
Entre tener una casa y no tenerla, hay millones de formas inestables de vivir. Cuando hablamos de sinhogarismo pensamos en la gente que está tumbada en la calle, en la entrada de un banco, en una esquina del centro de Madrid. Asumimos que somos diferentes a ellos y que no acabaremos ahí porque somos, no sé, más listas, más rápidas, más ágiles que la precariedad. Porque creemos que sabremos anticipar la crueldad y la violencia cuando venga.
Celebremos que la capital sigue desplazando a quienes ya no pueden permitirse vivir en ella
Entre tener una casa y no tenerla, hay millones de formas inestables de vivir. Cuando hablamos de sinhogarismo pensamos en la gente que está tumbada en la calle, en la entrada de un banco, en una esquina del centro de Madrid. Asumimos que somos diferentes a ellos y que no acabaremos ahí porque somos, no sé, más listas, más rápidas, más ágiles que la precariedad. Porque creemos que sabremos anticipar la crueldad y la violencia cuando venga.
Pero no tener un hogar es mucho más que dormir en un cartón en la calle. Hay familias compartiendo piso que se hacinan en habitaciones pequeñas de Madrid, personas que han tenido que ser acogidas por algún familiar o amigo, que acuden a comedores sociales porque no tienen ni para comer o que han luchado todo lo posible para no acabar en un centro de acogida.
Según datos del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), en 2025 hubo un total de 25.540 lanzamientos o desahucios, de 4.400 a 4.500 personas sin hogar en la Comunidad de Madrid, según datan las entidades sociales. Esto significa que, si no llega a ser por las habitaciones que se realquilan, las infraviviendas, los alojamientos temporales, los albergues y las redes de cuidado, ahora habría 4.500 cartones en las aceras de 4.500 personas viviendo en la calle.
Mariano Soler, que fue desahuciado en enero del año pasado después de estar 50 años pagando un alquiler, podría haber acabado así, pero no ocurrió. Y no ocurrió única y exclusivamente porque las compañeras de la PAH Vallekas (la Plataforma de Afectados por la Hipoteca) lo acogieron en sus casas. Este fin de semana, otro Mariano, Mariano Ordaz, ha sido arrancado violentamente de la vivienda en la que había nacido y crecido. Y todo porque la propiedad (la franciscana Venerable Orden Tercera (VOT), es decir, “la caridad”) le negó la posibilidad de firmar un alquiler compatible con su pensión de jubilación. Y como él, hay otras 300 familias afectadas que, esperemos, tengan una red que pueda acogerlas e impedir que pasen el resto de sus días a la intemperie.
“Llenan la pradera, desahucian Madrid” es el mensaje que han lanzado esta semana desde el Sindicato de Vivienda de Carabanchel. Porque además de los conciertos, los minis de cerveza, las rosquillas y ese terrorífico anuncio publicitario con el que el Ayuntamiento de Madrid pretende conquistar a los guiris, el miércoles 13 está previsto el desahucio de otra vecina, esta vez en Camino Alto de San Isidro.
Yo soy madrileña. He nacido aquí y he crecido aquí y, probablemente, moriré aquí. Pero me cuesta pensar en celebrar San Isidro cuando el barrio de Carabanchel (tal y como le pasó a Malasaña y Lavapiés) está sufriendo ya las consecuencias de una nueva ola gentrificadora. La de quienes también vivían en Madrid y ahora cruzan el río porque ya no pueden permitirse quedarse donde estaban. La que llega acompañada de las garras de los fondos buitre y de propietarios y caseros que ven una oportunidad de multiplicar beneficios. Y entonces quienes hoy viven en Carabanchel tendrán que irse todavía más lejos, expulsados hacia una periferia cada vez más aislada.
Si no existieran las familias, los amigos y las redes de apoyo y siguieran desahuciando a la gente de sus casas, la pradera de San Isidro no se llenaría de instagramers con su trajecito nuevo (y hecho a medida) de chulapa: sería una pradera cubierta de cartones.
