
“¿Quién iba a pensar eso, seamos sinceros?”. Iván George, de 22 años, lanza esa pregunta al aire mientras barre su chalet en La Atalaya, una urbanización de El Tiemblo (Ávila, 4.500 habitantes), a los pies del pinar de donde bajó la lengua del incendio. Aquí todos los vecinos saben que viven en mitad de un bosque, que los veranos están endureciéndose, que el monte está desatendido, que puede ser una ratonera si empieza el fuego pero, como George, nadie quería creer realmente que esos incendios que se ven por televisión fueran a entrar en La Atalaya. Hasta que entran y arrasan, incontrolables, dejando un manto de desolación y ceniza que ahora intentan recoger con una escoba y un recogedor. El mal aún humea entre estas calles y casas con apenas algunos vecinos humedeciendo terrenos o calculando pérdidas, no solo causados por las llamas: se han producido robos aprovechando la ausencia de los residentes.



Una urbanización de El Tiemblo sufre varios robos tras verse devastada por el incendio de Ávila
“¿Quién iba a pensar eso, seamos sinceros?”. Iván George, de 22 años, lanza esa pregunta al aire mientras barre su chalet en La Atalaya, una urbanización de El Tiemblo (Ávila, 4.500 habitantes), a los pies del pinar de donde bajó la lengua del incendio. Aquí todos los vecinos saben que viven en mitad de un bosque, que los veranos están endureciéndose, que el monte está desatendido, que puede ser una ratonera si empieza el fuego pero, como George, nadie quería creer realmente que esos incendios que se ven por televisión fueran a entrar en La Atalaya. Hasta que entran y arrasan, incontrolables, dejando un manto de desolación y ceniza que ahora intentan recoger con una escoba y un recogedor. El mal aún humea entre estas calles y casas con apenas algunos vecinos humedeciendo terrenos o calculando pérdidas, no solo causados por las llamas: se han producido robos aprovechando la ausencia de los residentes.
George ha venido desde Madrid, donde vive buena parte de los propietarios de La Atalaya, junto a Iván Costica, de 46, ambos afanados en paliar los efectos de la catástrofe. George se resigna: “Nunca te toca hasta que te acaba tocando”. Filosofía de las calamidades. Costica explica que vieron el incendio en directo mediante las cámaras de seguridad aquel demoledor jueves 23 y que vinieron en cuanto pudieron entre carreteras cortadas y controles policiales.
El impacto se nota en los grandes pinos, alguno ya resquebrajado, y en un pequeño gatito que difícilmente sobreviva por las quemaduras y el humo. El drama medioambiental se multiplica en el amplísimo perímetro del incendio de Ávila, con pesadillas como esta en cada rincón. Los dos gatos de una señora de la casa contigua miran con curiosidad desde dentro de su vivienda, guarecidos por su ama antes de marcharse esta sin saber si su casa se destruiría como otras de la provincia. Al lado, un tocón arde y humea como un cráter.
Recorrer esas callejuelas en desnivel elevado, entre pinares, revela la afección. Luisa Hernández y Javier Torres, de 61 y 63 años, lo único que podrán extraer de su coqueto huerto serán tomates asados, se resignan, con el fruto rojo ennegrecido. “Se han reventado hasta las baldosas de la piscina”, muestran, con la terraza fundida por el soplete, mientras sacan de la nevera toda la comida estropeada. Pese a todo, “se nos apareció la Virgen”, consideran, porque el inmueble ha resistido pese a muchas vigas o tejados de madera. “Pedimos prevención todo el año”, agregan, y más bomberos como los que echaron de menos el jueves y el viernes.

El cansancio asoma en sus rostros, en los que se suben las cejas, admirados, para hablar de Julio, “un héroe” que durante la crisis fue por las parcelas extinguiendo conatos y atenuando la tragedia. “Julio, ejem, César Blázquez”, se atraganta el héroe que, de tanto respirar humo, tiene la garganta rasposa amén de los ojos y el cuerpo cansados, más impulsados por la adrenalina que por la energía que ya ha consumido.
“Vivo en El Tiemblo y tengo casa aquí, el jueves se veía humo y daba a entender que vendría el fuego, pero no esperábamos ese fuego terrible, salvaje, que corrió por el monte en 10 minutos”, se asombra todavía el abulense, con la excitación en la mirada.
Los vecinos y él durmieron aquella noche realojados en el polideportivo de Cebreros y, en cuanto pudo, se fue “a defender lo que podía”. Todo, artesanalmente, a escobazos, con cubos con agua de las piscinas o con las mangueras de los patios. “Era un polvorín, lo que he vivido no está ni en las peores pesadillas”, añade en estos días de atender llamadas de nervios de los vecinos, preguntándole por sus propiedades y el alcance del incendio sobre ellas, y abrazándose a quienes acuden en persona para agradecérselo.

Otra familia vio cómo las llamas rondaron su inmueble gracias a un terreno anejo abandonado, con los pinos y la maleza desbordados: yesca para que cualquier chispazo los devore y se lleve consigo aquello que otras personas sí se han molestado en atender.
Miguel Ángel y Yolanda Torrado, de 52 y 54 años, observan el horror con la relativa fortuna de haber conservado su casa. Peor hubiera sido, censuran, si no se hubiesen enfrentado al propietario de la parcela de al lado, cuyos árboles tendían sus ramas sobre el tejado de los Torrado: “¡Esta parcela no se ha limpiado en años!”.
Guerrearon y ganaron, menos mal, porque esa madera hubiera permitido el fácil abordaje del incendio sobre esta segunda residencia, desde la cual se constata fácilmente que todo lo que pudo arder, ardió: los contenedores de basura se han derretido y dejan lágrimas informes de plástico reblandecido, las mangueras distribuidas en bocas contra incendios algo aportaron y sobre las coquetas piscinas del vecindario hay incluso bombonas de butano, que rara vez explotan pero que sus dueños arrojaron con buen criterio al agua. En Casavieja, en la otra diagonal del incendio, explotaron.

Una patrulla de la Guardia Civil aparece en La Atalaya porque ante la presencia de los periodistas ha escamado a alguna de las personas que anda en los tejados o en los jardines. Creen que los reporteros pueden ser ladrones como los que constan en este y otros núcleos del perímetro afectado por el fuego, tanto en Ávila como en Madrid.
Hay tensión. Los agentes informan de que ya ha habido varias denuncias, con los cacos aprovechando el caos y la ausencia de habitantes para colarse donde pueden, con muchas casas abiertas para facilitar la labor de los brigadistas, y esquilmar aquello que las llamas no engulleron. Julio César Blázquez, entre comentarios irreproducibles sobre la catadura moral de los ladrones y qué haría él con ellos, gruñe entre dientes antes de volver a la tarea: “La gente perdiendo sus vidas y estos… hace falta mala sangre”.

