Me mataron el otro día. ¿Soy el único que, cuando dice «me mataste», lo dice o lo piensa con acento argentino? Me mataron el otro día. Me reventaron el orto. Bueno, no tanto, pero soy un poco artista, soy flojo, muero fácil. Fue mientras construíamos estas columnas que espero les acompañarán una vez por semana, hasta finales de verano. Intentábamos buscar el tono adecuado, porque parece que hay un tono para el verano y otro para el invierno. Yo, vitalmente, prefiero el verano, pero se me da mejor el invierno. Imagino que es porque hace falta brillar menos para destacar, porque hay menos horas de luz. Además, siempre me gustó abrigarme. Nadie me ha dicho jamás «qué bien te queda ese bañador», pero sí intuyo que puedo recordar un par de «te sienta bien esa bufanda». Por supuesto, nunca me pongo moreno. El año pasado hice una película para la que tenía que estar moreno, me pagaron varias sesiones de rayos uva y no ocurrió absolutamente nada. Me quemé, creo. Pues eso, que buscando qué escribir y cómo, mi amigo Fernando Muñoz, que ahora está de vacaciones, me dijo (espero que la buena gente de la sección de Cultura del ABC aprecie esta tontería pseudometa, porque si no estoy muerto) que, por si me ayudaba, le habían dicho que el texto fuese más ‘woodyallenesco’. Pará. Me mataste. A qué me agarro yo aquí, qué es este salvavidas de oro macizo, esta tabla del Titanic en la que no quepo. Cómo interpreto yo esto, ¿hago un texto sobre la hija adoptiva de mi ex (que no tiene), que creo que me pone ojitos? ¿Hago un texto que esté al nivel de algunas de las mejores comedias de todos los tiempos? ¿Meto referencias a Nueva York, a la cultura judía, al jazz? ¿Hablo de prostitutas, hablo de ópera? ¿O hago una columna que sea como ‘Rifkin’s Festival’, una excusa para cobrar?A ver, que es broma, que ya, si yo sé. Josh Horowitz, un periodista británico especializado en cine, hace siempre una pregunta en sus entrevistas a actores: «¿Cuál es la peor dirección que te han dado?». Las respuestas son estremecedoras. Desde «dame más magia», hasta «busca en tu corazón». Como actor, creo que la que más me duele es cuando el director comienza a interpretar por uno. Es decir, tienes una frase y el director se pone a decirla como él o ella cree que debería hacerse. Algo que me parece de una condescendencia superior, como si yo agarro la cámara y me pongo a hacer que dirijo para que el jefe lo entienda. Le contaba esto a Guillermo de Oliveira, director de cine, mientras estaba el otro día con él y Juan Fran Miguel, productor, en casa del segundo, jugando a las Magic después de haber ido a la piscina. Y me respondía Guille, como buen amante del ‘western’, qué cosas, que eso lo hacía Sergio Leone. Que el director de ‘El bueno, el feo y el malo’ solo conocía dos palabras en inglés: ‘watch me’. ‘Mírame’. Y se las decía a Eastwood o al que tuviese delante y ahí se ponía a hacer mímica.«Estoy dispuesto a todo, como cuando Woody Allen salía con una chica que cambiaba de idea en los restaurantes»Por eso, que yo sé, que las directrices muchas veces son un gesto de intención amable, pero de aterrizaje complejo, porque lo que llega es, o la presión de lo que su ambición transmite, o la confusión ante la forma de cumplirlas. Seguramente mi inseguridad haya sido la principal culpable del temor ante lo que ‘woodyallenesco’ quería decir, y escribo esta columna para quitarme todo esto. Así, una vez entendido el camino a seguir, podemos hacer borrón y cuenta nueva, dispuesto a todo, como cuando Woody Allen salía con una chica que cambiaba de idea en los restaurantes («No debería haber pedido que quitasen las espinas al pescado». Me preparé para lo peor. «No querrás que vuelvan a ponerle las espinas, ¿verdad?»). Si están leyendo esto, ha funcionado, nos hemos entendido y la columna volverá la semana que viene. Pero, por si acaso, para apuntalar mis posibilidades, aquí va un solo de clarinete: ‘bop bip bup, dibadabi, didadabú, bip bap bob, turutiruru…’. Me mataron el otro día. ¿Soy el único que, cuando dice «me mataste», lo dice o lo piensa con acento argentino? Me mataron el otro día. Me reventaron el orto. Bueno, no tanto, pero soy un poco artista, soy flojo, muero fácil. Fue mientras construíamos estas columnas que espero les acompañarán una vez por semana, hasta finales de verano. Intentábamos buscar el tono adecuado, porque parece que hay un tono para el verano y otro para el invierno. Yo, vitalmente, prefiero el verano, pero se me da mejor el invierno. Imagino que es porque hace falta brillar menos para destacar, porque hay menos horas de luz. Además, siempre me gustó abrigarme. Nadie me ha dicho jamás «qué bien te queda ese bañador», pero sí intuyo que puedo recordar un par de «te sienta bien esa bufanda». Por supuesto, nunca me pongo moreno. El año pasado hice una película para la que tenía que estar moreno, me pagaron varias sesiones de rayos uva y no ocurrió absolutamente nada. Me quemé, creo. Pues eso, que buscando qué escribir y cómo, mi amigo Fernando Muñoz, que ahora está de vacaciones, me dijo (espero que la buena gente de la sección de Cultura del ABC aprecie esta tontería pseudometa, porque si no estoy muerto) que, por si me ayudaba, le habían dicho que el texto fuese más ‘woodyallenesco’. Pará. Me mataste. A qué me agarro yo aquí, qué es este salvavidas de oro macizo, esta tabla del Titanic en la que no quepo. Cómo interpreto yo esto, ¿hago un texto sobre la hija adoptiva de mi ex (que no tiene), que creo que me pone ojitos? ¿Hago un texto que esté al nivel de algunas de las mejores comedias de todos los tiempos? ¿Meto referencias a Nueva York, a la cultura judía, al jazz? ¿Hablo de prostitutas, hablo de ópera? ¿O hago una columna que sea como ‘Rifkin’s Festival’, una excusa para cobrar?A ver, que es broma, que ya, si yo sé. Josh Horowitz, un periodista británico especializado en cine, hace siempre una pregunta en sus entrevistas a actores: «¿Cuál es la peor dirección que te han dado?». Las respuestas son estremecedoras. Desde «dame más magia», hasta «busca en tu corazón». Como actor, creo que la que más me duele es cuando el director comienza a interpretar por uno. Es decir, tienes una frase y el director se pone a decirla como él o ella cree que debería hacerse. Algo que me parece de una condescendencia superior, como si yo agarro la cámara y me pongo a hacer que dirijo para que el jefe lo entienda. Le contaba esto a Guillermo de Oliveira, director de cine, mientras estaba el otro día con él y Juan Fran Miguel, productor, en casa del segundo, jugando a las Magic después de haber ido a la piscina. Y me respondía Guille, como buen amante del ‘western’, qué cosas, que eso lo hacía Sergio Leone. Que el director de ‘El bueno, el feo y el malo’ solo conocía dos palabras en inglés: ‘watch me’. ‘Mírame’. Y se las decía a Eastwood o al que tuviese delante y ahí se ponía a hacer mímica.«Estoy dispuesto a todo, como cuando Woody Allen salía con una chica que cambiaba de idea en los restaurantes»Por eso, que yo sé, que las directrices muchas veces son un gesto de intención amable, pero de aterrizaje complejo, porque lo que llega es, o la presión de lo que su ambición transmite, o la confusión ante la forma de cumplirlas. Seguramente mi inseguridad haya sido la principal culpable del temor ante lo que ‘woodyallenesco’ quería decir, y escribo esta columna para quitarme todo esto. Así, una vez entendido el camino a seguir, podemos hacer borrón y cuenta nueva, dispuesto a todo, como cuando Woody Allen salía con una chica que cambiaba de idea en los restaurantes («No debería haber pedido que quitasen las espinas al pescado». Me preparé para lo peor. «No querrás que vuelvan a ponerle las espinas, ¿verdad?»). Si están leyendo esto, ha funcionado, nos hemos entendido y la columna volverá la semana que viene. Pero, por si acaso, para apuntalar mis posibilidades, aquí va un solo de clarinete: ‘bop bip bup, dibadabi, didadabú, bip bap bob, turutiruru…’.
Me mataron el otro día. ¿Soy el único que, cuando dice «me mataste», lo dice o lo piensa con acento argentino? Me mataron el otro día. Me reventaron el orto. Bueno, no tanto, pero soy un poco artista, soy flojo, muero fácil. Fue mientras construíamos … estas columnas que espero les acompañarán una vez por semana, hasta finales de verano. Intentábamos buscar el tono adecuado, porque parece que hay un tono para el verano y otro para el invierno. Yo, vitalmente, prefiero el verano, pero se me da mejor el invierno. Imagino que es porque hace falta brillar menos para destacar, porque hay menos horas de luz. Además, siempre me gustó abrigarme. Nadie me ha dicho jamás «qué bien te queda ese bañador», pero sí intuyo que puedo recordar un par de «te sienta bien esa bufanda». Por supuesto, nunca me pongo moreno. El año pasado hice una película para la que tenía que estar moreno, me pagaron varias sesiones de rayos uva y no ocurrió absolutamente nada. Me quemé, creo.
Pues eso, que buscando qué escribir y cómo, mi amigo Fernando Muñoz, que ahora está de vacaciones, me dijo (espero que la buena gente de la sección de Cultura del ABC aprecie esta tontería pseudometa, porque si no estoy muerto) que, por si me ayudaba, le habían dicho que el texto fuese más ‘woodyallenesco’. Pará. Me mataste. A qué me agarro yo aquí, qué es este salvavidas de oro macizo, esta tabla del Titanic en la que no quepo. Cómo interpreto yo esto, ¿hago un texto sobre la hija adoptiva de mi ex (que no tiene), que creo que me pone ojitos? ¿Hago un texto que esté al nivel de algunas de las mejores comedias de todos los tiempos? ¿Meto referencias a Nueva York, a la cultura judía, al jazz? ¿Hablo de prostitutas, hablo de ópera? ¿O hago una columna que sea como ‘Rifkin’s Festival’, una excusa para cobrar?
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Santiago Alverú
A ver, que es broma, que ya, si yo sé. Josh Horowitz, un periodista británico especializado en cine, hace siempre una pregunta en sus entrevistas a actores: «¿Cuál es la peor dirección que te han dado?». Las respuestas son estremecedoras. Desde «dame más magia», hasta «busca en tu corazón». Como actor, creo que la que más me duele es cuando el director comienza a interpretar por uno. Es decir, tienes una frase y el director se pone a decirla como él o ella cree que debería hacerse. Algo que me parece de una condescendencia superior, como si yo agarro la cámara y me pongo a hacer que dirijo para que el jefe lo entienda. Le contaba esto a Guillermo de Oliveira, director de cine, mientras estaba el otro día con él y Juan Fran Miguel, productor, en casa del segundo, jugando a las Magic después de haber ido a la piscina. Y me respondía Guille, como buen amante del ‘western’, qué cosas, que eso lo hacía Sergio Leone. Que el director de ‘El bueno, el feo y el malo’ solo conocía dos palabras en inglés: ‘watch me’. ‘Mírame’. Y se las decía a Eastwood o al que tuviese delante y ahí se ponía a hacer mímica.
«Estoy dispuesto a todo, como cuando Woody Allen salía con una chica que cambiaba de idea en los restaurantes»
Por eso, que yo sé, que las directrices muchas veces son un gesto de intención amable, pero de aterrizaje complejo, porque lo que llega es, o la presión de lo que su ambición transmite, o la confusión ante la forma de cumplirlas. Seguramente mi inseguridad haya sido la principal culpable del temor ante lo que ‘woodyallenesco’ quería decir, y escribo esta columna para quitarme todo esto. Así, una vez entendido el camino a seguir, podemos hacer borrón y cuenta nueva, dispuesto a todo, como cuando Woody Allen salía con una chica que cambiaba de idea en los restaurantes («No debería haber pedido que quitasen las espinas al pescado». Me preparé para lo peor. «No querrás que vuelvan a ponerle las espinas, ¿verdad?»). Si están leyendo esto, ha funcionado, nos hemos entendido y la columna volverá la semana que viene. Pero, por si acaso, para apuntalar mis posibilidades, aquí va un solo de clarinete: ‘bop bip bup, dibadabi, didadabú, bip bap bob, turutiruru…’.
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