La Feria nació en 1933 en el Paseo de Recoletos, duró cuatro ediciones y una guerra la interrumpió. Al volver, en 1944, ya tenía otro nombre y otro dueño institucional. Cuando llegó al Retiro, en 1967, encontró por fin su lugar. Casi noventa años después, nadie discute que este parque y estos libros se pertenecen mutuamente. Este año lo hace entre 366 casetas, 231 autores, y la ya tradicional visita de la Reina Letizia.Esta mañana, como cada año a estas alturas de mayo, el Paseo de Coches del Retiro amaneció con olor a caseta recién montada y lonas tensadas contra el sol. A las once en punto, la monarca recorrió las primeras casetas con ese paso pausado que tienen las personas acostumbradas a recibir tantos libros que una se pregunta si realmente tendrán tanto tiempo para leerlos. Le dieron varios. Los aceptó con una sonrisa, cercana al lema de esta edición: «Leer y reír: dos formas de resistir». La visita de la Reina, decíamos, es ya parte del ritual. Desde hace más de una década, su recorrido matinal por las casetas inaugura oficialmente el verano literario en la ciudad. Esta mañana, el público más devoto intentaba colarse entre los periodistas para poder cruzar unas palabras con ella. Su primera parada fue en Cervantes y Compañía, donde le esperaban tres libros: ‘La grieta’, de Rodrigo Gervasi ; ‘Cartas’, de Maruja Mallo; y ‘La doble desaparición de Abril del Pino’, de Marina Sanmartín. La segunda parada fue en Ediciones de la Torre, una cincuentenaria cuyo director lleva medio siglo al frente del mismo proyecto artesanal. La Reina quiso saber cómo se resiste. Él le habló del futuro del libro en tres ideas: cuidar al autor; defender al pequeño editor; no renunciar a la calidad. Tres ideas sencillas que se han adaptado a ochenta y cinco años de Feria.Una librera ordenando los libros de su caseta en la Feria del libro de Madrid EFE/MariscalLa conversación más reveladora llegó en Huerga y Fierro, otros cincuenta años de editorial independiente. Charo Fierro le presentó ‘Sonidos de otras lenguas’, del Premio Reina Sofía de Poesía, Jaime Siles, y ‘Ondina’, el poemario de la joven Andrea Bernal por el que la Reina preguntó con gran interés. Entonces llegó la pregunta que nadie esperaba de un acto protocolar: «¿Cómo lleváis que las grandes os cacen?» Fierro no dudó: «Nos sentimos orgullosos. No dejamos de ser el trampolín». La Reina hojeó también algunos títulos de Editorial Periférica: ‘La cruz torcida’, ‘Tú no eres como otras madres’, ‘Corazón de siete leguas’. El paso se hizo más lento en el Espacio Indómitas, donde distintas editoriales trabajan el fanzine y el libro objeto. Letizia preguntó cómo funcionan, cómo eligen, cómo se hace una edición así. Le mostraron una edición de ‘Poeta en Nueva York’ con el manuscrito original de Lorca. Federico de memoriaLo que ocurre en Madrid durante diecisiete días es difícil de traducir a otras ferias. No es exactamente un mercado, ni exactamente una fiesta, ni exactamente una librería. Es las tres cosas a la vez, extendidas a lo largo de 1.200 metros de parque, con el ruido de los pájaros compitiendo con el de las firmas y las colas. El ejemplo lo encontramos también lejos de la Reina, donde no alcanzaban las cámaras ni vigilaba el protocolo. Una de esas escenas que la Feria regala sin avisar: un lector se paró frente a una caseta con otra edición del mismo Lorca en las manos, esta ilustrada por Ricardo Cavolo . Mientras el librero buscaba una bolsa, el lector empezó a recitar los poemas: los sabía de memoria. En un momento se interrumpió, miró la cubierta, y dijo que se le erizaba la piel.Madrid tiene una relación complicada con el calor. Lo niega hasta que no puede más. Este viernes, con veintiocho grados y un sol que no pedía permiso, la estrategia oficial consistía en dos abanicos, una botella de agua y la convicción colectiva de que todavía es primavera. Las lonas de las casetas ofrecían una sombra generosa a quien supiera encontrarla. Nadie se iba, porque en la Feria del Libro de Madrid el calor es un detalle menor. Un inconveniente, como la cola para que te firme tu autor favorito o el niño que acaba de tirar una torre de novedades, cosas que pasan. Los niños son, junto a los perros y los jubilados con bolsa de tela, el grupo demográfico más fiel de este paseo. Llegan empujados por padres con buenas intenciones y acaban señalando libros con una precisión que desafía cualquier algoritmo de recomendación. Uno, de no más de seis años, se plantó esta mañana frente a una caseta y anunció, con autoridad: «Este.» Era un libro sobre insectos. Sus padres, claro que sí, lo compraron sin rechistar.La Feria ha cambiado, como cambian todas las cosas que duran. Entre las casetas tradicionales han aparecido en los últimos años puestos que ya no se conforman con ser solo librerías: las plataformas venden su subscripción junto a gorras de ‘merchandising’ de esa serie que ha adaptado aquel otro libro que fue un éxito. Otros han entendido que el lector contemporáneo es también oyente, espectador y alguien que necesita sentarse un momento. El libro, en estos puestos híbridos, comparte espacio sin perder protagonismo. Es una negociación que, de momento, le está saliendo bien.Pero lo que hace única a la Feria es lo que provoca. En ningún otro lugar de Madrid es tan fácil ver a un desconocido recomendar un libro a otro desconocido, ni tan habitual que alguien abra una novela en la primera página, de pie entre las casetas, y no la cierre hasta que el librero le recuerde amablemente que hay más gente esperando. La literatura, aquí, es una excusa para estar juntos pese a los treinta grados. Este año el lema lo dice con humor, que es otra forma de decirlo con seriedad: leer y reír como actos de resistencia. En el Paseo de Coches del Retiro, entre el olor a papel nuevo y el ruido de los pájaros, la resistencia tiene hoy muy buena cara. La Feria nació en 1933 en el Paseo de Recoletos, duró cuatro ediciones y una guerra la interrumpió. Al volver, en 1944, ya tenía otro nombre y otro dueño institucional. Cuando llegó al Retiro, en 1967, encontró por fin su lugar. Casi noventa años después, nadie discute que este parque y estos libros se pertenecen mutuamente. Este año lo hace entre 366 casetas, 231 autores, y la ya tradicional visita de la Reina Letizia.Esta mañana, como cada año a estas alturas de mayo, el Paseo de Coches del Retiro amaneció con olor a caseta recién montada y lonas tensadas contra el sol. A las once en punto, la monarca recorrió las primeras casetas con ese paso pausado que tienen las personas acostumbradas a recibir tantos libros que una se pregunta si realmente tendrán tanto tiempo para leerlos. Le dieron varios. Los aceptó con una sonrisa, cercana al lema de esta edición: «Leer y reír: dos formas de resistir». La visita de la Reina, decíamos, es ya parte del ritual. Desde hace más de una década, su recorrido matinal por las casetas inaugura oficialmente el verano literario en la ciudad. Esta mañana, el público más devoto intentaba colarse entre los periodistas para poder cruzar unas palabras con ella. Su primera parada fue en Cervantes y Compañía, donde le esperaban tres libros: ‘La grieta’, de Rodrigo Gervasi ; ‘Cartas’, de Maruja Mallo; y ‘La doble desaparición de Abril del Pino’, de Marina Sanmartín. La segunda parada fue en Ediciones de la Torre, una cincuentenaria cuyo director lleva medio siglo al frente del mismo proyecto artesanal. La Reina quiso saber cómo se resiste. Él le habló del futuro del libro en tres ideas: cuidar al autor; defender al pequeño editor; no renunciar a la calidad. Tres ideas sencillas que se han adaptado a ochenta y cinco años de Feria.Una librera ordenando los libros de su caseta en la Feria del libro de Madrid EFE/MariscalLa conversación más reveladora llegó en Huerga y Fierro, otros cincuenta años de editorial independiente. Charo Fierro le presentó ‘Sonidos de otras lenguas’, del Premio Reina Sofía de Poesía, Jaime Siles, y ‘Ondina’, el poemario de la joven Andrea Bernal por el que la Reina preguntó con gran interés. Entonces llegó la pregunta que nadie esperaba de un acto protocolar: «¿Cómo lleváis que las grandes os cacen?» Fierro no dudó: «Nos sentimos orgullosos. No dejamos de ser el trampolín». La Reina hojeó también algunos títulos de Editorial Periférica: ‘La cruz torcida’, ‘Tú no eres como otras madres’, ‘Corazón de siete leguas’. El paso se hizo más lento en el Espacio Indómitas, donde distintas editoriales trabajan el fanzine y el libro objeto. Letizia preguntó cómo funcionan, cómo eligen, cómo se hace una edición así. Le mostraron una edición de ‘Poeta en Nueva York’ con el manuscrito original de Lorca. Federico de memoriaLo que ocurre en Madrid durante diecisiete días es difícil de traducir a otras ferias. No es exactamente un mercado, ni exactamente una fiesta, ni exactamente una librería. Es las tres cosas a la vez, extendidas a lo largo de 1.200 metros de parque, con el ruido de los pájaros compitiendo con el de las firmas y las colas. El ejemplo lo encontramos también lejos de la Reina, donde no alcanzaban las cámaras ni vigilaba el protocolo. Una de esas escenas que la Feria regala sin avisar: un lector se paró frente a una caseta con otra edición del mismo Lorca en las manos, esta ilustrada por Ricardo Cavolo . Mientras el librero buscaba una bolsa, el lector empezó a recitar los poemas: los sabía de memoria. En un momento se interrumpió, miró la cubierta, y dijo que se le erizaba la piel.Madrid tiene una relación complicada con el calor. Lo niega hasta que no puede más. Este viernes, con veintiocho grados y un sol que no pedía permiso, la estrategia oficial consistía en dos abanicos, una botella de agua y la convicción colectiva de que todavía es primavera. Las lonas de las casetas ofrecían una sombra generosa a quien supiera encontrarla. Nadie se iba, porque en la Feria del Libro de Madrid el calor es un detalle menor. Un inconveniente, como la cola para que te firme tu autor favorito o el niño que acaba de tirar una torre de novedades, cosas que pasan. Los niños son, junto a los perros y los jubilados con bolsa de tela, el grupo demográfico más fiel de este paseo. Llegan empujados por padres con buenas intenciones y acaban señalando libros con una precisión que desafía cualquier algoritmo de recomendación. Uno, de no más de seis años, se plantó esta mañana frente a una caseta y anunció, con autoridad: «Este.» Era un libro sobre insectos. Sus padres, claro que sí, lo compraron sin rechistar.La Feria ha cambiado, como cambian todas las cosas que duran. Entre las casetas tradicionales han aparecido en los últimos años puestos que ya no se conforman con ser solo librerías: las plataformas venden su subscripción junto a gorras de ‘merchandising’ de esa serie que ha adaptado aquel otro libro que fue un éxito. Otros han entendido que el lector contemporáneo es también oyente, espectador y alguien que necesita sentarse un momento. El libro, en estos puestos híbridos, comparte espacio sin perder protagonismo. Es una negociación que, de momento, le está saliendo bien.Pero lo que hace única a la Feria es lo que provoca. En ningún otro lugar de Madrid es tan fácil ver a un desconocido recomendar un libro a otro desconocido, ni tan habitual que alguien abra una novela en la primera página, de pie entre las casetas, y no la cierre hasta que el librero le recuerde amablemente que hay más gente esperando. La literatura, aquí, es una excusa para estar juntos pese a los treinta grados. Este año el lema lo dice con humor, que es otra forma de decirlo con seriedad: leer y reír como actos de resistencia. En el Paseo de Coches del Retiro, entre el olor a papel nuevo y el ruido de los pájaros, la resistencia tiene hoy muy buena cara.
La Feria nació en 1933 en el Paseo de Recoletos, duró cuatro ediciones y una guerra la interrumpió. Al volver, en 1944, ya tenía otro nombre y otro dueño institucional. Cuando llegó al Retiro, en 1967, encontró por fin su lugar. Casi noventa años después, … nadie discute que este parque y estos libros se pertenecen mutuamente. Este año lo hace entre 366 casetas, 231 autores, y la ya tradicional visita de la Reina Letizia.
Esta mañana, como cada año a estas alturas de mayo, el Paseo de Coches del Retiro amaneció con olor a caseta recién montada y lonas tensadas contra el sol. A las once en punto, la monarca recorrió las primeras casetas con ese paso pausado que tienen las personas acostumbradas a recibir tantos libros que una se pregunta si realmente tendrán tanto tiempo para leerlos. Le dieron varios. Los aceptó con una sonrisa, cercana al lema de esta edición: «Leer y reír: dos formas de resistir».
La visita de la Reina, decíamos, es ya parte del ritual. Desde hace más de una década, su recorrido matinal por las casetas inaugura oficialmente el verano literario en la ciudad. Esta mañana, el público más devoto intentaba colarse entre los periodistas para poder cruzar unas palabras con ella. Su primera parada fue en Cervantes y Compañía, donde le esperaban tres libros: ‘La grieta’, de Rodrigo Gervasi; ‘Cartas’, de Maruja Mallo; y ‘La doble desaparición de Abril del Pino’, de Marina Sanmartín. La segunda parada fue en Ediciones de la Torre, una cincuentenaria cuyo director lleva medio siglo al frente del mismo proyecto artesanal. La Reina quiso saber cómo se resiste. Él le habló del futuro del libro en tres ideas: cuidar al autor; defender al pequeño editor; no renunciar a la calidad. Tres ideas sencillas que se han adaptado a ochenta y cinco años de Feria.

(EFE/Mariscal)
La conversación más reveladora llegó en Huerga y Fierro, otros cincuenta años de editorial independiente. Charo Fierro le presentó ‘Sonidos de otras lenguas’, del Premio Reina Sofía de Poesía, Jaime Siles, y ‘Ondina’, el poemario de la joven Andrea Bernal por el que la Reina preguntó con gran interés. Entonces llegó la pregunta que nadie esperaba de un acto protocolar: «¿Cómo lleváis que las grandes os cacen?» Fierro no dudó: «Nos sentimos orgullosos. No dejamos de ser el trampolín». La Reina ojeó también algunos títulos de Editorial Periférica: ‘La cruz torcida’, ‘Tú no eres como otras madres’, ‘Corazón de siete leguas’. El paso se hizo más lento en el Espacio Indómitas, donde distintas editoriales trabajan el fanzine y el libro objeto. Letizia preguntó cómo funcionan, cómo eligen, cómo se hace una edición así. Le mostraron una edición de ‘Poeta en Nueva York’ con el manuscrito original de Lorca.
Federico de memoria
Lo que ocurre en Madrid durante diecisiete días es difícil de traducir a otras ferias. No es exactamente un mercado, ni exactamente una fiesta, ni exactamente una librería. Es las tres cosas a la vez, extendidas a lo largo de 1.200 metros de parque, con el ruido de los pájaros compitiendo con el de las firmas y las colas. El ejemplo lo encontramos también lejos de la Reina, donde no alcanzaban las cámaras ni vigilaba el protocolo. Una de esas escenas que la Feria regala sin avisar: un lector se paró frente a una caseta con otra edición del mismo Lorca en las manos, esta ilustrada por Ricardo Cavolo. Mientras el librero buscaba una bolsa, el lector empezó a recitar los poemas: los sabía de memoria. En un momento se interrumpió, miró la cubierta, y dijo que se le erizaba la piel.
Madrid tiene una relación complicada con el calor. Lo niega hasta que no puede más. Este viernes, con veintiocho grados y un sol que no pedía permiso, la estrategia oficial consistía en dos abanicos, una botella de agua y la convicción colectiva de que todavía es primavera. Las lonas de las casetas ofrecían una sombra generosa a quien supiera encontrarla. Nadie se iba, porque en la Feria del Libro de Madrid el calor es un detalle menor. Un inconveniente, como la cola para que te firme tu autor favorito o el niño que acaba de tirar una torre de novedades, cosas que pasan. Los niños son, junto a los perros y los jubilados con bolsa de tela, el grupo demográfico más fiel de este paseo. Llegan empujados por padres con buenas intenciones y acaban señalando libros con una precisión que desafía cualquier algoritmo de recomendación. Uno, de no más de seis años, se plantó esta mañana frente a una caseta y anunció, con autoridad: «Este.» Era un libro sobre insectos. Sus padres, claro que sí, lo compraron sin rechistar.
La Feria ha cambiado, como cambian todas las cosas que duran. Entre las casetas tradicionales han aparecido en los últimos años puestos que ya no se conforman con ser solo librerías: las plataformas venden su subscripción junto a gorras de ‘merchandising’ de esa serie que ha adaptado aquel otro libro que fue un éxito. Otros han entendido que el lector contemporáneo es también oyente, espectador y alguien que necesita sentarse un momento. El libro, en estos puestos híbridos, comparte espacio sin perder protagonismo. Es una negociación que, de momento, le está saliendo bien.
Pero lo que hace única a la Feria es lo que provoca. En ningún otro lugar de Madrid es tan fácil ver a un desconocido recomendar un libro a otro desconocido, ni tan habitual que alguien abra una novela en la primera página, de pie entre las casetas, y no la cierre hasta que el librero le recuerde amablemente que hay más gente esperando. La literatura, aquí, es una excusa para estar juntos pese a los treinta grados. Este año el lema lo dice con humor, que es otra forma de decirlo con seriedad: leer y reír como actos de resistencia. En el Paseo de Coches del Retiro, entre el olor a papel nuevo y el ruido de los pájaros, la resistencia tiene hoy muy buena cara.
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