Las comidas y cenas que solía hacer mi madre cada día para mis hermanos y para mí cuando éramos niños tenían la estructura de un buen relato: empezaban con los clásicos —ensalada, patatas, arroz, guisantes— y siempre dejaban el final abierto, justo en el momento en el que el protagonista tenía que escoger. No teníamos voz ni voto en el plato principal, pero sabíamos que al terminar la comida siempre había “postres variados”, una expresión que mi madre debía de haber oído en alguna boda o en el bufé de un hotel. Dado que, de niña, ella había pasado hambre, primero en un gueto y luego en los austeros orfanatos de Polonia y Francia, me es difícil imaginar que, en aquellos años, hubiera podido decidir algún día qué comer. Quizá precisamente por eso quería que sus hijos sí tuvieran ese privilegio: la libertad de elegir.
En un menú gastronómico o en unas elecciones como las de Israel, la libertad de elegir importa incluso cuando ninguna opción resulta apetecible
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado
En un menú gastronómico o en unas elecciones como las de Israel, la libertad de elegir importa incluso cuando ninguna opción resulta apetecible


Las comidas y cenas que solía hacer mi madre cada día para mis hermanos y para mí cuando éramos niños tenían la estructura de un buen relato: empezaban con los clásicos —ensalada, patatas, arroz, guisantes— y siempre dejaban el final abierto, justo en el momento en el que el protagonista tenía que escoger. No teníamos voz ni voto en el plato principal, pero sabíamos que al terminar la comida siempre había “postres variados”, una expresión que mi madre debía de haber oído en alguna boda o en el bufé de un hotel. Dado que, de niña, ella había pasado hambre, primero en un gueto y luego en los austeros orfanatos de Polonia y Francia, me es difícil imaginar que, en aquellos años, hubiera podido decidir algún día qué comer. Quizá precisamente por eso quería que sus hijos sí tuvieran ese privilegio: la libertad de elegir.
Los “postres variados” solían consistir en un cuenco de pudin instantáneo y otro de gelatina que estaban esperándonos en la nevera. Nadie se hacía ilusiones de que el postre fuera a ser ninguna maravilla, pero lo importante era que teníamos opciones. ¿Una gelatina con textura de mocos? ¿Un pudin con la consistencia de una almohada apelmazada y llena de bultos? ¿Qué importaban el sabor y la textura que tuvieran cuando estaban aderezados con esa salsa especial, la libertad de elección?
Hace siete años que falleció mi madre, pero hoy es jornada electoral en Israel, el día de las elecciones nacionales, y, aunque al final no nos aguarde ningún surtido de postres variados, tengo la libertad de escoger. Igual que ocurría con las insípidas opciones de cuando era niño, ninguno de los candidatos a primer ministro que me miran desde el estante de la nevera me parece muy apetecible y, para ser sincero, algunos de ellos ni siquiera parecen aptos para el consumo humano. Aun así, a medida que se acerca el día, me vuelve a invadir esa vieja y familiar emoción.
Después de cuatro años en los que me han metido a la fuerza las gachas amargas denominadas “la realidad israelí”, por fin puedo tener algo de influencia. Quizá no sea una influencia real, pero puedo elegir. Puedo reducir las insulsas opciones que tengo ante mí a una sola decisión y revivir esa sensación embriagadora y nostálgica de un hombre que, durante un momento de celebración, quizá puede determinar el rumbo de su vida.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
Feed MRSS-S Noticias
