Llamamos coloquialmente ‘camaleón’ a la persona que tiene la habilidad para cambiar de actitud, comportamiento o ideología, adoptando siempre la que más le conviene. Pocos términos casan mejor con la personalidad de Donald Trump, actual presidente de Estados Unidos, un hombre a menudo encantador, pero que no duda en demostrar crueldad cuando le conviene . «Más inteligente de lo que sugieren sus detractores y creen sus aliados, se caracteriza por su carácter pendenciero, sus inseguridades y su tono vengativo y amenazador. Trump revolucionó nuestra forma de entender la política, logrando imponerse en la cultura popular y galvanizar el respaldo de los desclasados», apunta la periodista Maggie Haberman en su libro ‘El camaleón’, donde se analiza la maquinaria de poder del entorno político del estadounidense, marcado por relaciones transaccionales y manipulaciones políticas, así como el mundo que produjo y alimentó a este personaje singular que se ha convertido en el líder más polarizador.Nacido hace 80 años en el barrio de Queens, en Nueva York, su padre fue Fred Trump, un rico constructor descendiente de inmigrantes alemanes. «Conocía muchos atajos y sabía moverse políticamente. Como Fred no necesitaba mucho las subvenciones para personas con escasos recursos, trataba al Gobierno como si existiera únicamente para satisfacer a los empresarios, cuando no estaba acosándolos y amenazándolos », cuenta Haberman, quien añade que Fred, norteamericano de primera generación, adoptó el hábito de decir que su familia era sueca y no alemana «porque tenían muchos inquilinos judíos y, después de la Segunda Guerra Mundial, no quería ahuyentarlos. Donald perpetuó esa ficción durante muchos años». Además, en público alardeaba siempre de Donald, pero en privado trataba a sus hijos «como si estuviera supervisando un negocio en vez de un hogar».Noticia relacionada general No No ¿Usó una doble? Shakira desmonta la polémica con la publicación de varias fotografías inéditas A.B. BuendíaEn ese sentido, algunos parientes y socios han contado que Fred menospreciaba a sus retoños y los volvía a unos contra otros, «anteponiendo en todo momento la construcción de un imperio de mecanismos financieros de cara a maximizar los beneficios. Fred Trump legó a su hijo ese talante, pero no la filosofía del esfuerzo del migrante de primera generación que empezó a dejarse las uñas en la adolescencia». En la escuela, Donald se ganó la fama de ser un chaval «agresivo y con instinto acosador», y su padre llegó a mandarlo a una academia militar, en la que dicen que, «en una cultura de masculinidad y dureza, se transformó».Negocio familiar Aunque de jovencito soñaba con hacer carrera en Hollywood, Donald terminó cumpliendo con el deseo de su progenitor: que lo sucediera al frente del negocio inmobiliario de la familia. Sin embargo, lo que siempre quiso el muchacho fue ser una estrella. Donald Trump señalando su estrella en el paseo de la fama. ReutersFascinado por el lujo y los proyectos grandilocuentes, a finales de los setenta adquirió el histórico edificio de los grandes almacenes Bonwit Teller, en la Quinta Avenida de Nueva York, para construir en su lugar la famosa Torre Trump. Este hito resultó bastante polémico dado que en la fachada había dos esculturas históricas que Donald destruyó tras haber prometido que las salvaría y donaría al Museo Metropolitano de Arte. Para justificarse, inventó el portavoz ficticio ‘John Baron’, alegando que el arte no tenía mérito. Durante años llamó en montones de ocasiones a la prensa utilizando aquella identidad falsa. «Se hacía pasar por publicista y sembraba historias como que tal o cual mujer estaba impresionada con él, o hablaba de algún acuerdo empresarial en ciernes», explicó el periodista Cay Johnston en su libro Cómo se hizo Donald Trump.Trump se separó de su primera mujer después de que ella descubriera que la engañaba con la modelo y actriz Marla MaplesTambién está constatado que Donald pudo permitirse aquellas operaciones inmobiliarias gracias a que sus padres les dieron dinero a él y a sus hermanos desde el principio de los tiempos. De hecho, con 17 se hizo con un complejo residencial de 52 apartamentos y para cuando se graduó en la universidad ya recibía un millón de dólares al año. Según una investigación del Times, buena parte del dinero que le entregaron llegó a sus manos porque les estaba ayudando a evadir impuestos. «Creó junto a sus hermanos empresas falsas para ocultar estas donaciones y ayudó a su padre a obtener deducciones fiscales millonarias ilegales», escribió la periodista Amanda Mars, quien subrayaba que semejante dato tira por tierra el relato de que Trump es un hombre hecho a sí mismo (él siempre ha contado que comenzó su imperio con un préstamo de un millón de dólares de su padre que devolvió).Ya era un cuentista profesional cuando se enamoró de Ivana Marie Zelnickova, una rubia alta y despampanante, criada en la Checoslovaquia comunista, que había trabajado como modelo de bajo perfil y a los veintipocos se casó con un buen amigo, el entrenador austríaco de esquí Alfred Winklmayr, para conseguir la ciudadanía austríaca y poder huir del bloque soviético. Luego pasó un tiempo en Canadá y durante un viaje a Nueva York conoció a Donald, entonces famoso por su afición a salir en los medios y a las modelos. Se casaron en una ceremonia discreta en 1977 y ella pasó a ejercer como ejecutiva de los negocios de su marido. Tuvieron tres hijos —Donald jr, Ivanka y Eric— y se separaron en el 90, después de que ella descubriera que su marido la engañaba con la modelo y actriz Marla Maples. En el complicado proceso de divorcio, que duró dos años, Ivana obtuvo 25 millones en efectivo, la mansión familiar en Connecticut y una pensión alimenticia millonaria para sus hijos. Después hizo un cameo en la película El club de las primeras esposas (1996), en la que soltaba una frase para la historia: «Tenéis que ser fuertes e independientes. Y recuerda: No te quedes enfadada, quédatelo todo».Donald Trump junto a Ivana, su primera mujer. ABCTras la separación, Donald contrajo matrimonio con Marla, madre de su hija Tiffany, a la que disfrutaba exhibiendo como un trofeo. Pero la cosa se fue a pique en el 97 debido a la gran presión mediática, las supuestas infidelidades mutuas y un acuerdo prematrimonial que especificaba que Marla solo podría tener acceso a dos millones de dólares en caso de ruptura. Más tarde, la interfecta añadió que Donald y ella «discrepaban» en su forma de ver el mundo y en cómo querían criar a su hija, y que nunca se sintió del todo cómoda con aquella vida de lujo. Cuando todavía se encontraba en pleno proceso de divorcio, Donald conoció en una fiesta en Nueva York a su actual esposa Melania, una modelo eslovena de carrera estancada (sobre todo por su exceso de hieratismo y su falta de naturalidad) con la que pasaría a protagonizar lo que algunos describen como una relación desigual. Donald y Marla. APDe hecho, cuentan que al principio de su romance ella rompió con el magnate cuando supuestamente vio a una exnovia saliendo de su apartamento. Aunque debieron llegar a la conclusión de que juntos eran más fuertes. «Melania era un anuncio de su virilidad que a la vez le daba su espacio», escribió al respecto Evgenia Peretz. «Por su parte, Melania obtenía una casa lujosa donde poder disfrutar de sus pasatiempos en paz, y la promesa de que nunca tendría que volver a las aburridas perspectivas de Europa del Este». Donald Trump y Melania, su actual esposa. Archivo ABCLa boda llegó en 2005 y en marzo del año siguiente dieron la bienvenida a su único hijo, Barron. Algunas fuentes sostienen que los cónyuges llevan vidas separadas (que ni siquiera comparten dormitorio) y solo aparecen juntos en actos públicos. Claro que esto no impide reconocer que Melania siempre ha estado a las duras y a las maduras con su esposo, que en 2017 llegó a la Casa Blanca agitando el populismo y desde entonces ha sobrevivido a todo tipo de escándalos y habladurías. Llamamos coloquialmente ‘camaleón’ a la persona que tiene la habilidad para cambiar de actitud, comportamiento o ideología, adoptando siempre la que más le conviene. Pocos términos casan mejor con la personalidad de Donald Trump, actual presidente de Estados Unidos, un hombre a menudo encantador, pero que no duda en demostrar crueldad cuando le conviene . «Más inteligente de lo que sugieren sus detractores y creen sus aliados, se caracteriza por su carácter pendenciero, sus inseguridades y su tono vengativo y amenazador. Trump revolucionó nuestra forma de entender la política, logrando imponerse en la cultura popular y galvanizar el respaldo de los desclasados», apunta la periodista Maggie Haberman en su libro ‘El camaleón’, donde se analiza la maquinaria de poder del entorno político del estadounidense, marcado por relaciones transaccionales y manipulaciones políticas, así como el mundo que produjo y alimentó a este personaje singular que se ha convertido en el líder más polarizador.Nacido hace 80 años en el barrio de Queens, en Nueva York, su padre fue Fred Trump, un rico constructor descendiente de inmigrantes alemanes. «Conocía muchos atajos y sabía moverse políticamente. Como Fred no necesitaba mucho las subvenciones para personas con escasos recursos, trataba al Gobierno como si existiera únicamente para satisfacer a los empresarios, cuando no estaba acosándolos y amenazándolos », cuenta Haberman, quien añade que Fred, norteamericano de primera generación, adoptó el hábito de decir que su familia era sueca y no alemana «porque tenían muchos inquilinos judíos y, después de la Segunda Guerra Mundial, no quería ahuyentarlos. Donald perpetuó esa ficción durante muchos años». Además, en público alardeaba siempre de Donald, pero en privado trataba a sus hijos «como si estuviera supervisando un negocio en vez de un hogar».Noticia relacionada general No No ¿Usó una doble? Shakira desmonta la polémica con la publicación de varias fotografías inéditas A.B. BuendíaEn ese sentido, algunos parientes y socios han contado que Fred menospreciaba a sus retoños y los volvía a unos contra otros, «anteponiendo en todo momento la construcción de un imperio de mecanismos financieros de cara a maximizar los beneficios. Fred Trump legó a su hijo ese talante, pero no la filosofía del esfuerzo del migrante de primera generación que empezó a dejarse las uñas en la adolescencia». En la escuela, Donald se ganó la fama de ser un chaval «agresivo y con instinto acosador», y su padre llegó a mandarlo a una academia militar, en la que dicen que, «en una cultura de masculinidad y dureza, se transformó».Negocio familiar Aunque de jovencito soñaba con hacer carrera en Hollywood, Donald terminó cumpliendo con el deseo de su progenitor: que lo sucediera al frente del negocio inmobiliario de la familia. Sin embargo, lo que siempre quiso el muchacho fue ser una estrella. Donald Trump señalando su estrella en el paseo de la fama. ReutersFascinado por el lujo y los proyectos grandilocuentes, a finales de los setenta adquirió el histórico edificio de los grandes almacenes Bonwit Teller, en la Quinta Avenida de Nueva York, para construir en su lugar la famosa Torre Trump. Este hito resultó bastante polémico dado que en la fachada había dos esculturas históricas que Donald destruyó tras haber prometido que las salvaría y donaría al Museo Metropolitano de Arte. Para justificarse, inventó el portavoz ficticio ‘John Baron’, alegando que el arte no tenía mérito. Durante años llamó en montones de ocasiones a la prensa utilizando aquella identidad falsa. «Se hacía pasar por publicista y sembraba historias como que tal o cual mujer estaba impresionada con él, o hablaba de algún acuerdo empresarial en ciernes», explicó el periodista Cay Johnston en su libro Cómo se hizo Donald Trump.Trump se separó de su primera mujer después de que ella descubriera que la engañaba con la modelo y actriz Marla MaplesTambién está constatado que Donald pudo permitirse aquellas operaciones inmobiliarias gracias a que sus padres les dieron dinero a él y a sus hermanos desde el principio de los tiempos. De hecho, con 17 se hizo con un complejo residencial de 52 apartamentos y para cuando se graduó en la universidad ya recibía un millón de dólares al año. Según una investigación del Times, buena parte del dinero que le entregaron llegó a sus manos porque les estaba ayudando a evadir impuestos. «Creó junto a sus hermanos empresas falsas para ocultar estas donaciones y ayudó a su padre a obtener deducciones fiscales millonarias ilegales», escribió la periodista Amanda Mars, quien subrayaba que semejante dato tira por tierra el relato de que Trump es un hombre hecho a sí mismo (él siempre ha contado que comenzó su imperio con un préstamo de un millón de dólares de su padre que devolvió).Ya era un cuentista profesional cuando se enamoró de Ivana Marie Zelnickova, una rubia alta y despampanante, criada en la Checoslovaquia comunista, que había trabajado como modelo de bajo perfil y a los veintipocos se casó con un buen amigo, el entrenador austríaco de esquí Alfred Winklmayr, para conseguir la ciudadanía austríaca y poder huir del bloque soviético. Luego pasó un tiempo en Canadá y durante un viaje a Nueva York conoció a Donald, entonces famoso por su afición a salir en los medios y a las modelos. Se casaron en una ceremonia discreta en 1977 y ella pasó a ejercer como ejecutiva de los negocios de su marido. Tuvieron tres hijos —Donald jr, Ivanka y Eric— y se separaron en el 90, después de que ella descubriera que su marido la engañaba con la modelo y actriz Marla Maples. En el complicado proceso de divorcio, que duró dos años, Ivana obtuvo 25 millones en efectivo, la mansión familiar en Connecticut y una pensión alimenticia millonaria para sus hijos. Después hizo un cameo en la película El club de las primeras esposas (1996), en la que soltaba una frase para la historia: «Tenéis que ser fuertes e independientes. Y recuerda: No te quedes enfadada, quédatelo todo».Donald Trump junto a Ivana, su primera mujer. ABCTras la separación, Donald contrajo matrimonio con Marla, madre de su hija Tiffany, a la que disfrutaba exhibiendo como un trofeo. Pero la cosa se fue a pique en el 97 debido a la gran presión mediática, las supuestas infidelidades mutuas y un acuerdo prematrimonial que especificaba que Marla solo podría tener acceso a dos millones de dólares en caso de ruptura. Más tarde, la interfecta añadió que Donald y ella «discrepaban» en su forma de ver el mundo y en cómo querían criar a su hija, y que nunca se sintió del todo cómoda con aquella vida de lujo. Cuando todavía se encontraba en pleno proceso de divorcio, Donald conoció en una fiesta en Nueva York a su actual esposa Melania, una modelo eslovena de carrera estancada (sobre todo por su exceso de hieratismo y su falta de naturalidad) con la que pasaría a protagonizar lo que algunos describen como una relación desigual. Donald y Marla. APDe hecho, cuentan que al principio de su romance ella rompió con el magnate cuando supuestamente vio a una exnovia saliendo de su apartamento. Aunque debieron llegar a la conclusión de que juntos eran más fuertes. «Melania era un anuncio de su virilidad que a la vez le daba su espacio», escribió al respecto Evgenia Peretz. «Por su parte, Melania obtenía una casa lujosa donde poder disfrutar de sus pasatiempos en paz, y la promesa de que nunca tendría que volver a las aburridas perspectivas de Europa del Este». Donald Trump y Melania, su actual esposa. Archivo ABCLa boda llegó en 2005 y en marzo del año siguiente dieron la bienvenida a su único hijo, Barron. Algunas fuentes sostienen que los cónyuges llevan vidas separadas (que ni siquiera comparten dormitorio) y solo aparecen juntos en actos públicos. Claro que esto no impide reconocer que Melania siempre ha estado a las duras y a las maduras con su esposo, que en 2017 llegó a la Casa Blanca agitando el populismo y desde entonces ha sobrevivido a todo tipo de escándalos y habladurías.
Llamamos coloquialmente ‘camaleón’ a la persona que tiene la habilidad para cambiar de actitud, comportamiento o ideología, adoptando siempre la que más le conviene. Pocos términos casan mejor con la personalidad de Donald Trump, actual presidente de Estados Unidos, un hombre a menudo encantador, pero … que no duda en demostrar crueldad cuando le conviene.
«Más inteligente de lo que sugieren sus detractores y creen sus aliados, se caracteriza por su carácter pendenciero, sus inseguridades y su tono vengativo y amenazador. Trump revolucionó nuestra forma de entender la política, logrando imponerse en la cultura popular y galvanizar el respaldo de los desclasados», apunta la periodista Maggie Haberman en su libro ‘El camaleón’, donde se analiza la maquinaria de poder del entorno político del estadounidense, marcado por relaciones transaccionales y manipulaciones políticas, así como el mundo que produjo y alimentó a este personaje singular que se ha convertido en el líder más polarizador.
Nacido hace 80 años en el barrio de Queens, en Nueva York, su padre fue Fred Trump, un rico constructor descendiente de inmigrantes alemanes. «Conocía muchos atajos y sabía moverse políticamente. Como Fred no necesitaba mucho las subvenciones para personas con escasos recursos, trataba al Gobierno como si existiera únicamente para satisfacer a los empresarios, cuando no estaba acosándolos y amenazándolos», cuenta Haberman, quien añade que Fred, norteamericano de primera generación, adoptó el hábito de decir que su familia era sueca y no alemana «porque tenían muchos inquilinos judíos y, después de la Segunda Guerra Mundial, no quería ahuyentarlos. Donald perpetuó esa ficción durante muchos años». Además, en público alardeaba siempre de Donald, pero en privado trataba a sus hijos «como si estuviera supervisando un negocio en vez de un hogar».
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En ese sentido, algunos parientes y socios han contado que Fred menospreciaba a sus retoños y los volvía a unos contra otros, «anteponiendo en todo momento la construcción de un imperio de mecanismos financieros de cara a maximizar los beneficios. Fred Trump legó a su hijo ese talante, pero no la filosofía del esfuerzo del migrante de primera generación que empezó a dejarse las uñas en la adolescencia». En la escuela, Donald se ganó la fama de ser un chaval «agresivo y con instinto acosador», y su padre llegó a mandarlo a una academia militar, en la que dicen que, «en una cultura de masculinidad y dureza, se transformó».
Negocio familiar
Aunque de jovencito soñaba con hacer carrera en Hollywood, Donald terminó cumpliendo con el deseo de su progenitor: que lo sucediera al frente del negocio inmobiliario de la familia. Sin embargo, lo que siempre quiso el muchacho fue ser una estrella.
Fascinado por el lujo y los proyectos grandilocuentes, a finales de los setenta adquirió el histórico edificio de los grandes almacenes Bonwit Teller, en la Quinta Avenida de Nueva York, para construir en su lugar la famosa Torre Trump. Este hito resultó bastante polémico dado que en la fachada había dos esculturas históricas que Donald destruyó tras haber prometido que las salvaría y donaría al Museo Metropolitano de Arte. Para justificarse, inventó el portavoz ficticio ‘John Baron’, alegando que el arte no tenía mérito. Durante años llamó en montones de ocasiones a la prensa utilizando aquella identidad falsa. «Se hacía pasar por publicista y sembraba historias como que tal o cual mujer estaba impresionada con él, o hablaba de algún acuerdo empresarial en ciernes», explicó el periodista Cay Johnston en su libro Cómo se hizo Donald Trump.
Trump se separó de su primera mujer después de que ella descubriera que la engañaba con la modelo y actriz Marla Maples
También está constatado que Donald pudo permitirse aquellas operaciones inmobiliarias gracias a que sus padres les dieron dinero a él y a sus hermanos desde el principio de los tiempos. De hecho, con 17 se hizo con un complejo residencial de 52 apartamentos y para cuando se graduó en la universidad ya recibía un millón de dólares al año. Según una investigación del Times, buena parte del dinero que le entregaron llegó a sus manos porque les estaba ayudando a evadir impuestos. «Creó junto a sus hermanos empresas falsas para ocultar estas donaciones y ayudó a su padre a obtener deducciones fiscales millonarias ilegales», escribió la periodista Amanda Mars, quien subrayaba que semejante dato tira por tierra el relato de que Trump es un hombre hecho a sí mismo (él siempre ha contado que comenzó su imperio con un préstamo de un millón de dólares de su padre que devolvió).
Ya era un cuentista profesional cuando se enamoró de Ivana Marie Zelnickova, una rubia alta y despampanante, criada en la Checoslovaquia comunista, que había trabajado como modelo de bajo perfil y a los veintipocos se casó con un buen amigo, el entrenador austríaco de esquí Alfred Winklmayr, para conseguir la ciudadanía austríaca y poder huir del bloque soviético. Luego pasó un tiempo en Canadá y durante un viaje a Nueva York conoció a Donald, entonces famoso por su afición a salir en los medios y a las modelos. Se casaron en una ceremonia discreta en 1977 y ella pasó a ejercer como ejecutiva de los negocios de su marido. Tuvieron tres hijos —Donald jr, Ivanka y Eric— y se separaron en el 90, después de que ella descubriera que su marido la engañaba con la modelo y actriz Marla Maples. En el complicado proceso de divorcio, que duró dos años, Ivana obtuvo 25 millones en efectivo, la mansión familiar en Connecticut y una pensión alimenticia millonaria para sus hijos. Después hizo un cameo en la película El club de las primeras esposas (1996), en la que soltaba una frase para la historia: «Tenéis que ser fuertes e independientes. Y recuerda: No te quedes enfadada, quédatelo todo».
Tras la separación, Donald contrajo matrimonio con Marla, madre de su hija Tiffany, a la que disfrutaba exhibiendo como un trofeo. Pero la cosa se fue a pique en el 97 debido a la gran presión mediática, las supuestas infidelidades mutuas y un acuerdo prematrimonial que especificaba que Marla solo podría tener acceso a dos millones de dólares en caso de ruptura. Más tarde, la interfecta añadió que Donald y ella «discrepaban» en su forma de ver el mundo y en cómo querían criar a su hija, y que nunca se sintió del todo cómoda con aquella vida de lujo. Cuando todavía se encontraba en pleno proceso de divorcio, Donald conoció en una fiesta en Nueva York a su actual esposa Melania, una modelo eslovena de carrera estancada (sobre todo por su exceso de hieratismo y su falta de naturalidad) con la que pasaría a protagonizar lo que algunos describen como una relación desigual.
De hecho, cuentan que al principio de su romance ella rompió con el magnate cuando supuestamente vio a una exnovia saliendo de su apartamento. Aunque debieron llegar a la conclusión de que juntos eran más fuertes. «Melania era un anuncio de su virilidad que a la vez le daba su espacio», escribió al respecto Evgenia Peretz. «Por su parte, Melania obtenía una casa lujosa donde poder disfrutar de sus pasatiempos en paz, y la promesa de que nunca tendría que volver a las aburridas perspectivas de Europa del Este».
La boda llegó en 2005 y en marzo del año siguiente dieron la bienvenida a su único hijo, Barron. Algunas fuentes sostienen que los cónyuges llevan vidas separadas (que ni siquiera comparten dormitorio) y solo aparecen juntos en actos públicos. Claro que esto no impide reconocer que Melania siempre ha estado a las duras y a las maduras con su esposo, que en 2017 llegó a la Casa Blanca agitando el populismo y desde entonces ha sobrevivido a todo tipo de escándalos y habladurías.
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