Esta columna bien podría empezar con una apuesta de “50 pavos”, para tomar prestada la expresión de Gabriel Rufián en el atril del Congreso. Quien escribe estas líneas se jugaría el billete que mostró el más mediático de los diputados a los parlamentarios de Junts -a cuenta del voto negativo al decreto de prórroga de alquileres, con la inquina de equipararlo a una “bandera” de los nacionalistas conservadores- y afirmaría a los cuatro vientos que ERC y el partido de Carles Puigdemont han enterrado cualquier perspectiva de colaboración. No hay apuesta más segura en este momento político. Las dos fuerzas hegemónicas del independentismo se evitan en el Parlament y se enzarzan en las Cortes, con Rufián al frente de la reyerta.
El distanciamiento entre la izquierda y la derecha soberanista no es coyuntural, responde a un cambio de fondo, la desaparición de la cuestión territorial como eje central del debate público
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
El distanciamiento entre la izquierda y la derecha soberanista no es coyuntural, responde a un cambio de fondo, la desaparición de la cuestión territorial como eje central del debate público

Esta columna bien podría empezar con una apuesta de “50 pavos”, para tomar prestada la expresión de Gabriel Rufián en el atril del Congreso. Quien escribe estas líneas se jugaría el billete que mostró el más mediático de los diputados a los parlamentarios de Junts -a cuenta del voto negativo al decreto de prórroga de alquileres, con la inquina de equipararlo a una “bandera” de los nacionalistas conservadores- y afirmaría a los cuatro vientos que ERC y el partido de Carles Puigdemont han enterrado cualquier perspectiva de colaboración. No hay apuesta más segura en este momento político. Las dos fuerzas hegemónicas del independentismo se evitan en el Parlament y se enzarzan en las Cortes, con Rufián al frente de la reyerta.
El líder republicano en el Congreso ha calcinado los escasos espacios de conexión con Junts, el más discreto de todos, un encuentro entre Oriol Junqueras y Puigdemont en febrero en Bélgica que ambos intentaron opacar. Ciertamente, la actitud de Rufián sintoniza con la tarea de catalizador de un incierto frente amplio de las izquierdas ante el matrimonio entre PP y Vox. Y el vocabulario corrosivo que utiliza enerva al antiguo socio, además de no generar consenso en su grupo parlamentario ni en la dirección de ERC, incómoda con las prioridades del jefe de filas en Madrid. Pero la voz fanfarrona de Rufián muestra una realidad: el alejamiento definitivo de dos espacios políticos que no han dejado de zancadillearse. A la sombra de la votación del decreto de vivienda, Junts tumbó la tramitación del Consorcio de Inversiones, un acuerdo entre republicanos y socialistas que orientaba una entente para los presupuestos catalanes. Nuevo aviso para cuando la financiación haga aparición en el debate legislativo.
El distanciamiento entre la izquierda y la derecha soberanista no es coyuntural. Responde, sin duda, a estrategias dispares de ejercer la influencia parlamentaria y a la necesidad de recolocarse ante ciclos electorales venideros, marcados por el crecimiento demoscópico de la extrema derecha. Pero todo se explica mejor a partir de un cambio de fondo de la política catalana, el de la desaparición de la cuestión territorial como eje central de la discusión: en el último barómetro del CEO, el CIS catalán, la relación Cataluña-España solo aparecía como uno de los tres problemas principales para los votantes de Junts. Han ganado presencia carpetas como la de la identidad -de la preservación de la lengua al impacto del factor migratorio-, el funcionamiento de los servicios públicos -del transporte a la sanidad y la educación-, el acceso a la vivienda o la seguridad. Debates actualizados en cada mantel con rémora de frustración en el ciudadano, porque tienen como denominador común la dificultad de atender la transformación de la sociedad con herramientas precarias. Un malestar hábilmente alimentado por los fogonazos de Vox y Aliança Catalana.
Con el eje del debate público desplazado, la suma independentista dejó de ser una ecuación transitable. Primer epitafio. Lo asimilaron en ERC, que persigue afianzar una ubicación propia entre el predominio socialista y la previsible musculación ultra. Atentos al viraje discursivo de los republicanos en seguridad para las próximas elecciones municipales. Y se inquietan en Junts, el partido que más sufre por la amenaza que se cierne sobre su derecha, obligado a bracear para evitar un segundo epitafio, el de su preeminencia en el espacio independentista.
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