José Sacristán tiene una voz donde ha fumado España. Me refiero a una voz con sótano, con madera usada, con algún domingo de posguerra todavía mal dormido entre las sílabas. Habla Sacristán y parece que alguien hubiera dejado abierta la puerta de un gran café antiguo. Le basta armar el párrafo, y enseguida asoma un país de gabardinas fatigadas, tranvías nostálgicos, padres severos y chavales que aprendieron demasiado pronto que la vida no venía con instrucciones. Sacristán es un actorazo, pero no parece actor. Parece hacer vivido todos los personajes antes de ir a interpretarlos. Ahora le han dado el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid, y es un dulce susto la noticia, porque a mí siempre me ha parecido que Sacristán tiene todos los premios. Dirá amén, y a otra cosa. Gasta esa la cara larga de quien conoce el precio de las cosas aunque ya pueda pagarlas. También la nariz mitológica, las canas de bohemia, los ojos de ironía alertada. Algunos actores entran en escena llevando consigo una estrella, y Sacristán entra llevando un hombre. Su estrellato es el hombre. Tiene tirón entre las mujeres, y tirón entre los jóvenes, que le respetan el magisterio. Nació en Chinchón, pero podría haber nacido en cualquier cocina española donde la sopa era más abundante que las explicaciones. Hay algo, en él, de niño de posguerra que por ahí siempre asoma. Y también una austeridad antigua, entre el cine de sesión continua y las ganas de escapar sin traicionar del todo el lugar del que uno escapa. Estuvo en la comedia popular, en aquel cine donde los españoles se reían de sus hambres y de sus calenturas. Atravesó el destape, la Transición, la democracia, el desencanto y todo, tan novio incrédulo de sí mismo. Ha interpretado al hombre que engañaba a su mujer, al que soñaba con prosperar, al que llegaba tarde a la modernidad, al que descubría que la libertad no resolvía la hipoteca ni la tristeza. Convirtió al hombre corriente en un esplendor, en el titular de la fiesta. Le puso dignidad cinematográfica al señor que llevaba la nómina doblada en la cartera y una derrota de floja camisería. Eso tiene algo de literatura. Mucho. Ha tenido siempre una cara donde cabía la contradicción, que es el verdadero lujo de un actor. Y luego estaba la inteligencia. Está. Ya no la inteligencia exhibida como una medalla, sino esa otra que va apareciendo con los años y termina iluminando la palabra desde dentro. Sacristán habla del oficio, de política, de literatura o de la muerte con una atadura de gravedad despeinada y coña algo cansada. Como si supiera que ponerse demasiado solemne es una manera algo tonta de llegar a viejo. Hay actores que, al hacerse mayores, interpretan la vejez. Sacristán simplemente incorpora los años al oficio y continúa andando, y hasta va a ir a recibir un premio que tiene y no tiene. He aquí una versión de la elegancia. España ha tenido grandes actores de transformación, criaturas capaces de desaparecer dentro de otro cuerpo. Sacristán pertenece a una estirpe diferente. No desaparece, permanece. Siempre sabemos que está ahí y, sin embargo, consigue ser otro. Como esos grandes escritores cuya voz reconocemos en la primera línea, aunque estén contando la vida de alguien lejano y distinto. Acaso por eso José Sacristán ha terminado siendo algo más que un actor. Es un testigo. Uno de esos pocos rostros donde un país puede contemplar su propia edad. Mirándolo, España se ve joven, pobre, lujuriosa, esperanzada, democrática, decepcionada y finalmente encanecida, aunque todavía con ganas de salir a escena. Sacristán no ha interpretado la historia reciente de España. Le ha ido poniendo cara, mientras la historia pasaba, o no pasaba. José Sacristán tiene una voz donde ha fumado España. Me refiero a una voz con sótano, con madera usada, con algún domingo de posguerra todavía mal dormido entre las sílabas. Habla Sacristán y parece que alguien hubiera dejado abierta la puerta de un gran café antiguo. Le basta armar el párrafo, y enseguida asoma un país de gabardinas fatigadas, tranvías nostálgicos, padres severos y chavales que aprendieron demasiado pronto que la vida no venía con instrucciones. Sacristán es un actorazo, pero no parece actor. Parece hacer vivido todos los personajes antes de ir a interpretarlos. Ahora le han dado el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid, y es un dulce susto la noticia, porque a mí siempre me ha parecido que Sacristán tiene todos los premios. Dirá amén, y a otra cosa. Gasta esa la cara larga de quien conoce el precio de las cosas aunque ya pueda pagarlas. También la nariz mitológica, las canas de bohemia, los ojos de ironía alertada. Algunos actores entran en escena llevando consigo una estrella, y Sacristán entra llevando un hombre. Su estrellato es el hombre. Tiene tirón entre las mujeres, y tirón entre los jóvenes, que le respetan el magisterio. Nació en Chinchón, pero podría haber nacido en cualquier cocina española donde la sopa era más abundante que las explicaciones. Hay algo, en él, de niño de posguerra que por ahí siempre asoma. Y también una austeridad antigua, entre el cine de sesión continua y las ganas de escapar sin traicionar del todo el lugar del que uno escapa. Estuvo en la comedia popular, en aquel cine donde los españoles se reían de sus hambres y de sus calenturas. Atravesó el destape, la Transición, la democracia, el desencanto y todo, tan novio incrédulo de sí mismo. Ha interpretado al hombre que engañaba a su mujer, al que soñaba con prosperar, al que llegaba tarde a la modernidad, al que descubría que la libertad no resolvía la hipoteca ni la tristeza. Convirtió al hombre corriente en un esplendor, en el titular de la fiesta. Le puso dignidad cinematográfica al señor que llevaba la nómina doblada en la cartera y una derrota de floja camisería. Eso tiene algo de literatura. Mucho. Ha tenido siempre una cara donde cabía la contradicción, que es el verdadero lujo de un actor. Y luego estaba la inteligencia. Está. Ya no la inteligencia exhibida como una medalla, sino esa otra que va apareciendo con los años y termina iluminando la palabra desde dentro. Sacristán habla del oficio, de política, de literatura o de la muerte con una atadura de gravedad despeinada y coña algo cansada. Como si supiera que ponerse demasiado solemne es una manera algo tonta de llegar a viejo. Hay actores que, al hacerse mayores, interpretan la vejez. Sacristán simplemente incorpora los años al oficio y continúa andando, y hasta va a ir a recibir un premio que tiene y no tiene. He aquí una versión de la elegancia. España ha tenido grandes actores de transformación, criaturas capaces de desaparecer dentro de otro cuerpo. Sacristán pertenece a una estirpe diferente. No desaparece, permanece. Siempre sabemos que está ahí y, sin embargo, consigue ser otro. Como esos grandes escritores cuya voz reconocemos en la primera línea, aunque estén contando la vida de alguien lejano y distinto. Acaso por eso José Sacristán ha terminado siendo algo más que un actor. Es un testigo. Uno de esos pocos rostros donde un país puede contemplar su propia edad. Mirándolo, España se ve joven, pobre, lujuriosa, esperanzada, democrática, decepcionada y finalmente encanecida, aunque todavía con ganas de salir a escena. Sacristán no ha interpretado la historia reciente de España. Le ha ido poniendo cara, mientras la historia pasaba, o no pasaba.
José Sacristán tiene una voz donde ha fumado España. Me refiero a una voz con sótano, con madera usada, con algún domingo de posguerra todavía mal dormido entre las sílabas. Habla Sacristán y parece que alguien hubiera dejado abierta la puerta de un gran café … antiguo. Le basta armar el párrafo, y enseguida asoma un país de gabardinas fatigadas, tranvías nostálgicos, padres severos y chavales que aprendieron demasiado pronto que la vida no venía con instrucciones.
Sacristán es un actorazo, pero no parece actor. Parece hacer vivido todos los personajes antes de ir a interpretarlos. Ahora le han dado el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid, y es un dulce susto la noticia, porque a mí siempre me ha parecido que Sacristán tiene todos los premios. Dirá amén, y a otra cosa. Gasta esa la cara larga de quien conoce el precio de las cosas aunque ya pueda pagarlas. También la nariz mitológica, las canas de bohemia, los ojos de ironía alertada. Algunos actores entran en escena llevando consigo una estrella, y Sacristán entra llevando un hombre. Su estrellato es el hombre. Tiene tirón entre las mujeres, y tirón entre los jóvenes, que le respetan el magisterio.
Nació en Chinchón, pero podría haber nacido en cualquier cocina española donde la sopa era más abundante que las explicaciones. Hay algo, en él, de niño de posguerra que por ahí siempre asoma. Y también una austeridad antigua, entre el cine de sesión continua y las ganas de escapar sin traicionar del todo el lugar del que uno escapa. Estuvo en la comedia popular, en aquel cine donde los españoles se reían de sus hambres y de sus calenturas. Atravesó el destape, la Transición, la democracia, el desencanto y todo, tan novio incrédulo de sí mismo. Ha interpretado al hombre que engañaba a su mujer, al que soñaba con prosperar, al que llegaba tarde a la modernidad, al que descubría que la libertad no resolvía la hipoteca ni la tristeza. Convirtió al hombre corriente en un esplendor, en el titular de la fiesta. Le puso dignidad cinematográfica al señor que llevaba la nómina doblada en la cartera y una derrota de floja camisería. Eso tiene algo de literatura. Mucho. Ha tenido siempre una cara donde cabía la contradicción, que es el verdadero lujo de un actor.
Y luego estaba la inteligencia. Está. Ya no la inteligencia exhibida como una medalla, sino esa otra que va apareciendo con los años y termina iluminando la palabra desde dentro. Sacristán habla del oficio, de política, de literatura o de la muerte con una atadura de gravedad despeinada y coña algo cansada. Como si supiera que ponerse demasiado solemne es una manera algo tonta de llegar a viejo. Hay actores que, al hacerse mayores, interpretan la vejez. Sacristán simplemente incorpora los años al oficio y continúa andando, y hasta va a ir a recibir un premio que tiene y no tiene. He aquí una versión de la elegancia.
España ha tenido grandes actores de transformación, criaturas capaces de desaparecer dentro de otro cuerpo. Sacristán pertenece a una estirpe diferente. No desaparece, permanece. Siempre sabemos que está ahí y, sin embargo, consigue ser otro. Como esos grandes escritores cuya voz reconocemos en la primera línea, aunque estén contando la vida de alguien lejano y distinto. Acaso por eso José Sacristán ha terminado siendo algo más que un actor. Es un testigo. Uno de esos pocos rostros donde un país puede contemplar su propia edad. Mirándolo, España se ve joven, pobre, lujuriosa, esperanzada, democrática, decepcionada y finalmente encanecida, aunque todavía con ganas de salir a escena. Sacristán no ha interpretado la historia reciente de España. Le ha ido poniendo cara, mientras la historia pasaba, o no pasaba.
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