El tipo de interés de la deuda pública estadounidense a diez años ha rozado esta semana el 5%, su nivel más alto desde 2023. Y no se trata de una anomalía americana: la deuda a largo plazo se encarece en Japón , en Reino Unido, en Alemania o en Francia. Es cierto que el último tramo obedece al petróleo por encima de los 100 dólares a raíz de la guerra con Irán y a la creciente probabilidad de que la Reserva Federal vuelva a subir tipos la semana que viene. Pero el fenómeno de fondo es anterior y más profundo: los tipos de interés reales (los que quedan tras descontar la inflación) llevan tiempo escalando pese a que los bancos centrales relajaban su política monetaria. La financiación a largo se encarece aun cuando el dinero a corto se abarata.¿Por qué? Durante la década pasada, familias y empresas, sobreendeudadas tras la crisis de 2008, ahorraban mucho e invertían poco: se desapalancaban. Esa holgura financiera del sector privado fue absorbida por los Estados a coste casi nulo, lo que alimentó la ilusión (jaleada por los chamanes del inflacionismo) de que el endeudamiento público carecía de restricciones financieras. En esta década, sin embargo, han cambiado dos cosas. Por un lado, los gobiernos salieron del Covid con un stock de deuda mucho mayor y con una adicción al déficit todavía más acentuada. Por otro, el sector privado ha dejado de estar ocioso: el boom inversor de la inteligencia artificial devora capital. Ya no hay ahorro sobrante que los Estados puedan tomar prestado gratis; ahora compiten con el sector privado por una financiación relativamente escasa, y el precio de esa competencia es el tipo de interés.Que el sector privado empuje los tipos al alza por sus buenas expectativas de rentabilidad no es preocupante. Lo preocupante es la otra mitad del empuje: unos gobiernos que no se endeudan para modernizar infraestructuras que eleven el crecimiento potencial, sino para sufragar estructuralmente gasto corriente. Francia es el paradigma: su ministro de Finanzas, Roland Lescure , acaba de reconocer que el déficit superará este año el 5% del PIB porque la economía se enfría más de lo previsto; es decir, que ni con el coste de la deuda disparándose es capaz de contener el desequilibrio. Y ahí se activa la espiral: mayores intereses engordan el déficit, mayor déficit exige más emisiones, más emisiones deterioran la solvencia y encarecen de nuevo la deuda. Tampoco la monetización sirve de escape: Japón podría comprar su deuda con yenes recién creados, pero sólo a costa de hundir todavía más una divisa ya en mínimos históricos y de trasladar la factura a sus ciudadanos vía inflación.Las restricciones financieras están volviendo a morder. Y cuando la financiación escasea, alguien tiene que ceder: o se pincha la inversión privada, o se recorta el gasto público , o se fuerza un ahorro adicional sobre la población. Nada indica que los gobiernos vayan a escoger la única opción sana. El tipo de interés de la deuda pública estadounidense a diez años ha rozado esta semana el 5%, su nivel más alto desde 2023. Y no se trata de una anomalía americana: la deuda a largo plazo se encarece en Japón , en Reino Unido, en Alemania o en Francia. Es cierto que el último tramo obedece al petróleo por encima de los 100 dólares a raíz de la guerra con Irán y a la creciente probabilidad de que la Reserva Federal vuelva a subir tipos la semana que viene. Pero el fenómeno de fondo es anterior y más profundo: los tipos de interés reales (los que quedan tras descontar la inflación) llevan tiempo escalando pese a que los bancos centrales relajaban su política monetaria. La financiación a largo se encarece aun cuando el dinero a corto se abarata.¿Por qué? Durante la década pasada, familias y empresas, sobreendeudadas tras la crisis de 2008, ahorraban mucho e invertían poco: se desapalancaban. Esa holgura financiera del sector privado fue absorbida por los Estados a coste casi nulo, lo que alimentó la ilusión (jaleada por los chamanes del inflacionismo) de que el endeudamiento público carecía de restricciones financieras. En esta década, sin embargo, han cambiado dos cosas. Por un lado, los gobiernos salieron del Covid con un stock de deuda mucho mayor y con una adicción al déficit todavía más acentuada. Por otro, el sector privado ha dejado de estar ocioso: el boom inversor de la inteligencia artificial devora capital. Ya no hay ahorro sobrante que los Estados puedan tomar prestado gratis; ahora compiten con el sector privado por una financiación relativamente escasa, y el precio de esa competencia es el tipo de interés.Que el sector privado empuje los tipos al alza por sus buenas expectativas de rentabilidad no es preocupante. Lo preocupante es la otra mitad del empuje: unos gobiernos que no se endeudan para modernizar infraestructuras que eleven el crecimiento potencial, sino para sufragar estructuralmente gasto corriente. Francia es el paradigma: su ministro de Finanzas, Roland Lescure , acaba de reconocer que el déficit superará este año el 5% del PIB porque la economía se enfría más de lo previsto; es decir, que ni con el coste de la deuda disparándose es capaz de contener el desequilibrio. Y ahí se activa la espiral: mayores intereses engordan el déficit, mayor déficit exige más emisiones, más emisiones deterioran la solvencia y encarecen de nuevo la deuda. Tampoco la monetización sirve de escape: Japón podría comprar su deuda con yenes recién creados, pero sólo a costa de hundir todavía más una divisa ya en mínimos históricos y de trasladar la factura a sus ciudadanos vía inflación.Las restricciones financieras están volviendo a morder. Y cuando la financiación escasea, alguien tiene que ceder: o se pincha la inversión privada, o se recorta el gasto público , o se fuerza un ahorro adicional sobre la población. Nada indica que los gobiernos vayan a escoger la única opción sana.
El tipo de interés de la deuda pública estadounidense a diez años ha rozado esta semana el 5%, su nivel más alto desde 2023. Y no se trata de una anomalía americana: la deuda a largo plazo se encarece en Japón, en Reino … Unido, en Alemania o en Francia. Es cierto que el último tramo obedece al petróleo por encima de los 100 dólares a raíz de la guerra con Irán y a la creciente probabilidad de que la Reserva Federal vuelva a subir tipos la semana que viene. Pero el fenómeno de fondo es anterior y más profundo: los tipos de interés reales (los que quedan tras descontar la inflación) llevan tiempo escalando pese a que los bancos centrales relajaban su política monetaria. La financiación a largo se encarece aun cuando el dinero a corto se abarata.
¿Por qué? Durante la década pasada, familias y empresas, sobreendeudadas tras la crisis de 2008, ahorraban mucho e invertían poco: se desapalancaban. Esa holgura financiera del sector privado fue absorbida por los Estados a coste casi nulo, lo que alimentó la ilusión (jaleada por los chamanes del inflacionismo) de que el endeudamiento público carecía de restricciones financieras. En esta década, sin embargo, han cambiado dos cosas. Por un lado, los gobiernos salieron del Covid con un stock de deuda mucho mayor y con una adicción al déficit todavía más acentuada. Por otro, el sector privado ha dejado de estar ocioso: el boom inversor de la inteligencia artificial devora capital. Ya no hay ahorro sobrante que los Estados puedan tomar prestado gratis; ahora compiten con el sector privado por una financiación relativamente escasa, y el precio de esa competencia es el tipo de interés.
Que el sector privado empuje los tipos al alza por sus buenas expectativas de rentabilidad no es preocupante. Lo preocupante es la otra mitad del empuje: unos gobiernos que no se endeudan para modernizar infraestructuras que eleven el crecimiento potencial, sino para sufragar estructuralmente gasto corriente. Francia es el paradigma: su ministro de Finanzas, Roland Lescure, acaba de reconocer que el déficit superará este año el 5% del PIB porque la economía se enfría más de lo previsto; es decir, que ni con el coste de la deuda disparándose es capaz de contener el desequilibrio. Y ahí se activa la espiral: mayores intereses engordan el déficit, mayor déficit exige más emisiones, más emisiones deterioran la solvencia y encarecen de nuevo la deuda. Tampoco la monetización sirve de escape: Japón podría comprar su deuda con yenes recién creados, pero sólo a costa de hundir todavía más una divisa ya en mínimos históricos y de trasladar la factura a sus ciudadanos vía inflación.
Las restricciones financieras están volviendo a morder. Y cuando la financiación escasea, alguien tiene que ceder: o se pincha la inversión privada, o se recorta el gasto público, o se fuerza un ahorro adicional sobre la población. Nada indica que los gobiernos vayan a escoger la única opción sana.
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