedó sentado esperando a que los lectores volvieran; salió a buscarlos, convirtiendo su quiosco en un centro cultural que organiza firmas de libros cada fin de semana y devolviendo así la figura del autor a la calle. Su estrategia es una cuidada mezcla de tradición y tecnología: gestiona una comunidad de WhatsApp con más de 200 clientes fieles a los que informa de las novedades como si de un club de lectura se tratase, además de apostar por el contenido en redes sociales, donde también aprovecha la existencia de ‘Bookstagram’ para atraer a los lectores a sus convocatorias.
«Traigo a gente que escribe en prensa, pero también a autores debutantes, para darles a conocer al público», explica Miguel, quien ha logrado que figuras de la talla de Andrés Trapiello, Manuel Vicent, Jorge Bustos, Rubén Amón, Rosa Belmonte o David Uclés se sienten a pie de asfalto para encontrarse con sus lectores. En este rincón de Madrid, ver una hilera de personas esperando bajo el sol para que un ensayista les dedique un ejemplar se ha convertido en un acto de rebeldía contra la tiranía del algoritmo, una apuesta por la «autoridad literaria» que demuestra que el contacto físico entre quien escribe y quien lee sigue siendo el motor más potente de la cultura.
El guardián de la próxima década
El día a día es una batalla ajetreada entre sobres de cromos del Mundial para los más jóvenes y sesudas recomendaciones de ensayos para los veteranos del barrio. Miguel sabe que el mundo se ha vuelto más convulso e incierto, pero lejos de amedrentarse, ve en esa incertidumbre una oportunidad para el papel. Para Miguel, la supervivencia de estos bastiones no depende solo de la nostalgia, sino de una evolución necesaria que devuelva el quiosco al centro de la vida urbana. «Estaría muy bien que en todos los puntos de venta se supiese que hay libros y que se diversificase la oferta», sostiene Sanz, defendiendo una reforma del concepto que ya empieza a florecer en otros rincones de la capital.
Mientras él apuesta por la «vida de calle literaria», Madrid asiste a un renacimiento silencioso donde el metal verde se llena de nuevos propósitos: desde la propuesta de Good News, que ha hibridado la prensa con el café de especialidad para atraer a las generaciones del scroll, hasta News & Coffee, que apuesta por una cuidada selección de revistas independientes de diseño y cultura internacional. Otros, como el quiosco Morrison en el barrio de Goya, han optado por ofrecer vinilos y buen café, entendiendo que, para que el ciudadano se detenga ante el papel, el entorno debe ofrecer una experiencia sensorial que la pantalla, en su fría inmediatez, jamás podrá igualar. Son intentos distintos para un mismo fin: evitar que la ciudad pierda su piel de papel.
Al final de la mañana, Miguel se queda un momento en silencio tras el mostrador. Sabe que su labor es, en parte, la de un psicólogo y, en parte, la de un centinela. En la esquina del número 45, la tinta de Miguel sigue pesando: y mientras pese, habrá esperanza para la palabra escrita.
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