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Cultura

Los bufés de los hoteles o cómo volver al mono pagando el desayuno

agosto 15, 2026
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Los bufés de los hoteles demuestran que la civilización occidental es mucho más frágil de lo que pensábamos. Basta con incluir el desayuno en el precio de una habitación para que un señor que durante el resto del año dirige una empresa con doscientos empleados se pelee con una tostadora industrial y vigile de reojo los últimos huevos revueltos. El bufé tiene algo de experimento sociológico. A las ocho de la mañana todavía no hemos tenido tiempo de disfrazarnos de nosotros mismos. Bajamos despeinados, con la marca de la almohada y unas chanclas que jamás llevaríamos por nuestro barrio. Hay hombres con pantalón corto y calcetines, señoras elegantes metidas dentro de un mal humor y adolescentes que avanzan hacia los cereales con ganas de invadir Polonia.En la puerta preguntan el número de habitación. Y entonces comienza la batalla. Nadie entra directamente a desayunar. Primero hace una vuelta de reconocimiento. El cliente camina lentamente junto a las bandejas estudiando la situación. Huevos, beicon, salchichas, fruta, yogures, bollería, embutidos, cereales, tortitas… Después cogemos un plato.El primer bocado siempre pretende mantener las apariencias. Un poco de fruta, una tostada, quizá algo de jamón, pero todavía hablamos de personas. El problema llega cuando descubrimos que podemos volver. Porque hay algunos que en su casa desayunan un café bebido sobre el fregadero y media galleta que encontraron abierta desde el miércoles, pero que en un hotel necesitan dos huevos fritos, cuatro lonchas de beicon, tres salchichas, queso, jamón, sandía, yogur, cereales, un cruasán y unas tortitas con sirope. Y todo antes de las nueve de la mañana. Otro momento inquietante es el de la tostadora. Nadie sabe utilizar una tostadora de hotel. Es uno de los pocos aparatos que han resistido todos los avances tecnológicos desde la máquina de vapor. Introduces una rebanada y desaparece durante un tiempo indeterminado. Te agachas, miras dentro, giras una rueda, la vuelves a girar y detrás empieza a formarse una cola de personas que ya te considera responsable del retraso. Finalmente, antes de que te insulten como pasaría conduciendo por la calle Jorge Juan, aparece la tostada convertida en una teja de carbón. Uno se la lleva, porque hay una dignidad especial en llevarse una tostada quemada después de haber estado cuatro minutos esperándola. Eso, sin mencionar la máquina del café. Tiene diecisiete botones y ninguno pone simplemente «café», sino espresso, lungo, americano, cappuccino, latte macchiato, hot water. Es un café malo y que necesita de un posgrado para conseguirlo. Los padres merecen un capítulo aparte. Llegan al comedor después de haber disputado la primera final del día en la habitación. El niño quiere tortitas. La niña solamente acepta sandía. El pequeño está debajo de la mesa. La madre lleva veinte minutos intentando beberse un café y el padre regresa por cuarta vez al bufé porque nadie le explicó que aquella semana de vacaciones consistiría fundamentalmente en transportar alimentos. Cerca desayuna una pareja sin hijos leyendo tranquilamente el ABC en el teléfono móvil. A veces se cruzan las miradas. No hace falta añadir nada. Luego está el contrabandista. Se le reconoce porque empieza a desayunar pensando en la comida. Primero coge una manzana. Luego un plátano. Después dos magdalenas envueltas en una servilleta, un pequeño bocadillo de jamón y, si encuentra infraestructura suficiente, un yogur. Su señora abre el bolso debajo de la mesa con la coordinación de una organización criminal. No necesitan hablar. Llevan muchos años casados. Son de esos matrimonios que abandonan el comedor con reservas suficientes para sobrevivir al próximo apagón. Uno se los encuentra cuatro horas después en una playa comiéndose una pera del hotel y siente incluso cierta admiración. Aquella gente ha amortizado la habitación y la del resto de inquilinos. El bufé también permite conocer rápidamente la educación de cada uno. Está quien deja las pinzas donde estaban y quien abandona una cuchara dentro del queso. El que espera su turno y el que mete el brazo por delante porque ha visto una loncha de jamón. El que da los buenos días al camarero y el que lleva una semana allí sin haber reparado todavía en que existe. Dime cómo eres en un bufé y te diré realmente quién eres. El desayuno termina cuando uno descubre que ya no puede comer más, aunque todavía quede comida. Entonces comienza una última vuelta mucho más lenta, casi sentimental. Se mira la bollería sin hambre, el jamón con nostalgia y esos pequeños quesos envueltos individualmente que despiertan una codicia difícil de justificar. Nadie necesita un queso a las diez y cuarto de la mañana, pero ahí está, pagado, esperando una decisión.Entonces, el camarero empieza a retirar algunas bandejas y se produce una pequeña revuelta interna. De pronto queremos lo que hace cinco minutos no nos apetecía. Siempre hay alguien que acelera el paso hacia los cruasanes cuando ve acercarse al empleado. Supongo que buena parte de nuestra historia como especie se explica así. Después llega la retirada. Las familias abandonan el comedor cargadas con bolsos, gafas de sol, niños y algún bocadillo de chorizo y queso cuya procedencia nadie comenta. Los camareros recogen el campo de batalla. Quedan servilletas arrugadas, tazas a medio terminar y platos con cantidades de comida suficientes para alimentar a una ciudad entera. Dentro de media hora estarán todos otra vez en la calle, vestidos, peinados y comportándose como adultos responsables. Nadie sospechará que hace apenas unos minutos han estado vigilando una bandeja de beicon como si fueran las últimas provisiones de un barco a la deriva. Quizá por eso detesto los bufés de los hoteles, el único sitio dónde una persona puede volver al mono antes de las nueve de la mañana. Los bufés de los hoteles demuestran que la civilización occidental es mucho más frágil de lo que pensábamos. Basta con incluir el desayuno en el precio de una habitación para que un señor que durante el resto del año dirige una empresa con doscientos empleados se pelee con una tostadora industrial y vigile de reojo los últimos huevos revueltos. El bufé tiene algo de experimento sociológico. A las ocho de la mañana todavía no hemos tenido tiempo de disfrazarnos de nosotros mismos. Bajamos despeinados, con la marca de la almohada y unas chanclas que jamás llevaríamos por nuestro barrio. Hay hombres con pantalón corto y calcetines, señoras elegantes metidas dentro de un mal humor y adolescentes que avanzan hacia los cereales con ganas de invadir Polonia.En la puerta preguntan el número de habitación. Y entonces comienza la batalla. Nadie entra directamente a desayunar. Primero hace una vuelta de reconocimiento. El cliente camina lentamente junto a las bandejas estudiando la situación. Huevos, beicon, salchichas, fruta, yogures, bollería, embutidos, cereales, tortitas… Después cogemos un plato.El primer bocado siempre pretende mantener las apariencias. Un poco de fruta, una tostada, quizá algo de jamón, pero todavía hablamos de personas. El problema llega cuando descubrimos que podemos volver. Porque hay algunos que en su casa desayunan un café bebido sobre el fregadero y media galleta que encontraron abierta desde el miércoles, pero que en un hotel necesitan dos huevos fritos, cuatro lonchas de beicon, tres salchichas, queso, jamón, sandía, yogur, cereales, un cruasán y unas tortitas con sirope. Y todo antes de las nueve de la mañana. Otro momento inquietante es el de la tostadora. Nadie sabe utilizar una tostadora de hotel. Es uno de los pocos aparatos que han resistido todos los avances tecnológicos desde la máquina de vapor. Introduces una rebanada y desaparece durante un tiempo indeterminado. Te agachas, miras dentro, giras una rueda, la vuelves a girar y detrás empieza a formarse una cola de personas que ya te considera responsable del retraso. Finalmente, antes de que te insulten como pasaría conduciendo por la calle Jorge Juan, aparece la tostada convertida en una teja de carbón. Uno se la lleva, porque hay una dignidad especial en llevarse una tostada quemada después de haber estado cuatro minutos esperándola. Eso, sin mencionar la máquina del café. Tiene diecisiete botones y ninguno pone simplemente «café», sino espresso, lungo, americano, cappuccino, latte macchiato, hot water. Es un café malo y que necesita de un posgrado para conseguirlo. Los padres merecen un capítulo aparte. Llegan al comedor después de haber disputado la primera final del día en la habitación. El niño quiere tortitas. La niña solamente acepta sandía. El pequeño está debajo de la mesa. La madre lleva veinte minutos intentando beberse un café y el padre regresa por cuarta vez al bufé porque nadie le explicó que aquella semana de vacaciones consistiría fundamentalmente en transportar alimentos. Cerca desayuna una pareja sin hijos leyendo tranquilamente el ABC en el teléfono móvil. A veces se cruzan las miradas. No hace falta añadir nada. Luego está el contrabandista. Se le reconoce porque empieza a desayunar pensando en la comida. Primero coge una manzana. Luego un plátano. Después dos magdalenas envueltas en una servilleta, un pequeño bocadillo de jamón y, si encuentra infraestructura suficiente, un yogur. Su señora abre el bolso debajo de la mesa con la coordinación de una organización criminal. No necesitan hablar. Llevan muchos años casados. Son de esos matrimonios que abandonan el comedor con reservas suficientes para sobrevivir al próximo apagón. Uno se los encuentra cuatro horas después en una playa comiéndose una pera del hotel y siente incluso cierta admiración. Aquella gente ha amortizado la habitación y la del resto de inquilinos. El bufé también permite conocer rápidamente la educación de cada uno. Está quien deja las pinzas donde estaban y quien abandona una cuchara dentro del queso. El que espera su turno y el que mete el brazo por delante porque ha visto una loncha de jamón. El que da los buenos días al camarero y el que lleva una semana allí sin haber reparado todavía en que existe. Dime cómo eres en un bufé y te diré realmente quién eres. El desayuno termina cuando uno descubre que ya no puede comer más, aunque todavía quede comida. Entonces comienza una última vuelta mucho más lenta, casi sentimental. Se mira la bollería sin hambre, el jamón con nostalgia y esos pequeños quesos envueltos individualmente que despiertan una codicia difícil de justificar. Nadie necesita un queso a las diez y cuarto de la mañana, pero ahí está, pagado, esperando una decisión.Entonces, el camarero empieza a retirar algunas bandejas y se produce una pequeña revuelta interna. De pronto queremos lo que hace cinco minutos no nos apetecía. Siempre hay alguien que acelera el paso hacia los cruasanes cuando ve acercarse al empleado. Supongo que buena parte de nuestra historia como especie se explica así. Después llega la retirada. Las familias abandonan el comedor cargadas con bolsos, gafas de sol, niños y algún bocadillo de chorizo y queso cuya procedencia nadie comenta. Los camareros recogen el campo de batalla. Quedan servilletas arrugadas, tazas a medio terminar y platos con cantidades de comida suficientes para alimentar a una ciudad entera. Dentro de media hora estarán todos otra vez en la calle, vestidos, peinados y comportándose como adultos responsables. Nadie sospechará que hace apenas unos minutos han estado vigilando una bandeja de beicon como si fueran las últimas provisiones de un barco a la deriva. Quizá por eso detesto los bufés de los hoteles, el único sitio dónde una persona puede volver al mono antes de las nueve de la mañana.  

Los bufés de los hoteles demuestran que la civilización occidental es mucho más frágil de lo que pensábamos. Basta con incluir el desayuno en el precio de una habitación para que un señor que durante el resto del año dirige una empresa con doscientos empleados … se pelee con una tostadora industrial y vigile de reojo los últimos huevos revueltos. El bufé tiene algo de experimento sociológico. A las ocho de la mañana todavía no hemos tenido tiempo de disfrazarnos de nosotros mismos. Bajamos despeinados, con la marca de la almohada y unas chanclas que jamás llevaríamos por nuestro barrio. Hay hombres con pantalón corto y calcetines, señoras elegantes metidas dentro de un mal humor y adolescentes que avanzan hacia los cereales con ganas de invadir Polonia.

En la puerta preguntan el número de habitación. Y entonces comienza la batalla. Nadie entra directamente a desayunar. Primero hace una vuelta de reconocimiento. El cliente camina lentamente junto a las bandejas estudiando la situación. Huevos, beicon, salchichas, fruta, yogures, bollería, embutidos, cereales, tortitas… Después cogemos un plato.

El primer bocado siempre pretende mantener las apariencias. Un poco de fruta, una tostada, quizá algo de jamón, pero todavía hablamos de personas. El problema llega cuando descubrimos que podemos volver. Porque hay algunos que en su casa desayunan un café bebido sobre el fregadero y media galleta que encontraron abierta desde el miércoles, pero que en un hotel necesitan dos huevos fritos, cuatro lonchas de beicon, tres salchichas, queso, jamón, sandía, yogur, cereales, un cruasán y unas tortitas con sirope. Y todo antes de las nueve de la mañana.

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Otro momento inquietante es el de la tostadora. Nadie sabe utilizar una tostadora de hotel. Es uno de los pocos aparatos que han resistido todos los avances tecnológicos desde la máquina de vapor. Introduces una rebanada y desaparece durante un tiempo indeterminado. Te agachas, miras dentro, giras una rueda, la vuelves a girar y detrás empieza a formarse una cola de personas que ya te considera responsable del retraso. Finalmente, antes de que te insulten como pasaría conduciendo por la calle Jorge Juan, aparece la tostada convertida en una teja de carbón. Uno se la lleva, porque hay una dignidad especial en llevarse una tostada quemada después de haber estado cuatro minutos esperándola. Eso, sin mencionar la máquina del café. Tiene diecisiete botones y ninguno pone simplemente «café», sino espresso, lungo, americano, cappuccino, latte macchiato, hot water. Es un café malo y que necesita de un posgrado para conseguirlo.

Los padres merecen un capítulo aparte. Llegan al comedor después de haber disputado la primera final del día en la habitación. El niño quiere tortitas. La niña solamente acepta sandía. El pequeño está debajo de la mesa. La madre lleva veinte minutos intentando beberse un café y el padre regresa por cuarta vez al bufé porque nadie le explicó que aquella semana de vacaciones consistiría fundamentalmente en transportar alimentos. Cerca desayuna una pareja sin hijos leyendo tranquilamente el ABC en el teléfono móvil. A veces se cruzan las miradas. No hace falta añadir nada.

Luego está el contrabandista. Se le reconoce porque empieza a desayunar pensando en la comida. Primero coge una manzana. Luego un plátano. Después dos magdalenas envueltas en una servilleta, un pequeño bocadillo de jamón y, si encuentra infraestructura suficiente, un yogur. Su señora abre el bolso debajo de la mesa con la coordinación de una organización criminal. No necesitan hablar. Llevan muchos años casados. Son de esos matrimonios que abandonan el comedor con reservas suficientes para sobrevivir al próximo apagón. Uno se los encuentra cuatro horas después en una playa comiéndose una pera del hotel y siente incluso cierta admiración. Aquella gente ha amortizado la habitación y la del resto de inquilinos.

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El bufé también permite conocer rápidamente la educación de cada uno. Está quien deja las pinzas donde estaban y quien abandona una cuchara dentro del queso. El que espera su turno y el que mete el brazo por delante porque ha visto una loncha de jamón. El que da los buenos días al camarero y el que lleva una semana allí sin haber reparado todavía en que existe. Dime cómo eres en un bufé y te diré realmente quién eres.

El desayuno termina cuando uno descubre que ya no puede comer más, aunque todavía quede comida. Entonces comienza una última vuelta mucho más lenta, casi sentimental. Se mira la bollería sin hambre, el jamón con nostalgia y esos pequeños quesos envueltos individualmente que despiertan una codicia difícil de justificar. Nadie necesita un queso a las diez y cuarto de la mañana, pero ahí está, pagado, esperando una decisión.

Entonces, el camarero empieza a retirar algunas bandejas y se produce una pequeña revuelta interna. De pronto queremos lo que hace cinco minutos no nos apetecía. Siempre hay alguien que acelera el paso hacia los cruasanes cuando ve acercarse al empleado. Supongo que buena parte de nuestra historia como especie se explica así. Después llega la retirada. Las familias abandonan el comedor cargadas con bolsos, gafas de sol, niños y algún bocadillo de chorizo y queso cuya procedencia nadie comenta. Los camareros recogen el campo de batalla. Quedan servilletas arrugadas, tazas a medio terminar y platos con cantidades de comida suficientes para alimentar a una ciudad entera. Dentro de media hora estarán todos otra vez en la calle, vestidos, peinados y comportándose como adultos responsables. Nadie sospechará que hace apenas unos minutos han estado vigilando una bandeja de beicon como si fueran las últimas provisiones de un barco a la deriva. Quizá por eso detesto los bufés de los hoteles, el único sitio dónde una persona puede volver al mono antes de las nueve de la mañana.

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