«Nos apretujamos como minotauros en sótanos, que les den…». La frase la dice en la Bulgaria comunista de los años setenta un padre que se queja del problema de la vivienda. La única rebelión contra el partido se puede pronunciar así, por lo bajo y en la cocina. Pero el niño pregunta: «¿Qué es un Minotauro?». El padre le da un libro de mitología. Estamos en plena Guerra Fría y la siguiente pregunta del niño es: «¿El Minotauro es de los nuestros?». Ese pequeño que pasaba el día sólo en el semisótano mientras sus padres trabajaban aprendió a soñar, se identificó desde entonces con el monstruo del laberinto y ya nunca dejó de leer. Hoy es el novelista búlgaro Gueorgui Gospodínov, que acaba de publicar ‘Física de la tristeza’ (Impedimenta), un libro milagroso, lleno de historias cruzadas, que arranca con un niño capaz de meterse en los recuerdos de los otros. Un viaje mítico por la memoria personal y familiar. Un libro que también se convierte en nuestra historia.Noticia relacionada reportaje No No Ya somos nadie Gueorgui Gospodínov—¿Qué representa el mito para usted?—El mito narra historias y tristezas, también personales. Con él inyectamos lo sublime y empiezan a adquirir otros sentidos. Un relato no es algo que sigue al acontecimiento. En cierto modo, la narración es lo que crea el acontecimiento. Sin ella, todo está inacabado o ni siquiera ha sucedido. —¿El mito es algo antiguo o sigue sucediendo?—Mis abuelos, sin una educación, contaban su vida como los mitos. Y para mí lo más importante es esa mezcla de lo cotidiano y de lo sublime. El perro de Ulises es como el perro de mi padre, que lo siguió esperando después de su muerte. —Pero el niño pregunta si el Minotauro es de los nuestros, en un mundo muy polarizado. ¿Los mitos con quién van, el escritor con quién tiene que ir?—Sin duda, es de los nuestros, es de los buenos. En términos actuales tiene una malformación en la cabeza por culpa del pecado de su madre, Parsifae. Ese relato fue lo que le convirtió en monstruo. Si lo mira así, verá que es un acto muy político. —¿Hasta qué punto la literatura es un juego? En el libro incluso sale un toro en una corrida y usted le da voz, voz de Minotauro. ¿Empatiza más con el toro o con el torero?—Cuando en un juego hay muerte, ya no es solo juego. El posmodernismo acaba ahí donde llega la muerte. Y en concreto, a ver: mi empatía va con el toro, porque no veo igualdad de fuerzas. No lidia la naturaleza contra la naturaleza. Uno de los dos va armado. Estoy más del lado del toro. Si lo piensa, todos los escritores están siempre del lado del perdedor. Solo los perdedores narran historias. Los victoriosos escriben ‘LA historia’, con mayúscula. Y yo me sitúo del lado de las historias. —En muchos capítulos habla de la muerte. La de Héctor en Troya, la de Kennedy en Dallas y también de las muertes de los animales en el matadero. Hay intimidad con la muerte en su narración.—La muerte es un maestro. Las primeras palabras que aprendí a leer fueron aquellas hendidas en las lápidas de los cementerios. Los niños son inmortales, pero saben de la muerte. Mi abuela, con la que viví, a diario, me enseñaba a menudo la ropa negra con la que quería que la vistiéramos una vez muerta. Es decir, la muerte vivía en el armario de mi abuela. Pero la muerte también valida la vida. Esa es su cualidad esencial, física. Valioso es solo aquello que va a morir. Y es por eso que a mí me gustaría hablar de ello: solo merece la pena hablar de aquello que va a morir. Ese conocimiento es muy bonito y creo que hasta cierto punto es salvador. Esto me ayudó luego en ‘El jardinero y la muerte’. Esa forma de hacer las paces, de domesticar el pensamiento sobre la muerte. Hasta llegar a la frase favorita de mi padre: «Nada que temer». —La otra cosa que atraviesa el libro es el humor. ¿Es el arma definitiva de los pueblos oprimidos por un partido, por una dictadura o por una prohibición?—El humor es la fuerza de los débiles. En Bulgaria tenemos la autoironía. El título ‘Fisica de la tristeza’ viene de una encuesta que decía que Bulgaria era el campeón mundial de la tristeza. Me dije, bueno, pues qué bien, somos primeros en algo. Pocas veces ha ocurrido. Y cuando en años siguientes dejamos de ser primeros en tristeza en el mundo, me llevé una cierta decepción. —Cuenta que en la adolescencia, cada vez que besaba a una chica, moría un presidente de la URSS. Podían haberle detenido por espía…—Una vez una lectora en el público dijo: ‘disculpe, ¿no podrá seguir besando?’, porque tenemos aquí algún que otro líder necesitado de muerte urgente…—¿Qué tiene que hacer el escritor para no convertirse en otra cosa?—Seguir sintiendo empatía por lo que está contando. Al escribir me gusta dar consuelo, o buscarlo. Hay grandes escritores, no voy a citar nombres, que directamente te cogen del pelo y te empujan a la oscuridad. Mire ahora esa mosca que está en esa ventana. ¡Qué ridículos, qué cómicos, qué absurdos debemos parecerle con nuestras quejas constantes! La mosca se muere en tres días. —Y quién ha sido su maestro de empatía para escribir así, ¿algún autor?—Mi abuela fue la maestra de la empatía. Y Chejov. Y Borges. Y muchos poetas. Leo y escribo poesía. Salvatore Quasimodo dice: «Todos están solos sobre el corazón de la tierra/ traspasados por un rayo de sol:/ y de pronto anochece». Después de esas tres líneas no puedes odiar a la humanidad de la misma manera. Dylan Thomas dice que cada poema es una contribución a la realidad. Yo diría que cada historia. Y creo que ni siquiera los recuerdos se pueden dividir en falsos y verdaderos, da igual. —¿Los recuerdos son historias?—Hacen real algo que ha sucedido en la imaginación o en el mundo. Lo convierten, lo validan, lo legitiman. —Tenemos que hablar de la moñiga de búfalo… esa catedral, como dice en la novela.—¿Es cómodo hablar de ello para sus lectores?. —Lo haremos cómodo. Los usos de la boñiga para el dolor de oídos, para los panales… Es un conocimiento ancestral que nuestra generación ha roto. Hemos estudiado en ciudades y no sé si vamos a pagar muy caro haber roto algunos de esos hilos que nos unían con lo que éramos.—Es una pregunta muy seria. Sí, nuestra generación es muy trágica, pero al menos nos damos cuenta de esa rotura, somos el eslabón que se rompe por la tensión entre un pasado que ya no existe y un futuro que no comprendemos. Teníamos que aprender cómo hacer una colmena de abejas con boñiga de búfalo… Gracias a mi padre, yo tengo unos apuntes, las instrucciones. Se convertirán en recuerdo, en historia. Es bueno que yo se lo cuente a mi hija. Para ella, eso ya será pura ficción. —Con suerte se la haremos llegar como si fueran mitos. —Efectivamente. Y podemos pensar que los mitos que conocemos en su momento para otra generación todavía más alejada eran historias reales. Alguna vez fueron conocimiento real. —El mundo se ha puesto muy serio. Demasiado. En Estados Unidos han cancelado al gran humorista Steven Colbert tras una amenaza poco velada de Trump. ¿Qué le parece que es más feliz: asomarse al humor de los demás o a la tristeza de los demás?—Para mí no hay diferencia. Pero si hay algo que los populistas y nacionalistas no pueden soportar es la ironía. También hay que añadir que la ironía por sí sola, desgraciadamente, no basta para sacar a un populista del poder. —Para terminar: el narrador de la empatía, ¿cómo opera con el lector, lo imagina?—Es una conversación continua, incesante. Todos mis libros están abiertos al lector. En plena narración me gusta de repente abrir una pequeña puerta hacia el lector y decir, a ver, estoy narrando, también sufriendo, ¿seguís aquí?, ¿me oís, me entendéis? Y cuando el libro está acabado los lectores vienen y se ponen a contarme sus propias historias. Y surge esa hermosa sensación de que nos conocemos porque entre nosotros hay un libro… «Nos apretujamos como minotauros en sótanos, que les den…». La frase la dice en la Bulgaria comunista de los años setenta un padre que se queja del problema de la vivienda. La única rebelión contra el partido se puede pronunciar así, por lo bajo y en la cocina. Pero el niño pregunta: «¿Qué es un Minotauro?». El padre le da un libro de mitología. Estamos en plena Guerra Fría y la siguiente pregunta del niño es: «¿El Minotauro es de los nuestros?». Ese pequeño que pasaba el día sólo en el semisótano mientras sus padres trabajaban aprendió a soñar, se identificó desde entonces con el monstruo del laberinto y ya nunca dejó de leer. Hoy es el novelista búlgaro Gueorgui Gospodínov, que acaba de publicar ‘Física de la tristeza’ (Impedimenta), un libro milagroso, lleno de historias cruzadas, que arranca con un niño capaz de meterse en los recuerdos de los otros. Un viaje mítico por la memoria personal y familiar. Un libro que también se convierte en nuestra historia.Noticia relacionada reportaje No No Ya somos nadie Gueorgui Gospodínov—¿Qué representa el mito para usted?—El mito narra historias y tristezas, también personales. Con él inyectamos lo sublime y empiezan a adquirir otros sentidos. Un relato no es algo que sigue al acontecimiento. En cierto modo, la narración es lo que crea el acontecimiento. Sin ella, todo está inacabado o ni siquiera ha sucedido. —¿El mito es algo antiguo o sigue sucediendo?—Mis abuelos, sin una educación, contaban su vida como los mitos. Y para mí lo más importante es esa mezcla de lo cotidiano y de lo sublime. El perro de Ulises es como el perro de mi padre, que lo siguió esperando después de su muerte. —Pero el niño pregunta si el Minotauro es de los nuestros, en un mundo muy polarizado. ¿Los mitos con quién van, el escritor con quién tiene que ir?—Sin duda, es de los nuestros, es de los buenos. En términos actuales tiene una malformación en la cabeza por culpa del pecado de su madre, Parsifae. Ese relato fue lo que le convirtió en monstruo. Si lo mira así, verá que es un acto muy político. —¿Hasta qué punto la literatura es un juego? En el libro incluso sale un toro en una corrida y usted le da voz, voz de Minotauro. ¿Empatiza más con el toro o con el torero?—Cuando en un juego hay muerte, ya no es solo juego. El posmodernismo acaba ahí donde llega la muerte. Y en concreto, a ver: mi empatía va con el toro, porque no veo igualdad de fuerzas. No lidia la naturaleza contra la naturaleza. Uno de los dos va armado. Estoy más del lado del toro. Si lo piensa, todos los escritores están siempre del lado del perdedor. Solo los perdedores narran historias. Los victoriosos escriben ‘LA historia’, con mayúscula. Y yo me sitúo del lado de las historias. —En muchos capítulos habla de la muerte. La de Héctor en Troya, la de Kennedy en Dallas y también de las muertes de los animales en el matadero. Hay intimidad con la muerte en su narración.—La muerte es un maestro. Las primeras palabras que aprendí a leer fueron aquellas hendidas en las lápidas de los cementerios. Los niños son inmortales, pero saben de la muerte. Mi abuela, con la que viví, a diario, me enseñaba a menudo la ropa negra con la que quería que la vistiéramos una vez muerta. Es decir, la muerte vivía en el armario de mi abuela. Pero la muerte también valida la vida. Esa es su cualidad esencial, física. Valioso es solo aquello que va a morir. Y es por eso que a mí me gustaría hablar de ello: solo merece la pena hablar de aquello que va a morir. Ese conocimiento es muy bonito y creo que hasta cierto punto es salvador. Esto me ayudó luego en ‘El jardinero y la muerte’. Esa forma de hacer las paces, de domesticar el pensamiento sobre la muerte. Hasta llegar a la frase favorita de mi padre: «Nada que temer». —La otra cosa que atraviesa el libro es el humor. ¿Es el arma definitiva de los pueblos oprimidos por un partido, por una dictadura o por una prohibición?—El humor es la fuerza de los débiles. En Bulgaria tenemos la autoironía. El título ‘Fisica de la tristeza’ viene de una encuesta que decía que Bulgaria era el campeón mundial de la tristeza. Me dije, bueno, pues qué bien, somos primeros en algo. Pocas veces ha ocurrido. Y cuando en años siguientes dejamos de ser primeros en tristeza en el mundo, me llevé una cierta decepción. —Cuenta que en la adolescencia, cada vez que besaba a una chica, moría un presidente de la URSS. Podían haberle detenido por espía…—Una vez una lectora en el público dijo: ‘disculpe, ¿no podrá seguir besando?’, porque tenemos aquí algún que otro líder necesitado de muerte urgente…—¿Qué tiene que hacer el escritor para no convertirse en otra cosa?—Seguir sintiendo empatía por lo que está contando. Al escribir me gusta dar consuelo, o buscarlo. Hay grandes escritores, no voy a citar nombres, que directamente te cogen del pelo y te empujan a la oscuridad. Mire ahora esa mosca que está en esa ventana. ¡Qué ridículos, qué cómicos, qué absurdos debemos parecerle con nuestras quejas constantes! La mosca se muere en tres días. —Y quién ha sido su maestro de empatía para escribir así, ¿algún autor?—Mi abuela fue la maestra de la empatía. Y Chejov. Y Borges. Y muchos poetas. Leo y escribo poesía. Salvatore Quasimodo dice: «Todos están solos sobre el corazón de la tierra/ traspasados por un rayo de sol:/ y de pronto anochece». Después de esas tres líneas no puedes odiar a la humanidad de la misma manera. Dylan Thomas dice que cada poema es una contribución a la realidad. Yo diría que cada historia. Y creo que ni siquiera los recuerdos se pueden dividir en falsos y verdaderos, da igual. —¿Los recuerdos son historias?—Hacen real algo que ha sucedido en la imaginación o en el mundo. Lo convierten, lo validan, lo legitiman. —Tenemos que hablar de la moñiga de búfalo… esa catedral, como dice en la novela.—¿Es cómodo hablar de ello para sus lectores?. —Lo haremos cómodo. Los usos de la boñiga para el dolor de oídos, para los panales… Es un conocimiento ancestral que nuestra generación ha roto. Hemos estudiado en ciudades y no sé si vamos a pagar muy caro haber roto algunos de esos hilos que nos unían con lo que éramos.—Es una pregunta muy seria. Sí, nuestra generación es muy trágica, pero al menos nos damos cuenta de esa rotura, somos el eslabón que se rompe por la tensión entre un pasado que ya no existe y un futuro que no comprendemos. Teníamos que aprender cómo hacer una colmena de abejas con boñiga de búfalo… Gracias a mi padre, yo tengo unos apuntes, las instrucciones. Se convertirán en recuerdo, en historia. Es bueno que yo se lo cuente a mi hija. Para ella, eso ya será pura ficción. —Con suerte se la haremos llegar como si fueran mitos. —Efectivamente. Y podemos pensar que los mitos que conocemos en su momento para otra generación todavía más alejada eran historias reales. Alguna vez fueron conocimiento real. —El mundo se ha puesto muy serio. Demasiado. En Estados Unidos han cancelado al gran humorista Steven Colbert tras una amenaza poco velada de Trump. ¿Qué le parece que es más feliz: asomarse al humor de los demás o a la tristeza de los demás?—Para mí no hay diferencia. Pero si hay algo que los populistas y nacionalistas no pueden soportar es la ironía. También hay que añadir que la ironía por sí sola, desgraciadamente, no basta para sacar a un populista del poder. —Para terminar: el narrador de la empatía, ¿cómo opera con el lector, lo imagina?—Es una conversación continua, incesante. Todos mis libros están abiertos al lector. En plena narración me gusta de repente abrir una pequeña puerta hacia el lector y decir, a ver, estoy narrando, también sufriendo, ¿seguís aquí?, ¿me oís, me entendéis? Y cuando el libro está acabado los lectores vienen y se ponen a contarme sus propias historias. Y surge esa hermosa sensación de que nos conocemos porque entre nosotros hay un libro…
«Nos apretujamos como minotauros en sótanos, que les den…». La frase la dice en la Bulgaria comunista de los años setenta un padre que se queja del problema de la vivienda. La única rebelión contra el partido se puede pronunciar así, por lo bajo … y en la cocina. Pero el niño pregunta: «¿Qué es un Minotauro?». El padre le da un libro de mitología. Estamos en plena Guerra Fría y la siguiente pregunta del niño es: «¿El Minotauro es de los nuestros?». Ese pequeño que pasaba el día sólo en el semisótano mientras sus padres trabajaban aprendió a soñar, se identificó desde entonces con el monstruo del laberinto y ya nunca dejó de leer.
Hoy es el novelista búlgaro Gueorgui Gospodínov, que acaba de publicar ‘Física de la tristeza’ (Impedimenta), un libro milagroso, lleno de historias cruzadas, que arranca con un niño capaz de meterse en los recuerdos de los otros. Un viaje mítico por la memoria personal y familiar. Un libro que también se convierte en nuestra historia.
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Gueorgui Gospodínov
—¿Qué representa el mito para usted?
—El mito narra historias y tristezas, también personales. Con él inyectamos lo sublime y empiezan a adquirir otros sentidos. Un relato no es algo que sigue al acontecimiento. En cierto modo, la narración es lo que crea el acontecimiento. Sin ella, todo está inacabado o ni siquiera ha sucedido.
—¿El mito es algo antiguo o sigue sucediendo?
—Mis abuelos, sin una educación, contaban su vida como los mitos. Y para mí lo más importante es esa mezcla de lo cotidiano y de lo sublime. El perro de Ulises es como el perro de mi padre, que lo siguió esperando después de su muerte.
—Pero el niño pregunta si el Minotauro es de los nuestros, en un mundo muy polarizado. ¿Los mitos con quién van, el escritor con quién tiene que ir?
—Sin duda, es de los nuestros, es de los buenos. En términos actuales tiene una malformación en la cabeza por culpa del pecado de su madre, Parsifae. Ese relato fue lo que le convirtió en monstruo. Si lo mira así, verá que es un acto muy político.
—¿Hasta qué punto la literatura es un juego? En el libro incluso sale un toro en una corrida y usted le da voz, voz de Minotauro. ¿Empatiza más con el toro o con el torero?
—Cuando en un juego hay muerte, ya no es solo juego. El posmodernismo acaba ahí donde llega la muerte. Y en concreto, a ver: mi empatía va con el toro, porque no veo igualdad de fuerzas. No lidia la naturaleza contra la naturaleza. Uno de los dos va armado. Estoy más del lado del toro. Si lo piensa, todos los escritores están siempre del lado del perdedor. Solo los perdedores narran historias. Los victoriosos escriben ‘LA historia’, con mayúscula. Y yo me sitúo del lado de las historias.
—En muchos capítulos habla de la muerte. La de Héctor en Troya, la de Kennedy en Dallas y también de las muertes de los animales en el matadero. Hay intimidad con la muerte en su narración.
—La muerte es un maestro. Las primeras palabras que aprendí a leer fueron aquellas hendidas en las lápidas de los cementerios. Los niños son inmortales, pero saben de la muerte. Mi abuela, con la que viví, a diario, me enseñaba a menudo la ropa negra con la que quería que la vistiéramos una vez muerta. Es decir, la muerte vivía en el armario de mi abuela. Pero la muerte también valida la vida. Esa es su cualidad esencial, física. Valioso es solo aquello que va a morir. Y es por eso que a mí me gustaría hablar de ello: solo merece la pena hablar de aquello que va a morir. Ese conocimiento es muy bonito y creo que hasta cierto punto es salvador. Esto me ayudó luego en ‘El jardinero y la muerte’. Esa forma de hacer las paces, de domesticar el pensamiento sobre la muerte. Hasta llegar a la frase favorita de mi padre: «Nada que temer».
—La otra cosa que atraviesa el libro es el humor. ¿Es el arma definitiva de los pueblos oprimidos por un partido, por una dictadura o por una prohibición?
—El humor es la fuerza de los débiles. En Bulgaria tenemos la autoironía. El título ‘Fisica de la tristeza’ viene de una encuesta que decía que Bulgaria era el campeón mundial de la tristeza. Me dije, bueno, pues qué bien, somos primeros en algo. Pocas veces ha ocurrido. Y cuando en años siguientes dejamos de ser primeros en tristeza en el mundo, me llevé una cierta decepción.
—Cuenta que en la adolescencia, cada vez que besaba a una chica, moría un presidente de la URSS. Podían haberle detenido por espía…
—Una vez una lectora en el público dijo: ‘disculpe, ¿no podrá seguir besando?’, porque tenemos aquí algún que otro líder necesitado de muerte urgente…
—¿Qué tiene que hacer el escritor para no convertirse en otra cosa?
—Seguir sintiendo empatía por lo que está contando. Al escribir me gusta dar consuelo, o buscarlo. Hay grandes escritores, no voy a citar nombres, que directamente te cogen del pelo y te empujan a la oscuridad. Mire ahora esa mosca que está en esa ventana. ¡Qué ridículos, qué cómicos, qué absurdos debemos parecerle con nuestras quejas constantes! La mosca se muere en tres días.
—Y quién ha sido su maestro de empatía para escribir así, ¿algún autor?
—Mi abuela fue la maestra de la empatía. Y Chejov. Y Borges. Y muchos poetas. Leo y escribo poesía. Salvatore Quasimodo dice: «Todos están solos sobre el corazón de la tierra/ traspasados por un rayo de sol:/ y de pronto anochece». Después de esas tres líneas no puedes odiar a la humanidad de la misma manera. Dylan Thomas dice que cada poema es una contribución a la realidad. Yo diría que cada historia. Y creo que ni siquiera los recuerdos se pueden dividir en falsos y verdaderos, da igual.
—¿Los recuerdos son historias?
—Hacen real algo que ha sucedido en la imaginación o en el mundo. Lo convierten, lo validan, lo legitiman.
—Tenemos que hablar de la moñiga de búfalo… esa catedral, como dice en la novela.
—¿Es cómodo hablar de ello para sus lectores?.
—Lo haremos cómodo. Los usos de la boñiga para el dolor de oídos, para los panales… Es un conocimiento ancestral que nuestra generación ha roto. Hemos estudiado en ciudades y no sé si vamos a pagar muy caro haber roto algunos de esos hilos que nos unían con lo que éramos.
—Es una pregunta muy seria. Sí, nuestra generación es muy trágica, pero al menos nos damos cuenta de esa rotura, somos el eslabón que se rompe por la tensión entre un pasado que ya no existe y un futuro que no comprendemos. Teníamos que aprender cómo hacer una colmena de abejas con boñiga de búfalo… Gracias a mi padre, yo tengo unos apuntes, las instrucciones. Se convertirán en recuerdo, en historia. Es bueno que yo se lo cuente a mi hija. Para ella, eso ya será pura ficción.
—Con suerte se la haremos llegar como si fueran mitos.
—Efectivamente. Y podemos pensar que los mitos que conocemos en su momento para otra generación todavía más alejada eran historias reales. Alguna vez fueron conocimiento real.
—El mundo se ha puesto muy serio. Demasiado. En Estados Unidos han cancelado al gran humorista Steven Colbert tras una amenaza poco velada de Trump. ¿Qué le parece que es más feliz: asomarse al humor de los demás o a la tristeza de los demás?
—Para mí no hay diferencia. Pero si hay algo que los populistas y nacionalistas no pueden soportar es la ironía. También hay que añadir que la ironía por sí sola, desgraciadamente, no basta para sacar a un populista del poder.
—Para terminar: el narrador de la empatía, ¿cómo opera con el lector, lo imagina?
—Es una conversación continua, incesante. Todos mis libros están abiertos al lector. En plena narración me gusta de repente abrir una pequeña puerta hacia el lector y decir, a ver, estoy narrando, también sufriendo, ¿seguís aquí?, ¿me oís, me entendéis? Y cuando el libro está acabado los lectores vienen y se ponen a contarme sus propias historias. Y surge esa hermosa sensación de que nos conocemos porque entre nosotros hay un libro…
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