La idea de Jesús Gil cambia mucho si pasaste tus veranos en Marbella. El personaje que salía en la televisión no agotaba la verdad del alcalde eficaz, cercano, generoso, al que todos agradecimos sus actuaciones concretas y el modo en que cambió Marbella. Impuso el orden con la policía y la mano dura contra la delincuencia. Con una obra pública muy bien cuidada limpió la cara a la entristecida ciudad. Priorizó la limpieza con severas multas a los cochinos. Favoreció la construcción, el ocio y la creación de riqueza. Pero además cambió algo más profundo y que todavía permanece. Yo crecí en una Marbella que sabía crear lujo pero no cómo proyectarlo al mundo como una industria. La visión de don Jesús como alcalde y el empeño de David Shamoon, un empresario iraquí muy vinculado empresarialmente al Reino Unido, que compró Puente Romano en 1994, convirtieron La Milla de Oro en una de las primeras industrias turísticas de España.Hay una tendencia, y es una tendencia muy española, de decir que todo lo hacemos mal y que todo ha empeorado. Una especie de nostalgia normalmente falsa, porque cuando rascas un poco te das cuenta de que muchas veces la gente no conoció –o muy vagamente– lo que tanto dice añorar.Marbella y su milla de oro demuestran todo lo contrario. El esplendor de Puente Romano y de Marbella Club ya existía cuando yo tenía cinco años y mi abuela compró sus dos apartamentos, pero no se había desarrollado como lo está hoy. La infraestructura era elegante, se veían las buenas intenciones, los primeros jardines, pero no habían llegado las sedes de los grandes restaurantes, porque ni siquiera existían en sus lugares originales.Marbella tuvo su jet-set, su protagonismo en las portadas de las revistas del corazón –un poco como ahora lo tiene Ibiza– pero también unas características paisajísticas y meteorológicas que la convirtieron en el lugar preferido de las personas que sabían invertir su dinero en algo que realmente merecía la pena. Bajo la capa más superficial del colorido había personas de todo el mundo, de un altísimo poder adquisitivo, que se dieron cuenta de la verdadera importancia de Marbella.Hoy, los jardines de Puente Romano son la acumulación de cuarenta y cinco años de dedicación y esmero. La concentración de buenos restaurantes en poco espacio es comparable a la de Las Vegas, con el valor añadido de la belleza de Marbella, que cautivó a los primeros alemanes de los años cincuenta tal como hoy cautiva a turistas del mundo entero. Puente Romano y Marbella Club mecen el lujo reposado que tanto agradecemos los que entendemos la grandeza que hay detrás. Igualmente colorean el lujo más ligero de clientes que la fortuna ya la amasan pero el buen gusto todavía lo tienen que trabajar. A veces los españoles nos empeñamos en destacar en cosas que no importan a nadie. Pedro Sánchez o Ada Colau, en sus no tan distintas versiones políticas, han encarnado este espíritu nefasto. En cambio, cuando nos dedicamos a hacer lo que sabemos, y nos concentramos en aquello para lo que estamos dotados, alumbramos al mundo: desde Ferran Adrià hasta Puente Romano, desde el Siglo de Oro hasta la Transición, pasando por supuesto por Shambhala, Amancio Ortega y la voz tan hermosa de Amaya Uranga.Los veranos en Puente Romano son mejores de lo que fueron, aunque los que vivimos aquellos primeros años nunca vamos a olvidarlos. La única nostalgia es no conservar las propiedades que aquí teníamos por la triste decadencia familiar. Pero más allá de este dolor, subsanable con visitas frecuentes, todo se ha embellecido, el negocio es extraordinario, da unos 2.500 puestos de trabajo, muchos de ellos cualificados y bien pagados. Como siempre que la creación empresarial se pone en marcha, el beneficio es estelar, circular y compartido. Y sobre todo brilla España. La idea de Jesús Gil cambia mucho si pasaste tus veranos en Marbella. El personaje que salía en la televisión no agotaba la verdad del alcalde eficaz, cercano, generoso, al que todos agradecimos sus actuaciones concretas y el modo en que cambió Marbella. Impuso el orden con la policía y la mano dura contra la delincuencia. Con una obra pública muy bien cuidada limpió la cara a la entristecida ciudad. Priorizó la limpieza con severas multas a los cochinos. Favoreció la construcción, el ocio y la creación de riqueza. Pero además cambió algo más profundo y que todavía permanece. Yo crecí en una Marbella que sabía crear lujo pero no cómo proyectarlo al mundo como una industria. La visión de don Jesús como alcalde y el empeño de David Shamoon, un empresario iraquí muy vinculado empresarialmente al Reino Unido, que compró Puente Romano en 1994, convirtieron La Milla de Oro en una de las primeras industrias turísticas de España.Hay una tendencia, y es una tendencia muy española, de decir que todo lo hacemos mal y que todo ha empeorado. Una especie de nostalgia normalmente falsa, porque cuando rascas un poco te das cuenta de que muchas veces la gente no conoció –o muy vagamente– lo que tanto dice añorar.Marbella y su milla de oro demuestran todo lo contrario. El esplendor de Puente Romano y de Marbella Club ya existía cuando yo tenía cinco años y mi abuela compró sus dos apartamentos, pero no se había desarrollado como lo está hoy. La infraestructura era elegante, se veían las buenas intenciones, los primeros jardines, pero no habían llegado las sedes de los grandes restaurantes, porque ni siquiera existían en sus lugares originales.Marbella tuvo su jet-set, su protagonismo en las portadas de las revistas del corazón –un poco como ahora lo tiene Ibiza– pero también unas características paisajísticas y meteorológicas que la convirtieron en el lugar preferido de las personas que sabían invertir su dinero en algo que realmente merecía la pena. Bajo la capa más superficial del colorido había personas de todo el mundo, de un altísimo poder adquisitivo, que se dieron cuenta de la verdadera importancia de Marbella.Hoy, los jardines de Puente Romano son la acumulación de cuarenta y cinco años de dedicación y esmero. La concentración de buenos restaurantes en poco espacio es comparable a la de Las Vegas, con el valor añadido de la belleza de Marbella, que cautivó a los primeros alemanes de los años cincuenta tal como hoy cautiva a turistas del mundo entero. Puente Romano y Marbella Club mecen el lujo reposado que tanto agradecemos los que entendemos la grandeza que hay detrás. Igualmente colorean el lujo más ligero de clientes que la fortuna ya la amasan pero el buen gusto todavía lo tienen que trabajar. A veces los españoles nos empeñamos en destacar en cosas que no importan a nadie. Pedro Sánchez o Ada Colau, en sus no tan distintas versiones políticas, han encarnado este espíritu nefasto. En cambio, cuando nos dedicamos a hacer lo que sabemos, y nos concentramos en aquello para lo que estamos dotados, alumbramos al mundo: desde Ferran Adrià hasta Puente Romano, desde el Siglo de Oro hasta la Transición, pasando por supuesto por Shambhala, Amancio Ortega y la voz tan hermosa de Amaya Uranga.Los veranos en Puente Romano son mejores de lo que fueron, aunque los que vivimos aquellos primeros años nunca vamos a olvidarlos. La única nostalgia es no conservar las propiedades que aquí teníamos por la triste decadencia familiar. Pero más allá de este dolor, subsanable con visitas frecuentes, todo se ha embellecido, el negocio es extraordinario, da unos 2.500 puestos de trabajo, muchos de ellos cualificados y bien pagados. Como siempre que la creación empresarial se pone en marcha, el beneficio es estelar, circular y compartido. Y sobre todo brilla España.
La idea de Jesús Gil cambia mucho si pasaste tus veranos en Marbella. El personaje que salía en la televisión no agotaba la verdad del alcalde eficaz, cercano, generoso, al que todos agradecimos sus actuaciones concretas y el modo en que cambió Marbella. Impuso el … orden con la policía y la mano dura contra la delincuencia. Con una obra pública muy bien cuidada limpió la cara a la entristecida ciudad. Priorizó la limpieza con severas multas a los cochinos. Favoreció la construcción, el ocio y la creación de riqueza. Pero además cambió algo más profundo y que todavía permanece. Yo crecí en una Marbella que sabía crear lujo pero no cómo proyectarlo al mundo como una industria. La visión de don Jesús como alcalde y el empeño de David Shamoon, un empresario iraquí muy vinculado empresarialmente al Reino Unido, que compró Puente Romano en 1994, convirtieron La Milla de Oro en una de las primeras industrias turísticas de España.
Hay una tendencia, y es una tendencia muy española, de decir que todo lo hacemos mal y que todo ha empeorado. Una especie de nostalgia normalmente falsa, porque cuando rascas un poco te das cuenta de que muchas veces la gente no conoció –o muy vagamente– lo que tanto dice añorar.
Marbella y su milla de oro demuestran todo lo contrario. El esplendor de Puente Romano y de Marbella Club ya existía cuando yo tenía cinco años y mi abuela compró sus dos apartamentos, pero no se había desarrollado como lo está hoy. La infraestructura era elegante, se veían las buenas intenciones, los primeros jardines, pero no habían llegado las sedes de los grandes restaurantes, porque ni siquiera existían en sus lugares originales.
Marbella tuvo su jet-set, su protagonismo en las portadas de las revistas del corazón –un poco como ahora lo tiene Ibiza– pero también unas características paisajísticas y meteorológicas que la convirtieron en el lugar preferido de las personas que sabían invertir su dinero en algo que realmente merecía la pena. Bajo la capa más superficial del colorido había personas de todo el mundo, de un altísimo poder adquisitivo, que se dieron cuenta de la verdadera importancia de Marbella.
Hoy, los jardines de Puente Romano son la acumulación de cuarenta y cinco años de dedicación y esmero. La concentración de buenos restaurantes en poco espacio es comparable a la de Las Vegas, con el valor añadido de la belleza de Marbella, que cautivó a los primeros alemanes de los años cincuenta tal como hoy cautiva a turistas del mundo entero.
Puente Romano y Marbella Club mecen el lujo reposado que tanto agradecemos los que entendemos la grandeza que hay detrás. Igualmente colorean el lujo más ligero de clientes que la fortuna ya la amasan pero el buen gusto todavía lo tienen que trabajar.
A veces los españoles nos empeñamos en destacar en cosas que no importan a nadie. Pedro Sánchez o Ada Colau, en sus no tan distintas versiones políticas, han encarnado este espíritu nefasto. En cambio, cuando nos dedicamos a hacer lo que sabemos, y nos concentramos en aquello para lo que estamos dotados, alumbramos al mundo: desde Ferran Adrià hasta Puente Romano, desde el Siglo de Oro hasta la Transición, pasando por supuesto por Shambhala, Amancio Ortega y la voz tan hermosa de Amaya Uranga.
Los veranos en Puente Romano son mejores de lo que fueron, aunque los que vivimos aquellos primeros años nunca vamos a olvidarlos. La única nostalgia es no conservar las propiedades que aquí teníamos por la triste decadencia familiar. Pero más allá de este dolor, subsanable con visitas frecuentes, todo se ha embellecido, el negocio es extraordinario, da unos 2.500 puestos de trabajo, muchos de ellos cualificados y bien pagados. Como siempre que la creación empresarial se pone en marcha, el beneficio es estelar, circular y compartido. Y sobre todo brilla España.
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